“Hagamos de la no-violencia activa nuestro estilo de vida”, es la invitación que hace este año el Papa Francisco en el mensaje para la Jornada Mundial de la Paz. Esta iniciativa, que nació en el seno del Concilio Ecuménico Vaticano II y fue instituida hace cincuenta años por el beato Pablo VI, se celebra en 2017 por 50ª vez. Ya desde el título el mensaje anticipa el programa que propone: “La No-Violencia: un estilo de política para la paz”, un estilo cuyo propósito es romper “la espiral diabólica de la violencia”.

El camino hacia la paz según el Papa Francisco

1) Limitar el uso de la fuerza

La construcción de la paz mediante la no violencia activa es un elemento necesario y coherente con los continuos esfuerzos de la Iglesia para limitar el uso de la fuerza por medio de las normas morales, a través de su participación en el trabajo que desarrollan las instituciones internacionales y con el aporte competente de muchos cristianos para elaborar legislaciones en todos los niveles. Jesús mismo nos ofrece un “manual” de esta estrategia de construcción de la paz en el Sermón de la Montaña. Las ocho bienaventuranzas (cfr. Mt 5,3-10) trazan el perfil de la persona que podemos definir feliz, buena y auténtica.

2) La solidaridad, un estilo de convivencia

“Esto es también un programa y un desafío para los líderes políticos y religiosos, para los responsables de las instituciones internacionales y los dirigentes de las empresas y de los medios de comunicación de todo el mundo: aplicar las bienaventuranzas en el desempeño de sus propias responsabilidades. Es el desafío de construir la sociedad, la comunidad o la empresa, de la que son responsables, con el estilo de los trabajadores por la paz; de dar muestras de misericordia, rechazando descartar a las personas, dañar el ambiente y querer vencer a cualquier precio. Esto exige estar dispuestos a «aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso». Trabajar de este modo significa elegir la solidaridad como estilo para realizar la historia y construir la amistad social. La no violencia activa es una manera de mostrar verdaderamente cómo, de verdad, la unidad es más importante y fecunda que el conflicto. Todo en el mundo está íntimamente interconectado.

3) El servicio y el aporte de la Iglesia

La Iglesia Católica acompañará todo tentativo de construcción de la paz también con la no violencia activa y creativa. Confirma que el 1 de enero de 2017 comienza a funcionar el nuevo Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, que ayudará a la Iglesia a promover, con creciente eficacia, «los inconmensurables bienes de la justicia, la paz y la protección de la creación» y de la solicitud hacia los emigrantes, «los necesitados, los enfermos y los excluidos, los marginados y las víctimas de los conflictos armados y de las catástrofes naturales, los encarcelados, los desempleados y las víctimas de cualquier forma de esclavitud y de tortura».

Violencia y mundo fragmentado

El Papa Francisco observa en su mensaje: “La violencia no es la solución para nuestro mundo fragmentado. Responder con violencia a la violencia lleva, en el mejor de los casos, a la emigración forzada y a un enorme sufrimiento, ya que las grandes cantidades de recursos que se destinan a fines militares son sustraídas de las necesidades cotidianas de los jóvenes, de las familias en dificultad, de los ancianos, de los enfermos, de la gran mayoría de los habitantes del mundo. En el peor de los casos, lleva a la muerte física y espiritual de muchos, si no es de todos”.

Luego el Papa trae a colación el Angelus de Benedicto XVI el 18 de febrero de 2007. “Esta -como ha afirmado mi predecesor Benedicto XVI- «es realista, porque tiene en cuenta que en el mundo hay demasiada violencia, demasiada injusticia y, por tanto, sólo se puede superar esta situación contraponiendo un plus de amor, un plus de bondad. Este “plus” viene de Dios». Y añadía con fuerza: «para los cristianos la no violencia no es un mero comportamiento táctico, sino más bien un modo de ser de la persona, la actitud de quien está tan convencido del amor de Dios y de su poder, que no tiene miedo de afrontar el mal únicamente con las armas del amor y de la verdad. El amor a los enemigos constituye el núcleo de la “revolución cristiana”». Precisamente, el evangelio del amad a vuestros enemigos (cf. Lc 6,27) es considerado como «la carta magna de la no violencia cristiana», que no se debe entender como un «rendirse ante el mal […], sino en responder al mal con el bien (cf.

La conclusión del Mensaje del Papa

Francisco concluye su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz del 1º de enero con afirmaciones fuertes y llenas de verdad: “Muchas veces la no violencia se entiende como rendición, desinterés y pasividad, pero en realidad no es así. Cuando la Madre Teresa recibió el premio Nobel de la Paz, en 1979, proclamó claramente su mensaje de la no violencia activa: «En nuestras familias no tenemos necesidad de bombas y armas, de destruir para traer la paz, sino de vivir unidos, amándonos unos a otros […]. Y entonces seremos capaces de superar todo el mal que hay en el mundo». Porque la fuerza de las armas es engañosa. «Mientras los traficantes de armas hacen su trabajo, hay pobres constructores de paz que dan la vida sólo por ayudar a una persona, a otra, a otra»; para estos constructores de la paz, Madre Teresa es «un símbolo, un icono de nuestros tiempos». En el pasado mes de septiembre tuve la gran alegría de proclamarla santa. He elogiado su disponibilidad hacia todos por medio de «la acogida y la defensa de la vida humana, tanto de la no nacida como de la abandonada y descartada […]. Se ha inclinado sobre las personas exánimes que mueren abandonadas al borde de las calles, reconociendo la dignidad que Dios les había dado; ha hecho escuchar su voz a los poderosos de la tierra para que reconocieran sus culpas ante los crímenes -¡ante los crímenes!- de la pobreza creada por ellos mismos».

El Llamado a la Santidad

Hace unos días el Papa Francisco nos ha regalado una nueva Exhortación Apostólica. Nos invita a ser santos. “Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra. P. (Ary WaldirRamos Díaz resume toda esta Exhortación apostólica en 43 consejos para ser santos hoy). Pero, en nuestros días, ¿qué significa ser santo?, ¿cómo se logra esa santidad?. Francisco nos dice que desde el principio la Biblia, de diversas maneras, hace un llamado a la santidad. Advierte que no es un tratado sobre la santidad.

Los santos nos alimentan y acompañan. Los santos que ya han llegado a la presencia de Dios mantienen con nosotros lazos de amor y comunión. El Papa presenta la santidad en una “dinámica popular, en la dinámica de un pueblo”. Y habla de la Iglesia militante. “La santidad ‘de la puerta de al lado’; «la clase media de la santidad”.

¿Consagrados y consagradas? “Sé santo viviendo con alegría tu entrega”. “¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa… ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Francisco asegura en el punto 15: “En la Iglesia, santa y compuesta de pecadores, encontrarás todo lo que necesitas para crecer hacia la santidad”. Y cita a Benedicto XVI: «La santidad no es sino la caridad plenamente vivida» (21).

El papa Francisco saca del sopor y de la pasividad a los fieles.

No es sano amar el silencio y rehuir el encuentro con el otro, desear el descanso y rechazar la actividad, buscar la oración y menospreciar el servicio. Instó a no tener miedo, como Juan Pablo II. No te quitará fuerzas, vida o alegría. Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó. Y agrega una santa ambición: “No tengas miedo de apuntar más alto, no tengas miedo de dejarte guiar por el Espíritu Santo en la vida”.

En el capítulo segundo, el Papa advierte de dos sutiles enemigos de la santidad: El Agnosticismo (Una mente sin Dios y sin carne) y el Pelagianismo actual (Una voluntad sin humildad).

Advierte que esto “puede ocurrir dentro de la Iglesia: pretender reducir la enseñanza de Jesús a una lógica fría y dura que busca dominar todo”. El Papa sostiene que Dios está en todos y exhorta en favor de una doctrina que viva el misterio en cada persona. Escribió sobre los límites de la razón y de una soberbia que se viste de santidad, pero no lo es.

Respecto al pelagianismo actual, expresión de una voluntad sin humildad. Reiteró una enseñanza de la Iglesia muchas veces olvidada: […]no somos justificados por nuestras obras o por nuestros esfuerzos, sino por la gracia del Señor que toma la iniciativa”. Nombró a los nuevos pelagianos: “Muchas veces, en contra del impulso del Espíritu, la vida de la Iglesia se convierte en una pieza de museo o en una posesión de pocos. Es quizás una forma sutil de pelagianismo”. En este sentido, resume la Ley:

En el capítulo III, titulado “A la luz del Maestro”, el papa Francisco en el punto 63 responde a «¿Cómo se hace para llegar a ser un buen cristiano?». De ahí que Jesús propone: “Felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. Esta pobreza de espíritu está muy relacionada con aquella «santa indiferencia» que proponía san Ignacio de Loyola, en la cual alcanzamos una hermosa libertad interior.

Como indica Jesús: «Felices los mansos, porque heredarán la tierra». Francisco explica que para santa Teresa de Lisieux, «la caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás, en no escandalizarse de sus debilidades». “Felices los que lloran, porque ellos serán consolados”. El Papa insta a salir de la lógica del mundo que nos hace gastar “muchas energías por escapar de las circunstancias donde se hace presente el sufrimiento”.

«Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados”. El Pontífice en el punto 79 explica que la palabra “justicia” puede ser sinónimo de fidelidad a la voluntad de Dios, pero si “le damos un sentido muy general olvidamos que se manifiesta especialmente en la justicia con los indefensos”.

“Felices los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”. El Papa doblega la racionalidad al corazón, que está guiado por la fe en Dios. En las intenciones del corazón se originan los deseos y las decisiones más profundas que realmente nos mueven.

«Felices los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios». En el punto 89, el Papa indica que no es fácil construir esta paz evangélica que no excluye a nadie sino que integra también a los que son algo extraños, a las personas difíciles y complicadas.

«Felices los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios». «Felices los perseguidos a causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos» Las persecuciones no son una realidad del pasado, porque hoy también las sufrimos, sea de manera cruenta, como tantos mártires contemporáneos, o de un modo más sutil, a través de calumnias y falsedades.

El Papa pide fidelidad al Maestro y cuestiona: Cuando encuentro a una persona durmiendo a la intemperie, en una noche fría, puedo sentir que ese bulto es un imprevisto que me interrumpe, un delincuente ocioso, un estorbo en mi camino, un aguijón molesto para mi conciencia, un problema que deben resolver los políticos, y quizá hasta una basura que ensucia el espacio público. O puedo reaccionar desde la fe y la caridad, y reconocer en él a un ser humano con mi misma dignidad, a una creatura infinitamente amada por el Padre.

“Las ideologías que mutilan el corazón del Evangelio”, expresó Francisco. Y lamenta dos errores nocivos: “La defensa del inocente que no ha nacido, por ejemplo, debe ser clara, firme y apasionada. El papa Francisco explicó que defender a los migrantes o los extranjeros no es “un invento de un Papa o de un delirio pasajero”. Suele escucharse que, frente al relativismo y a los límites del mundo actual, sería un asunto menor la situación de los migrantes, por ejemplo.

El consumismo hedonista puede jugarnos una mala pasada. La fuerza del testimonio de los santos está en vivir las bienaventuranzas y el protocolo del juicio final. Recomiendo vivamente releer con frecuencia estos grandes textos bíblicos, recordarlos, orar con ellos, intentar hacerlos carne. Analizadas las Bienaventuranzas desde un punto de vista meramente humano, podrían parecernos una verdadera contradicción. Pero ya se había anunciado de Jesucristo en el momento de su Presentación en el Templo, que había venido “para ser signo de contradicción” (Lc 2, 34).

“Busquen la santidad, busquen la humildad”, nos dice el Profeta Sofonías en la Primera Lectura (So 2,3: 3, 12-13). San Pablo en su Carta a los Corintios (1Co 1, 26-31) nos habla de esa humildad, de esa sencillez que pide el Profeta Sofonías y que Cristo ratifica en el discurso de las Bienaventuranzas. Y lo hace San Pablo hablando claramente del peligro de confiar en “criterios humanos”. Entre los que han sido llamados por Dios, nos dice, “no hay muchos sabios, ni poderosos, ni nobles según los criterios humanos.

Así son los criterios de Dios ¡tan diferentes de los criterios humanos! Pero ¿nos damos cuenta de esto? O seguimos con los criterios que nos vende el mundo: el poder, la riqueza, el mucho valer, la auto-suficiencia, etc., con las que -contrario a los que nos dicen las Lecturas de hoy- estamos presumiendo delante de Dios, buscando glorias humanas, pensando que podemos por nosotros mismos, creyéndonos muy capaces de lograr cualquier cosa que nos propongamos, sin recordar que hasta cada latido de nuestro corazón depende de Dios que nos creó. Y las Lecturas de hoy son muy claras y muy precisas.

La Primera Lectura nos habla del “día de la ira del Señor”. “Aquel día, dice el Señor, Yo dejaré en medio de ti, pueblo mío, un puñado de gente pobre y humilde. Este resto de Israel confiará en el nombre del Señor”. Los que queden el día del Juicio de Dios serán “los pobres y humildes”. Será un “resto”; es decir, lo que quede: una pequeña porción. ¿Cómo formar parte de ese “resto”? La respuesta está en el discurso de las Bienaventuranzas. Veamos cada una de estas actitudes que nos pide el Señor para ser contados entre los que heredaremos el Reino de los Cielos: “Dichosos, felices, bienaventurados, los pobres de espíritu”.

Así que “ricos”, según éste y otros pasajes del Evangelio, significan los que se creen capaces sin Dios. Y “pobres” son los que se sienten nada sin Dios, los que se saben que nada pueden sin Dios. La pobreza espiritual es lo contrario a la auto-suficiencia, al orgullo, al creer que todo se puede lograr, sólo proponiéndoselo uno. Así que no es la pobreza material lo que -necesariamente- nos lleva a la bienaventuranza, sino la correcta actitud de corazón ante lo que Dios es y ante lo poco o nada que somos ante Dios.

“Dichosos los que lloran”. Se refiere esta bienaventuranza a los que sufren, pero a los que sufren como el Señor desea: no rechazando el sufrimiento que más tarde o más temprano, más fuerte o menos fuerte, nos llega a cada uno. Esta bienaventuranza consiste en aceptar el sufrimiento, imitando a Cristo, uniendo nuestro sufrimiento al suyo, dándole así valor redentor, como nos indica el Papa Juan Pablo II en su Encíclica sobre el sufrimiento humano: valor redentor para nosotros mismos y para los demás. Consiste, esta actitud, en imitar a Cristo en su sufrimiento.

“Dichosos los mansos”. En la traducción actual se habla de sufridos, pero más exacto, para no confundir esta bienaventuranza con la anterior, es referirse a los mansos, a “los mansos y humildes de corazón”, como nos indica el Señor en otro pasaje. “Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia”. Justicia en el contexto bíblico significa “santidad”. Se habla de hombres “justos”, como hombres “santos”. Así que el Señor nos está hablando del deseo de ser santos, de tener hambre y sed de “santidad”. ¿Y qué es desear ser santos? Es desear cumplir la voluntad de Dios en todo.

“Dichosos los misericordiosos”. Somos pecadores y le fallamos a Dios continuamente, por lo que estamos necesitados de la misericordia divina. Ser misericordiosos también nosotros es ser tolerantes y saber perdonar y excusar a los demás. “Dichosos los limpios de corazón”. La limpieza o pureza de corazón consiste en buscar a Dios por lo que Él es, tener rectitud de intención, honestidad interior. La limpieza de corazón es también no tener el espíritu sucio por el apego al pecado, a los vicios, a las pasiones, por el apego a los criterios del mundo. Y esta pureza de corazón nos dispone para comprender las cosas de Dios. Así podremos ver las cosas de Dios como Él las ve, no como las ve el mundo. Así podremos “ver a Dios” en cada circunstancia de nuestra vida, como nos promete esta Bienaventuranza.

“Dichosos los que trabajan por la paz”. Y ¿quiénes trabajan por la paz? Los que son pacíficos, los que llevan la Paz de Cristo en su corazón. “Dichosos los perseguidos por causa de la justicia”. No se refiere esto a todos los presos o perseguidos por cualquier causa, o porque hayan cometido un delito. Aquí “justicia” se refiere también a “santidad”. Conclusión: Es claro que el Señor está llamando bienaventurados a los que son perseguidos por seguir a Cristo, por tratar de ser santos. Y esto va desde las persecuciones que llevan al martirio, como la de los primeros cristianos, a la de los católicos que por mucho tiempo estuvieron sometidos a practicar su fe en la clandestinidad en los países comunistas, y hasta las críticas que reciben los cristianos practicantes que ponen a Dios por encima de otra cosa. Y esta crítica puede venir de amigos o enemigos...

Las Bienaventuranzas son actitudes exigentes, aparentemente inhumanas -si las juzgamos con criterios de mundo, si las juzgamos sin pureza de corazón.

(*)Mario A. Díaz Molina es Profesor de Religión y Filosofía. Licenciado en Educación.

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