Es dable plantear que, desde una perspectiva histórica en el contexto chileno, el ejercicio de la psicoterapia y del trabajo social clínico pueden ser considerados como formas de una práctica del counselling, entendida esta como un campo de acción cuyo objetivo es disminuir el malestar subjetivo y mejorar la calidad de vida de las personas (Wesenberg et al., 2022). En el presente artículo se analizan desde una perspectiva histórica las implicancias culturales de la práctica de la psicoterapia y la intervención social-clínica para el desarrollo de una identidad profesional de las disciplinas tradicionalmente asociadas a ellas (psicología y trabajo social).

También se discuten las principales tensiones y desafíos en la definición de los roles y del ejercicio profesional, considerando las posibilidades y limitaciones de cada disciplina, así como su complementariedad. Concluimos que el devenir histórico de la psicoterapia y la intervención social-clínica, en su dimensión cultural, da cuenta de transformaciones a nivel social, de las instituciones y los marcos regulatorios. Dichas transformaciones desafían las prácticas y comprensiones predominantes respecto del quehacer de estas profesiones en un momento dado, poniendo en tensión las identidades profesionales y generando nuevos desafíos a nivel de la formación profesional.

En el presente trabajo, entendemos que la psicoterapia, el counselling, la orientación y el Trabajo Social Clínico, entre otros, son prácticas que, al igual que otras, constituyen expresiones de una cultura en un momento histórico dado. Esto implica que dichas prácticas ocurren y, a su vez, dan cuenta de un contexto sociopolítico y socioeconómico determinado, entendiendo que, según lo plantea Geertz (1973), “la cultura denota un esquema históricamente transmitido de significaciones representadas en símbolos por medios de los cuales los hombres comunican, perpetúan y desarrollan su conocimiento y sus actitudes frente a la vida” (p.89).

Estas prácticas clínicas se van modulando o modificando de acuerdo a la experiencia que van teniendo las personas que las realizan, siendo esta experiencia subjetiva eminentemente cultural. De esta manera, las creencias de los terapeutas, orientadores y trabajadores sociales clínicos respecto de su quehacer, incluyendo el modelo teórico al que adhieren y la práctica en sí misma, se van modulando o modificando en el tiempo, siendo influidas por el contexto, ya sea personal, institucional, societal o de época, y ponen de relieve lo relativo al desarrollo de la identidad profesional que, a su vez y de manera recursiva, va a incidir en la práctica propiamente tal (Fischersworring, 2018).

En este sentido, en lo que respecta a la concepción de psicoterapia, esta ha ido cambiando a lo largo del tiempo, dando cuenta de su carácter cultural. Tal como señala Gissi (1992): “todo contexto cultural está influyendo en toda psicoterapia, está ‘dentro’ de ella, y lo está de múltiples modos: ‘dentro’ de la tradición teórica y técnica de tal escuela psicoterapéutica, dentro de la nación, región y época en que se da la terapia, dentro de las respectivas subculturas del terapeuta y su consultante (que casi nunca son la misma), y por tanto dentro del lenguaje, supuestos metafísicos y éticos, comunicación no verbal, vivencia del tiempo y dinero, agresión, dependencia, sexualidad, etc., de cada uno de los actores” (p. 357).

Lo mismo ocurre respecto al quehacer social-clínico de los trabajadores sociales. Dicha labor, que se encuentra en el origen mismo de la disciplina en Estados Unidos con el Casework o Trabajo Social de Caso, ha ido teniendo más o menos peso, consideración y validación dependiendo del momento histórico, social y político que se vive. Esta influencia contextual ha sido particularmente evidente en el desarrollo de la disciplina del trabajo social en sí, así como también en su vinculación con el ejercicio clínico y el desarrollo de una identidad profesional.

El propósito del presente artículo es contribuir a la reflexión de las siguientes interrogantes: ¿Cómo entendemos la psicoterapia y la intervención social-clínica4, principalmente desde el trabajo social, en Latinoamérica y particularmente en Chile? ¿Cuáles son sus principales características? ¿Cómo incide el contexto social, histórico y político en la praxis y en la configuración de una identidad profesional determinada? ¿Cuáles han sido y siguen siendo los puntos de tensión o controversia entre los profesionales que ejercen una labor clínica, principalmente psicólogos y trabajadores sociales?

Para comprender el desarrollo de la psicoterapia en Latinoamérica se requiere considerar el marco de referencia cultural existente, y la historia y relación entre Europa y Latinoamérica (Ardila, 1986). Durante varias décadas la psicología clínica se identificó con el psicoanálisis, siendo introducido en Latinoamérica por médicos psiquiatras en la década de 1910 y 1920.

En el campo del ejercicio clínico, desde los inicios se han generado fricciones entre las distintas profesiones relacionadas con la salud mental, particularmente médico-psiquiatras, psicólogos y trabajadores sociales, señalando cada grupo en el otro la falta de determinadas competencias, conocimientos o habilidades específicas para el trabajo clínico-terapéutico. A su vez, en los años 60 y 70, producto de importantes movimientos sociales y económicos en Latinoamérica y el mundo, se instaura la idea de una psicología social comunitaria, que enfatiza la centralidad de los grupos sociales, entendiendo los problemas de salud y enfermedad en un contexto (social y económico), y que concibe al sujeto humano como un ser activo, dinámico, constructor de su realidad (Montero, 2004).

Es así como se va acuñando una idea emancipatoria de la psicoterapia y la intervención clínica, que convive con una concepción de la psicoterapia centrada en lo individual, con una visión de un sujeto pasivo, receptor de acciones o productor de respuestas dirigidas, predeterminadas, no generador de acción. Esto generó y genera fricciones ideológicas. Ardila (1986) menciona como ejemplo lo que ocurrió en Argentina en los años ‘70: la Asociación Psicoanalítica Argentina era conocida como una entidad ortodoxa, elitista y conservadora.

Esto dio espacio a un modo diferente de contextualizar el malestar psíquico, acuñando la concepción de lo psicosocial a nuevas formas de abordar este malestar, rompiendo con la concepción más diádica de la psicoterapia (setting paciente-terapeuta), y a aproximaciones grupales y comunitarias. Ejemplo de ello es la dinámica de grupo ECRO (Esquema Conceptual Referencial y Operativo), de Enrique Pichòn Riviere, que enfatiza los aspectos relacionales en el concepto de salud/enfermedad; y la socioterapia de Moffat, que instala un enfoque comunitario en el trabajo terapéutico con grupos de riesgo, trascendiendo una visión dual de terapeuta-paciente, situando al propio paciente como agente de cambio terapéutico.

El modo en que las condiciones societales influyen en la comprensión de la psicoterapia y su objetivo, así como quién puede ejercerla, se puede ejemplificar con la construcción del concepto de trauma psicosocial. Desde El Salvador, Ignacio Martín Baró, producto de las circunstancias y los acontecimientos políticos en su país, instala este concepto, ofreciendo así un marco de referencia para abordar los fenómenos asociados a la salud mental en sus contextos sociohistóricos y políticos, ampliando la comprensión del trauma ya no como un fenómeno individual e intrapsíquico, sino en su dimensión societal (Díaz, 2011).

Según Martin-Baró (1990), el trauma psicosocial5 es un acontecimiento histórico, cuyo origen está en la sociedad y no en el individuo, pero que se mantiene en la relación entre individuo y sociedad. Esta comprensión contextual del sufrimiento y malestar de amplios sectores de la población presenta un desafío para la concepción más tradicional de la psicoterapia y del rol del psicoterapeuta, y pone en relieve la dimensión política del quehacer terapéutico.

Se aboca al trabajo con individuos, familias, grupos y comunidades diversas en situación de vulnerabilidad social y emocional, a fin de potenciar y mejorar su calidad de vida, mediante un acompañamiento terapéutico y el trabajo en red, tomando siempre en cuenta una mirada contextual y del entorno en que la o las personas se desenvuelven. Hasta la fecha, el Trabajo Social Clínico no ha sido reconocido legalmente como una especialidad en el contexto latinoamericano y chileno, a diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos, Puerto Rico y Canadá y varios países de Europa y del resto del mundo.

A modo de ejemplo, según una encuesta realizada por la ETSUC el año 2019 a egresados de la carrera, casi un 60% se desempeñaba en áreas afines al ámbito social-clínico; específicamente, un 22% trabajaba en el ámbito de la salud mental y salud familiar, un 25% en programas de protección a la infancia e intervención con familias, y un 11,8% en programas de convivencia escolar.

En Chile, la “profesionalización” del Trabajo o Servicio Social se remonta a la década del ‘20, con la creación de las primeras escuelas de Servicio Social. Esta profesionalización significó el paso desde la “caridad” a la “asistencia”, pero no estuvo aparejado, según González (2012), con el logro de un aparataje conceptual propio, la adquisición de determinados métodos y habilidades especializadas o un proceso de institucionalización de las prácticas, como sí ha ocurrido con otras disciplinas.

La formación y estructuración de las primeras escuelas de Trabajo Social estuvieron fuertemente influenciadas por la tradición europea, principalmente belga, así como también alemana y francesa. En Europa, el espacio de la filantropía y la caridad se hallaba ya profesionalizado. En Chile, que siguió este modelo, diseñado para responder a los problemas de la sociedad europea producto de la Primera Guerra Mundial, la profesión tuvo a la base esta concepción predominantemente benéfico-asistencial, en coherencia con el espíritu imperante de un estado asistencial, lo que además era congruente con los problemas que la sociedad chilena tenía en esa época (Gómez, 1995; González, 2012; Huaiquiche y Bastías, 2016; Reyes, 2011).

Posteriormente, en la década del ’40, comienza una fuerte influencia norteamericana en el Trabajo Social chileno, tanto en el ámbito formativo-académico como a nivel de las prácticas. Las escuelas chilenas adoptaron la metodología de intervención del trabajo social de caso o Casework, desarrollado en Estados Unidos por Mary Richmond en la década del ’20, que caracterizaban el servicio social en dicho país. Este trabajo social individualizado, y que es el precursor de lo que después comenzó a denominarse como Trabajo Social Clínico, fue el que se practicó en Chile entre la década del ’40 y fines de los años ‘60 (Solar, 1978).

Posteriormente, desde 1965 en adelante, se produce, según Solar (1978), una desvalorización del trabajo de caso -la que, en algunos casos, persiste hasta el día de hoy-, atribuyendo a la intervención en este nivel un carácter puramente asistencial, paliativo y de poca o ninguna significación para la profesión y el rol del Trabajador Social. Surge en esa época la necesidad del sistema político de trabajar con la organización, capacitación y participación de los grupos, tanto de obreros como trabajadores y de los sectores más marginados; son ellos quienes pasan a ser los principales clientes o usuarios de la profesión del TS (Gómez, 1995; Solar, 1978).

La dictadura cívico-militar en Chile (1973-1990), además de las persecuciones y desaparición de académicos y estudiantes de Trabajo Social, implicó también la intervención militar de las universidades. El Trabajo Social fue una profesión amenazada en su sobrevivencia.

Este contexto adverso, en la búsqueda de la sobrevivencia universitaria, obligó a un nuevo viraje formativo, específicamente hacia una formación tecnocrática, basada en los avances que representaban la investigación social y la planificación social a inicios de los años ‘70. Estos avances permitieron respaldar la propuesta del Trabajo Social como una tecnología, definida como la aplicación de la racionalidad científica que permite conocer la realidad y modificarla en el menor tiempo posible, con el menor costo y de manera óptima (Castañeda y Salamé, 2014).

Estas mismas autoras agregan que, como herencia de esos años, el lenguaje especializado de Trabajo Social comenzó a centrarse en la noción del problema, la necesidad y la carencia, en lugar de las potencialidades, las fortalezas y los aportes que representan los sujetos sociales y sus propios contextos. Así, “se fueron olvidando progresivamente las definiciones de compromiso social, promoción social y agente de cambio que habían caracterizado las reflexiones profesionales de la década de 1960 y de inicios de los 70, dejándolas como reminiscencias románticas de épocas pasadas” (Castañeda y Salamé, 2014, p.

Sin embargo, este período de dictadura también marcó el desarrollo del Trabajo Social Clínico, debido a la permanente vulneración de los derechos humanos y sociales que ocurrían en Chile. Algunas trabajadoras sociales, en contacto académico con Estados Unidos, pudieron reconocer las prácticas clínicas del Trabajo Social como campo propicio de intervención y desarrollo para aquella época (Huaiquiche y Bastías, 2016).

Con el retorno a la democracia en los años ’90, cobran mayor relevancia las prácticas profesionales relacionadas con la reparación de violaciones a los d...

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