Un tema recurrente en la reflexión sobre la sociedad y la cultura contemporáneas es el de la transformación. Las figuras de lo sólido que pasó a líquido o se desvaneció en el aire, el uso de los prefijos neo y post, o del verbo advenir, expresan el sentimiento de unas generaciones que tuvieron la experiencia de vivir tiempos de profundas transformaciones en el orden mundial. El trabajo es clave: lo que se transformó fue una forma de sociedad estructurada en base al trabajo.
Trabajo en una fase específica del modo de producción capitalista: la fase de expansión y consolidación mundial del capitalismo industrial. Es la sociedad de la postguerra, de los diferentes tipos de socialismo, socialdemocracia y nacional-populismos, que fueron formas políticas de organizar el desarrollo industrial. Al trabajar se adquirían derechos sociales y políticos, se accedía a bienes de consumo, se adoptaban formas de vida, se participaba de espacios que eran fuente de identidades individuales y colectivas. Por eso algunos analistas las definen con razón como sociedades fundadas en el «paradigma» del trabajo.
Fue esta organización característica de los Estados benefactores europeos, del new deal norteamericano y los desarrollismos latinoamericanos la que cayó en crisis a comienzos de los setenta. La crisis fue también de la organización fordista del trabajo, que fue la forma en que se organizó la producción en esta fase del capitalismo industrial. Basado en el control de los tiempos de producción, el fordismo producía mercancías en masa a bajo costo que eran consumidos por la misma masa trabajadora del «pleno empleo».
Ese modelo de producción y acumulación fue el que entró en crisis. Para salir de la crisis el empresariado abandonó los postulados keynesianos, cambió la organización interna de las empresas y sus representantes ideológicos presionaron políticamente para reducir las funciones reguladoras de los Estados y la magnitud de los impuestos que servían para financiarlas. Esos fueron los primeros pasos para una reformulación completa del orden internacional. Los paradigmas de la industrialización y el desarrollo dominantes en gran parte de los países occidentales fueron reemplazados por el «fundamentalismo mercadocéntrico».
La producción se liberó a las fuerzas del mercado, el crecimiento se entregó a la empresa privada, los servicios públicos se privatizaron y el rol económico del Estado se redujo a subsidiar algunas actividades y arrojar salvavidas a los sacrificados por el sistema. La avalancha de cambios fue veloz. La innovación tecnológica permitió a las empresas reducir la mano de obra, separó las operaciones en una cadena de departamentos, muchas empezaron a trasladar sus centros productivos a países con mano de obra más barata, los excedentes de la producción los invirtieron en capital financiero, la aplicación intensiva de tecnología produjo desempleo estructural, parte del desempleo se absorbió en el sector de servicios privados, eso «tercerizó» fuertemente la estructura de la economía y el empleo, también volvió a feminizar la fuerza de trabajo, la crisis de principios de los ochenta propagó las reingenierías, el outsourcing, la flexibilidad, la separación por equipos de trabajo, eso agravó la anemia del sindicalismo, carta blanca para reducir, individualizar, desregular, desproteger y precarizar las relaciones laborales, y ayudar a que el desempleo estructural desembocara en informalidad masiva.
Teorías sobre el Fin del Trabajo
En las décadas de los ochenta y noventa, cuando la revolución tecnológico-informática se instala como eje del capitalismo financiero transnacional, el desempleo estructural se profundiza en gran parte del mundo y luego caen los «socialismos reales», cobraron fuerza nuevas teorías que hablaban de una sociedad que ya definitivamente despegaba su base del trabajo. El núcleo común de las teorías sobre el fin del trabajo es que la automatización de los procesos productivos, la expansión de la economía de servicios y el aumento del desempleo no sólo cuestionaban el concepto moderno de trabajo, sino que le quitaban también su centralidad en la producción de vínculos sociales y valores culturales.
Las versiones más optimistas vieron en este escenario la superación de la sociedad salarial. Si ahora las máquinas eran los verdaderos agentes productivos, si cada vez menos personas estaban sometidas a las penurias inherentes al trabajo, si quienes trabajaban lo hacían menos tiempo, y si las nuevas estrategias empresariales reemplazaban las identidades de clase por las «identidades de empresa», entonces se abría un espacio para construir una nueva forma de organización social que descansara en identidades y valores liberados del trabajo.
Pretender, entonces, que el trabajo siguiera siendo la única fuente para establecer lazos sociales, para definir valores comunes e incluso alcanzar estatus, equivalía a seguir sometiendo el vínculo social a relaciones mercantiles en desmedro de relaciones comunitarias y comunicativas, o de actividades realmente realizadoras de la condición humana fundamental: la de homo politicus. Los problemas del desempleo y la subsistencia se podrían resolver ampliando un «tercer sector» de servicios sociales y comunitarios, incluso voluntarios, o reduciendo los tiempos de trabajo necesarios para satisfacer las necesidades materiales y garantizar un ingreso de existencia que dieran el tiempo y las condiciones para liberar la vida y la creatividad.
La difusión de estas teorías tuvo la virtud de reponer la discusión sobre el trabajo como un tema clave para las sociedades contemporáneas, aunque el desarrollo de esa misma discusión fue revelando la inconsistencia de varios de sus supuestos. Las críticas más articuladas provienen del pensamiento marxista, que bien comparte la utopía de la superación de la sociedad salarial y liberación del trabajo, pero cuestiona por apresuradas y sin fundamento las hipótesis algo ilusas o románticas sobre el advenimiento pleno de una sociedad ya liberada.
Resulta innegable que en las últimas décadas se ha reducido el trabajo relativamente estable y bien remunerado de la industria y la administración pública característicos de las «tres décadas de oro del capitalismo industrial»; tampoco se puede negar que la tecnologización de los procesos productivos ha reducido los tiempos y la cantidad de trabajadores que ocupa la producción, pero ninguna de estas condiciones es suficiente para hablar de una sociedad que se estructura por fuera del trabajo. Primero porque el trabajo, como actividad, es un principio antropológico inherente a la especie humana: como ser biológico, su sobrevivencia depende y seguirá dependiendo de la relación que establezca con la naturaleza. Por lo mismo, más que una superación del trabajo, lo que se produce es un cambio de significados, algo esperable si se asume que los significados son construcciones sociales sujetas a relaciones de poder.
El Trabajo Asalariado y la Subjetividad
Segundo, porque el trabajo asalariado que se supone en retroceso sigue siendo la condición laboral más extendida en todo el mundo. Como ironiza De la Garza, la clase que «vive sólo de jugar en las bolsas de valores» o, como Bourdieu, la clase que «tiene tiempo para perder el tiempo», son una porción sumamente reducida de la población mundial. Para el resto, la mayor parte de los habitantes del planeta, el trabajo asalariado sigue siendo el principal medio de subsistencia y la principal actividad diaria. Tampoco es totalmente cierta la hipótesis que plantea el definitivo traspaso del trabajo a los circuitos tecnológicos. Los robots redujeron la cantidad de trabajadores, pero engrosaron el desempleo y la informalidad.
En definitiva: para toda la-clase-que-vive-del-trabajo se hace insostenible la tesis sobre una subjetividad separada del trabajo. Quienes han venido trabajando las teorías del trabajo inmaterial explican cómo las exigencias de la «producción flexible» postfordista exige a los trabajadores adecuarse a las «demandas del mercado», ser polivalentes funcionales, estar preparados para manejar códigos y señales en vez de habilidades corporales cultivadas por la repetición Todo eso atrapa completamente la subjetividad, involucra al sujeto en sí, absorbe sus conocimientos, sus capacidades lingüística, comunicativa, de interacción, trabajo en equipo, etc., y al hacerla exigencia permanente, de preparación constante, borra la frontera entre tiempos de trabajo y no-trabajo.
Algo similar ocurre con las nuevas formas de trabajo que se expanden con los avances informáticos, presentadas como formas liberadas de trabajo autogestionado, pero que más calzan con estrategias de las empresas para reducir los costos de inversión en tecnología y el gasto por relaciones formales de trabajo. Es la idea de Huws, que llama cyberproletariado al trabajo de programadores, teletrabajadores y otras modalidades vinculadas a la industria informática.
El Debate Actual sobre la Reforma Laboral
En el transcurso de los últimos meses ha ido creciendo el intercambio de opiniones sobre el proyecto de reforma propuesto por el gobierno en materia laboral. Este proyecto se orienta a regular algunos aspectos relacionados con los derechos colectivos del trabajo, materia en la que nuestro país está muy por debajo de los estándares propuestos por la Organización Internacional del Trabajo (OIT). La reacción alarmista del empresariado, la economía ortodoxa y la derecha política no se ha hecho esperar.
El alarmismo empresarial es problemático porque impide dimensionar con claridad cuánto es lo que se avanza con la reforma en relación a la deuda histórica que existe en materia de derechos colectivos. Desde esta perspectiva, al tener una mayor capacidad negociadora, los sindicatos pelearían por alzas salariales que ocasionarían la quiebra de las empresas y un alza en el nivel general de salarios que haría aumentar el desempleo. Esta argumentación no sólo parte de principios ideológicos que etiquetan al movimiento sindical como un irracional grupo de interés, sino que además desconocen las consecuencias de un Código del Trabajo que, desde el Plan Laboral de 1979, ha beneficiado al que ha demostrado ser el grupo de interés más ambicioso de la historia reciente de nuestro país: el gran empresariado.
Lo que muestran los datos es que el gran empresariado ha presionado para que el reajuste de los salarios vaya rezagado en relación a los aumentos de productividad, generando en consecuencia grandes niveles de acumulación y un bajísimo valor del trabajo. Vale la pena recalcar que la capacidad de mantener las alzas salariales por debajo de la productividad contribuye a que se profundice la desigualdad.
La Flexibilidad Laboral y el Subempleo
Otros argumentos en contra del fortalecimiento sindical apuntan a que una reforma en esta dirección aumentaría la rigidez que actualmente caracteriza al mercado laboral chileno. Sin embargo, el análisis de los datos disponibles conduce a un diagnóstico contrario en relación a la rigidez del mercado del trabajo. Y es que incluso la OCDE ha reconocido el abuso de los contratos temporales en Chile, ubicándolo como el segundo país con mayor proporción de trabajadores ocupados en empleos de duración menor a 12 meses, con un 29%.
En cuanto a la necesidad de flexibilizar las jornadas de trabajo, por ejemplo, se asume dogmáticamente que la rigidez de jornada es incompatible con las aspiraciones de los trabajadores y los requerimientos productivos. El subempleo por insuficiencia de horas, o subempleo abierto, es un concepto que permite observar la subutilización de la fuerza de trabajo y ha sido ampliamente desarrollado en la última Conferencia Internacional de Estadísticos del Trabajo 19° CIET. Actualmente un 51,9% de las personas ocupadas a tiempo parcial se encuentran subempleadas, es decir, trabajan media jornada o menos estando disponibles para trabajar más horas. Este porcentaje equivale a más de 690 mil personas.
Propuesta de Reforma y Desafíos Pendientes
Desde esta perspectiva, una reforma laboral que considere los principales problemas en relación a la traducción normativa de los derechos colectivos debiese contemplar como eje central el garantizar el carácter multipropósito del derecho a huelga. De lo contrario, medidas como las que se están impulsando mediante la reforma, sólo beneficiarán a una porción reducida de los trabajadores, aquellos que se encuentran adscritos a un contrato colectivo.
En estas condiciones, si se avanzara más allá del techo puesto por la reforma del gobierno, garantizando el carácter multipropósito del derecho a huelga, es decir, permitiendo la huelga más allá de los procesos de negociación colectiva (como se consagra en la mayoría de los países a nivel internacional), millones de trabajadores seguirían excluidos de este derecho. Las situaciones de empleo de los trabajadores subcontratados y los subordinados independientes, son representativas de este problema.
En el primer caso (a pesar de la regulación legal del subcontrato que se introdujo hace más de una década) la disociación entre la empresa que contrata al trabajador y la que regula el proceso de trabajo dificulta la negociación y organización de los trabajadores para demandar mejoras en sus condiciones laborales. Al igual que los subcontratados estos trabajadores no pueden organizarse junto al resto de sus compañeros de trabajo contratados “con todas las de la ley”, debiendo comenzar a constituir sus orgánicas propias para alcanzar sus reivindicaciones.
Los análisis del mercado del trabajo que no consideran esta realidad, quedan a medio camino en relación a las distintas vías que se abren al empleador para vulnerar los derechos laborales. Esto es así pues en el papel, tanto los trabajadores subcontratados como los subordinados independientes pueden observarse como “formales”, al contar con un contrato de trabajo.
Para sintetizar la enorme variedad de situaciones que pueden conducir a clasificar un empleo como un empleo de mala calidad se ha desarrollado un indicador de inserción endeble, que reúne a todos los trabajadores que se emplean en actividades propias de la economía informal.
Como resultado, los datos llevan a estimar que en la actualidad un 49,1% de los ocupados presenta una inserción endeble. Bajo la superficie del pleno empleo han ido creciendo categorías que ponen en duda la calidad del empleo que supuestamente ha alcanzado nuestro país. Ante este panorama es que se deben pensar alternativas de reforma sobre el funcionamiento del mundo del trabajo. Pero no reformas que estén condicionadas por el ritmo del crecimiento económico, ni reformas que consideren sólo la vulneración de derechos en el marco de la normativa vigente.
Tipos de Empleo en Chile
El mundo del trabajo remunerado en Chile es diverso en su composición. Se puede clasificar en tres categorías:
- Informal: Trabajadores asalariados sin cotización de salud ni previsión social, y quienes trabajan por cuenta propia o son empleadores en actividades no registradas en el SII.
- Endeble: Empleados con contrato "formal" pero bajo subcontrato o suministro, empleados a honorarios, o asalariados sin seguro de cesantía, vacaciones ni licencias pagadas.
- Protegido: Empleo con contrato formal, protección laboral completa (cotizaciones, vacaciones, licencias pagadas, etc.), y microemprendimientos registrados en el SII.
Al procesar los microdatos de la Encuesta Nacional de Empleo del INE, se observa que sólo un 27,4% de las personas ocupadas tiene un empleo protegido. El resto, es decir, la inmensa mayoría, tiene empleos que son endebles (44,9%) e informales (27,7%).
De todo el empleo recuperado desde el peor momento de la crisis del Covid (trimestre mayo-julio de 2020), el 94% es informal y endeble.
Para revertir este panorama, se deben alterar las relaciones de poder al interior de la sociedad, esto significa, fortalecer decididamente a los sindicatos y a la negociación colectiva. En tiempos de inflación y de estancamiento económico, esta discusión es más necesaria que nunca.
El subcontrato es un régimen de trabajo bajo la cual muchos(as) empleados(as) chilenos(as) se desempeñan, con claras diferencias según sector productivo y cuya fuerza colectiva es fundamental en medio de un tipo de empleo marcado por la fragmentación y la externalización.
Pienso que tiene que ver con una racionalidad capitalista instalada desde Dictadura cívico-militar. Entonces, la persistencia del subcontrato en Chile se debe, básicamente, a que permite la adaptación de las empresas bajo la lógica de reducción de costos laborales frente a las condiciones del entorno.
La incidencia de la fuerza colectiva depende de diversos factores, uno de ellos de tipo estructural y tiene que ver con cómo está organizado el proceso de trabajo, determinando básicamente, los espacios y las formas de continuidad o no de los trabajadores. Hay otra dimensión que yo traté, de alguna manera, de darle más realce en la investigación que hice y se relaciona a aspectos más subjetivos, en el sentido de observar la acción sindical como una suerte de vector de la construcción de un sujeto más colectivo. Al respecto, cabe preguntarse ¿hasta qué punto las formas de subcontrato y la experiencia ordinaria que se da en él permiten la generación de un sujeto colectivo? , ¿hasta qué punto se desarrollan estos sectores y responden a la construcción de un sujeto colectivo y/o contribuye a la generación de un sujeto colectivo?
El proyecto de 40 horas es sumamente relevante, dado el nivel de intensificación y el tiempo de trabajo que se dedica en Chile. Pero llama la atención que el debate o las argumentaciones no consideren el trabajo en sí mismo. Es como si, en el debate público, nos quedáramos sin categorías para pensar qué es lo que sucede al interior del trabajo y eso es sumamente complejo cuando desde la ortodoxia económica instalan el tema de la productividad.
Sabemos que mayores niveles de flexibilidad van a impactar necesariamente en las condiciones de empleo. Tengo la impresión que la discusión debiera dirigirse en ese sentido, es decir avanzar en un proceso de democratización a nivel empresarial. Pienso que eso es clave y tiene que ver con ¿hasta qué punto se puede discutir la monopolización del poder que tienen los inversionistas en capitales dentro de las empresas?
| Tipo de Empleo | Características | Porcentaje de Ocupados |
|---|---|---|
| Informal | Sin cotización de salud ni previsión social | 27.7% |
| Endeble | Subcontrato, honorarios, sin seguro de cesantía ni beneficios | 44.9% |
| Protegido | Contrato formal, protección laboral completa | 27.4% |
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