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“Vale más tener la humildad de emprender grandes tareas con peligro de fracasar, que el orgullo de querer tener éxito, achicándose”. Esta frase forma parte de una reflexión de San Alberto Hurtado (1901-1952) recopilada en el libro La Búsqueda de Dios y que puede aplicarse perfectamente a su persona. Algunas aristas de su intensa pero corta vida se encuentran en la formación de jóvenes, en la vida académica, en ser un líder de opinión, o en ser uno de los primeros chilenos doctores -¡y en tener dos doctorados!-.

Sin dejar nunca de lado la vida contemplativa, fue un hombre muy activo -siguiendo la máxima ignaciana de ser “contemplativos en la acción”-, convirtiéndose en un constante fundador e impulsor de asociaciones, lo que en la actualidad sería calificado de “emprendimiento social”. De hecho, puesto a elegir entre la formación y la acción social, optaba por la segunda, según señaló al provincial Álvaro Lavín. En este trabajo se abordará el ímpetu creativo y emprendedor del segundo santo chileno, concentrándonos en el Hogar de Cristo, la ASICH y USEC.

El Rol de San Alberto Hurtado en el Ámbito Social y Laboral

A la hora de un emprendimiento es crucial elegir “con pinzas” a las personas que los implementarán. En el caso de San Alberto Hurtado, según le propuso a su provincial, “la obra sería dirigida por seglares, bajo su responsabilidad económica e ideológica”, mientras que él “sería el animador espiritual y el propulsor”, algo completamente innovador en el mundo eclesiástico, por lo que es considerado un adelantado al Concilio Vaticano II, que se celebraría una década después de su partida, y que promovería el apostolado laical.

Para conseguirlo, se proveyó de un privilegiado grupo conformado por la juventud católica de los años treinta, que participaba en organizaciones como la Asociación Nacional de Estudiantes Católicos (ANEC) o en la Acción Católica (AC), y buscaban establecer el Reino Social de Cristo según la inspiración de Quadragesimo Anno (1931). El Padre Hurtado convocaría a varios de ellos, y en particular a uno de sus más estrechos colaboradores: William Thayer Arteaga (1918-2018), reputado abogado laboralista, ministro durante el Gobierno de Eduardo Frei Montalva (1964-1970), con una relevante carrera en el PDC -truncada luego del golpe militar de 1973-, rector de la Universidad Austral y senador institucional.

San Alberto le encomendaría nada menos que promover la libertad sindical como vía para expresar el sindicalismo católico, porque “[n]o tendría destino el mensaje social de Cristo en el mundo sindical chileno, si no nos abríamos ampliamente a la libertad sindical, que recién en esos años había aprobado la OIT”, para lo cual debía “«[…] preparar un Código del Trabajo fundado en la libertad sindical»”, “un trabajo futuro de difícil realización” que condicionaría el resto de la vida de Thayer, quien diría que, aunque “entre 1950 y 2006, creo haber hecho algo en ese sentido”, “el mandato está inconcluso. Y lo estará siempre, porque la libertad de asociación estará inacabada, mientras” el sindicato, la empresa y la sociedad en su conjunto “no asimilen la profundidad y estrecha vinculación de los pilares en que se sustenta”, según él mismo relata.

Otro joven que por esa época será llamado por el Padre Hurtado para su proyecto será Jorge Matetic Fernández (1906-2001), quien era dueño de la empresa Inchalam, y en 1948 será elegido como primer presidente de la entonces Unión Social de Industriales León Harmel, luego Unión Social de Industriales Católicos (USIC), y hasta hoy Unión Social de Empresarios Cristianos (USEC). El padre de Matetic Fernández llegaría a Chile -concretamente a Punta Arenas- desde Croacia, en ese tiempo parte del Imperio Austro-Húngaro, comenzando con “una fábrica de colchones y después se dedicó al comercio, levantando lo que hoy sería una pequeña multitienda, con de todo un poco, que llegó a tener importancia en Punta Arenas”.

Los Fines del Proyecto Social de San Alberto Hurtado

El Padre Hurtado, en una audiencia en octubre de 1947, le resume muy bien al Papa Pío XI el trabajo del proyecto social que quería emprender con los jóvenes católicos que le seguían, quienes buscaban “realizar la acción social con plena sumisión a la jerarquía y fuera de la política de partidos”. La obra tendría varios fines:

  1. “preparar dirigentes obreros, para que ellos lleven el pensamiento de la Iglesia al seno de los sindicatos, con los métodos de la ACCLI (Acción Católica Italiana)”, en lo que sería la ASICH;
  2. “preparar a los patrones jóvenes en la doctrina social”, a cargo de USEC;
  3. “hacer investigaciones serias sobre la realidad nacional, como medio de formación personal y a fin de conseguir un mejoramiento en la suerte de los trabajadores, y prolongar estas ideas por medio de círculos de estudios, Semana Social”, en ambas asociaciones;
  4. la Revista Mensaje, que nacerá en 1951.

Obras Emblemáticas de San Alberto Hurtado

La primera gran obra de San Alberto Hurtado, por la cual será reconocido varias décadas después de su muerte y que fue un importante inspirador de su fama de santidad, fue el Hogar de Cristo. “El 22 de octubre de 1944, El Padre Hurtado publicó en El Mercurio y en El Imparcial la misma columna en que llamaba a realizar una obra ‘para los que no tienen techo’”. En aquella época la vivienda para los más pobres era una verdadera urgencia social: en Chile había 5.000 niños vagos, según una noticia de El Diario Ilustrado fechada el 2 de febrero y que Hurtado debió conocer, porque “en varios documentos cita la misma cifra”, claramente escandalosa, que se sumaba a los déficits de vivienda en las clases obreras, tema que fue ampliamente discutido en la sociedad chilena de los años 40.

El P. Samuel Fernández, uno de los más importantes estudiosos del jesuita, explica que “[a] partir del año 1944, en los manuscritos del Padre Hurtado, se encuentran descripciones muy vívidas de los dolores humanos, particularmente de la guerra, de los trabajos duros y de la pobreza, y una fuerte insistencia en que el cristiano debe experimentar los dolores ajenos como si fueran propios […]”. El nombre “Hogar de Cristo”, utilizado por primera vez el 17 de diciembre de ese año, hace referencia a la afirmación hurtadiana de que “el pobre es Cristo”. El Hogar de Cristo marcará un antes y un después en la acción social en Chile, contribuyendo a su profesionalización.

“En 1955 comienza la expansión de la fundación al resto del país […]”, momento desde el cual “supera[rá] ampliamente sus objetivos, y gracias a una muy eficiente y efectiva generación de recursos, logra[rá] […] abarcar muy distintas áreas de acción social”. De esta manera, “con el tiempo llega[rá] a atender a enfermos terminales, ancianos desvalidos, niños con problemas de adicción de drogas, personas desempleadas, etcétera”.

La ASICH: Formación de Trabajadores y Dirigentes Sindicales

El siguiente proyecto iría un paso más allá. Como dijera Juan Pablo II cuatro décadas después, el trabajo es el “centro mismo de la «cuestión social»”, de manera que, aunque el Hogar de Cristo fuera muy necesario, había que subir un escalón si se quería contribuir a resolver el problema de la cuestión social, el cual no sólo es económico, sino moral y espiritual. La propuesta hurtadiana irá en esa línea, imaginando una central formadora de trabajadores y dirigentes sindicales, que los prepare en el ámbito propio del sindicalismo -en el cual Hurtado era experto-, pero también en la doctrina social de la Iglesia que hiciera de base y fundamento para la acción social.

La ASICH será fundada el 13 de junio de 1947, día del Sagrado Corazón, por el Padre Hurtado junto a “numerosas personas ligadas a la filosofía socialcristiana, que en su mayoría fueron profesionales, estudiantes universitarios y empleados”. El primer presidente será Ramón Venegas, arquitecto y profesor de la Universidad Católica (UC), y junto a José Goldsack encabezará el primer directorio. Su fundación quedaría en stand by hasta la aprobación pontificia de Pío XII. En medio del viaje de Hurtado a Europa, realizado a fines de 1947, pudo conocer no sólo la experiencia de organizaciones obreras católicas, sino que también patronales.

A pesar del éxito inicial de la ASICH, por distintas razones el proyecto no prosperará. Al mismo tiempo, no había consenso al interior de la asociación respecto del enfoque de su trabajo, si debía seguir siendo una formadora de dirigentes o convertirse en un gran sindicato cristiano. Esta discusión, en parte, sería influenciada por su incorporación a la Confederación Internacional de Sindicatos Cristianos (CISC), pero también por la “diferencia de criterios” entre Ramón Venegas -partidario del sindicato- y William Thayer -defensor del “parasindicato”, fiel a la identidad fundacional-. Esa “diferencia de criterios” tenía expresión en una dualidad en la estructura y en el trabajo de la organización, funcionando tanto como escuela sindical como interviniendo en movilizaciones obreras.

USEC: El Legado en el Ámbito Empresarial

Probablemente la obra menos conocida de San Alberto Hurtado -y que no cuadra con el mito que se ha cultivado en torno a su figura- es la que promovió entre los empresarios, lo cual es bastante paradójico, ya que es de las pocas que permanece hasta nuestros días. Su misión parece un oxímoron: si formar a los empresarios y ejecutivos en la doctrina social de la Iglesia (DSI) ya es una tarea ambiciosa, piénsese si eso se hace con el objetivo de “mejorar la suerte de los trabajadores”. Sin embargo, si se medita unos minutos, es un objetivo muy necesario.

Eso es lo que vio claramente el Padre Hurtado -según le solicitara al Papa Pío XII una “gracia especialísima”- lo que lo motivó en 1948 a fundar el brazo patronal que complete su proyecto social, la Unión Social de Industriales Católicos (USIC). A diferencia de la ASICH y el Hogar de Cristo, San Alberto no participará directamente en USEC y su impulso de éste será más indirecto, pero no por eso inexistente. En la Asamblea General de Socios de la USIC de 1950, Hurtado señalaría que “[e]l patronato católico tiene que emprender esta labor: acercar el ‘orden’ social actual a la concepción cristiana del orden social.

Según Rolando Medeiros, San Alberto Hurtado “apostó por la humanización de la sociedad desde la empresa, y se abocó a la formación tanto de dirigentes tanto sindicales como de empresa sustentada en la doctrina social de la Iglesia”. William Thayer explica que USEC, desde su fundación, estuvo vinculada “a la iniciativa y compromiso” de San Alberto con el Papa, “como consta en el párrafo 28 del memorándum”. Una de las razones por las cuales USEC ha subsistido en el tiempo hasta nuestros días, a diferencia de la ASICH, es porque encontró muy buenos aliados internacionales: la Unión Internacional Cristiana de Dirigentes de Empresa (UNIAPAC) venía desde 1931 coordinando el trabajo de las asociaciones de empresarios cristianos en Europa.

Como hemos citado al comienzo de este trabajo, el Padre Hurtado señalaba que “[v]ale más tener la humildad de emprender grandes tareas con peligro de fracasar, que el orgullo de querer tener éxito, achicándose”. Con todo, su obra ha tenido tanto éxitos como fracasos. Por el lado de éstos, la ASICH se disolvió al poco tiempo de que el Padre Hurtado dejara esta vida -y por conflictos internos-, y la Acción Católica (AC) que tanto impulsó ya no existe.

Pero nadie puede negar que fueron “grandes tareas”: hacerse cargo de los más pobres como si de Cristo se tratara, formar a los obreros y dirigentes sindicales en la doctrina social de la Iglesia (DSI), hacer lo propio con los dirigentes patronales, difundiendo una mirada católica del orden social en el mundo del trabajo y la discusión pública, en pocas palabras, cristianizar el mundo. Como señalara William Thayer, “[e]l padre Hurtado cumplió su parte y trazó la ruta en los cuatro años que mediaron desde su regreso a Chile, con la aprobación pontificia para su tarea apostólica (1948) y prematura muerte.

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