El empleo en Chile está muy rezagado, lo cual es una mala noticia, porque la principal fuente de ingresos para la gran mayoría de los hogares es el trabajo. El fenómeno es persistente y está acarreando graves consecuencias, especialmente para los trabajadores menos calificados.
El rezago se explica por dos factores. Por un lado, la tasa de ocupación, en perspectiva comparada, es muy baja. Esta representa típicamente la proporción de algún grupo de la población que tiene un trabajo. Si bien la definición más habitual de tasa de ocupación está referido a la población mayor de 15 años, las diferencias de cobertura en educación y de extensión de los estudios, como también las distintas edades de jubilación y de su estructura de la población, llevan a privilegiar comparaciones entre subgrupos que sean menos sensibles a esos factores.
Uno habitual es el de 25 a 54 años que, además, sería el que logra un mayor vínculo con el mercado laboral. Pues bien, en el tercer trimestre del año 2024 esa tasa para Chile fue de un 74,8 por ciento (como referencia la misma tasa para la población de más de 15 años fue de 56,3). Pues bien, para el promedio simple de la OCDE (excluyendo a Chile) la tasa de ocupación se empinó a 82,6.
Por otra parte, el desempleo en Chile se ha mantenido relativamente alto hace mucho tiempo. La tasa de desocupación en septiembre de 2024 fue de 8,5 por ciento mientras que el promedio de la OECD se situó en 4,9 por ciento. La elevada tasa nacional no es un fenómeno puntual, sino que responde a un período prolongado en estos niveles. Así en lo que va corrido del presente siglo solo en un 27 por ciento de los meses la desocupación ha estado por debajo del 7 por ciento y en solo 4 meses por debajo del 6 por ciento.
En el caso de la OCDE en el 58 del tiempo fue inferior a 7 por ciento y fueron 89 los meses en los que la tasa de desempleo fue inferior al 6 por ciento. El promedio del desempleo en Chile ha sido en todo este período de 8,1 por ciento mientras que el promedio de la OCDE ha sido de 6,6. En los últimos tres años la tasa de desocupación ha promediado un 8,3 por ciento mensual en Chile y en la OCDE solo un 5 por ciento. Los contrastes son evidentes.
Al mismo tiempo, la informalidad en Chile se sitúa en torno al 27 por ciento de la ocupación. Es difícil, entonces, observar estos números agregados y generales y no concluir que el mercado del trabajo no está funcionando bien y que hay dificultades para crear los empleos que la ciudadanía requiere. Es cierto que la economía en la última década ha estado creciendo a tasas modestas comparadas con las observadas en los años previos, pero tampoco se puede argumentar que su evolución ha sido un desastre. Por tanto, vincular la situación del mercado laboral solo a la ausencia de un crecimiento robusto no es convincente.
En el último tiempo se han sumado decisiones de política que elevan los costos laborales y que pueden estar teniendo un nuevo efecto sobre el mercado del trabajo. Hay que recordar que se reducirá la jornada laboral de 45 a 40 horas y que se ha hecho crecer significativamente el salario mínimo. Al mismo tiempo se espera legislar para aumentar en seis puntos porcentuales las cotizaciones previsionales. Son elementos que pueden constituirse en obstáculos adicionales a un funcionamiento del mercado laboral que ya era problemático antes de estas medidas. Esta realidad no parece estar sopesándose apropiadamente en el país.
El desempeño de nuestro mercado del trabajo ha recibido un escaso escrutinio y está presentando más sombras que luces. Es evidente el enorme impacto que tuvo la pandemia y que significó la reducción de casi 2 millones de puestos de trabajo entre los trimestres móviles diciembre-febrero de 2020 y mayo-julio del mismo año. Tuvieron que pasar 44 meses para que nuestro país, desde ese primer trimestre móvil, observara nuevamente esos niveles absolutos de empleo. Fue una recuperación mucho más lenta que en otras naciones.
El problema del empleo puede entenderse mejor si se analiza el comportamiento de los puestos de trabajo en distintos subperíodos. Si, por ejemplo, se consideran los cuatro años transcurridos entre julio-septiembre de 2010 y el mismo trimestre móvil de 2014 se puede apreciar que el empleo creció a una tasa anualizada de 2,3 por ciento. En los cinco años siguientes esa tasa fue de 2,2 por ciento. Finalmente, pandemia de por medio, en el último lustro el crecimiento de la ocupación sólo ha subido a una tasa anualizada de 0,5 por ciento.
La preocupación por la lenta recuperación del empleo se puede clarificar a partir de la Figura 2. Ahí se aprecia la evolución de la tasa de empleo para los mayores de 15 años de un grupo de países que integran la OCDE (para mayor comparabilidad se define una base de 100 al tercer trimestre de 2019). Se puede apreciar que, en general, los países recuperaron rápidamente no solo sus niveles de empleo, sino que también la proporción de los mayores de 15 años que accedieron a una ocupación.
Para el promedio de la OCDE la tasa de empleo del tercer trimestre de 2019 se recuperó el segundo trimestre de 2022 y luego subió levemente. En el caso de los Países Bajos, la proporción de personas empleadas se recuperó muy rápidamente. Chile, en cambio, tuvo una fuerte caída en su tasa de ocupación y luego se recuperó muy lentamente al grado de que ella, aún hoy, es más reducida que en la época previa a la pandemia. Su impacto en esa proporción comienza antes, posiblemente producto de la crisis de octubre de 2019, y es más aguda que en la gran mayoría de los países.
Un caso interesante es Estados Unidos: tuvo un descenso relevante en su tasa de empleo, luego la recuperó con rapidez, aunque luego se estancó.
Por cierto, esta lenta recuperación en la tasa de empleo no sería tan grave si Chile contase con una alta proporción de personas con un puesto de trabajo o participando en la fuerza de trabajo. Sin embargo, como se desprende de la Figura 3, no es eso lo que sucede. La tasa de participación laboral de Chile se encuentra más bien en la parte baja de las observadas entre los países de la OCDE. Son siete puntos porcentuales por debajo del promedio de la OCDE. Para ponerlo en perspectiva es bueno mencionar que si Chile hubiese alcanzado dicha tasa en 2023 del orden de 968 mil personas más habrían estado participando en la fuerza de trabajo. Otra forma de verlo es que cada punto porcentual adicional de participación hubiese significado más de 138 mil personas participando en el mercado laboral.
La situación ocupacional es más complicada si se considera que esta baja tasa de participación va acompañada de un desempleo relativamente alto. En efecto, este en Chile se encuentra muy por encima del promedio de la OCDE. Además, una mayoría de sus estados miembros registra tasas cercanas o equivalentes a las mínimas anotadas desde 2001. Los datos confirman que el país está teniendo dificultades para generar oportunidades laborales para su población.
A la luz de la evolución observada en otras naciones no parece apropiado seguir responsabilizando a la pandemia de esta situación y tampoco puede vincularse enteramente al complejo escenario económico, y podemos agregar político, de Chile. Quizás por estar el país muy pendiente de la agenda de seguridad, es un asunto al que se le ha dado menos importancia en la opinión pública y en el mundo político de lo que parece apropiado. Con todo, el país se empobrece y debilita socialmente si no es capaz de proveer un número atractivo de puestos de trabajo para su población.
Por supuesto, un mercado del trabajo poco dinámico afecta los patrones de empleo. La Figura 5 muestra cambios relevantes por grupo de ingreso en las tasas de ocupación. El promedio para la población mayor de 15 años, que es la que se considera en esa figura, sube levemente entre años, pero en los hogares de menores ingresos se observa un mayor retroceso. Por cierto, se debe ser cuidadoso en el análisis. Esa “polarización” en el empleo indudablemente que tiene no solo repercusiones sociales sino también presionan la desigualdad de ingresos.
Por cierto, el país cuenta con una red de protección social que contribuye a amortiguar la falta de ingresos del trabajo, pero ésta no tiene una robustez que permita ignorar la carencia de puestos de trabajos en la economía.
La evolución en la tasa de empleo ha sido distinta para distintos grupos de edad. Por eso, la Figura 6 descompone la evolución de las tasas de empleo para distintos grupos de edad. El panel A considera al grupo de 25 a 54 años. Se observa que Chile solo hace poco alcanzó las tasas de empleo observadas antes de la pandemia y que la convergencia fue muy lenta. Este grupo, cabe recordarlo, es el de más apego a la fuerza de trabajo, por lo que su lenta recuperación algo indica sobre el deficiente funcionamiento del mercado laboral, sobre todo pensando en el antecedente adicional de que esa tasa de empleo “recuperada” es inferior en una proporción no despreciable a la observada para el promedio de la OCDE.
Por supuesto, esto puede convivir con altos grados de informalidad o una alta rotación de trabajos formales para grupos específicos de la población. Esa realidad, que existe, muchas veces se utiliza para negar las rigideces de nuestro mercado laboral. Sin embargo, esa aseveración es incorrecta. La rigidez laboral genera mercados duales. Así, hay un sector protegido, quizás, en exceso, y otro donde los trabajadores tienen empleos de corta duración o permanecen gran parte del tiempo en la informalidad.
Los paneles B y C consideran la situación de las dos colas de la población analizada típicamente por la OCDE: los grupos de 15 a 24 años y de 55 a 64 años, grupos que podrían tener, a diferencia del anterior, menos apego a la fuerza de trabajo. La idea de apegos distintos no deja de tener algún grado de arbitrariedad y, por tanto, deben ser analizados con cautela. Por lo demás, dependen de muchos otros factores. Por ejemplo, un aumento en cobertura educativa en el caso del primer grupo seguramente reducirá la tasa de empleo y ello poco dice respecto del funcionamiento del mercado laboral. Variaciones exógenas son más difíciles de aventurar para el segundo grupo, aunque cambios en las políticas de pensiones que afecten directamente a ese grupo podrían tener un impacto.
En todo caso, para ambos grupos las tasas de empleo están aún por debajo de las observadas antes de la pandemia. Ambos grupos son, en promedio, menos calificados que aquel de 25 a 54 años. El primero porque carece de experiencia y el segundo porque es menos educado. Igual sorprende que la tasa de ocupación del grupo de 15 a 24 años en Chile sea 17 puntos porcentuales más reducida que la observada para el promedio de los demás integrantes de la OCDE (41,1 por ciento). Una variación de esta naturaleza es menos evidente para las personas entre 55 y 64 años.
Quizás la creación de la pensión garantizada universal (PGU), que se comienza a pagar a partir de los 65 años, puede haber jugado un papel en los de mayor edad de este subgrupo, pero requiere más estudio y no es evidente. La brecha con la evolución observada en otros países es marcada. La PGU se creó en enero de 2022 y la brecha con la OCDE se cerró levemente, desde ese momento. Por cierto, sigue siendo significativa. Un desincentivo a la ocupación de este grupo no es, entonces, evidente. Así, el rezago en la recuperación de su empleo puede tener que ver con el funcionamiento del mercado laboral, más aún si se tiene en cuenta que en otras naciones este grupo recuperó rápidamente su empleo, incluso en Estados Unidos que ha tenido un comportamiento menos dinámico del que podría haberse esperado.
Ahora bien, el retroceso en la tasa de empleo fue pronunciado en Chile, pero lo fue también en México, país donde hubo una recuperación rápida para este grupo demográfico.
La Figura 7 descompone, por género, la evolución de la tasa de empleo para hombres y mujeres para el grupo entre 25 y 54 años. Es bien clara la diferencia. Entre las mujeres, aunque al comienzo fue lenta la recuperación, en el primer semestre de 2023 se había alcanzado la tasa de ocupación previa a la pandemia y luego continuó subiendo. La tasa de empleo de las mujeres aún tiene espacio para seguir subiendo; es casi 9 puntos porcentuales más baja en este grupo de edad que la observada en el promedio en la OCDE. El país, además, tiene una agenda orientada a elevar este indicador.
La tasa de empleo de los hombres de este grupo demográfico tiene una brecha en contra de casi 5 puntos porcentuales respecto del promedio de la OCDE. En este caso, no hay una agenda para abordar esta situación. Al mismo tiempo, si bien la tasa de desempleo de las mujeres en este grupo de edad es más alta que la de los hombres, la brecha es más acotada que para el total de la fuerza de trabajo.
La pregunta, de nuevo, es hasta qué grado este dispar desempeño no está afectado por los distintos niveles de calificación, en particular, considerando que en este grupo de edad poco más del 50 por ciento de los hombres tiene educación media o menos escolaridad mientras entre las mujeres esa proporción llega solo a un 42 por ciento. Parte de la menor tasa relativa de ocupación de la mujer se explica porque, respecto de los hombres, una proporción relativamente elevada de las mujeres con bajo nivel de escolaridad no está en la fuerza de trabajo. Es dable suponer que las de menor escolaridad que participan tienen, en promedio, mayores habilidades.
En general, se observa una caída en las tasas de participación (TP) o las tasas de empleo (TE) y un aumento en el desempleo en este lustro.
Tabla 1: Evolución de la Tasa de Participación por Grupo de Edad y Sexo (Agosto-Octubre 2019 vs. Agosto-Octubre 2024)
| Grupo de Edad | Sexo | Tasa de Participación (2019) | Tasa de Participación (2024) |
|---|---|---|---|
| 25-54 años | Hombres | [Valor 2019] | [Valor 2024] |
| 25-54 años | Mujeres | [Valor 2019] | [Valor 2024] |
| 15-24 años | Hombres | [Valor 2019] | [Valor 2024] |
| 15-24 años | Mujeres | [Valor 2019] | [Valor 2024] |
| 55-64 años | Hombres | [Valor 2019] | [Valor 2024] |
| 55-64 años | Mujeres | [Valor 2019] | [Valor 2024] |

