La toma de la textil Liberman se produce en el marco de la muerte de un trabajador, Pedro Leone. El papá de María muere por un ataque cardíaco tras haber sido despedido un rato antes de la fábrica, después de pasar toda su vida ahí adentro. Cuando le comunican la noticia, el personaje mira hacia la ventana, con lágrimas en los ojos y dice: “hermoso día”.

Muchos sentimientos encontrados se mueven dentro de quien ve esta escena, con una historia reciente bastante similar. Un día te encontrás afuera, el mundo cambia alrededor para uno, mientras para los demás, todo sigue su curso y hasta puede que amanezca un hermoso día.

La cultura del trabajo, mal inculcada, la cultura peronista, del obrero que le debía su vida a la fábrica, el gran dilema entre el amor hacia el trabajo, hacia un oficio y el hecho de dejar la salud en pos de la dedicación total a producir para llenar las arcas de los patrones, que toda la vida se la llevaron en pala y el trabajador sólo accede a una mínima remuneración en comparación con el enriquecimiento del dueño.

Nos enseñan a que sin el amor al trabajo no somos nada, que nos debemos a él, que no importa si no tenemos tiempo para disfrutar junto a nuestras familias, para disfrutar de las cosas que nos gustan, de un cielo turquesa por la mañana, de la sonrisa de tus hijos cuando salen de la escuela.

Tomaron la fábrica, María junto con sus compañeros. Extendieron una tela negra sobre la enorme máquina donde trabajaba su papá. Todo alrededor seguía igual. Era un hermoso día, como dijo Pedro Leone, pero él había sido despedido, muerto.

Su máquina estaba encendida por la mañana y por la tarde, silencio, un trapo negro sobre toda su vida, su dedicación. Esa es la bandera de la téxtil Liberman ahora, no la mariposa multicolor de su logo. La muerte de un trabajador es el estandarte más resistente para la lucha, te vuelve inclaudicable.

La escena en la que Pedro muere en brazos de su mujer y de su hija María, se vio tamizada con otras imágenes: la esposa de Miller, Diana Liberman, ya conocido el personaje por sus extravagancias y su pasión por los gusanos de seda, está en su jardín, filosofando con su hijo Gabriel sobre la vida y la muerte, para después soltar unas mariposas blancas y negras, la vida que fluye, la muerte que acecha.

La muerte de un trabajador despedido, que es a la vez renacimiento, el compromiso que tenemos los trabajadores combativos, conscientes de que el capitalismo no va más, que hay que cambiar este sistema de raíz para que la vida sea otra cosa y también la muerte.

El hijo menor de Miller, Brian, mientras tanto, se pasea por la casa tocando en un tambor unos acordes de música celta, acompañando a su padre que en algún lugar de la casa, toca la gaita, vestido con el traje típico de escocés. Escena excéntrica si las hay, pero el chico se ve como un anunciador, dentro de su locura, lleva los acordes del desastre, de la quiebra de la empresa, de la muerte de Leone, de la toma de la fábrica, resonando en su redoblante, marcando el ritmo inexorable de lo inadmisible.

María opta por despedir a su papá de esa manera, dentro de la fábrica, vestida con la camisa de trabajo usada por él, defraudada por la patronal a la que siempre le debió su respeto, defraudada por el abogado buitre que despidió a su papá. Cuando empujaron a la patronal y su gente del otro lado de la reja, tras insultarlo, María le asesta a Uribe un rasguñón en el cuello, le deja marcadas sus garras.

La Leona toma el cielo por asalto, ese cielo que su papá vio por la ventana en el momento en que recibe la noticia de su despido. Le marca las garras, con el mensaje de que la van a pelear. De esto estamos hechos, del eterno dilema en el que crecimos: la cultura del trabajo y la libertad, el deseo de no ser explotados, de no dejar la vida en las fábricas, de tener la certeza de que hay algo más y luchar por esos ideales.

“Somos lo que hacemos” dijo María Leone. Somos mariposas, de colores, somos la sonrisa de los que amamos, somos el amanecer, el rocío en las veredas cuando vamos hacia el trabajo.

"Tomemos el cielo por asalto, muchachos… Al lado de nuestro puesto de trabajo, con los trabajadores no se jode”, fueron las palabras de La Leona en el capítulo 23, emitido por Telefé el miércoles 24 de febrero, día de lucha, de paro de los trabajadores estatales que demostraron de manera contundente en todo el país que están dispuestos a defender sus puestos de trabajo, a riesgo de ser reprimidos por el famoso protocolo antipiquetes anunciado por la Ministra de Seguridad, Patricia Bulrich.

El período electoral fue el terreno propicio para volver a instalar, a permear, una vez más, en el sentido común la idea de una reforma laboral. Los argumentos son un testimonio del pasado: recogen todas las falacias noventistas. Se dice que sin una “modernización” de las relaciones laborales el tren de la historia pasará de largo por estas pampas.

Que la aplicación del desarrollo tecnológico está limitada por las arcaicas leyes actuales. Que la única forma de crear empleo es barrer con los derechos laborales. Son planteos que impulsan las grandes empresas y los candidatos de la derecha. Buscan aumentar los niveles de explotación de la clase trabajadora e incrementar sus ganancias.

El Gobierno del Frente de Todos se pronuncia de palabra contra la reforma laboral. No obstante, las reformas que se pretenden generalizar, de hecho, ya están implementadas en numerosas actividades y avanzan en otras. Paradójicamente (o no tanto), en el propio Estado existe el fraude laboral a gran escala: se cuentan de a miles las trabajadoras y trabajadores sin estabilidad laboral, el personal contratado como monotributista y los empleados que realizan tareas de limpieza y mantenimiento a través de empresas tercerizadas.

Es decir, que el Estado no garantiza a una gran parte de su personal el derecho a la indemnización, a la sindicalización, a las vacaciones pagas ni al aguinaldo. Por otro andarivel, la gran mayoría de la juventud sufre el mismo fraude laboral en las aplicaciones de reparto, en los supermercados, en los comercios, en las fábricas. Una investigación de La Izquierda Diario expuso un presente oscuro: más del 70 % de les jóvenes trabajan en condiciones de precarización extrema.

Entre los que tienen entre 14 y 29 años, la desocupación trepa al 16,1 % si son varones y al 22,4 % si son mujeres. No solo eso. En todos los rangos de edades, la desocupación ronda el 10 %.

La burocracia sindical de la CGT procede como el gobierno: rechaza de palabra la reforma laboral, pero avala su implementación allí donde está planteada a través de modificaciones en los convenios colectivos o por empresa. También es cómplice de dejar pasar el ataque al poder de compra del salario: desde octubre de 2015 a julio de este año se perdió el 21 % en el sector privado registrado y el 29 % en el sector público.

Desde enero, los sábados se trabajará de forma obligatoria. Antes era opcional, se pagaba como horas extras y los trabajadores rechazaban trabajar porque parte de lo que cobraban como extras lo perdían en el pago del impuesto al salario. Ahora, recibirán una “compensación” con un franco semanal y rotativo, además de $ 8.000 extras por sábado trabajado para cubrir la pérdida de las horas extras. Con el nuevo esquema la producción prácticamente no se detiene en toda la semana.

La imposición de los sábados como obligatorios es un avance de la patronal contra los derechos de los trabajadores. Ahora Toyota podrá fabricar más modelos Hilux y SW4, lo cual, evidentemente, es más importante que la salud y las condiciones de vida de los trabajadores.

Además, Toyota “prometió” efectivizar un poco más de mil empleados, algo que hasta hace no mucho era lo normal: desde el primer día se entraba a trabajar como efectivo.

En el contexto de las elecciones en el gremio de la alimentación, medios de comunicación adelantaron que Rodolfo Daer (quien fuera secretario general en la CGT noventista) se propone negociar un nuevo convenio adecuado a los “cambios tecnológicos”. Durante la pandemia, la industria de la alimentación innovó con los trabajadores y trabajadoras “prestados” por McDonald’s, Burger King y Starbucks que la multinacional Mondelez tomó por tiempo de contratación, sin miras a efectivizarlos, y sin las mismas condiciones que tienen los trabajadores de la planta.

Esta línea de “actualización” de los convenios había sido anticipada en el Primer Congreso de la Producción y el Trabajo realizado a fines de agosto bajo el impulso del Gobierno de Alberto Fernández.

En rechazo a los proyectos de cambios en las indemnizaciones, la candidata a diputada nacional, Myriam Bregman, señaló que en la legislación argentina existe el derecho al trabajo, pero no existe el derecho al despido. Por lo cual constituye un acto ilícito que la Constitución Nacional y la Ley de Contrato de Trabajo penalizan con una indemnización.

Esa libertad de llevar su talento por distintas empresas y la posibilidad de una jubilación feliz la gozan en la actualidad los obreros de la construcción bajo convenio de la UOCRA. Tienen un sistema similar al de la “mochila” y viven en un paraíso de empleo no registrado y son hojas al viento de la desocupación en momentos de crisis. No solo eso. El convenio UOCRA incluso es utilizado por numerosas patronales para tercerizar tareas con menor costo.

Campos explica que en los últimos trece años la industria de la construcción no creó más empleos que el resto de las actividades. Hasta antes de la pandemia venían relativamente parejos, pero después de la pandemia la construcción quedó rezagada. Por lo tanto, la existencia de un esquema flexible de terminación del contrato de trabajo no condujo a un crecimiento diferencial del empleo registrado.

En realidad, el despido libre permite que los empleadores ajusten rápidamente a la baja en contextos de crisis económica. La facilidad para despedir tampoco contribuyó a que aumente el nivel de registro laboral. Según un estudio del Centro de Estudios para la Producción (CEP XXI), del Ministerio de Desarrollo Productivo, el 67,8% de los trabajadores no está registrado en el sector de la construcción.

El economista llama la atención sobre que tanto eje por parte del gran capital en la quita de la indemnización se explica por un país con una situación económica inestable. Por otro lado, la "mochila" consiste en un aporte mensual a un fondo indemnizatorio, lo cual implica, en los términos empresariales, un aumento del costo laboral que es lo que, supuestamente, se quiere reducir. En este punto, el nuevo esquema incluso podría desincentivar la contratación. No obstante, Graña explica que muchas empresas hacen previsiones contables para posibles despidos, por lo cual es un costo que está relativamente incorporado en la ecuación de ganancias.

Pero lo central es que el paradigma neoliberal se instaló en un clima conservador de hiperinflación, ineficiencia del Estado y sucesivas crisis. A lo que se sumó el impulso de los grupos económicos y organismos internacionales (FMI, Banco Mundial) para fijar prioridades de política pública.

En este contexto, señala el CEPED, el sindicalismo oficial registró una estrategia defensiva: defensa de “atribuciones corporativas y poderes” (como los fondos de las obras sociales) en detrimento de los derechos y condiciones laborales. En esos tiempos comandaba la CGT, Rodolfo Daer, quien tiene más años como burócrata sindical que años de vida en la tierra.

El diagnóstico oficial de entonces indicaba que las reformas debían impulsar la inversión y el empleo. No obstante, la evaluación de la década del noventa lo desmiente. La desocupación pasó de ser el 6,3 % en 1990 a ubicarse en el 13,8 % en 1999. La subocupación se movió en el mismo sentido. El porcentaje de personas bajo la línea de la pobreza, luego de bajar en 1991 al 21,5%, creció hasta el 26,7 % en 1999.

Para los que quedaron con empleo, el poder de compra del salario se recuperó, pero siempre por detrás del avance de la productividad, como no podía ser de otra manera, en tanto es regla en este sistema social que las mejoras de productividad se la embolsa la clase capitalista. En realidad, el resultado de las reformas noventistas fue un aumento de la explotación obrera.

En sentido opuesto a la agenda del régimen del FMI, la propuesta de la izquierda de una reducción de la jornada legal de trabajo a 6 horas y 5 días a la semana (30 horas semanales), sin rebaja salarial, implica, en los hechos, una recuperación del 33 % en el salario por hora trabajada para todos los que actualmente tienen una jornada de ocho horas diarias.

Se podría crear una gran cantidad de nuevos puestos para terminar con la d...

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