Desde 1830 hasta 1930, Chile experimentó un proceso económico, social y político trascendental: el ciclo salitrero. Durante este período, la economía del país se estructuró en torno al "oro blanco", y miles de personas se adaptaron a las complejas condiciones laborales de la minería del salitre y a la vida cotidiana en el desierto más seco del mundo.

La vida obrera en la pampa salitrera era sumamente difícil y esforzada. Según el reglamento de las oficinas salitreras de 1890, el trabajador estaba obligado a trabajar en forma constante, sin interrupción alguna, durante toda la jornada. Esto era registrado diariamente en unas libretas que a fin de mes eran revisadas para determinar cuánto se le debía pagar al obrero.

Miles de familias viajaron a la pampa del desierto de Atacama desde el centro y sur de Chile, Perú, Bolivia, Europa y Estados Unidos, para trabajar y vivir en las oficinas salitreras. Incluso, nació una jerga relacionada a la faena del caliche. De allí provienen términos como la choca, utilizado por los obreros salitreros para referirse a la hora de tomar té, en alusión al "jarro choquero", fabricado completamente en lata.

La Vida en los Campamentos Salitreros

La vida de los trabajadores pampinos era difícil. "Llámanse campamentos los grupos de habitaciones obreras construidas en un solo frente de más o menos 100 metros de extensión, con un fondo de 12 a 15 metros de amplitud. Cuando se destinan a obreros casados o que mantienen una familia, cada una de estas habitaciones consta de dos piezas pequeñas y un estrecho patio trasero, en una superficie cerrada de 4 a 5 metros de frente por 12 o 10 de fondo.

Las habitaciones de los trabajadores eran indecorosas, especialmente las oficinas más antiguas, ya que no contaban con servicios higiénicos. Las oficinas que tenían el Sistema Shanks, sólo contaron con algunos servicios para los trabajadores. El estado de abandono de los obreros salitreros recién comenzó a cambiar a inicios del siglo XX, producto de las grandes huelgas de trabajadores en toda la pampa.

Tanto el tamaño como la estructura de cada campamento dependían del sistema de procesamiento y extracción del salitre o lixiviación. Hacia 1830, se desarrollaba el sistema de paradas. Para entonces, los campamentos, ubicados siempre cerca del núcleo productivo, eran muy rudimentarios y pequeños. Las casas y habitaciones pampinas eran construidas de costra (como se conocía a la segunda capa del manto del caliche) cañas, cuero y adobe, y estaban equipadas con unos pocos muebles y cocinas a carbón.

En 1876, la introducción del sistema Shanks en la salitrera San Antonio por parte del ingeniero James Thomas Humberstone, originó no solo un aumento de la productividad, sino que también un cambio en la distribución espacial de las oficinas. Estas, además de crecer ostensiblemente, comenzaron a adoptar una configuración de tipo urbano, organizada en torno a una plaza central con un quiosco de retreta. Contaban con corridas de casas dispuestas regularmente en calles, una administración ubicada en una zona alta desde donde era fácil escrutar toda la oficina, una pulpería y cantinas o fondas para los solteros.

De la mano de los adelantos técnicos en la producción del mineral, se impusieron otras innovaciones que afectaron la vida cotidiana de los campamentos: se popularizaron el zinc (calamina) y el pino oregón como materiales de construcción para las viviendas y el petróleo como fuente de energía. En 1926, en la oficina María Elena, se introdujo el sistema Guggenheim, método que significó un cambio importante en el método de lixiviación del nitrato y extracción del caliche, y que trajo consigo la ampliación de los campamentos. La calamina fue reemplazada por la madera, las habitaciones de los obreros casados se diferenciaron de las de los solteros (buques) y de los chalets del "barrio americano".

Demandas y Huelgas de los Obreros Salitreros

Manuel Salas Lavaqui planteaba en 1908: "Muchos obreros se quejan con insistencia de que su condición material es poco holgada, a pesar de los elevados salarios que reciben. Se quejan del monopolio del comercio ejercitado exclusivamente por los patrones en las pulperías de las habitaciones (...). El operario vive deprimido por el abandono moral en que se le olvida. Ni la autoridad pública, ni los patrones mismos han cuidado hasta ahora lo bastante para llenar los vacíos de la vida ruda del obrero con la asistencia que le es debida en forma de enseñanza práctica de religión, de dispensarios y hospitales, de estímulo de ahorro, de distracciones y de represión alcohólica".

La rutina era ardua, pues el obrero estuvo desamparado jurídicamente frente al arbitrio de las empresas hasta 1920. Esto redundó en un menor precio de las fichas-salario utilizadas por las oficinas como medio de pago.

El 4 de diciembre se declararon en huelga los trabajadores del ferrocarril salitrero, quienes obtuvieron un aumento real de salarios para todo el personal. Con este primer logro, los trabajadores regresaron a sus puestos de trabajo. El 10 de diciembre los trabajadores de la oficina San Lorenzo resolvieron detener sus faenas y la agitación pronto se extendió a la oficina Santa Lucía. En el amanecer del 15 de diciembre, 2 mil trabajadores bajaron desde la pampa a las cercanías de la ciudad, donde fueron interceptados por tropas de caballería después de argumentar la alarma que podrían provocar en la población. A las 8:00 de la mañana del día siguiente, los trabajadores se dirigieron al Hipódromo escoltados por el regimiento, para presentar su pliego de peticiones al intendente Carlos Eastman y al general Roberto Silva Renard, quien comandó las unidades militares bajo instrucciones del ministro del interior Rafael Sotomayor Gaete.

Las peticiones de los mineros que acceden masivamente a Iquique a mediados de diciembre de 1907 no pudieron ser más modestas y razonables. Su pliego único consistió en lo siguiente:

  1. Que se pagaran los salarios según cambio fijo de 18 peniques.
  2. Que existiese libre comercio en las oficinas (o sea, terminar con el monopolio de la pulpería patronal).
  3. Que las ‘fichas’ se recibiesen siempre a la par (del dinero), es decir, sin descuento sobre su valor teórico.
  4. Que obligatoriamente los empleadores cerrasen con rejas las maquinarias peligrosas, v.gr. los ‘cachuchos’.
  5. Que la pulpería tuviese balanza y vara controladas.
  6. Que el despido se hiciera previo a un desahucio, o indemnización equivalente, de dos semanas.
  7. Que cada oficina diese gratis un local para escuela nocturna.
  8. Que el caliche rechazado por el ‘corrector’ no se aprovechara después sin cancelarlo a quien lo hubiese extraído.
  9. Que no se tomaran represalias.

Además, la forma como llevaron adelante el movimiento fue notablemente pacífica y responsable, considerando que fueron varios miles de trabajadores mineros con sus familias los que se aglomeraron en Iquique. Por último, durante las negociaciones demostraron gran flexibilidad. En primer lugar, estuvieron dispuestos a un arbitraje (efectuado por un representante por parte, y un tercero nombrado de común acuerdo), al que no accedieron los empleadores. Luego, aceptaron también un aumento de salarios de un 60 por ciento durante un mes, mientras patrones y obreros examinaban el petitorio. Ambas soluciones llevaban anexo el inmediato regreso a la pampa y el reinicio del trabajo. Ambas fueron, además, proposiciones gubernativas. Incluso, el presidente Montt ofreció que el Estado pagara la mitad del aumento. Sin embargo, los patrones no cedieron ni un milímetro. Sólo estudiarían un eventual acuerdo luego que los trabajadores retornaran a la pampa y reanudaran las labores.

Las negociaciones se repitieron sin resultados. Las tentativas de engaño -demostrativas de la subvaloración, desprecio y mala voluntad oligárquicos- comenzaron desde que los mineros llegaron a Iquique, el domingo 15 de diciembre. Así, el gobierno regional les planteó oficialmente a un gran número de gente reunida que volvieran a la pampa, mientras los patrones se comprometían en ocho días (“necesarios para consultar a sus jefes en Londres y Alemania”) a dar una respuesta a sus demandas y “si ésta es desfavorable a los trabajadores, éstos quedan en pleno derecho para abandonar sus faenas”.

La Masacre de la Escuela Santa María de Iquique

Los sucesos que culminaron en la trágica masacre de la Escuela Santa María de Iquique, el 21 de diciembre de 1907, constituyeron unos de los hitos más emblemáticos del movimiento obrero chileno. Aunque el movimiento obrero ya se había visto afectado por otros conflictos que culminaron en sangrientos incidentes como la huelga portuaria de Valparaíso en 1903 y la huelga de la carne en 1905, la singularidadque revistieron los hechos de 1907 le otorgó una relevancia que no tiene equivalencia.

Pese a que desde principios de 1907, Iquique se encontraba convulsionado por una serie de conflictos debido a la fuerte devaluación del peso y la consiguiente alza de precios, la huelga salitrera propiamente tal, estalló el 10 de diciembre en la oficina San Lorenzo, extendiéndose rápidamente a todo el cantón de San Antonio. Cinco días después, una columna de más de dos mil obreros caminó a Iquique en demanda de mejoras salariales y laborales, bajo la firme decisión de permanecer allí hasta que las compañías salitreras dieran respuesta a sus peticiones. Con el correr de los días la situación se agravó. Mientras que numerosos gremios de Iquique se sumaron al movimiento huelguístico, todos los cantones salitreros se plegaron al paro y, periódicamente, nuevos contingentes de mineros llegaban a la ciudad.

El rechazo de las compañías a negociar mientras no se reanudaran las labores, hizo que intervención estatal fuera confrontacional. El ministro del Interior Rafael Sotomayor ordenó restringir las libertades de reunión e impedir por cualquier medio el arribo de nuevos huelguistas a Iquique y el intendente Carlos Eastman decretó restricciones a la libertad de tránsito y ordenó a los huelguistas a abandonar la ciudad el 21 de diciembre, amenanzando con aplicar la fuerza si era necesario. Ante la negativa de los huelguistas a desalojar la Escuela Santa María, en donde permanecían desde hacía una semana, el 21 de diciembre el general Roberto Silva Renard ordenó a sus tropas hacer fuego en contra de la multitud.

Según testigos, más de 200 (* Nota de la Redacción: cifras oscilan hasta loas 3.600 víctimas) cadáveres quedaron tendidos en la Plaza Montt y entre 200 y 400 heridos fueron trasladados a hospitales, de los cuales más de noventa murieron esa misma noche.

La matanza en la Escuela Santa María de Iquique, tanto por el número de muertos, por el completo pacifismo de los asesinados y por la brevedad del tiempo utilizado para la masacre, puede considerarse sin exageración como la peor matanza de la humanidad en tiempos de paz. Por esto, la complicidad demostrada por la generalidad de la oligarquía respecto de ella no puede ser más escandalosa y sobrecogedora.

La matanza en la Escuela Santa María de Iquique constituye la más mortífera manifestación represiva de la oligarquía chilena durante el siglo XX, anterior al golpe de Estado de 1973 y la dictadura subsiguiente. Específicamente, aquella matanza representa la culminación de la ola represiva desencadenada contra un movimiento obrero de creciente envergadura y movilización, en la primera década del siglo XX. Así, Iquique en 1907, está precedida por las matanzas de Valparaíso (1903), Santiago (1905) y Antofagasta (1906).

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