Creer en Dios y otros seres sobrenaturales es algo frecuente en todos los países, culturas y épocas. Los creyentes suelen imaginar a los dioses como seres con intenciones propias, que interaccionan más o menos con los humanos y con poderes extraordinarios.

Sin embargo, sabemos poco sobre qué hace que el procesamiento cerebral sobre el funcionamiento del mundo incluya en muchas personas estas creencias. La explicación de la Iglesia católica es que la fe es un don que se tiene o no, y no hay mucho que hacer al respecto. Pero es interesante plantearlo desde otra perspectiva: ¿Es diferente el cerebro de los creyentes del de los no creyentes? ¿Existe una región en la corteza cerebral destinada a la creencia en lo sobrenatural igual que la tenemos para el habla o para la lectura? Son preguntas para las que cada vez tenemos mejores respuestas.

La Neurociencia de la Creencia

La mayoría de los neurocientíficos y psicólogos que han trabajado en el tema coinciden: las creencias en lo sobrenatural están enraizadas en los procesos cognitivos normales. Mentalizar es la capacidad social y cognitiva para razonar sobre el funcionamiento de otras mentes diferentes a la nuestra. También se denomina como teoría de la mente o percepción de la mente. Es nuestra capacidad para ponernos en la piel de otra persona. Esto nos ayuda a trazar nuestro curso de actuación. También lo hacemos en nuestra relación con Dios.

De esa manera, la teoría de la mente sería un componente necesario pero no suficiente de las creencias divinas. De cómo puede reaccionar a nuestros rezos y al cumplimiento de sus normas. Por tanto, nos ponemos en su mente. Esto no quiere decir que la fe se base solo en la mentalización, pues pueden intervenir otros factores. Por ejemplo, es menos probable que las personas con un pensamiento analítico sean creyentes.

En su investigación, Schjødt usó un escáner de resonancia magnética para analizar el cerebro de 20 cristianos devotos. Uffe Schjødt, de la Universidad de Aarhus (Dinamarca), vio que durante el rezo se producía un aumento significativo de la respuesta BOLD en el núcleo caudado. En otras palabras: se activaba el sistema de recompensa. Los investigadores querían ver la actividad cerebral durante la oración, pero hay dos tipos de rezo.

Una parte formal, que consiste en oraciones estructuradas como el padrenuestro, y una parte menos formal, que consiste en una charla improvisada con Dios. El resultado fue que al abordar estas tareas, religiosas o no, se activaron las mismas áreas cerebrales asociadas con la práctica y la repetición. Esto es interesante porque las repeticiones pautadas de rituales y oraciones son clave en las cinco religiones universales y parte de la vida cotidiana de miles de millones de personas.

Lo que dice la neurociencia es que la activación cerebral en estas regiones es similar a la que se produce cuando hablamos con un amigo. El autor del estudio lo explicaba diciendo que es “como hablar con otro ser humano. No encontramos evidencias de nada místico”. Dos de las regiones que se activaron procesan las cosas que deseamos y valoran cómo otro individuo, en este caso Dios, puede reaccionar a nuestras acciones.

También se vio activación en la corteza prefrontal, que se cree ayuda a juzgar las intenciones de otras personas, y en una zona que ayuda a acceder memorias sobre encuentros anteriores. La corteza prefrontal es clave en la teoría de la mente. Se encarga, entre otras funciones, de la evaluación de la realidad y el juicio crítico. Es muy interesante que, en el caso de las peticiones a Santa Claus, esta zona permanecía inactiva.

Estudios previos han demostrado que la corteza prefrontal no se activa cuando las personas interaccionan con un ser inanimado, como un personaje de un juego de ordenador. Para Schjødt, estas áreas cerebrales no se activan porque no se espera reciprocidad ni se considera necesario pensar sobre las intenciones del personaje digital.

Autismo y Creencias Religiosas

Las personas con un trastorno del espectro del autismo tienen un déficit en la teoría de la mente. Les cuesta entender las intenciones y pensamientos de otras personas, ponerse en su lugar y anticipar sus expectativas, algo que es automático y natural para el resto. Entonces, si la mentalización apoya la representación personal de agentes sobrenaturales, ¿serán distintas las creencias de las personas con autismo?

Ara Norenzayan y sus colegas de la Universidad de la Columbia Británica en Vancouver (Canadá) han estudiado la relación entre mentalización y creencias religiosas. Cuatro estudios diferentes demostraron que creer en Dios iba unido a puntajes muy altos en mentalización. En un estudio con adolescentes, donde se les preguntó sobre sus creencias, aquellos que tenían autismo tenían una probabilidad un 90 % menor que la de sus compañeros sin autismo en expresar una fuerte creencia en Dios. Por el contrario, los adultos diagnosticados con un trastorno del espectro autista es más común que se definan como ateos, y menos frecuente que pertenezcan a una religión organizada.

El Color en el Arte Surandino y su Significado Religioso

En el Centro de Extensión de la Casa Central UC se ha inaugurado la décimo quinta exposición de la Colección Gandarillas, que hemos denominado “Espíritu y materia del color”. El color es alegría, es vida y visión, en íntima relación con la luz y con las percepciones neurológicas que genera en el ser humano. Y es también un enigma que desde los filósofos griegos ha desafiado el pensamiento. Es un privilegio de la vista, que se expresa en la variada tonalidad de las artes visuales desde la antigüedad más remota, donde el hombre busca capturar los tintes naturales para cubrirse, ornamentar y representar.

En esta búsqueda, el arte virreinal del sur andino, especialmente la pintura y la escultura, no son la excepción. Podremos apreciar en esta colección cómo se despliega una rica gama de colores donde predominan los rojos, azules, amarillos, verdes y dorados. Colores que, en su materialidad, eran objeto de un proceso artesanal y personal depositario de una milenaria tradición de saberes no sólo estéticos, sino alquímicos, físicos, geográficos e incluso económicos.

Los artistas debían conocer los componentes de cada pigmento, su comportamiento frente a los agentes del medio, las mezclas, los procesos de conservación, la ubicación de materiales naturales o la elaboración de artificiales e incluso sus precios. En la época colonial, cada color tenía un significado positivo y otro negativo, por lo que podía representar una virtud, pero en ciertos contextos y asociaciones con otros colores, un vicio. Por ejemplo, el rojo era el amor de Dios, su sangre derramada para redimir a los hombres, la caridad cristiana, pero a la vez el rojo oscuro, cercano o mezclado al negro, podía referir al infierno y al poder del mal.

Hoy, gracias a la pericia técnica de los artistas de esa época, podemos observar esos mismos colores, mágicamente conservados hasta ahora; aunque quizá ya no nos hablen con la elocuencia visual con que a ellos les hablaron en ese mundo donde la luz era la emanación de Dios, su más preciado símbolo que los hacía participar no sólo del don de la visión, sino de manera especial, del don de la vida.

La Crisis de Confianza en la Iglesia Católica

¿Es posible recuperar la confianza en la Iglesia Católica en medio de una grave crisis institucional a nivel local y global? La Encuesta Nacional Bicentenario revela un dato abrumador: si en 2007 el 93% de los encuestados se declaraba creyente, esa cifra bajó en 2021 a 70%. En relación con los abusos sexuales perpetrados por sacerdotes, el 59% de las personas cree que se siguen cometiendo.

Junto con eso, los resultados de la encuesta CEP de septiembre 2021, en la pregunta sobre la confianza, indican que, entre 19 instituciones, la Iglesia Católica se encuentra en el 10° lugar, las universidades encabezan la lista y los partidos políticos están al final. No así en 2010, cuando la Iglesia ocupaba el primer lugar junto con las Fuerzas Armadas. Chile tiene una gran tradición católica.

“Conozco el dolor que han significado los casos de abusos ocurridos a menores de edad y sigo con atención cuanto hacen para superar ese grave y doloroso mal. Dolor por el daño y sufrimiento de las víctimas y sus familias, que han visto traicionada la confianza que habían puesto en los ministros de la Iglesia”, expresó el papa Francisco en la Catedral Metropolitana de Santiago, el 16 de enero de 2018. Dos días después, en Iquique, consultado por la situación de Juan Barros, acusado por el encubrimiento de este mismo tipo de delitos, el Papa aseveró: “El día que me traigan una prueba contra el obispo Barros, ahí voy a hablar. No hay una sola prueba en contra, todo es calumnia”.

Según los investigadores, el encubrimiento constituye una dinámica eclesial de ocultamiento con apariencia de bien, pero incapaz de reconocer el pecado y pedir perdón. El papa Francisco ha tratado de explicar el silencio e inacción de la Iglesia en esta materia: “Hay que interpretar las épocas con su respectiva hermenéutica. En una época era costumbre tapar todo, no solo los abusos de la Iglesia, sino también de las familias (…).”

Brahm argumenta que “no fueron los abusos en sí los que destruyeron la confianza en la Iglesia, sino que fue el encubrimiento, ese querer proteger la institución y su reputación dejando a las víctimas en completa soledad”.

Como una manera de volver a ser comunidad, Brahm ve con esperanza el proceso sinodal, puesto que «permite que la fe del pueblo fiel nos hable, revitalice la vida de la Iglesia, nos enseñe aquellas cosas que Dios reserva solo para los más humildes”. Es un hito importante, porque entrega esas claves de discernimiento personal, necesarias para el diálogo ante Dios.

La Necesidad de la Oración y el Reconocimiento

Por eso mismo, reconocer una necesidad (que eso es lo que hace quien pide algo) no es otra cosa que manifestar la idea que uno tiene de sí mismo es acorde a la realidad. “¿Por qué usted pide tan insistentemente que se rece por usted?”. Lo curioso es que desde el punto de vista moral e incluso psicológico, debiera ser la omnipotencia y la autosuficiencia la que resultara desconcertante.

La inteligencia saca al hombre fuera de sí para buscar algo que no tiene, para qué decir sus afectos. La misma anatomía de su cuerpo es complementaria a la de otro cuerpo; y el lenguaje, que le permite comunicarse con otros, se manifiesta como una necesidad a los pocos meses de vida. “Recen por mí” significa, en el fondo, los necesito a ustedes y a Dios. Edith Stein decía, a propósito de la oración, que “en el diálogo amoroso de un alma con Dios germinan los grandes acontecimientos que cambian el rumbo de la historia”.

TAG: #Empleado

Lea también: