En las últimas décadas, se ha debatido arduamente sobre las posibilidades y méritos del Trabajo Social para optar al reconocimiento de su carácter disciplinar, lo que -a juicio de sus defensores- vendría a superar las justificaciones ideológicas y tecnológicas. Paralelamente, ha estado en juego su definición como carrera profesional de rango estrictamente universitario. Ambas aspiraciones se han articulado en torno a un renovado interés por otorgar un lugar de relevancia al conocimiento científico en su quehacer, incorporando acciones de sistematización, investigación y construcción de teoría.
En ese espectro temático se suscita la discusión sobre la pertinencia de una epistemología regional para el Trabajo Social. Las viejas disputas conocimiento v/s sentimiento, teoría v/s práctica, etc., propias al Trabajo Social, están lejos de ser saldadas.
Natalio Kisnerman señala que la intención de abordar el análisis epistemológico del Trabajo Social no es nueva. En 1983, Boris Lima publicó la tercera edición de su libro "Epistemología del Trabajo Social", donde explicaba que, tras dos décadas de labor profesional, tomó conciencia del vacío existente en torno a la explicitación del sustento científico del Trabajo Social. Para dilucidar ese vacío, se fue internando en el ámbito de la epistemología en busca de una fundamentación que confiriera "razón de ser" a la disciplina. En palabras del autor: "...las respuestas al por qué del Trabajo Social deben buscarse en un marco amplio -en el plano histórico y epistemológico- y no exclusivamente en los linderos de su propio hacer. La epistemología trata de la teoría del conocimiento científico y como tal debe comprender sus problemas, métodos, técnicas, estructura lógica, examen de las categorías e hipótesis en la investigación".
La "novedad" que se estaba produciendo en las postrimerías del Siglo XX era el creciente número de estudios que buscaban elucidar el rol "del conocimiento científico en el Trabajo Social, a su práctica, a sus métodos, a su lógica, a su ideología o a su fundamentación filosófica". Recientemente otras voces se han sumado a este reclamo.
Así, Estela Grassi de la Universidad de Buenos Aires, reconoce: "el trabajo social ha tenido una relación conflictiva con el conocimiento, del cual la teoría es la expresión sistemática. Esta conflictividad se expresa, entre otras cuestiones, en que se ha llevado al extremo una forma dicotómica de pensar la realidad que separa radicalmente realidad-teoría y discurso-acción. (...). Pero la teoría pretende ser una interpretación válida de la esencia de los fenómenos, es decir, de aquello que trasciende lo inmediato, lo evidente, lo concreto sensible, para ubicarlos en estructuras históricas. (...). Por eso la teoría está obligada a explicitar o validar sus supuestos y sus proposiciones sobre la realidad".
Grassi sostiene que lo conflictivo de esta relación se hace evidente en la muy socorrida queja -que aún hoy hacen algunos profesionales- de que la formación recibida en las aulas sería muy teórica. La tácita "creencia" que está en la base de ese lamento es que la teoría sería invalida por que no cumple con la expectativa de identificar la totalidad de los problemas cotidianos "bis a bis". Ingenuamente, algunos esperan que el conocimiento organizado teóricamente sea isomórfico respecto de cada uno de los fenómenos cotidianos. De aquí se pasa, fácilmente, a la conocida perogrullada que se enuncia en tono magistral: "una cosa es la teoría y otra cosa es la práctica".
Con estos pueriles argumentos se pretende justificar una supuesta dicotomía intrínseca entre la teoría y la práctica, facilitando de ese modo, la ingerencia subrepticia de supuestos ideológicos en torno al conocer, definidos desde particulares opciones (o "paradigmas"), que influencian el ejecutar de la práctica profesional. Esta actitud contiene la paradoja de que no pone en cuestión las teorías implícitas a partir de las cuales el trabajador social "operativo" define una situación como un problema social.
En contra de tal simplismo reaccionan Teresa Zamanillo y Lourdes Gaitán denunciando la incoherencia de ese artificial y pernicioso dualismo: "...acabemos con la ficción. La acción no excluye el pensamiento, como tampoco éste vive sin aquélla. Pensamiento y acción son las dos caras de una única verdad. (..). Acción y cambio son los dos conceptos que más han ocupado y preocupado a los trabajadores sociales. Pero para cambiar o transformar la realidad social hemos de convenir en que es preciso conocer la dirección que se quiere seguir, a donde se desea llegar".
Sin embargo "dar" con un cuerpo de conocimientos adecuados a los fines del Trabajo Social no es fácil; en primer lugar porque la sistematización de conocimientos realizada por disciplinas como la psicología o la sociología no ha sido hecha en función de dichos fines, por lo tanto, no será posible que los trabajadores sociales puedan "dar" con un cuerpo de conocimientos ad hoc como quién tropieza con un tronco en el camino. Pero eso no significa que les corresponda "descubrir" todo los conocimientos que se necesitan a partir de cero, se trata más bien de re-estudiar el cuerpo de conocimientos existentes en las ciencias sociales, desde la realidad situada que le corresponde atender al Trabajo Social. A partir de ahí, se podrá elaborar una reconstrucción racional de dichos conocimientos, lo que implica seleccionar, interpretar y desechar, en términos de su factibilidad de integración a un programa coherente de investigación y de acción, presidido por los "fines que se persiguen" en el Trabajo Social (según nos han recordado Gaitán y Zamanillo).
Paralelamente, Cecilia Aguayo aborda otro aspecto de la sistematización referida a los elementos cognitivos que surgen desde la practica como una forma de aprehensión racional de la experticia: en ese sentido, la sistematización "tiene que ver con el re-encuentro de la práctica consigo misma", inaugurando un espacio de re-flexión y de organización de los saberes que se infieren desde la practica. Así entendida, la sistematización es una tarea de construcción de conocimientos que puede realizar el profesional práctico sin alejarse de su cotidiana labor, siempre que cumpla algunos requisitos: "...representa el rito de detenerse en la marcha de los proyectos sociales, de suspender la condición funcionalista de las relaciones sociales que nos permitirá la toma de distancia necesaria para identificar, interpretar, analizar, develar, respetar, comprender la realidad en la que trabajamos". Y cuando -de esa manera- rescatamos, reflexivamente, los contenidos cognitivos que emanan de la practica, podemos "descubrir a los sujetos, sus sentidos y significaciones, ahora bien, no solo se trata de dar cuenta de las inter-subjetividades, sino también de la objetivación de estas relaciones".
En este último aspecto es relevante, para las ciencias sociales, el cambio de estatuto del conocimiento científico a raíz del surgimiento de la perspectiva post-positivista, que ha generado una saludable reducción de ingenuidad epistemológica y, consiguientemente, se ha comenzado a desconfiar de la sacrosanta "objetividad" que postulaba el positivismo. En efecto, en el curso de los últimos cuarenta años el análisis epistemológico que va de Popper a Lakatos y de Kuhn a Feyerabend (al margen de las diferencias que mantienen entre sí) coincide en mostrar que ningún "hecho" es independiente de una implícita teoría de la observación que lo constituye y que de manera solapada "instruye" al observador sobre lo que debe "ver" cuando se encuentra frente a un conjunto de estímulos distales dados. Del mismo modo ningún problema social es de suyo tal problema. De ahí se deriva que no existe la observación "desde ninguna parte" defendida por los positivistas (que, de paso, levantaba una barrera infranqueable entre sujeto y objeto).
Desde la ciencia cognitiva, Francisco Varela ratifica este aserto: "...en el curso de las investigaciones olvidamos a menudo quién está formulando las preguntas y cómo se formula la pregunta. Al no incluirnos en la reflexión, perseguimos tan sólo una reflexión parcial y nuestra pregunta deja de estar encarnada; busca expresar en palabras de Thomas Nagel, una perspectiva desde ninguna parte. Resulta irónico que este intento por lograr una perspectiva no encarnada nos lleve justamente a adoptar una perspectiva desde un lugar teóricamente limitado, preconceptualmente entrampado y muy especifico".
La Epistemología como Metateoría Crítica
Con lo que llevamos dicho ya le habrá quedado claro al lector que la epistemología no se reduce a una mera propedéutica de una cierta metodología de la investigación. Ante todo, la epistemología constituye una metateoría crítica del conocimiento científico, de su origen, fundamento, posibilidades, procesos y resultados, donde la metodología es sólo uno de los aspectos que caen bajo su mirada analítica y no siempre para alabarla.
Al hilo de lo anterior se entiende la advertencia de Jonathan Dancy quien nos explica que -a la epistemología- le corresponde examinar la justificación de esa curiosa creencia que posee el mono desnudo sobre la privilegiada condición que tendría su grupo zoológico para alcanzar un conocimiento cierto acerca de "algo" y, por ende, entre las cuestiones centrales que trata de responder el epistemólogo están las siguientes:
- Si hay algo que podamos conocer, ¿qué es ese algo?
- ¿Cuál es la relación entre conocer y tener una creencia "verdadera"?
- ¿Cuál es la relación entre los datos que me entregan mis sentidos y las cualidades de la "cosa", en sí misma considerada?
- ¿Cuál es la relación entre mi "ver" y el conocer, o, entre el percibir y el conocer?
- ¿Qué creencias (cognoscitivas) están justificadas y cuáles no?
- ¿Cuáles son los criterios de justificación del conocimiento que lo distingue de las falsas creencias?
Precisando el concepto, Friedrich Dorsch define a la epistemología como el "Tratado de la Ciencia" que investiga el conocimiento científico en sus principios, metodología, formación y desarrollo. El punto es complementado por P. Thuillier quien advierte: "En una primera aproximación, la epistemología se propone estudiar la producción de conocimientos científicos bajo todos sus aspectos: lógico, lingüístico, histórico, ideológico, etc. (...) dado que las ciencias nacen y evolucionan en circunstancias históricas determinadas, el epistemólogo se preguntará también cuáles son las relaciones que pueden existir entre la ciencia y la sociedad, entre la ciencia y las religiones, o entre las diversas ciencias".
Por lo tanto, a su juicio, se trata de una metaciencia que trabaja codo a codo con los científicos en la formulación y estudio de los problemas que estos encuentran en el curso de su trabajo y -críticamente- ayuda a tomar conciencia de cuestiones de historia externa que, no obstante, tienen directa incidencia en su labor, como son los factores sociales, políticos e ideológicos que afectan a la ciencia.
Asimismo, Thuiller recomienda separar la expresión "Filosofía de la Ciencia" de la Epistemología; en su opinión, la primera designa una tradición de siglos pasados caracterizada por el talante especulativo de sus juicios y por asumir definiciones a priori sobre lo que debía ser el canon del conocimiento científico, derivando a continuación un sistema dogmático y a-histórico que tenía mucho de convicción personal.
En ese encuadre los investigadores Alvarado, Barros, Chiang, Díaz y Godoy, corroboran que en la epistemología actual "no se concibe a la ciencia como un fenómeno lineal, ni necesariamente acumulativo. Por el contrario, la ciencia es para muchos un producto social que debe dar respuesta a las grandes preguntas que en cada contexto específico se suscitan. La ciencia vive quiebres en su modo de ser concebida, puesto que es toda una sociedad, a través de sus científicos renovadores, la que busca y encuentra un nuevo modo de hacer ciencia".
En ese mismo orden de ideas (pensando en el Trabajo Social) los autores defienden que: "...la posibilidad de constituir cualquier disciplina de las ciencias sociales en una reflexión profunda y rigurosa, se fundamenta en el requisito indispensable de mantener una permanente vigilancia epistemológica sobre la praxis científica. Para que esto sea posible es necesario que el practicante de la disciplina científica tenga claro lo qué pretende conocer y cual es su posición como sujeto de conocimiento porque, en el proceso de conocer la realidad social, el mismo investigador queda comprendido en el espacio que pretende conocer. Esto no ocurre de manera accidental sino que es una característica del proceso de investigación. Al mismo tiempo, su papel como científico lo separa de la realidad cotidiana y lo ubica en un nivel de observación de segundo grado correspondiente al develamiento crítico de lo que aparece como natural y evidente para quienes solo disponen del conocimiento de primer grado (sentido común).
Por lo anterior, si el Trabajo Social se reduce a una tecnología que "aplica" los conocimientos que recibe de otras disciplinas (Sociología, Antropología, Psicología) no será necesario gastar energías en vigilancia epistemológica para examinar su "operar". En ese caso, ésta se debería ejercer sólo sobre la Sociología, la Psicología, etc., porque ellas son las disciplinas que aportan el conocimiento. No obstante, si el Trabajo Social es -justificadamente- concebible como "disciplina científica", entonces, no sólo es recomendable -sino insoslayable- asumir la dimensión epistemológica.
Antes de continuar el análisis es conveniente aclarar que la idea de tecnología social no se forjó para asignarse, de manera exclusiva, al Trabajo Social. En Estados Unidos, a fines de los años treinta del siglo pasado surgieron dem...
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