A fines de 1982, Augusto Góngora invitó al autor a ser parte de un proyecto que él, junto a funcionarios activos y retirados de la Vicaría de la Solidaridad, impulsaban desde hacía unos meses: hacer un libro que diera cuenta de los atroces actos de represión que estaban ocurriendo en todo el país tras el 11 de septiembre de 1973, fecha en que las tres ramas militares y las fuerzas de policía dieron un golpe de Estado para poner fin al gobierno de la Unidad Popular y deponer al socialista Salvador Allende.

En aquella jornada, los uniformados coparon rápidamente los rincones clave del país. Hubo reducidas y aisladas escaramuzas en algunos lugares; los aviones de combate bombardearon La Moneda, donde estaba y murió Allende. Hacia las cuatro de la tarde el control ejercido por los militares sobre el país era absoluto: todo estaba concluido.

Miles de simpatizantes de izquierda y miembros de los partidos políticos que apoyaban al presidente Allende y su gobierno empezaron a ser detenidos y llevados a estadios techados o abiertos a la intemperie, a cuarteles militares o retenes policiales, a cárceles, a buques convertidos en prisiones, a campos de concentración habilitados en instalaciones de balnearios en la costa central o en recintos de explotaciones salitreras en desuso, a islas inhóspitas del sur o a poblados costeros del norte cercados por el desierto.

Hacia las seis de la tarde de aquel día de septiembre se impuso un toque de queda que no se levantaría durante los siguientes diecisiete años. Un toque de queda que al anochecer vaciaba las calles, y en que, con nocturnidad e impunidad, solo podían moverse quienes salían a buscar a sus víctimas para secuestrarlas o para descerrajarles un balazo mortal.

El Rol de Tejas Verdes y la DINA

Tres meses después del golpe de Estado, en diciembre de ese año 73, comenzó a operar de facto un grupo militar con base en el caserío de Tejas Verdes, ubicado en la desembocadura del río Maipo y próximo a Santiago, bajo el mando de un coronel del arma de ingenieros que respondía directamente al comandante en jefe del Ejército y uno de los cuatro líderes de la sublevación. Con el paso de poco tiempo, este grupo se iba a transformar en el principal -no el único- organismo secreto de represión del régimen, bajo el nombre de Dirección de Inteligencia Nacional (DINA).

Así que, cuando Góngora contactó al autor, hacia fines de 1982, aún no se cumplía una década de dictadura y continuaban produciéndose gravísimos crímenes contra la vida, la integridad y los derechos básicos de muchísimas personas. Tales crímenes no eran casuales, sino que respondían a un propósito específico de los líderes militares y policiales de entonces. Un propósito que hoy se conocería como una “política”, es decir, un diseño gubernamental con finalidad, con objetivos parciales, con asignación de recursos, y con organismos existentes o creados al efecto para materializar aquel propósito o aquella política. De aquí que fueran crímenes cometidos sistemáticamente y de manera continua. Los perpetraban agentes, hombres y mujeres, encuadrados en instituciones de la arquitectura histórica del Estado -Fuerzas Armadas y fuerzas policiales- o en nuevas entidades, como la DINA, que actuaban con respaldo estatal para servir a tal diseño. Por lo mismo, elaborar un libro semejante era un desafío y un esfuerzo peligroso que nos exigió varios años de secretismo, investigación y escritura.

Tanto el escenario en que lo hicieron como la forma en que tuvieron que moverse son inimaginables hoy en día. Para alguien nacido a partir del año 2000, habituado al mundo digital, a mantenerse constantemente conectado, con el teléfono celular siempre a mano y activo, partícipe de las redes sociales y atento a los avances en inteligencia artificial, puede resultar difícil imaginar las condiciones de un entorno donde los computadores eran un bien escaso, no todos los hogares contaban con una línea de teléfono fijo y la mensajería se realizaba por correo con sobre y estampillas.

Pero lo hicieron: finalmente el libro fue publicado en agosto de 1989, unos meses antes del fin de la dictadura, con el título Chile: la memoria prohibida.

La Memoria Emocional Contra la Memoria Factual

La intención que les orientó no fue solo entregar los datos de aquellos crímenes, sino también establecer el contexto humano en que se habían producido, las circunstancias en que la gente vivía cuando esos crímenes se materializaron.

Cuando Góngora presentó el libro públicamente, en aquel agosto de 1989, habló de la memoria emocional, es decir, la que se contrapone a una memoria factual, la memoria de los hechos o de los datos. Se trataba de un intento por rescatar la memoria de las emociones sentidas por los sobrevivientes a partir de la violencia que los agentes represivos les habían hecho vivir.

El resultado fue una extensa crónica, un mosaico lleno de testimonios, pletórico de vivencias, que da cuenta ordenada y detalladamente de un trozo de nuestra historia como si fuese un mural ante el que cualquier persona puede pararse a contemplar los acontecimientos acaecidos entre junio de 1973 y mayo de 1983. Su título era extraño: ¿Cómo podía estar prohibida la memoria?

Lo cierto es que estaba prohibida. Estaba prohibido acordarse de las personas que habían sido detenidas y hechas desaparecer; estaba prohibido acordarse de determinadas fechas para celebrarlas; estaba prohibido acordarse de las cosas que nos pasaron como individuos y como sociedad durante aquellos días de plomo desencadenados en 1973. El título, entonces, tenía relación con esa acción esencial del ser humano y de la sociedad que es recordar y que, no obstante, estaba prohibida.

Las Tres Dimensiones de la Memoria

La memoria no es otra cosa que un registro en nuestra mente. Un registro inestable, si se quiere, amenazado por su evanescencia y que, según el parecer del autor, puede concebirse como un conjunto de tres dimensiones. Cada una de las tres contiene emociones, más o menos intensas. En cada una, los momentos, los actos o las experiencias registradas como recuerdos están cargados de emociones, tal como Augusto lo dijo.

En una primera dimensión de memoria se encuentra, por ejemplo, el registro de una foto, esa foto que se le toma a un pariente, a una novia o un novio, a unos hijos, a unos nietos y se pone en el álbum familiar o se guarda en un computador o un celular. Es la dimensión de la identidad de la persona, de su individualidad, y de la identidad del grupo familiar, de los conocidos y los amigos.

Una segunda dimensión es la conmemorativa. Las parejas, los grupos, las sociedades están llenas de actos conmemorativos, de ritos conmemorativos. Fijémonos en la palabra. Se necesita recordar y recordar en conjunto, con los demás, de aquí que se trate de “con-memorar”, para poder saber quiénes somos en tanto colectividad, quiénes somos como pareja, como grupo o como sociedad. Por eso hay conmemoraciones.

Y existe una tercera dimensión de memoria que tiene que ver con aquella memoria que nos facilita el aprendizaje, que nos permite no tropezar dos veces con la misma piedra, la memoria educativa, aquella que ayuda al aprendizaje y la renovación del conocimiento, porque sin memoria no hay conocimiento. Si no se recuerda un dato pasado, ¿cómo se lo puede tener en cuenta para construir el presente y cómo se lo puede usar para proyectar el futuro?

Durante casi dos décadas la memoria fue prohibida en Chile en cada una de esas tres dimensiones. Fue prohibida en el ámbito personal: hubo gente que destruyó fotografías de sus álbumes familiares, porque eran imágenes que podían tener una connotación o una interpretación mañosa según cayeran en qué manos. Por lo tanto, la memoria personal, la de la identidad más íntima, estaba soterrada, prohibida, era de puertas adentro, de álbumes cerrados. Lo mismo ocurrió con la memoria conmemorativa. No se conmemoró nunca más nada que tuviera que ver con democracia, nada que tuviera que ver con nuestra vida en la historia nacional al menos desde la Constitución de 1925 en adelante; de hecho, esa fue una Constitución cancelada el 11 de septiembre de 1973. Por lo tanto, la conmemoración colectiva, lo que nos hacía recordar de dónde veníamos como sociedad, qué nos había hecho como nación, qué nos había formado, qué nos había pasado para explicarnos cómo éramos -cómo somos-, también estaba prohibida. Hubo otros ritos conmemorativos, con los que la autoridad uniformada de la época pretendió reemplazar a aquellos, pero eran ritos agresivos creados por unos contra otros, a contrapelo de lo que había sido nuestra historia democrática. Y la tercera dimensión de memoria, la de la memoria educativa, que nos permite conocer o aprender de nuestro pasado, también estaba cercenada, también prohibida.

Chile era un país, una sociedad, que había perdido su memoria en todos esos dominios. Y fue lo que nos propusimos recobrar con nuestro libro: la memoria de las personas, la memoria de los ritos conmemorativos y la memoria educativa, para que nunca más sembremos en el presente las piedras del pasado que nos podrían hacer tropezar en el futuro.

El relato que sigue es la historia de ese libro. La historia de cómo lo elaboramos rodeados de un ambiente de muerte, sufrimiento y desolación.

También es -en parte- la historia de las personas que trabajamos para ese proyecto, incluida la del autor. Una historia centrada en los cinco años que corren entre fines de 1982 y fines de 1987, período en que, dentro del grupo de Góngora, le correspondió escribir los cinco volúmenes originales del texto. Y, en consecuencia, se trata de una historia personal de la amistad construida con Augusto y de cómo fue ejercer el oficio de periodista en la revista disidente APSI, sometida a censura, control y amedrentamiento.

En estas páginas no se cuenta un drama ficticio, sino que se narra cómo era la vida, para ellos, durante esos años: los hechos que sucedieron y jalonaron su tarea. Hechos irrefutables que están a salvo de las distorsiones de la memoria, porque fueron fijados por el trabajo de la verdad en su momento.

Con todo, a tantos años de los sucesos narrados, el autor ha echado mano a sus recuerdos para insertar vicisitudes personales en los hechos reales. Hechos en los que muchos en el país, quizás demasiados, no creían, gustaban de tergiversar de manera burlona o simplemente negaban con total irresponsabilidad.

En lo que toca a los extravíos de memoria en que el autor haya podido incurrir al escribir la narración que sigue, reproduce aquí las palabras del escritor mexicano Héctor Aguilar Camín, de las que se apropia con el debido reconocimiento: su memoria no funciona como un archivo preciso, sino como una colección de destellos, un paso de mariposas. Las más de las veces, sus recuerdos se abren en la oscuridad como los gemidos en el sueño. Va sobre los restos de su memoria en busca de Emma y Héctor como quien brinca sobre las piedras salidas de un río.

Tejas Verdes: Un Testimonio Crucial

Más allá de haber sufrido (o no) detención y tortura, la lectura de Tejas Verdes ayuda a comprender que esto le ocurrió a un cuerpo colectivo y todavía, a 50 años del golpe de Estado, no sabemos bien cómo incluirlo en el flujo vital de la vida. Es extraño. Recién tomo conciencia de que he leído muy pocos testimonios sobre detenidos, torturados y exiliados debido al golpe militar. Y solo ahora, casi a medio siglo de su publicación, leo Tejas Verdes.

Leo y me recojo, me ovillo y trato de mantener la calma. Teniendo presente el vasto material de videos, entrevistas y recuentos escritos sobre el Holocausto, es increíble el parecido de estos testimonios con el de Hernán Valdés. Más allá de haber sufrido (o no) detención y tortura, comprendo que esto le ocurrió a un cuerpo colectivo, al cuerpo de los chilenos, y no sabemos bien cómo incluirlo en el flujo vital de la vida.

El rito de los 50 años puede que ayude: “El dolor -leemos en Tejas Verdes- corresponde, por una parte, a una mutilación. Es como si se me arrancara el sexo de raíces, como una dentellada que me deja abierto y, arriba, en la boca, como una explosión que volara toda la carne, que dejara los huesos de la cara y del cuello al desnudo, los nervios petrificados, en el vacío. ¿Constituye lo allí contado, en estos momentos, una sorpresa? Al leer este diario en Chile, no importa cuándo, ¿es novedad?

En realidad, desde un inicio cada uno de nosotros escuchó con miedo muchos relatos de amigos y conocidos en la intimidad del hogar: me amarraron a una silla, me conectaron cables eléctricos a la lengua, el pene y las tetillas… y vinieron las descargas, caí de bruces, perdí el conocimiento. Lo común era que las preguntas fueran una simple excusa para denigrar al detenido: dónde están las armas, confiesa el paradero de tal dirigente. Y en muchos casos, se soltaba al insurrecto, 24 horas después, con unas costillas rotas. Para asustar a todos: a la familia, al barrio, a los del trabajo, a los universitarios. Y volver a la rutina, como si nada hubiera pasado.

Un Diario Desde el Infierno

Este texto está escrito en forma de diario, poco tiempo después de haber salido (expulsado con vida, por suerte) del campo de concentración Tejas Verdes. Aclaremos: no es que el autor haya escrito día a día mientras estaba preso, sino que vuelve a vivir desde la escritura esta experiencia límite, incorporando en el relato la incertidumbre que sufrió: no sabe qué ocurrirá con él, cuándo le llegará el turno de la tortura y si logrará salir vivo de esa temporada en el infierno: “Puede suceder cualquier cosa. ¿Y qué pasa con nosotros, los lectores?

Vista del regimiento de Tejas Verdes (1990)

Vista del regimiento de Tejas Verdes (1990)

Tejas Verdes es un campamento compuesto por cabañas (pocilgas, donde se depositan los prisioneros, “tráfico de carne”), que aparecen camufladas a la vista de curiosos que puedan deambular cerca de la carretera, en viaje al balneario de Santo Domingo, que está al frente. En realidad, estamos habitando el espacio chileno, vivido esquizofrénicamente: por un lado, el descanso familiar en las playas del litoral, cercano a la capital (el mismo Hernán Valdés estuvo allí con su compañera un poco antes de su detención), y yuxtapuesto, el campo de concentración, donde los detenidos apenas atisban la luz entre las rendijas de las denominadas “cabañas”.

Solo el espacio natural (el verdor de la clorofila) y el espacio estelar, cuando los prisioneros salen a defecar, le devuelve al autor un hálito de trascendencia vital. Desde la primera página del diario, Hernán Valdés vive un tiempo muerto, un vacío que lo llena de zozobra: es el tiempo de la Espera: a ser detenido, a ser torturado, a morir. Es un tiempo irremediable, que en el caso de la tortura (centro de la incertidumbre) fija el espíritu de los días: “Pensamos que los sábados, por ejemplo, deben ser excelentes, ya que entonces los torturadores han de estar impacientes por terminar su jornada e irse a tomar un trago o a almorzar.

¿Qué significa la tortura? ¿Es la división del espíritu y el cuerpo, la conversión al sujeto en mero detritus? ¿Un lenguaje denigratorio que pretende despojarlo de sus órganos, cual operación maligna? ¿Una materia descompuesta, los ideales habitando un mero esqueleto? Son todas imágenes que surgen de las vivencias exhibidas en este diario: “Soy una pura masa que tiembla y que trata todavía de tragar aire”.

Sufrir el hacinamiento (sujeto tapiado), caminar a tientas con una capucha hedionda que cubre el rostro (el juego a la gallinita ciega), los hervores malolientes de las sopas; en fin, golpizas reiteradas y un constante lenguaje denigratorio, que se exacerban en la tortura bajo los golpes de corriente: “Alguien me da un agarrón en el sexo. Insisten en que les describa los órganos sexuales de Eva, el color de sus pendejos, la forma de sus tetas. Quieren saber qué hacemos en la cama, cómo y qué nos besamos.

La Deshumanización y el Sadismo Cotidiano

El relato exhibe el sadismo enmascarado en chiste de los juegos que implantan los cuidadores sobre los prisioneros, como si se nos presentara una serie de lugares comunes del lenguaje donde los seres humanos (aquí, los chilenos) gozan denostando al otro, no se sabe bien por qué: puede ser miedo, resentimiento, ignorancia, repetición de lo visto y vivido, en muchos casos, lo cotidiano. Los soldados, “amoratados por la cerveza”, exigen a los pobres diablos (personas indefensas) que alguien cante, que cuente un chiste. Un cuidador, al despertarlos les espeta: “¿Durmieron bien, pelotudos? ¿Tienen alguna queja?”. Y en la rutina diaria del trote por el campamento: “¡Abajo, huevones! ¡De pie, huevones!”.

Menciono esto, porque muchas de las actitudes pueden estar en el corazón de nuestra educación colegial y hogareña. En este campo de concentración ocurren situaciones inverosímiles para nosotros, pero que hablan del oportunismo y de situaciones absurdas y tragicómicas, como el negocio que arma la señora de un suboficial en la vivienda ubicada en el mismo centro de detención: “Dicen que hasta hace poco la mujer del suboficial vendía sándwiches y cigarrillos a los prisioneros a través de la alambrada, pero que últimamente se lo han prohibido”.

Cagados, orinados, pulguientos, alimentándose de comida agusanada, están al borde del desquiciamiento: “Hace tres días que no duermo ni cago. Es un estado semejante a la alucinación, al desvarío de los inmundos ascetas del desierto. No puedo razonar. Todo lo que me propongo como pensamiento se transforma en ensoñaciones, en visiones tortuosas y escalofriantes”.

Aquí, lo que más llama la atención es la fijación de la mirada en las deposiciones, que alude a la descomposición de lo humano, a la pérdida de la dignidad: “La mierda de Rubén sale ante mis propios ojos, es como un parto. Aquí (por suerte) no hay héroes como en las películas: nadie aguanta la tortura, entre los detenidos hay gente desagradable, algunos demasiado ingenuos o de pocas luces. Es un vaciamiento, el reverso del alma, un cuerpo-máquina que licúa sustancias: “Quedo asombrado, cada día, de las cantidades de mierda que logro evacuar, de color amarillo subido, como pulpa de naranja prensada, cantidades superiores a lo que he comido”.

Es el espejo ominoso, lo que va quedando del hombre en el proceso de denigración. No es alguien obsecuente. Aquí (por suerte) no hay héroes como en las películas: nadie aguanta la tortura, entre los detenidos hay gente desagradable, algunos demasiado ingenuos o de pocas luces. Siendo calificados como “prisioneros de guerra”, no hay ningún detenido que sea un dirigente de renombre; por el contrario, son personas del montón (Valdés incluido): un mozo de cocina del hospital Barros Luco, alguien que trabaja en una farmacia, un profesor de primaria socialista que dirigía la repartición de mercaderías en su barrio, un antiguo dirigente de suplementeros, un joven seguidor de un gurú. El autor acota: “Somos un mosaico informe de la sociedad”.

Retratos de la Época

Desde ya avanzado el siglo XXI, resulta pintoresco leer algunos retratos de soldados y campesinos, quizás desafiando algunos estereotipos de lo popular que se tenían en aquella época, pero también demostrando cierta cuota de clasismo. Así, de un soldado (procaz, como los demás) se indica: “Si no fuera por el fusil y el casco de acero, que lo cubre hasta las cejas, y las fuertes botas, no sería sino un típico campesino chileno: mestizo, piel aceitunada, ojos pequeños, grandes dientes. No debe tener más de veinte años, juraría que conozco sus héroes. El Colo Colo, las teleseries mexicanas, los cómics”. Anotemos, de paso, según registros fotográficos, que la figura de Hernán Valdés no está alejada de ese retrato. Y de una enfermera (cuyo trabajo es examinar a los detenidos luego de la tortura: lo hace despreocupadamente), acota: “Es una pequeña morena, también de rasgos nacionales muy característicos, un moreno enfermizo, ceniciento, ojos negros, boca pequeña. Está muy maquillada en los ojos”.

Hay cierta picaresca al registrar las historias de algunos detenidos, que revelan un alma popular que vive de mitos. Por ejemplo, don Ramón, viejo suplementero, cuenta su vida que es un calco de la del maratonista Manuel Plaza, indicando que compitió en las Olimpíadas de 1936 en Berlín. Y en el caso de un joven aspirante a gurú, el autor se complace en citarlo: “La energía es amor. Es perceptible por los sentidos. Hugo puede verla, con los ojos cerrados, como una luz azul, puede oírla como un rumor poderoso, melodioso, puede gustarla, como un sabor fuerte, de alcachofa”.

Este texto ha conmovido. A veces hiere mi sensibilidad, un humor ácido que trabaja mi cuerpo. Pero nos devuelve a lo real poniendo en tensión el sentimiento de solidaridad: “Nos peleamos por la comida, por el pan, nos robamos unos a otros las mejores frazadas. No nos gustan nuestras caras; la fealdad de los demás expresa demasiado claramente cuál debe ser la fealdad de la propia”.

Y, simultáneamente, ocurre algo maravilloso: en este testimonio reconocemos la dignidad de esos cuerpos abusados, su resiliencia, un sentir comunitario de algo perdido, en fin, la esperanza nunca abolida.

Conmemoración en San Antonio

Con una emotiva ceremonia en el memorial “La Piedra” y la participación de más de un centenar de personas, San Antonio conmemoró hoy a las víctimas del Golpe de Estado de 1973. La jornada, que incluyó una romería y actos simbólicos, subrayó el compromiso de la comunidad con la memoria histórica y la búsqueda de justicia.

La conmemoración comenzó a las 10:30 horas en el emblemático punto ubicado frente al Edificio Consistorial. Donde los asistentes se reunieron para recordar a los sanantoninos asesinados durante el Golpe de Estado de 1973, que derrocó al gobierno democrático de Salvador Allende e instauró una dictadura cívico-militar que perduró casi 17 años.

La Alcaldesa Constanza Lizana Sierra destacó la importancia de mantener la memoria histórica. “Hoy estamos conmemorando, como cada año, el recuerdo de la herida más grande que tiene Chile: el golpe civil-militar de 1973. A 51 años de esos hechos, aún enfrentamos la búsqueda de justicia y verdad para aquellos que fueron detenidos y nunca regresaron a casa”, señaló.

Por su parte, Jorge Romo Zúñiga, exgobernador del Departamento de San Antonio hasta el día del golpe, recordó su experiencia personal. "Fui detenido y exiliado y a pesar del dolor, continúo luchando por mantener viva la memoria de esos días”, indicó.

El evento continuó con una romería hacia el histórico puente Lo Gallardo, cercano al Campamento de Prisioneros N°2. Los presentes lanzaron claveles al río Maipo en memoria de las víctimas, en un acto simbólico para mantener viva la memoria de aquellos que sufrieron durante la dictadura.

Luis Barrera Jeria, presidente de la Comisión de Derechos Humanos de la provincia de San Antonio, expresó su gratitud por el apoyo ciudadano. “Nos conmueve y emociona ver a la ciudadanía unida en la memoria de nuestros mártires y compañeros. A pesar de las atrocidades vividas, la presencia de tantas personas demuestra que no se olvida a quienes fueron ejecutados y desaparecidos”, afirmó.

Luego, durante horas de la tarde, la conmemoración se trasladó al Sitio de Memoria Ex Centro de Detención en Balneario Popular Rocas de Santo Domingo, donde se realizó una velatón en presencia de familiares y sobrevivientes de torturas. La jornada finalizó con un acto cultural y una velatón frente al Regimiento Tejas Verdes, un lugar emblemático en la historia de la represión.

Cabe mencionar que este periodo se caracterizó por una represión brutal que resultó en la muerte de 2.123 personas y la desaparición de 1.093 individuos, cuyos paraderos siguen siendo desconocidos.

Víctimas de la Represión en Chile (1973-1990)
Tipo de Víctima Número
Asesinados 2.123
Desaparecidos 1.093

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