El amanecer del 10 de agosto de 1792 quedó en la historia como el inicio del fin de la monarquía, su caída estrepitosa fue tan ruidosa que abrió paso a la época del Gran Terror.

Antecedentes de la Insurrección

Precedido por una combinación de crisis económicas y políticas que suceden desde el inicio de la gran Revolución francesa en 1789, aquí desarrollamos lo que pasó el 10 de agosto de 1792 en la toma del Palacio de las Tullerías donde residían el rey y la reina de Francia.

En octubre de 1789 millares de mujeres marcharon desde los suburbios parisinos hacia el palacio de Versalles obligando al rey Luis XVI y la reina Maria Antonieta a trasladarse a París, la capital de Francia y fueron obligados a instalarse en el Palacio de las Tullerías.

En este episodio sucedieron dos movimientos interesantes: por un lado una nueva irrupción de las masas, esta vez encabezadas por las mujeres, tal como había sucedido en la toma de la Bastilla el 14 de Julio del mismo año y por otra parte, el poder real quedó virtualmente preso de las masas, encerrado en las Tullerías.

Desde 1789 hasta 1792 el poder regio se encargó de conspirar con las potencias extranjeras con la intención de lograr la invasión de Francia por parte de Inglaterra, Austria, España y Prusia para sofocar a la revolución y dar un golpe sangriento a todos los que osen hablar de “república”.

Con ese objetivo el rey y la reina abandonaron las Tullerías en medio de la noche del 21 de junio de 1791 y lo hicieron disfrazados de criados para no llamar la atención del pueblo parisino.

Mientras el carruaje real marchaba a todo galope, con la idea de armar un ejército contrarrevolucionario alemán, en las cercanías de la frontera fueron descubiertos en Varennes por un antiguo empleado del correo y este junto a otros hombres armados fueron los encargados de tomarlos prisioneros y devolverlos a París.

Por su parte los republicanos que pedían la destitución del rey fueron perseguidos como Dantón que tuvo que exiliarse en Inglaterra y Marat -quién publicaba un periodico muy influyente llamado “El amigo del pueblo”- se tuvo que ocultar de la reacción realista.

Para la aristocracia era inaceptable ni siquiera una monarquía constitucional, similar al modelo británico, aunque inicialmente tuvo que aceptar esa imposición que plasmaba en el papel los derechos arrancados al Antiguo Régimen a pesar de la moderación de girondinos y jacobinos.

La moderación de ambos partidos se debía a que eran más timoratos a la hora de enfrentar al rey que de ponerse al frente de las masas plebeyas, los sans-culottes, trabajadores del campo y la ciudad, los verdaderos desposeídos de Francia y el auténtico motor de la revolución que dio inicio a la modernidad bajo las banderas de libertad, igualdad y fraternidad.

La Dualidad de Poderes

Veamos cómo se dió la dinámica de la lucha de clases entre los dos poderes en que se desarrolló la Revolución francesa, según León Trotsky:

“La primera Constitución francesa (1791), basada en la ficción de la independencia completa entre los poderes legislativo y ejecutivo, ocultaba en realidad, o se esforzaba en ocultar, al pueblo la dualidad de poderes reinante: de un lado, la burguesía, atrincherada definitivamente en la Asamblea Nacional después de la toma de la Bastilla por el pueblo; del otro, la vieja monarquía, que se apoyaba aún en la aristocracia, el clero, la burocracia y los militares, sin mencionar sus esperanzas en la intervención extranjera.

Este régimen contradictorio albergaba la simiente de su inevitable derrumbamiento. En este atolladero sólo se podía encontrar una salida si las potencias de la reacción europea abolían la representación burguesa, o si triunfaba la guillotina para el rey y la monarquía. París y Coblenza tenían que medir sus fuerzas en este pleito”.

Así describe Trotsky la dinámica en Francia en su clásico Historia de la Revolución Rusa.

El Asalto a las Tullerías

A primeras horas de la mañana el pueblo parisino, armados con picas (que era una especie de lanza), con herramientas y cuchillos bien afilados, se predisponía a marchar sobre las Tullerías para obligar al rey a renunciar.

El precio del pan aumentaba sin parar y los derechos civiles ganados contra el feudalismo estaban en los papeles pero no en la vida real y cotidiana.

El aplazamiento de las reformas sociales jugaron con las aspiraciones de un pueblo que ya había despertado al calor de la toma de la Bastilla.

En su Historia de la Revolución Francesa, Piotr Kropotkin reconstruye la jornada de la siguiente manera:

“Las masas compactas del pueblo invadieron entonces las inmediaciones de las Tullerías, y su vanguardia, animada por los suizos que tiraban los cartuchos por las ventanas, penetró en uno de los patios de palacio.

En aquel momento otros suizos, mandados por oficiales de la corte, y situados en la escalera principal, hicieron fuego sobre el pueblo, amontonando más de cuatrocientos cadáveres al pie de la escalera.

Ese hecho decidió el desenlace de la jornada. A los gritos de ¡Traición! ¡Muera el rey! ¡Muera la austriaca!, el pueblo de París acudió de todas partes a las Tullerías; los habitantes de los suburbios Saint-Antoine y Saint-Marceau se presentaron en masa, y pronto los suizos, furiosamente asaltados por el pueblo, fueron desarmados o acuchillados”.

Consecuencias de la Insurrección

Luego de la insurrección del 10 de agosto de 1792 el panorama político quedaba de la siguiente manera: quedaban suprimidos todos los derechos feudales y señoriales sin indemnización; los diezmos con que se alimentaba la riqueza del clero quedaba abolido al igual que la servidumbre; los territorios que los antiguos señores feudales habían robado a las comunas rurales, es decir a los campesinos pobres, debían ser devueltos; se tomaron medidas que afectaron a los clérigos y emigrados que no reconocieran la constitución.

Los Olvidados de la Revolución

Nuevamente prestemos atención a la descripción que hace León Trotsky sobre “los olvidados” de la revolución:

“¡Qué espectáculo más maravilloso -y al mismo tiempo más bajamente calumniado- el de los esfuerzos de los sectores plebeyos para alzarse del subsuelo y de las catacumbas sociales y entrar en la palestra, vedada para ellos, en que aquellos hombres de peluca y calzón de seda decidían sobre los destinos de la nación!

Parecía que los mismos cimientos, pisoteados por la burguesía ilustrada, se arrimaban y se movían, que surgían cabezas humanas de aquella masa informe, que se tendían hacia arriba manos encallecidas y se percibían voces roncas, pero valientes.

Los barrios de París, bastardos de la revolución, conquistaban su propia vida y eran reconocidos -¡qué remedio!- y transformados en secciones.

Pero invariablemente rompían las barreras de la legalidad y recibían una avalancha de sangre fresca desde abajo, abriendo paso en sus filas, contra la ley, a los pobres, a los privados de todo derecho, a los sans-culottes.

Al mismo tiempo, los municipios rurales se convierten en escenario del levantamiento campesino contra la legalidad burguesa protectora de la propiedad feudal. Y así, bajo los pies de la segunda nación, se levanta la tercera”.

La toma del palacio de las Tullerías si bien marcó la caída de la monarquía como sistema social y político planteó a los insurgentes la pregunta ¿qué hacer con el rey?

La revolución estaba en un nuevo dilema: o se hacían reformas superficiales, bajo el argumento de tender “hacia la igualdad” o se avanzaba en el sentido de profundizar la revolución, no solo liquidando de raíz la institución monárquica sino expandiendo sus efectos a toda la nación, las colonias como la de Haití y el resto del continente europeo.

Impacto en Chile

En 1808 Napoleón Bonaparte invadió España y tomó cautivo al rey Fernando VII, poniendo en su lugar a José Bonaparte, conocido como "Pepe Botella". La reacción inmediata de la población chilena a las noticias de la Metrópoli fue de absoluta lealtad hacia el monarca preso.

Sin embargo, hacia 1809, el dilema de la legitimidad del gobierno del pueblo español sobre un territorio que tenía una vinculación directa con la persona del rey, había encontrado dos respuestas entre los habitantes de Chile.

Por un lado, estaban los realistas, quienes reconocían la soberanía de las instituciones españolas en reemplazo del rey y condenaban todo intento de formar un gobierno autónomo, aunque fuese en su nombre.

Por otro lado, estaban los patriotas, quienes aún siendo fieles al monarca, creían en la retroversión hacia el pueblo de la soberanía regia, admitiendo la necesidad de formar una junta de gobierno propia.

Esta tensión llegó a su punto álgido durante el gobierno del despótico gobernador García Carrasco, quién decretó la injusta captura y exilio de tres connotados vecinos.

Las gestiones del Cabildo de Santiago y la intervención de la Real Audiencia, deseosa de evitar la concreción de los planes juntistas del Cabildo, consiguieron en julio de 1810, la dimisión de García Carrasco en favor del militar de más alta graduación, a la sazón, Mateo de Toro y Zambrano.

El 18 de septiembre de 1810 a las nueve de la mañana, con la presencia de unos Cuatrocientos ciudadanos, comenzó el cabildo abierto. Cada intervención, cada gesto dentro de esta jornada estuvo marcado por la lealtad de los cabildantes hacia Fernando VII, tal como lo muestran los discursos de José Gregorio Argomedo y José Miguel Infante.

Los posibles miembros de la junta habían sido elegidos cuidadosamente por los integrantes del Cabildo de Santiago, con el fin de representar en la persona de cada uno de ellos a cada sector de la sociedad, asegurando así la mantención de un cierto equilibrio. Todos ellos fueron aceptados por aclamación por los vecinos presentes.

La fusión entre tradición y reforma estuvo presente en este primer Cabildo, que fue el episodio que dio inicio al proceso de la Independencia; aún cuando continuaba primando el deseo de los ciudadanos de conservar la soberanía del Rey.

El Cabildo de 1810 fue la primera vez en que la aristocracia criolla tomaba el control de su propio país, experiencia que derivaría con el tiempo en una afirmación de sus propios derechos frente a la monarquía española.

En ese sentido, no pasó mucho tiempo hasta que sonaran de manera ya decidida arengas patrióticas que incitaran a una radicalización del proceso y una ruptura definitiva con la metrópolis hispana.

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