La actual crisis sanitaria nos ha recordado que estamos indisolublemente conectados. Una de las grandes preocupaciones que han surgido en estos días es la agudización de la falta de alimentos que incluso ya se conoce como la “pandemia del hambre”. En Chile, el desperdicio de alimentos es alarmante; también somos líderes en enfermedades relacionadas al consumo de alimentos ultraprocesados.
La actual crisis alimentaria y socio ambiental se funda en gran parte en los sistemas de agricultura intensiva o industrial. Este tipo de agricultura ha influido en la extinción de dos tercios de la agrobiodiversidad mundial y, aunque cubre 2/3 de la superficie cultivable en el planeta, no es la principal fuente de alimentos en el mundo. La humanidad es principalmente alimentada por cerca de 570 millones de pequeños agricultores y agricultoras. Esta agricultura familiar usa, en promedio, menos de dos ha de superficie por unidad y representa entre un 12 y un 20% de la tierra agrícola mundial.
El Rol Crucial de la Agricultura Familiar en Chile
En Chile, un 92% del total de las unidades agrícolas del país corresponden a agricultura familiar, dando trabajo a dos de cada tres agricultores(as). La agricultura familiar campesina e indígena, en particular, juega un papel importante no sólo en la producción de alimentos, sino también en la cohesión social, el suministro de energía a partir de recursos renovables, la conservación de agrobiodiversidad (incluyendo semillas tradicionales), el cuidado del suelo y agua, regulación del clima, la oferta de servicios recreativos y de atención de la salud, junto con la mantención de paisajes bioculturales patrimoniales, entre otros.
Las crisis actuales ponen en cuestionamiento las políticas consideradas «sagradas» o más convencionales de desarrollo del sector silvoagropecuario. La producción sin límites de productos para la exportación produce inseguridad alimentaria local, una significativa huella ecológica, aumento de los precios al consumidor de productos agrícolas locales, monopolios de tierras y sobre todo aguas, junto con escasez y explotación de mano de obra, muchas veces migrante, nacional y extranjera.
Adicionalmente, esta agricultura es el segundo sector que genera mayor cantidad de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) en Chile (15% de las emisiones totales a nivel nacional).
Un Imperativo Ético y Socio-Ecológico
Que la agricultura familiar campesina e indígena pueda alimentar de forma segura y sana a sus propios territorios y al país se vuelve un imperativo ético, socio-ecólogico, de salud (físico y mental) e, incluso, de sobrevivencia. La población en Chile que vive en zonas rurales es mucho mayor que el 12,2% (2.149.740) que se consideraba anteriormente. De acuerdo con la Nueva Política Nacional de Desarrollo Rural, la población rural alcanza casi a un 25% de la población total.
En este contexto, la salida de las crisis que enfrentamos debiera ser un incentivo más para promover medidas, de inmediato y mediano-largo plazo, que vayan en directo apoyo a la agricultura familiar en los distintos territorios del país. Esto es central en el debate por una Nueva Constitución.
Medidas para Fortalecer la Agricultura Familiar
Vemos con preocupación que, en muchos territorios, la política pública ha empujado a los agricultores a la especialización en un solo rubro (un solo tipo de cultivo -como la insistencia en las plantaciones de arándanos- o turismo o artesanía o apicultura o ganadería -castigando la combinación de dos o más de estos-). Esto ha reducido la diversificación y amenaza la capacidad de la agricultura familiar campesina e indígena de responder a eventos de crisis.
Si bien satisfacer las necesidades inmediatas es de primera prioridad (por ejemplo, generando empleos de emergencia), debe comenzar la planificación de la promoción de un proceso inclusivo de recuperación y que tenga como “hoja de ruta” el fortalecimiento de la resiliencia (socio-ecológica, productiva, económica, etc) y soberanía alimentaria. Las medidas deben tener como foco a la población más vulnerable en zonas rurales: pueblos originarios, afrodescendientes, migrantes, ancianos y ancianas, niños y niñas.
Las medidas deben reconocer y apuntar, explícitamente, a reducir los desbalances de poder y justicia que enfrentan las mujeres rurales. Apoyar, a través de evaluaciones de contexto-específico, la continuidad, apoyo e idealmente la reproducción de ferias libres y mercados locales que promuevan circuitos cortos de comercialización. Un grupo particularmente vulnerable son los niños y niñas que asisten a escuelas rurales donde reciben sus alimentos a diario.
Además de seguir garantizando la entrega oportuna de alimentos saludables a ellos, se debe revisar el Programa de Alimentación Escolar para avanzar a un programa contextualizado que promueva la alimentación escolar en base a la producción agroecológica de la agricultura familiar de los entornos cercanos a las escuelas. Fortalecer la capacidad y autonomía de los gobiernos locales, comunidades y sus organizaciones sobre acciones para promover la producción y alimentación sin problemas y funcionamiento del sistema.
Acciones Clave para el Futuro
Hoy más que nunca debemos reconocer el papel crítico que juega la agricultura familiar campesina e indígena para la mantención de la vida. Resolver el problema del acceso al agua, terminar con el monopolio del recurso, desprivatizar su propiedad, junto con promover la ordenación territorial para el manejo integrado de cuencas por parte de actores locales. Apoyar y promover la educación agrícola que ha sido abandonada en Chile.
Proteger las semillas tradicionales y de buena calidad de la agricultura campesina, identificándolas como un bien común de comunidades y territorios. Controlar la producción y distribución de semillas híbridas y prohibir el cultivo de semillas transgénicas. Apoyo decidido y práctico a las organizaciones de campesinos y campesinas, en particular cooperativas de agricultores y agricultoras familiares. Establecer en Chile un sello de origen y calidad de los alimentos que provienen de la agricultura campesina y de producción agroecológica.
Un ejemplo de apoyo a la agricultura familiar es el convenio de colaboración suscrito entre Sercotec e INDAP para contribuir al desarrollo productivo y económico de los pequeños agricultores de O’Higgins. Este convenio contempla realizar actividades como proveer el uso de espacios físicos en las agencias de área de INDAP en la región, para que profesionales de Sercotec realicen atención ciudadana o difusión con el fin de llegar de manera efectiva y oportuna a los usuarios del territorio.
El programa Reactívate de Sercotec, que busca apoyar a las micro y pequeñas empresas del agro, es otro ejemplo de cómo se puede contribuir a la reactivación de su actividad económica, otorgando un subsidio que les permite reactivar su negocio, mejorar su potencial productivo y reemprender. Quienes postulan pueden acceder a un subsidio de hasta $3.000.000 para capital de trabajo y activo fijo.
Iniciativas como la de la Comisión Nacional de Riego, que financia proyectos de mujeres agricultoras, también son fundamentales para acortar las brechas que existen en el mundo del campo, de la agricultura, para el financiamiento de tecnologías.

