La "doble jornada" se refiere a la doble carga de trabajo que soportan las mujeres, combinando el empleo remunerado fuera del hogar con las responsabilidades domésticas y de cuidado no remuneradas dentro del hogar.
Los "Trabajos propios del sexo" es una expresión utilizada para englobar todas aquellas actividades que culturalmente se han considerado como parte de la naturaleza de las mujeres, es decir, exclusivas y apropiadas para ellas por su capacidad reproductora y por su rol materno, finalmente todas ocupaciones vinculadas al espacio doméstico.
La naturalización de estas actividades ha significado que estas históricamente han permanecido invisibles a los ojos de la sociedad sin ser valoradas y reconocidas debidamente, pues sólo aquellos trabajos relacionados con lo productivo y público (lo masculino), han tenido un mayor reconocimiento en el mercado y en la sociedad a través del tiempo.
Este principio ha generado otros fenómenos visibles en la actualidad, como por ejemplo la restricción del acceso de las mujeres al ámbito laboral, la feminización de algunos trabajos considerados como una extensión de su rol maternal, la doble jornada entre el trabajo remunerado y el trabajo en el hogar, y el menor reconocimiento y valía del trabajo femenino en general.
Las labores domésticas -cocinar, limpiar, lavar, planchar, cuidar mascotas y plantas, hacer pequeñas reparaciones en el hogar, abastecerlo y administrarlo- y de cuidado -de personas enfermas, discapacitadas, de niños/as, adolescentes, jóvenes, personas adultas y adultas mayores- son muy importantes para la generación de riqueza, son labores críticas para el bienestar social y el devenir de la economía del país. En simple, sin ellas, nada funciona.
Subyace la idea tanto o más absurda de suponer que no existieran responsabilidades domésticas o de cuidado durante el día, o peor aún, asumir que solo las mujeres las tienen.
Invisibilización y Subestimación
Si bien el perfil de quienes suelen comentar en este tipo de portales no necesariamente es representativo de las mayorías o los promedios, es innegable que, en general, el trabajo doméstico y de cuidado no remunerado no es reconocido en su valor productivo, es decir, como parte de las actividades necesarias para que funcione el sistema social y económico, de manera de generar riqueza. Esta subestimación no solo encuentra su origen y perpetuación en el orden sexo-género imperante en nuestra cultura, sino también en la institucionalidad que nos rige.
¿Quién definió que las labores domésticas y de cuidado no son trabajo? ¿Quién decidió tildarlas de “inactividad” en las estadísticas de empleo? Probablemente a un grupo de hombres muy similar al que inventó el Sistema de Cuentas Nacionales -donde desde EE.UU. lideraba el economista ruso-estadounidense Simon Kuznets-, que no considera los “servicios domésticos y de cuidado no remunerado, producidos para el propio hogar o para hogares de terceros” dentro del Producto Interno Bruto (PIB). Es decir, estos servicios no se miden dentro del principal instrumento estandarizado mundialmente para hacer seguimiento al desarrollo de los países.
Con esta decisión, este grupo invisibilizó la labor que realizan millones de mujeres cada día y dieron pie a comentarios como los reseñados y que lleva a las propias mujeres que son dueñas de casa a responder que “no trabajan”, cuando se les pregunta sobre su ocupación.
Impacto Económico del Trabajo Doméstico No Remunerado
El estudio llevó adelante tres ejercicios para estimar el valor de estas tareas, de los cuales destacamos uno, que consistió en estimar cuánto costaría en el mercado pagar por cada hora dedicada al Trabajo Doméstico y de Cuidado No Remunerado, asignándole a cada hora un valor-hora específico.
Según esta metodología, el valor del Trabajo Doméstico y de Cuidado No Remunerado suma 44 billones de pesos al año. Esta cifra es gigantesca. Con este trabajo gratuito y despreciado, millones de mujeres subsidian el desarrollo de nuestro país.
Tanto es así, que si esta cifra se suma al PIB del año correspondiente (2015), este crece en un 28%. De este “PIB Ampliado” el Trabajo Doméstico y de Cuidado No Remunerado equivale al 21,8%, transformándose en la actividad económica más importante de Chile, superando con creces al aporte de la minería (6,7%), el comercio (8,8%), la industria (9,1%) y los servicios financieros y empresariales (11,8%).
Un estudio de ComunidadMujer estimó en $44 billones al año el valor económico del trabajo doméstico y de cuidado que no es remunerado en Chile. Un 67% de este valor es aportado por mujeres.
Pese a la importancia económica de este trabajo, quienes hacen las políticas públicas en nuestro país, hasta ahora habían sido ignorantes de este valor, contribuyendo a su escasa valoración social y a la falta de programas destinados a mejorar las condiciones en que se realiza.
Por otro lado, esta invisibilización se ha traducido en muy pocos esfuerzos por desnaturalizar los sesgos de género asociados y promover la corresponsabilidad.
Género y Economía
La economía no es neutral al género y aquí tenemos un ejemplo nítido. Por demasiados siglos las mujeres hemos estado fuera del diseño del mundo. No nos ha quedado más opción que adaptarnos. Casi nada está hecho a nuestra medida. El traje calza perfecto para los hombres del grupo dominante. Cuando los hombres monopolizan los espacios de decisión, las necesidades de las mujeres no son consideradas.
Roles y Estereotipos de Género
Son una expresión del género que consiste en atribuir responsabilidades, actividades y roles de manera diferenciada para hombres y mujeres a cumplir en la sociedad. La determinación de estos roles está dada por las diferencias biológicas entre los sexos. Mientras más machista sea una cultura, más asimétricas serán las relaciones y la asignación de roles de género en la sociedad.
Son una expresión del género. Forman una creencia rígida sobre los comportamientos, valores y actitudes que deben mantener socialmente hombres y mujeres de manera diferenciada. Reflejan las creencias populares de una cultura sobre las actividades, roles, rasgos y características que distinguen a mujeres y hombres. Algunos ejemplos: vestir a los hombres de azul y las mujeres de rosado, decir que las mujeres son sensibles y que los hombres no lloran.
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