El trabajo social y la intervención social poseen un vínculo indeleble, y ambas son un fruto epocal: no existen fuera del contexto de la modernidad. En la actualidad, en diversos campos de las ciencias sociales se discute sobre los alcances teóricos, epistemológicos y éticos del concepto de intervención social, siendo sus aspectos prácticos los que han sido objeto de mayor atención en las últimas décadas.
En este artículo se presentan cuatro argumentos expresados en el debate sobre la naturaleza y alcance conceptual de la intervención social, entendiéndola indistintamente como actuación, interpretación, distinción sistémica y finalmente como dispositivo discursivo. Este debate es relevante para disciplinas de las ciencias sociales en las que la noción de intervención ocupa un lugar importante en su configuración teórico-metodológica.
La revisión de estas perspectivas establece un contrapunto con las perspectivas tecnológicas que sostienen que la intervención se reduce a la ejecución de acciones. De este modo, se discute la subordinación epistémica y ontológica de las comunidades de las ciencias sociales, en las cuales intervenir constituye su sello de identidad.
Argumentación como Epistemología Aplicada
Apoyarse en la noción de argumentación, en vez de otras acepciones tales como corrientes o enfoques, es relevante para distinguir ópticas diversas sobre el asunto de la intervención social. Esta opción no es neutra, pues implicará asentar una forma de aproximación epistemológica aplicada. La argumentación, en su sentido más generalizado, designa una actividad discursiva en la cual se busca persuadir o convencer. Para Vicuña (2004), la argumentación supera la tradicional búsqueda de la verdad en la construcción de la argumentación, para situarse en lo que esta autora denomina como el ideal de razonabilidad propuesto por la dialéctica de Van Eemeren y Grootendorst, según la cual quien busca persuadir evita pronunciarse sobre la cuestión de la verdad.
Con todo, en la lectura de los autores de la intervención social se evidencia que existe una interesante discusión en este campo, la que desde luego abarca a quienes defienden la centralidad disciplinaria de esta noción versus quienes critican el fundamento teórico y ético de su utilización. Entonces, reconociendo que el uso del término intervención social está legitimado por un conjunto de disciplinas de las ciencias sociales, es importante aclarar que no existe unanimidad sobre su conceptualización.
Volviendo a la posición de Santibáñez, quien recoge postulados de la obra de Toulmin de 1958, los argumentos conjugan una dinámica organicista para sostener que, en campos como las ciencias sociales, las estructuraciones de conocimiento "justifican sus pretensiones y respaldan sus juicios" (Santibáñez 2012:32). En este sentido, lo que está detrás de las posiciones sobre la intervención no sólo es la divergencia epistémica, sino que la posibilidad de influir en los encasillamientos teórico-metodológicos de las comunidades disciplinarias que resignifican la intervención social en sus prácticas y marcos teóricos.
Desde esta perspectiva, las argumentaciones en la intervención social apuntan a sostener ciertas premisas que refuerzan las posiciones en el debate teórico. A nuestro juicio las principales líneas argumentativas localizan a la intervención social en: a) el ámbito de la actuación o acción de ciertas profesiones, b) como una forma de interpretación de la complejidad social, c) la que por extensión también aplica a la distinción funcional de los sistemas sociales y que finalmente se expresa en d) los términos de dispositivos de intervención.
La Intervención Social como Acción Práctica
Para esta argumentación, la intervención constituye una forma de actuar de una categoría de profesiones del mundo social, orientada a la resolución de problemas sociales. Desde este punto de vista, la intervención es conceptualizada como una forma de actividad que integra aspectos políticos, filosóficos y procedimentales, evocando la idea de kinesis. Este hacer está vinculado con saberes teóricos y técnicos, pero especialmente con actitudes, valores y creencias que anteponen eticidad a la acción.
En este sentido, Ander-Egg señala que la intervención social designa "el conjunto de actividades realizadas de manera más o menos sistemática y organizada, para actuar sobre un aspecto de la realidad social con el propósito de producir un impacto determinado" (1995:161). Desde la óptica de este autor, la intervención social es tributaria de las perspectivas psicosociales que en Europa visibilizan el problema de la acción técnica-profesional en la sociedad, tomándose como ejemplo la definición de la intervención elaborada por el Colegio de Psicólogos Sociales de España de 1984, según la cual corresponde a una actividad profesional que surge como respuesta a la necesidad de analizar y actuar sobre los problemas de las interacciones personales en sus diversos contextos sociales.
En general, la argumentación práctica de la intervención se enfoca en el carácter organizado de la acción y su capacidad para resolver problemas sociales. Tributaria de esta argumentación está la opinión de Fernando Fantova, quien señala que la intervención social es una actividad que intenta responder a necesidades sociales, siendo su propósito la integración, autonomía, bienestar y participación de las personas en relación a su entorno.
Otro autor que transita por esta línea argumental es Javier Corvalán, quien define la intervención social como: "la acción organizada de un conjunto de individuos frente a problemáticas sociales no resueltas en la sociedad a partir de la dinámica de base de la misma. En esta definición se aprecia que el autor comparte con Ander-Egg el carácter organizado de la intervención social, no obstante, vincula el ethos de estas prácticas con el funcionamiento de las economías de mercado y las sociedades que articulan su vida en torno a cierta disposición del consumo de bienes y servicios.
Es así que desde la visión de Corvalán coexisten dos tipos de intervención social: a) la caritativa o asistencial y b) la socio-política, esta última relacionada con la forma de implantación del modelo de desarrollo de corte capitalista. Esta perspectiva sociopolítica de la intervención está asociada al proceso de modernidad en cuanto al desarrollo del pensamiento crítico, la práctica democrática, las consecuencias de la revolución industrial y la creciente secularización de la cultura occidental.
La Intervención Social como Interpretación de la Complejidad Social
Una segunda línea de argumentación sostiene que la intervención es antes que todo una interpretación de la complejidad de lo social. En otras palabras, hay intervención social desde el momento en que se interpreta la complejidad del entramado que manifiesta un ámbito conflictivo o problemático de lo social. En esta perspectiva, la intervención es concebida desde una relación dialógica, en la cual la aproximación tanto hermenéutica como a la vez compleja a los fenómenos sociales es la adecuada para interpretar los ámbitos de expresión de los problemas sociales, teniendo en cuenta que para ello el "fenómeno social se comprende de entrada como complejo, y por consiguiente, no simple y llanamente como un agregado de partes" (Maldonado 2011:149).
La intervención social emerge como acto de atribución de sentido que supone un proceso de aproximación a los contextos, narraciones y testimonios de la situación. También exige descartar la asepsia valorativa del mundo, más bien, esta argumentación acepta que en la intervención existen preconfiguraciones de sentido desde los operadores de las políticas sociales, los cuales complejizan tanto la explicación de los fenómenos sociales como el modo en que se actúa sobre estos problemas.
En relación a la interpretación, es necesario indicar que sus fuentes más confiables están localizadas en el campo de la hermenéutica, que gracias al llamado giro lingüístico de las ciencias sociales transita efectivamente desde el campo de la filología a sus aplicaciones en el estudio de la sociedad.
La Intervención Social y la Investigación Científica Disciplinar
El presente artículo pone de relieve la inquietud por el vínculo entre intervención social e investigación científica disciplinar, visibilizando la necesidad político-epistémica de provocar un pensamiento ordenado que contribuya a la reflexividad y crítica del Trabajo Social en relación con dicha intersección. La intención se sostiene en la consideración de que la separación entre hacer y saber o intervenir e investigar se reproduce, principalmente, en el campo de la formación profesional del grado.
A partir de ello, y tal como se señala en otras oportunidades, existe una pluralidad de producciones académicas que tematizan la cuestión preguntándose por el vínculo existente entre investigación científica e intervención social en Trabajo Social, y especialmente sobre lo que pudimos definir como “la ficción de la dualidad teoría-práctica” (Scarpino y Bertona, 2021, p. 23). Si bien dentro de este conjunto de producciones estudiadas existen distintas propuestas de reconsideración sobre tal vínculo, se identificó una vacancia significativa en torno a cómo abordar esta escisión en términos empíricos.
Se parte de comprender al Trabajo Social como una disciplina que produce interpretaciones sobre la realidad de maneras situadas, generando herramientas explicativas para los fenómenos que configuran las desigualdades contemporáneas desde una perspectiva histórica. A su vez, se sostiene que esta profesión asume un posicionamiento político que busca incidir en la definición, elaboración, implementación y evaluación de políticas públicas y dispositivos necesarios para abordar los efectos que esta desigualdad genera en distintos planos de lo social, apuntando a su transformación.
El problema emerge, cuando ese entramado no es considerado cotidianamente. Mediante la invisibilización de algunas de las tres dimensiones del quehacer/saber disciplinar, se incurre en una jerarquización y segmentación de procesos e incumbencias que reinscribe en la ya tematizada separación moderno-cartesiana que distingue entre saber científico y saber interventivo.
En este sentido, producir esa zona reflexiva supone reconocer que este modo abismal de construir la disciplina responde a un problema de orden teórico que se traduce en un problema de orden práctico: subyace un imaginario de derivación, podríamos pensar, en la relación entre investigación social e intervención científica. La primera, suele presentarse como aquello que le brinda a la intervención las herramientas conceptuales para actuar. Sin embargo, ese modo de comprender la relación continúa perpetuando una lectura lineal y no dialógica de esta relación.
Es posible decir que esos movimientos deben dirigirse a enseñar y aprender a investigar mientras se interviene, y a intervenir mientras se investiga. Ejercicios, en última instancia, que buscan aproximar lo que por momentos aparece separado, y que pretenden habitar la unión de dos pares de acciones infinitivas junto a sus gerundios: investigar interviniendo / intervenir investigando. Un desafío pedagógico que resulta tan necesario como urgente para contribuir a la desarticulación de los análisis estancos sobre el Trabajo Social.
De alguna manera, vincular consustancialmente docencia, investigación e intervención nos permite desestabilizar los análisis segmentados de la realidad social, algo que Ana Marcela Bueno (2013) considera que ha sido en gran medida lo que provocó -desde la institucionalización de las ciencias sociales- la fragmentación entre hacer y pensar en nuestra disciplina.
En este marco, contribuyendo con el amplio torrente de discusiones, es interesante apuntar algunas consideraciones sobre los efectos de la pandemia en la educación en general, y en la formación en Trabajo Social en particular, interpretando que los procesos educativos son puestos en tensión por un contexto de crisis global que “[…] nos ubica ante un problema de enseñanza y de vida, un problema que entrelaza ambos y que despliega ante nosotros problemas sociales y urgentes” (Bazán y Zuppa, 2020, p. 3).
Retomando los aportes de Tatiana Encina; Ligia Altaleff, María Carolina González Cejas y Micaela Megias es posible indicar que la emergencia sanitaria posibilitó crear interrogantes que profundizaron el debate “sobre la dialéctica entre lo material y lo virtual, y su forma de incidir en nuestra disciplina, en un contexto de mayor virtualización de la intervención” (Encina; Altaleff, González Cejas y Megias, 2021, p. 187).
La Práctica de Intervención Social
La “Práctica de Intervención Social I” constituye el primer vínculo con el medio institucional-territorial de los y las estudiantes, instancia donde se realiza el descubrimiento y fundación del espacio de intervención social. Para la intervención, se visualizan técnicas de evaluación e interpretación cartográfica, la organización de los distintos grupos de la comunidad, el trabajo permanente por lograr un sentido de pertenencia e historia poblacional, además de asesorías psico-educacionales a niños, familias y profesionales.
El plan de acción desarrollado en el marco de la Práctica Profesional I y II, cuenta con una evaluación en el entorno sobre el ciclo de las políticas implementadas en los beneficiarios hasta ese momento. Además, incluye actividades con el entorno que son de gran relevancia, como la capacitación a dirigentes sociales, la realización de un conversatorio y ferias itinerantes y reuniones comunitarias para el fortalecimiento de la identidad y organización barrial, así como mesas de diálogos que apuntan al mismo objetivo.
En sus cuatro años de existencia, el proyecto de Trabajo Social ha permitido que los estudiantes internalicen de mejor forma los aprendizajes adquiridos, fortaleciendo, por ejemplo, las habilidades para co-construir estrategias de aproximación al espacio de intervención o investigación, para identificar problemáticas en el territorio y elaborar un plan de acción enfocado en lograr un impacto positivo para la comunidad.
En tanto, la iniciativa ha logrado promover la cooperación y colaboración entre los actores sociales, de manera tal de hacer frente a las dinámicas de precarización e informalidad urbana de diferentes campamentos, fomentado, además, la creación del sentido de identidad de la población.
A través de la modalidad de teletrabajo, fue posible responder a dicha contingencia en beneficio de población vulnerable, migrantes y sujetos de la política social (infancia, mujeres, personas en situación de discapacidad, adultez mayor, jóvenes, familia, entre otros), así como articular la institucionalidad y los diferentes beneficios de asistencia social relacionados a ellos.
Adicionalmente, se crea el Centro de Investigación e Intervención Social Universitario (CINSU), espacio transdisciplinario de diálogo participativo para co-construir intervenciones e investigaciones que beneficien a las diversas organizaciones públicas y privadas. Este centro busca promover investigaciones e intervenciones sociales situadas a las realidades regionales donde se encuentra la Universidad Andrés Bello, propiciando la labor articulada de estudiantes académicos/as, egresados/as y diversos actores locales.
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