Durante siglos, el trabajo, especialmente el manual, fue despreciado, asociado a menudo con la esclavitud. Sin embargo, el cristianismo revolucionó esta perspectiva al destacar el valor intrínseco del trabajo en todas sus formas.
El cristianismo dio al mundo la gran lección del valor del trabajo: Cristo, el Hijo de Dios, se hizo obrero manual, escogió para sus colaboradores a simples pescadores, Pablo se gloría de no abandonar el trabajo de sus manos para no ser gravoso a nadie, los monjes han hecho del trabajo intelectual y aun del manual una razón de ser de su existencia religiosa. Todo trabajo, tanto el intelectual como el manual aparece reivindicado en el cristianismo.
La Dignidad del Trabajo Humano
Hacer comprender la dignidad del trabajo humano es tarea fundamental de la educación social. La palabra “trabajo” debería sugerirnos a todos no solo un medio para ganar la vida, sino una colaboración social.
La dignidad del hombre es atacada cada vez que un hombre, sin que sea responsable, es reducido a cesación del trabajo. Por el trabajo el hombre da lo mejor que tiene: su actividad personal, algo suyo, lo más suyo; no su dinero, sus bienes, sino su esfuerzo, su vida misma. Con razón los trabajadores se ofenden ante la benévola condescendencia de quienes consideran su tarea como algo sin valor.
Otros hay que ofenden al obrero haciéndole sentir que él vive porque la sociedad bondadosamente le procura empleo. Más cierto sería decir que la sociedad vive por el trabajo de sus ciudadanos: sin trabajo no habría riqueza ni sociedad.
La sociedad debería vivir en un acto continuo de acción de gracias a todos los que laboran su grandeza espiritual, intelectual, manual y consiguientemente de respeto a todo trabajador, de gratitud por sus esfuerzos que no se pagan con dinero. Siempre el que recibe el esfuerzo de un hombre recibe más que lo que le da al entregarle en cambio billetes de banco o monedas, aunque fuesen de oro legítimo.
Nada más desalentador que un esfuerzo cuya finalidad no aparece… Cuando el obrero, en cambio, descubre que su trabajo tiene valor para la comunidad, que es una contribución fraternal en bien de todos, su espíritu se ilumina con nueva luz, y sus músculos cobran nuevas energías.
Estos grupos de luchadores obreros han logrado comprender que no puede haber escisión entre su vida religiosa y su vida profesional. El trabajo no es una tarea que han de soportar durante algunas penosas horas del día, las menos posibles, para escapar luego a su vida espiritual y cultural. No; el trabajo es para ellos su grandeza, su vida.
El Trabajo como Esfuerzo Personal y Fraternal
El trabajo es un esfuerzo personal pues por él que el hombre da lo mejor que tiene: su propia actividad, que vale más que su dinero. El trabajo es un esfuerzo fraternal, es la mejor manera de probar el amor por los hermanos, responde a las exigencias de la justicia social y de la caridad.
El trabajo es santificador en sus resultados, pues, por el trabajo el hombre colabora al, plan de Dios, humaniza la tierra, la penetra de pensamiento, de amor, la espiritualiza y diviniza. Por el trabajo el hombre contribuye al bien común temporal y espiritual de las familias, de la nación, de la humanidad entera.
Responsabilidad y Conciencia Profesional
El sentido de responsabilidad y conciencia profesional elevarán al trabajador y lo harán digno de mayor respeto. La conciencia profesional excluye el trabajo hecho con negligencia, las ausencias injustificables, las falsas enfermedades y falsos accidentes, el trabajo lento, el honorario abusivo, el fraude de materiales, etc.
Consideraciones Específicas
- El trabajo de la mujer: No puede erigirse en principio que una mujer no puede trabajar como obrera. El salario que se debe a una mujer por un trabajo debe ser igual al que se pagaría a un hombre por igual tarea: “a trabajo igual, salario igual”. Todos los principios establecidos al determinar el salario mínimo valen también para la mujer, y deberían ser los obreros los primeros en protestar por esta competencia inhumana que se les hace ocupando mujeres que son pagadas en forma miserable. No podemos, pues, en nuestros días repetir simplemente el slogan: la mujer en el hogar. Muchas necesitan trabajar, y muchas desean porque desean cubrir sus propias necesidades, ayudar a sus familias o bien por el ambiente de acción social apostólica, cívica que desearían realizar.
- El trabajo de los menores: Al comienzo del maquinismo el trabajo de los niños fue una de las lacras más vergonzosas del régimen. Niños aun menores de doce años sometidos a trabajos pesados y a prolongadas faenas agotaban su salud y comprometían definitivamente su porvenir. Las legislaciones de muchos países han reglamentado el trabajo de los menores para prevenir estos inconvenientes. Sin embargo todavía, debido a la escasez de los salarios, los padres se ven obligados a servirse del trabajo de sus hijos, lo que debe ser combatido poniendo ante todo remedio a la causa del mal. Todo niño debe recibir su educación primaria completa, y luego debería seguirse una educación preprofesional, que completara los estudios generales y preparara técnicamente al niño para una profesión. Sin ella no alcanzará nunca un nivel de vida verdaderamente humano.
La mejor manera de levantar a un pueblo reside en la educación apropiada de los menores. Si la empresa no llega a pagar el salario vital familiar, tienen derecho los obreros a pedir que el empresario capitalista sacrifique previamente los intereses del capital y los beneficios de empresario.
El Amor y la Misericordia en el Contexto Laboral
No es ninguna novedad que el amor se encuentra en el centro de la experiencia cristiana. Es la palabra más apropiada del lenguaje humano para describir a Dios. “Dios es amor”, dice el evangelista Juan, lo repite san Pablo, y el mandamiento nuevo de Jesús de Nazaret es “ámense los unos a los otros, como yo los he amado”. San Felipe Neri llamaba a Jesucristo con el nombre de Amor, y “loco de amor” lo llamaba santa María Magdalena de Pazzi en un arrebato extático. Entre todas las manifestaciones del amor, la misericordia tiene un lugar de privilegio.
Santa Faustina se refiere a ella como “el atributo más grande de Dios”. También es descrita por el Papa Francisco como “el acto definitivo y supremo” de Dios y como “la vía que une a Dios y el hombre”. Y añade que “todo en [Dios] habla de misericordia [y] nada en Él está exento de compasión”. Ya en el Antiguo Testamento Dios se revelaba a Moisés como “clemente y misericordioso”, expresión muchas veces repetida, especialmente en los salmos.
Benedicto XVI sugiere en más de un documento la necesidad de moldear nuestras relaciones sociales según una lógica del don o de la gratuidad. Mauss señala que el regalo enaltece al donante y empequeñece al donatario, de modo que este último, pese a toda apariencia y construcción discursiva, queda en deuda respecto de su benefactor y obligado a retribuirle. En ciertos contextos los regalos constituyen incluso sobornos y actos ilícitos, porque la sociedad “sabe” ―las expectativas sociales indican― que los regalos presionan, amarran, es decir, obligan a devolver.
En la teoría de la reciprocidad de Mauss la gratuidad es solo aparente y la proporción es fundamental. Este acto aparentemente irracional de desprenderse de un bien sin adquirir ninguno a cambio hallaría dos justificaciones posibles: se da para recibir, es decir, esperando una retribución; o se da porque se ha recibido, es decir, retribuyendo.
Toda esta descripción del don presenta un desafío considerable al cristianismo, que enseña a dar sin esperar recompensa, es decir, generosamente, y hace de esa instrucción un imperativo central de su ética. ¿Son acaso imposibles los dones generosos?
El samaritano misericordioso se detiene, atiende las heridas de un desconocido, lo lleva a la posada y paga por él, prometiendo al hospedero encargarse de cualquier gasto adicional en que su protegido incurra. Esta parábola tensiona la lógica de la reciprocidad en un doble sentido. Primero, porque el depositario del don es un pobre, alguien que ha sido despojado de todo y de quien no puede esperarse que vaya a retribuir recíprocamente jamás. Segundo, porque además de pobre, es un extranjero (de Judea, no de Samaria), uno de quien el samaritano no puede presumir que haya recibido nunca nada, ni tan siquiera que sus antepasados lo hayan hecho de los suyos.
La sola idea de un gozo completo y eterno hace temblar el concepto de reciprocidad y desnuda la pequeñez de los actos humanos, aun los más generosos. La expresión “yo te retribuiré cien veces más” no pasa de ser una metáfora, porque allí donde el premio es infinito todo mérito deviene trivial.
El don de la misericordia debe entenderse como un exceso, injustificable desde un horizonte mundano, y respecto del cual la iniciativa corre de parte de Dios. Parafraseando a Francisco, podemos decir que Dios “primerea” ―se anticipa, toma la iniciativa― en el exceso y que la forma primera de la misericordia es llevada a cabo por Dios mismo.
Conmovido ante la fragilidad humana, ofrece dones de tal magnitud que ni siquiera pueden ser gozados plenamente. Varios episodios de la vida de Jesús ilustran esta intuición.
El culmen de los excesos de la misericordia es la Pasión y muerte en Cruz. San Alfonso María de Ligorio predicaba que una sola gota de sangre de Cristo o una súplica al Padre bastaban para redimirnos, retomando así una enseñanza presente en varios lugares, incluyendo el himno medieval Adoro te devote, atribuido a santo Tomás de Aquino. Pero quiso Dios hacerlo de otro modo, dice san Alfonso, porque “lo que bastaba para redimirnos, no bastaba para manifestarnos el amor extraordinario que nos tenía”.
San Alfonso indica que el hecho de que brotara también agua de la herida de la lanza es un signo de que Cristo derramó hasta la última gota de su sangre, como anunció que haría. Este es, teológicamente hablando, el exceso definitivo de la misericordia divina: el desmesurado precio que pagó Jesús por nuestra liberación, “pues, para demostrarnos lo mucho que nos amaba, [quiso] no solo derramar parte de su sangre preciosa, sino toda ella entre tormentos inauditos”.
El derroche de misericordia de esta escena es exagerado hasta el límite de lo desagradable a los sentidos. Ni siquiera es proporcionado según el modo en que los clásicos entendían la belleza. La muerte de Cristo pudo ser bella, artística, como lo eran las muertes de los héroes en Oriente y en Occidente, o como lo fueron las muertes de Sócrates, de Cleopatra o de Julio César, conservando siempre un aspecto noble y digno. Jesús, en cambio, muere destrozado, disfrazado a la fuerza como rey satírico, bañado de sangre y con las heridas expuestas.
Ni siquiera es proporcionado según el modo en que los clásicos entendían la belleza. La muerte de Cristo pudo ser bella, artística, como lo eran las muertes de los héroes en Oriente y en Occidente, o como lo fueron las muertes de Sócrates, de Cleopatra o de Julio César, conservando siempre un aspecto noble y digno. Jesús, en cambio, muere destrozado, disfrazado a la fuerza como rey satírico, bañado de sangre y con las heridas expuestas.
En efecto, podríamos decir, no son panes lo que está sobrando en ese episodio. Cuando Dios se conmueve por el hambre de sus seguidores ―“Me da pena esta multitud” ―, su misericordia sobreabunda inconmensurablemente por sobre la necesidad de ellos. El signo visible en aquel episodio es el pan.
Tras toda la noche intentándolo, los pescadores, entre ellos Simón Pedro, no habían pescado nada. No es un cataclismo, pero es el drama profundamente humano del trabajo infértil y la pobreza. Jesús se conmueve y los ayuda sin que nadie se lo pida, lo que tiene sentido: ¿qué iban a pedirle? Pero Jesús “primerea” y se hace cargo. Los insta a arrojar las redes de nuevo y llegan a pescar tantos peces que no caben en la barca de Simón. Incluso trayendo la nave de otro de los pescadores, “llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían”. Es tal la magnitud de la pesca y el prodigio, que el evangelista no nos dice que los pescadores hayan reaccionado con alegría, sino con temor.
Desde luego, cabe pensar aquí lo mismo que en el caso de las doce canastas: así como allí no se trataba del pan, acá tampoco se trata de los peces. Tampoco se trataba del vino en las bodas de Caná, pero en el exceso de su amor, no fue un vino ordinario el que ofreció Jesús, sino «el mejor vino», reservado para el final.
Estos excesos de la misericordia no encuentran respuesta alguna en el mundo. Aquello que intuitivamente llamamos don, que implica dar sin esperar nada a cambio, se materializa verdaderamente en las relaciones de misericordia, pues ellas proceden de un acto de donación amorosa que, siendo excesiva, no puede nunca ser propiamente retribuida.
En este sentido, es un don sin proporcionalidad ni expectativa de pago, y por ende es el acto supremo del alma libre, una negación de sí y afirmación radical del otro, especialmente cuando ese otro no puede retribuir.
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