Recordar a San Ignacio de Loyola y celebrar su fiesta, es una ocasión para compartir algunas reflexiones sobre el año ignaciano que comienza el próximo mes de mayo. El año ignaciano 2021-2022 nos ofrece una gran oportunidad que, -¡ojalá!-, aprovechemos a fondo y evitemos dejarla pasar en vano. Es un llamado a permitir que el Señor trabaje nuestra conversión.
Deseamos descubrir un nuevo entusiasmo interior y apostólico, una nueva vida, nuevos caminos para seguir al Señor. Sabemos que asimilarlas supone conversión para cada uno de nosotros, nuestras comunidades y nuestras instituciones u obras apostólicas. Esperamos durante el año ignaciano compartir más a fondo con ustedes la experiencia fundacional por la que el cuerpo apostólico de la Compañía participa en la misión de reconciliar todas las cosas en Cristo.
A los jóvenes les digo, queremos aprender a acompañarlos. Queremos aprender de ustedes. Cada uno de ustedes es único, ha nacido con un proyecto especial. Ignacio luchó para descubrir el sentido de su vida. En él pueden encontrar inspiración en la búsqueda que cada uno de ustedes está haciendo para hacer de su vida algo significativo, una contribución a un mundo mejor, en el que se respete la dignidad de las personas y se conviva gozosamente con la naturaleza.
A mis hermanos jesuitas de todas las generaciones dispersos por todo el mundo les digo que el año ignaciano es una nueva llamada a inspirarse en Ignacio, el Peregrino. Su lucha interior y su conversión lo llevaron a una muy cercana familiaridad con Dios. Esta familiaridad, este intenso amor, le permitió encontrar a Dios en todas las cosas e inspirar a otros para, juntos, formar un cuerpo apostólico, lleno de celo misionero.
Sí, una relación íntima con el Señor es posible si la deseamos y la pedimos con insistencia como hemos aprendido en los Ejercicios Espirituales. Es una intimidad que se nos da no sólo para disfrutarla cada uno tranquilamente. Por el contrario, es una intimidad que nos capacita para amar y seguir más de cerca a Jesús que nos sigue llamando, especialmente a través de los más pobres y marginados, a través del grito de la tierra, a través de todo lo que es vulnerable.
Guiados por el discernimiento de las Preferencias Apostólicas Universales hemos aceptado el reto de escuchar el grito de los pobres, los excluidos, aquellos cuya dignidad ha sido violada. Hemos aceptado caminar con ellos y promover juntos la transformación de las estructuras injustas que se han puesto de manifiesto tan claramente en la actual crisis mundial. Sólo el amor de Jesús trae la curación definitiva.
Al recordar a San Ignacio de Loyola y su conversión, encontramos aliento. Sí, el cambio es posible. Sí, nuestro “corazón de piedra” puede convertirse en “corazón de carne”. Sí, nuestro mundo puede encontrar nuevas formas de avanzar.
Me dirijo a ustedes, queridos jóvenes cristianos. Ustedes han adquirido una gran riqueza, ¿para qué la están utilizando? Recuerden la gracia de nuestro Señor Jesucristo,, quien por amor a ustedes se hizo pobre, aún siendo rico, para que por su pobreza fueran enriquecidos (2 Corintios 8:9). ¿Cómo usarán estas riquezas?
Me gustaría recordarles lo siguiente: "Hay quienes reparten, y les es añadido más; y hay quienes retienen más de lo que es justo, pero vienen a pobreza" (Proverbios 11:24). Las riquezas que él nos ha dado son nuestras para toda la eternidad, pero también somos administradores de ellas y debemos negociar con ellas en su Nombre y para su beneficio.
En él reside toda verdadera nobleza. Cuán absoluta fue su fidelidad a Dios: siempre obediente y dependiente. Siempre hizo lo que agradaba a Dios, de modo que podía decir de él: "Un hombre noble se fue a un país lejano, para recibir un reino y volver" (Isaías 42:1). Por otro lado, ¡cuán noble fue él en su trato para con los hombres! Jesús nunca actuó por motivos egoístas ni cambió su comportamiento ante el odio o la ingratitud de los hombres. No usó su poder para beneficiarse a sí mismo, sino para ayudar a los demás.
Jesús siempre actuó de manera noble y hermosa. Cuando se encontró con una madre viuda que lloraba por su hijo muerto, su corazón se llenó de compasión por su aflicción, y con su palabra reprendió la causa y resucitó a su hijo. Su abnegado amor lo puso al servicio de todos, y sirvió porque el amor debe servir en un mundo de pecado y necesidad. ¡Qué maravilloso Salvador! ¡El verdadero Hombre noble! Nuestro Señor y Maestro, quien nos salvó para que lo sirvamos.
Él es el legítimo Rey de todos, pero los hombres no apreciaron su nobleza debido a que eran muy innobles. Su mansedumbre, gentileza y paciencia no los conmovieron, sino que los llevó a despreciarlo y odiarlo. Es importante tener en cuenta que el mundo no puede ayudarnos a negociar por el Señor, por lo que no podemos depender de sus recursos ni seguir sus caminos.
A diferencia de la de la parábola de los talentos en el Evangelio según Mateo, la distribución de las minas no es según la capacidad de los siervos, sino que cada uno recibe una. La mina es ese gran tesoro que el Señor trajo al mundo, a saber, el conocimiento de Dios en su gracia. Esto se nos revela especialmente en el Evangelio según Lucas.
Él vino para revelar la gracia de Dios y, al hacerlo, estaba en los negocios de su Padre. ¡Con qué perfección se reveló esta gracia en la casa del fariseo en el capítulo 7, cuando le dijo a la mujer pecadora: "Tus pecados te son perdonados" (versículo 48). El Señor trajo el conocimiento de Dios en su gracia infinita a los hombres culpables de este mundo, pero cuando regresó al cielo, no se lo llevó consigo, sino que lo dejó aquí con sus siervos para que negociaran con él.
En su gracia infinita, nuestro Señor nos ha confiado una “mina”: el conocimiento de Dios. En 2 Corintios 4:6-7 se nos describe de la siguiente manera: “Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros". Debemos hacer circular esta mina en nombre de nuestro Señor y negociar con ella hasta que él venga.
Les pregunto, queridos jóvenes cristianos, ¿qué puede compararse en valor con el conocimiento del Dios de toda gracia? Ha significado mucho para ustedes. Sin él, ustedes estaban sin esperanza, sin luz, sin paz; eran errantes, huérfanos, pecadores no perdonados. Pero el evangelio de Su gracia ha cambiado todo eso, y ahora pueden decir: «Dios está con nosotros».
Si queremos negociar exitosamente, entonces es fundamental que tengamos la tranquilidad y el contentamiento que nos da el conocimiento de Dios. Si estamos preocupados, irritables o descontentos, los hombres del mundo podrían preguntarnos: «¿Qué tienen ustedes que nosotros no tengamos?». Pero si ven que tenemos algo que nos sostiene en la prueba y nos mantiene tranquilos en medio del estrés y las lágrimas de la vida, entonces podrían estar dispuestos a escuchar nuestras palabras.
Les podemos decir que conocemos a un Dios cuyas compasiones son ilimitadas, que nunca rechaza un clamor dirigido a él mientras dure el día de gracia. Les podemos decir que Dios se conmueve por sus aflicciones, y que su misericordia se derrama para encontrarlos en su miseria. ¡Qué noticias tan buenas son estas para los hombres cansados y pecadores! Es extraño que a veces parezca que a la gente le importe tan poco. Sin embargo, más extraño aún es que nosotros, que tenemos este tesoro, mostremos tan poco entusiasmo en compartirlo.
Si un hombre quiere tener éxito en su negocio, primero debe considerar cuidadosamente dónde y cómo negociar. Esto es igualmente importante para el siervo del Señor, y todo cristiano es un siervo. Sin embargo, nuestra principal preocupación debe ser nuestro negocio para el Señor, y debemos saber cómo y dónde él quiere que le sirvamos.
Nuestro Señor no estará ausente para siempre. "Negociad entre tanto que vengo" vincula el presente con el futuro y produce en nosotros pensamientos solemnes acerca de lo que él nos dirá cuando regrese. Pero esta parábola también es una fuente de aliento, porque nos da la certeza de que el Señor tiene en cuenta cada acto de verdadero servicio y no se olvidará de ninguno de ellos. Todo lo que hemos ganado para nuestro Señor ha quedado registrado en los libros contables del cielo, y el Señor mismo se alegrará al reconocer la fidelidad de sus siervos.
Había un siervo que no conocía a su Señor y a quien no le importaba su honor y riqueza, aunque estaba con el resto de los siervos y se mimetizaba bien entre ellos. Este siervo no conocía al Señor en absoluto; y será juzgado por sus propias palabras: "Tuve miedo de ti, por cuanto eres hombre severo".
Nuestro trabajo será probado en relación a “cómo” sobreedificamos y la calidad de nuestra obra (véase 1 Corintios 3:10 y 13 NBLA). Debemos tener en claro que solo obtendremos ganancias si negociamos con la “mina” que el Señor nos ha dado para administrar. Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano”.- 1 Corintios 15:58.
A veces nos desanimamos no viendo resultados positivos en nuestra labor, pero el Señor no nos premia de acuerdo a nuestros criterios, sino de acuerdo a los suyos; y según ellos, el más pequeño trabajo que realicemos para Él dará su fruto y tendrá una recompensa.
¡No! ¡El trabajo en el Señor no es en vano! Gradualmente, sin embargo, los apóstoles empezaron a apreciar la grandeza de su Maestro, y a referirse a él como «el Señor» (Lucas 19:31). Sus convicciones fueron cristalizadas y se confirmaron en la mañana de la resurrección, y de inmediato ellos empezaron a llamarlo espontáneamente «el Señor» (Juan 20:25, 21:7).
Cuando el Espíritu Santo vino, ellos tuvieron una visión totalmente nueva de este señorío extraordinario, y con denuedo anunciaron a todos los hombres que era Dios mismo quien había constituido «Señor y Cristo» a Jesús crucificado (Hechos 2:36). Aun más, ellos reforzaron el mensaje del señorío de Cristo haciéndose siervos de todos los hombres por Su causa (2 Corintios 4:5).
Sólo el Espíritu puede hacer que Cristo sea Señor de una manera eficaz, viviente; y es vano llamarlo «el Señor» o «nuestro Señor» a menos que un hombre haya llegado primero a conocerlo como «mi Señor». El Espíritu Santo ha entrado en la experiencia humana para este mismo propósito, para traer a los hombres a la verdadera libertad, guiándolos en sumisión sincera al Señor Jesucristo, y así él es descrito propiamente como «el Espíritu del Señor» (2 Corintios 3:17).
Pablo afirmó que un día toda la creación, incluso los poderes de «debajo de la tierra» que no han sido reconciliados con Dios a través de la cruz, se doblegarán ante la supremacía del nombre del Señor. Pablo agregó entonces que su reacción personal a estas verdades había sido sacrificar gozosamente todo su propio interés por el gran honor de conocer a Jesús como «Cristo Jesús mi Señor» (Filipenses 3:8).
Si llamar a Jesús Señor le costó a Pablo todo, ciertamente a Jesús le costó todo lograr ese señorío. En el Nuevo Testamento el título «Señor» se usa para describir a Jehová del Antiguo Testamento, un punto que puede ser demostrado fácilmente comparando pasajes paralelos. La Biblia termina encomendando a todos los creyentes a la gracia de nuestro Señor Jesucristo. Esto es lo que el Libro representa en su totalidad (Apocalipsis 22:21).
Debemos vivir pensando en el mundo por venir cuando los trabajos de hoy serán recompensados. A la luz del mundo venidero, el apóstol dice que debemos estar: (i) Firmes - una palabra que viene de la idea de estar sentado sin moverse, como una persona sedentaria. La aplicación para el creyente es que no esté influenciado por los vaivenes del mundo hoy. (ii) Constantes - palabra que sugiere no ser removidos o desviados por algún ataque externo. (iii) Creciendo siempre - esta expresión tiene su raíz en lo que abunda o sobrepasa.
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