Siempre empeñado en hallarle un lugar en el mundo a la poesía, o más bien pensar en qué clase de mundo esta podría todavía tener lugar, mi intención inicial para este ensayo -allá por septiembre de 2019- era escribir sobre poesía y catástrofe, o poesía y cambio climático en realidad. En eso estaba cuando ocurrió el estallido social, en octubre pasado, y al profundo estupor que este evento me produjo a la distancia, lo sucedió la duda sobre qué sería ahora más pertinente escribir. ¿Poesía y cambio social? O si lo urgente era justo ponerse a escribir.
Aunque me inclino a entender la poesía como una práctica con una relación complicada con la temporalidad -la creación poética parece estar siempre un poco a destiempo-, a los poetas suele imponérseles el tiempo presente. Los quehaceres diarios, las preocupaciones cotidianas, las ocasionales alegrías o tragedias, tanto personales como colectivas: todo ello le roba espacio mental a la producción de poemas, aunque le proporciona a la vez material abundante para fabricarlos.
De algún modo, se espera que la poesía -dado que no se le conocen hoy en día otras funciones sociales más allá del esparcimiento- sea al menos capaz de responder en formas ingeniosas a los asuntos más acuciantes, decir algo sobre ellos, adelantándose a otras disciplinas, que llegarán pacientemente a soluciones similares luego de haber investigado en serio. Los poetas, a fin de cuentas, se supone que son gente hipersensible y visionaria. Aunque no les alcance el puro lenguaje para generar conocimiento de verdad, pueden aun ofrecer intuiciones de la realidad inmediata que la ciencia se encargue después de corroborar.
Es cierto que muchos vates prefieren todavía habitar un pasado más o menos reciente de formas y contenidos sancionados por una supuesta tradición literaria. Nadie va a negarles de este modo el carácter poético a sus obras, evitándose además tediosos debates disciplinarios o crisis ontológicas personales. Aunque no suponga hacer nada de verdad contemporáneo. La poesía entendida como el cultivo de un distinguido género literario, efectivamente ofrece refugio a quienes se sienten inseguros frente a las formas de la modernidad, como comenta el crítico norteamericano Gerald Bruns.
En todo caso, habría que distinguir varios modos de presente. A riesgo de simplificar bastante el asunto, en un extremo debe estar sin duda el presente de la enfermedad, que es capaz de cancelar toda otra consideración existencial y radicarnos en la experiencia del malestar físico, el dolor, para la cual no hay medida ni palabras. En otro extremo, el presente muy distinto del trabajo -para quienes tienen todavía la buena suerte de tenerlo- delimitado por horarios y abocado a la consecución de una tarea, o más frecuentemente de varias a la vez.
Imagino que también hay un presente suspendido de la marcha de protesta (yo no lo viví, estaba fuera de Chile, aunque me la pasé semanas enteras pegado leyendo opiniones y mirando boquiabierto videos de fervor revolucionario, heroísmo rebelde y brutalidad policial en tiempo real), que se experimenta como una eufórica suspensión del transcurso temporal, según casi todos los relatos literarios de las revoluciones. Acaso sea similar al presente de un recital, donde la música en vivo retrasa alegremente el paso inexorable del tiempo, y a veces el baile nos absorbe en sus vaivenes y ya no importa que el tiempo avance, mientras lo haga a un cierto ritmo que congenie con los movimientos de los cuerpos.
Aunque estas temporalidades estén probablemente mezcladas todo el rato, distrayéndose unas a otras, creo que hoy tendemos a vivir, la mayor parte del tiempo, el presente como contingencia, principalmente en forma de noticias: información que domina, a cada momento, toda la atención. Al contrario de la sensación corporal, esta actualidad sí supone respuestas. Para participar realmente en ella hay que conectarse, tener algo que aportar, ya sea una nueva noticia, ya sea una opinión sobre la misma, al punto que muchas veces es difícil distinguir entre una y otra. Paradójicamente, no hay momento para hacerlo, porque la información va más rápido que la reflexión o el pensamiento, y cada ínfimo acontecimiento puede volverse noticia.
El Lugar de la Poesía en el Presente
Vuelvo a mi pregunta inicial: ¿tiene algún lugar la poesía en este presente vertiginoso de la comunicación? ¿Esa poesía que, como propongo, no tiene necesariamente nada que decir, pero sí intenta responder a su manera las solicitaciones del momento actual?
Personalmente, no creo que la poesía se caracterice por infundir cualidades especiales a las palabras, que lo poético sea una especie de preservante que logre mantener inalterada la fuerza de las palabras: poetizar es más bien hacer -no necesariamente decir- algo, un poema por ejemplo, con el lenguaje que se tiene a mano. Es lo que de alguna forma buscaban, a mediados del siglo pasado, Nicanor Parra, Enrique Lihn y Alejandro Jodorowsky al recortar frases e imágenes de la prensa y recombinarlas, transformándolas en las estrafalarias portadas de El Quebrantahuesos. “Este singular ‘rotativo’ no glosa la actualidad a la manera común, sino que, con toda premeditación, hilvana las noticias más encontradas y opuestas, suscitando con ello un panorama totalmente ‘en chunga’ de la realidad nacional”, comenta una nota en Las Últimas Noticias del 23 de abril de 1952.
De manera semejante, el poeta chileno Jaime Pinos ha venido hace más de una década arrancándole noticias al continuo informativo, historias nacionales que merecen nuestra especial atención, para componer sus poemas. En Criminal (2003) presenta monólogos atribuidos al (en ese entonces, muy famoso y temido) criminal apodado El Tila. Pero no es en la calidad de su contenido -en parte ficticio, en parte documental- donde reside el valor de esta obra, sino en el hecho de que al leerla nos fuerce a asumir la voz conjetural de Roberto Martínez Vásquez, confrontándonos en primera persona con la conciencia de un psicópata y antisocial. Otro ejemplo más reciente de este enfoque es el libro Antuco (2019), de Carlos Cardani y Carlos Soto Román. Una obra que, de manera similar al trabajo de Pinos, aporta materiales para reconstruir la tragedia de Antuco de 2005, siguiendo el itinerario de su marcha a través de fuentes documentales y ficcionales.
¿Nos dice esto algo también sobre el cambio climático o social? Mal que mal, la fatal tozudez de los mandos directos de los conscriptos del Regimiento Nº17 Los Ángeles se traduce en negar, menospreciar o desafiar un evidente frente de mal tiempo.
Me encuentro en la calle por casualidad con un amigo músico: dudamos si saludarnos de mano, de abrazo o solamente levantando la cabeza y sonriendo. Cuenta que está hace meses intentando componer una pieza en torno a los ojos mutilados de Gustavo Gatica, que le parecen un símbolo trágico y poderoso del Chile actual, que habría que hacer algo (“aunque no se pueda hacerles justicia”, me dice), que no ha tenido tiempo para reaccionar de alguna forma original al coronavirus, que prefiere concentrarse bien en una sola cosa importante y dejar pasar de largo el resto de las noticias.
Creación vs. Trabajo: Una Noción de Libertad
Aunque implique ponerse “manos a la obra”, hacer un poema o cualquier otro tipo de pieza artística no es igual a trabajar, al menos no a hacerlo por un salario u honorarios. Crear pone en juego una noción singular de libertad: en vez de la mera posibilidad de elegir entre diversos servicios y bienes que pregona la democracia liberal, en vez de reproducir el capital, crear implica producir algo, regalarle al mundo un poco de tiempo en la forma de un evento. Una obra de arte es el resultado de ese proceso, el registro de la experiencia misma, pero también una síntesis de los múltiples presentes que demandan la atención en el aquí y el ahora de la creación.
Es por ello imposible que un poema en el presente no suponga de fondo un mundo donde carabineros sigue reprimiendo con crueldad a manifestantes en Chile, mientras naufragan balsas de emigrantes en el Mediterráneo, arde California a la distancia y el Amazonas se vuelve lentamente una sabana.
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