La historia del derecho laboral no es tan antigua como la del trabajo, esta última existe desde que el hombre comenzó a trabajar para satisfacer sus necesidades básicas.
Los primeros vestigios del derecho laboral aparecieron en la antigua Roma, donde los empleadores tenían ciertas obligaciones frente a sus trabajadores (como garantizarles techo y comida) que a su vez juraban fidelidad a su dueño.
La Revolución Francesa y el posterior liberalismo económico postularon que al trabajador debía pagársele lo necesario para que pudiera vivir, pero sin dejar de ser el mercado el asignador natural de recursos.
En este período se gestó una conciencia de clase trabajadora, dando inicio a las primeras huelgas y a la formación de sindicatos. Las primeras leyes laborales surgieron a fines del siglo XIX (ley del seguro de enfermedad, ley de accidentes de trabajo).
Las fuentes del derecho son todas aquellas normativas y resoluciones que contribuyeron a crear el conjunto de normas que forman el derecho laboral.
El contrato de trabajo es el acuerdo que se da entre un trabajador y su empleador y se detalla en un documento legal.
Hoy lo vivimos como un día de descanso, una jornada festiva en el calendario. Pero detrás del 1 de mayo hay una historia de lucha, de represión y de conquista de derechos que cambió la vida de millones de personas trabajadoras en todo el mundo.
No fue una concesión voluntaria de los poderosos, sino el fruto de años de movilización, huelgas y sacrificios, algunos irreversibles. Y aunque su origen está en Estados Unidos, uno de los países donde paradójicamente no se celebra oficialmente, esta fecha encontró en España una acogida temprana y combativa.
Chicago, 1886: la chispa que encendió todo
La historia comienza en la industrializada ciudad de Chicago, en el corazón de los Estados Unidos del siglo XIX. En aquella época, en pleno apogeo de la Revolución Industrial, las condiciones laborales eran inhumanas: jornadas de hasta 16 horas diarias, salarios miserables, ausencia de derechos, nula protección para mujeres y niños.
En 1884, la Federación de Sindicatos Organizados y de Sindicatos de Trabajadores (precursora de la American Federation of Labor, AFL, o Federación Estadounidense del Trabajo) estableció el 1 de mayo de 1886 como fecha tope para que las empresas implantaran la jornada de 8 horas. Si no lo hacían, habría huelga general.
Llegado el día, más de 300.000 trabajadores de todo el país abandonaron sus puestos. En Chicago, el conflicto se prolongó durante varios días y derivó en una tragedia: el 4 de mayo, durante una concentración pacífica en la plaza de Haymarket, una bomba estalló entre las filas de la policía.
Nunca se supo quién la lanzó, pero las autoridades aprovecharon el atentado para reprimir con dureza el movimiento obrero. Ocho líderes anarquistas fueron arrestados, juzgados sin pruebas concluyentes y condenados. Cinco de ellos murieron -cuatro ahorcados y uno en su celda-. Son los conocidos Mártires de Chicago.
El símbolo se internacionaliza
Tres años después, en 1889, el Congreso de la Segunda Internacional Socialista, celebrado en París, acordó declarar el 1 de mayo como Día Internacional de los Trabajadores, en homenaje a los mártires y en defensa de la jornada de ocho horas. Desde entonces, esta fecha se convirtió en una jornada de lucha obrera y reivindicación de derechos laborales en buena parte del mundo.
España: un 1 de mayo pionero, en 1890
España fue uno de los primeros países europeos en sumarse a esta conmemoración. El 1 de mayo de 1890 se celebró por primera vez en varias ciudades del país, aunque con posturas divididas entre las diferentes fuerzas obreras.
Por un lado, el recién creado Partido Socialista Obrero Español (PSOE), fundado por Pablo Iglesias Posse en 1879, junto con su sindicato, la Unión General de Trabajadores (UGT), optó por una estrategia moderada: manifestaciones pacíficas y autorizadas dirigidas a presentar demandas concretas al Gobierno.
Por otro, los sectores anarquistas, organizados en torno a la Federación de Trabajadores de la Región Española (FTRE), apostaron por una huelga general revolucionaria, sin pedir permiso, con el objetivo de paralizar la producción.
En Madrid, los socialistas lideraron una multitudinaria manifestación encabezada por Iglesias y Antonio García Quejido, en la que se exigía la jornada de ocho horas, la prohibición del trabajo infantil y el descanso dominical. En Barcelona, la huelga anarquista tuvo un tono mucho más radical y fue duramente reprimida por el ejército.
A pesar de las diferencias, aquel primer 1 de mayo fue un hito que consolidó la organización obrera en España. En los años siguientes, las celebraciones se repitieron, aunque muchas veces fueron reprimidas o prohibidas por las autoridades.
De la dictadura a la democracia
Durante la dictadura del general Miguel Primo de Rivera (1923-1930) y especialmente durante el franquismo (1939-1975), el 1 de mayo fue prohibido como jornada reivindicativa. En su lugar, el régimen instauró la festividad de San José Obrero (patrono del trabajo), con misas y desfiles controlados por el sindicato vertical del régimen.
Pero ni la represión logró borrar del todo el espíritu del 1 de mayo. En los años 60 y 70, Comisiones Obreras (CCOO), organización sindical hermana del Partido Comunista, emergió desde el interior de las fábricas como un nuevo actor sindical clandestino, y junto a UGT -también en la clandestinidad- continuó organizando actos simbólicos, protestas, y huelgas en esta fecha.
Con la llegada de la democracia tras la muerte del dictador, Francisco Franco, y especialmente tras la aprobación de la Constitución de 1978, el 1 de mayo fue recuperado como jornada festiva y reivindicativa. Desde entonces, año tras año, las sindicatos españoles convocan manifestaciones por todo el país para recordar que los derechos laborales no fueron una dádiva, sino el resultado de la lucha.
Un día que sigue teniendo sentido
Hoy, más de un siglo después de aquellos sucesos en Chicago, y más de 130 años después de su primera conmemoración en España, el 1 de mayo sigue siendo necesario. Aunque hay derechos consolidados, persisten viejas y nuevas formas de explotación: la precariedad, los falsos autónomos, los abusos en plataformas digitales, la brecha salarial, o la dificultad de conciliar vida y trabajo.
Por eso, este día no solo es memoria. Es también un recordatorio de que los derechos laborales deben defenderse cada día, y de que la organización colectiva sigue siendo el camino más eficaz para lograrlo.
Porque como dijo August Spies, uno de los mártires de Chicago, antes de ser ejecutado: «Vendrá el día en que nuestro silencio será más poderoso que las voces que ustedes estrangulan hoy». Ese día llegó.
El PCE y su política ante el estallido de la Guerra Civil
La revolución española estalló en julio de 1936 como respuesta al golpe de Estado del general Franco. La clase obrera se enfrentó heroicamente al golpe franquista armándose y luchando contra las fuerzas de la reacción calle por calle, ciudad por ciudad. Al cabo de unos pocos días, la mayor parte del territorio peninsular del país estaba en manos del campo republicano, incluidas las principales ciudades de Madrid, Barcelona, Valencia y Bilbao.
Ante semejantes acontecimientos, ¿cuál fue la posición que tomó la dirección del PCE? En la primera declaración del Comité Central (CC) del PCE después del golpe de Estado, fechada en el 30 de julio de 1936, leemos:
“El hecho de que el Partido Comunista ocupe un puesto de vanguardia en la defensa de las libertades populares de la República y del Gobierno nacido del Frente Popular les sirve [a la reacción, nota del editor] de pretexto para lanzar la insidia de que en España se ha implantado el Comunismo y que nuestro país se debate en la anarquía y en la catástrofe”.
Ante esta “acusación”, inaceptable para un “Partido Comunista”, la declaración contesta:
“Por eso la lucha es entre la España democrática, liberal y republicana frente a las fuerzas reaccionarias y fascistas que, buscando ayudas inconfesables, quieren implantar en nuestro país un régimen de terror y de sangre”.
La idea principal que explica esta posición, también recogida en esta declaración, es la siguiente: “Es la revolución democrática burguesa que en otros países, como Francia, se desarrolló hace más de un siglo, lo que se está realizando en nuestro país, y nosotros, comunistas, somos los luchadores de vanguardia en esta lucha contra las fuerzas que representan el oscurantismo de tiempos pasados”.
Es decir, ante la situación objetiva de alzamiento fascista, apoyado y financiado por la clase dominante, con la burguesía a la cabeza, y la respuesta revolucionaria de las masas, obreras y campesinas, emprendiendo el camino de la transformación socialista… ¡el PCE planteaba que la tarea de los comunistas consistía en defender la democracia burguesa y limitar la revolución a sus tareas democrático burguesas!
La declaración también dice:
“En estas horas históricas, el partido comunista, fiel a sus principios revolucionarios, respetuoso con la voluntad del pueblo, se coloca al lado del Gobierno, que es la expresión de esta voluntad, al lado de la república, al lado de la democracia”.
Pero, ¿no había sido el aplastamiento del golpe fascista mediante las armas y la expropiación de empresas y tierra la “voluntad del pueblo”? Además, el Gobierno se resistió armar a las masas tanto como le fue posible, censurando en primer lugar las noticias del golpe, y en segundo lugar intentando negociar un pacto con la reacción.
El gobierno del Frente Popular era un gobierno de alianza entre las organizaciones obreras y los liberales burgueses (republicanos y radicales) bajo la dirección política de estos últimos. Su esencia era la subordinación de las organizaciones obreras a los republicanos “de izquierda” que en realidad no representaban más que a la sombra de la burguesía, pues la clase capitalista estaba, prácticamente en bloque, detrás del bando franquista.
El PCE, como la gran mayoría de partidos comunistas alrededor del mundo, estaba bajo el control de la URSS estalinizada. Estos partidos se habían convertido en satélites de la política exterior de Moscú, y obedecían sus órdenes. Cualquiera que opusiera un mínimo de resistencia era purgado sin piedad.
En el texto Tiempos decisivos: el PCE y la guerra de España (1936-1939), de Fernando Hernández Sánchez, suscrito por el PCE, leemos:
“Los comunistas españoles llegaron al Gobierno en septiembre de 1936 infringiendo una de las directrices básicas de la Komintern a sus secciones nacionales: los gobiernos de coalición antifascista debían ser apoyados desde fuera, sin entrar en ellos. Obedecía a un imperativo geoestratégico: Stalin estaba interesado en la consolidación de un sistema europeo de alianzas para contener a la Alemania nazi y no convenía asustar a las potencias capitalistas occidentales”.
Para justificar esta desobediencia de la directriz “básica de la Komintern”, el mismo texto añade:
“La posibilidad de desbordamiento de la situación debido a la revolución social espontánea y la escalada intervencionista de italianos y alemanes en el conflicto español llevaron a los comunistas a decidir su incorporación al nuevo gabinete. En él estaban representados desde los católicos nacionalistas a las centrales sindicales, pasando por republicanos y socialistas”.
Stalin, además de querer asegurar a sus aliados potenciales que éste no quería la revolución socialista, temía la revolución igualmente por cuestiones nacionales: la toma del poder por parte de la clase obrera española generaría una fuerte oleada de esperanza y entusiasmo en la clase obrera mundial, Rusia incluida. Esto podría significar una amenaza seria para los intereses de Stalin, que era la personificación de una burocracia que se basaba en la economía planificada y la opresión de la clase obrera soviética.
Carácter de clase de la Guerra Civil
Ya hemos visto cómo la dirección del PCE defendía que la revolución tenía un carácter democrático-burgués. Esto es, que las tareas históricas en el estado español consistían en la distribución de la tierra, la separación del Estado y la Iglesia, el derecho a la autodeterminación de las naciones y la industrialización y modernización del país. Resolver estas cuestiones era una tarea histórica, sin duda, pero la cuestión no acababa ahí.
En la Rusia zarista, la tarea histórica era también la revolución democrático burguesa. En el seno del movimiento revolucionario ruso previo a la Revolución de Octubre, se había discutido y polemizado en incontables veces qué clase dirigiría esta revolución democrático burguesa. Los mencheviques defendían que sería la burguesía liberal, “progresista”, mientras que los bolcheviques defendían que sólo la clase obrera podía resolver dichas tareas históricas, poniéndose a la cabeza del movimiento y dirigiendo a la masa de oprimidos. La historia confirmó la corrección de las tesis bolcheviques, incluso con una clase obrera mucho más pequeña que la española, en términos absolutos y relativos.
En este sentido, ¿Qué decía Palmiro Togliatti, máximo dirigente de la Internacional Comunista en España a partir de 1937? En su artículo Sobre las particularidades de la revolución española, leemos:
“Pero la república democrática que se crea en España no se asemeja a una república democrática burguesa del tipo común. Se crea al fuego de una guerra civil en el que el papel dirigente corresponde a la clase obrera”.
Es decir, Togliatti admite que la clase que dirigió la lucha por los derechos democráticos, y por ende la lucha contra la reacción fascista, fue la clase obrera. Dicho claramente: a la cabeza de la revolución democrático burguesa estaba la clase obrera.
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