El objetivo de este artículo es indagar en torno a la noción y sentido del trabajo humano en la obra de Simone Weil. A través de una metodología de revisión bibliográfica-documental trataremos de llegar a conclusiones acerca de la importancia de la concepción del trabajo a lo largo de la obra de la filósofa y cómo en esta concepción se manifiestan los pilares antropológicos y metafísicos de todo su pensamiento. Junto con ello, pretendemos, a la luz de estos resultados, verificar la posibilidad de que esta propuesta pueda ser considerada como una invitación para renovar el entendimiento del rol del trabajo en la amplitud de la experiencia cristiana, tal como lo deseaba la misma pensadora.

Weil ha extendido su prestigio principalmente por sus pensamientos religiosos posteriores a sus experiencias místicas, pero creemos que es bueno también volver a sus obras primeras y sus preocupaciones iniciales para entender muchos de aquellos tópicos que han permanecido inalterables a lo largo de su trayectoria filosófica. Sin embargo, la lectura de estas obras primeras nos pueden mostrar también una diferencia o un segundo impulso en el desarrollo de su filosofía. Esto último tiene que ver directamente con nuestra hipótesis que va en la dirección de señalar que la noción weiliana del trabajo es tan crucial en su filosofía que el cambio que puede percibirse en esta concepción a lo largo de su obra obedece a un cambio importante en su cosmovisión, sobre todo en los escritos posteriores a su encuentro con el cristianismo. Plantearemos el problema de si se puede hablar en Weil, al mismo tiempo, de una propuesta cristiana del trabajo en base a estos antecedentes, sobre todo considerando las riquezas que podría otorgar una propuesta como esta (Juan Pablo II: 1981, n.3).

La Cuestión del Sentido del Trabajo

La cuestión del sentido del trabajo es posible encontrarla desde los primeros escritos de Simone Weil. Las primeras obras e intereses de la pensadora están inclinados principalmente al análisis del trabajo del proletariado y sus repercusiones en la estructura de la sociedad capitalista. Son trabajos que se encuentran en la órbita de Proudhon y Marx, pero que siempre manifiestan la libertad de espíritu y el amplio bagaje filosófico y literario que caracterizó a Weil. Fueron publicadas principalmente en revistas dedicadas al estudio de la situación de los trabajadores y que podemos fechar aproximadamente entre 1927 y 1937.

Recordemos también que su deseo de conocer la condición proletaria en toda su verdad la llevó a hacerse obrera de distintas fábricas desde diciembre de 1934 hasta agosto de 1935. En estas obras en torno a la opresión y la situación obrera la crítica a la función ocupa un lugar central, ya que encuentra en ella la raíz de la burocratización del trabajo de su época tanto en su versión capitalista como marxista. Weil ya está muy informada de la situación en Rusia y considera que la condición de los trabajadores no ha cambiado sustancialmente después de la revolución de octubre de 1917. Es posible que el rostro y el discurso del opresor haya cambiado pero la opresión se mantiene. Ella explica estas afirmaciones a partir de lo que llama la opresión por medio de la función.

Efectivamente, si bien ya no se puede identificar al opresor con el dueño de los medios de producción como en la tradicional tesis marxista en torno al capitalismo, la opresión la ejerce ahora el orden burocrático que esconde su carácter elitista en la organización de distintas funciones. El opresor ahora es esta función que Weil entiende como una labor hiper-dividida y especializada que le impide al trabajador conocer los fines y consecuencias de su trabajo. Estos fines son conocidos sólo por los directivos, es decir, por los que poseen el monopolio del pensamiento y las ideas.

Siempre le pareció una mala broma de Trosky ―con quien pudo conversar detenidamente en París en 1933― el que todavía considerara que la URSS era un ‘estado obrero’. Con algo de tristeza Weil comprueba que generalmente las revoluciones entregan el poder a los que ya lo tienen, es decir, generalmente triunfan en las revoluciones aquellos sectores sociales que, desde hace tiempo, aunque embozadamente, ya detentan las funciones directivas. Para reafirmar esto entrega los ejemplos de las ‘hordas’ bárbaras que ya se paseaban por el Imperio romano desde hace mucho tiempo y los burgueses de la Revolución francesa que ya conocían muy bien los palacios de la aristocracia: “Este género de acontecimientos llega a abolir los privilegios que no corresponden a ninguna función efectiva, pero no conmueve el reparto de los poderes y funciones que le están unidos” (Weil, 1955: 130).

En el caso de Rusia, Weil piensa en una casta de burócratas, la policía y funcionarios del ejército que ya ejercían el poder desde la época de los zares. De hecho, la filósofa acerca sin ningún temor el estalinismo con el nacionalsocialismo de Alemania en la medida en que son estados burocráticos que oprimen a sus ciudadanos en nombre de la función hiper-dividida y carente de pensamiento que deben cumplir en el rol que el estado les ha impuesto. El gran error que ve Weil en la doctrina marxista es haber puesto el acento en los poseedores de los medios de producción más que en la eliminación de toda opresión. No era tan difícil llegar a darse cuenta de que una dictadura del proletariado iba a necesitar de una casta dirigente que tomara las decisiones y una gran masa de hombres que obedeciera. De este escenario a una nueva situación de opresión hay un camino muy corto.

Pese a todas las líneas dedicadas al trabajo en la obra de Marx, este no logró desentrañar la penosa situación y las causas bajo las que crujía y sangraba el trabajo de la era industrial. La filósofa lo ve clarísimo en el movimiento obrero francés donde cree que todavía el acento está puesto en resolver la cuestión de si los dueños de las fábricas deben entregar sus propiedades a los trabajadores: “Si mañana nos apoderamos de las fábricas, no sabríamos qué hacer con ellas y nos veríamos forzados a organi-zarlas tal como lo están actualmente, después de un tiempo de vacilación más o menos largo” (Weil, 1951a: 185).

Alienación y Trabajo Manual

La gran causa de este trabajo alienado no es sólo que el obrero no reciba el producto de su trabajo, sino, sobre todo, que no puede y no se le permite comprender las finalidades y el sentido interno de su esfuerzo diario. Weil descubre el origen de toda alienación y disociación entre el trabajador y su obra en la ausencia de contemplación y atención dentro del mismo trabajo manual. La gran herida por la cual siguen sufriendo los trabajadores, incluso ya instalado el comunismo, es la separación entre trabajo manual y trabajo intelectual. En Weil esta separación alcanza las dimensiones de tragedia silenciosa y artera crueldad.

En efecto, dividir hasta lo impensable el trabajo, en pequeñas y escuetas funciones, logra que el operario se especialice hasta el punto de no saber qué está haciendo ni mucho menos saber para quién o, lo que es aún peor, para qué está trabajando. Obreros dedicados más de 10 horas al día a ensamblar una pieza sin conocer su utilidad, sin ni siquiera saber cómo y por qué funciona ni mucho menos quiénes la usarán y qué beneficios humanos les podrá traer a estos usuarios. A los obreros se les esconden los aspectos técnicos, científicos, políticos, sociales, morales, económicos, filosóficos y culturales de su trabajo. No está pensando Weil en llenar de información inútil a los trabajadores, está pensando simplemente en que el trabajador no puede sentirse efectivamente dueño de su trabajo si no conoce la inteligencia y el sentido que traspasa el objeto de su esfuerzo y dedicación diaria. La ignorancia total de aquello en lo que trabajamos es excesivamente desmoralizante. No se tiene la sensación de que un producto resulte de los esfuerzos que ha costado. No se siente uno en absoluto entre sus autores. Tampoco se ve ninguna relación entre el trabajo y el salario. La actividad parece arbitrariamente impuesta y arbitrariamente retribuida.

La filósofa sostiene que, tanto en el capitalismo como en el comunismo de la URSS, esta comprensión de la interna inteligencia del trabajo se le ha entregado a los técnicos, a quienes, por otro lado, se les ha quitado el trabajo manual. Sólo los técnicos entienden qué es lo que se está haciendo y cuál es su sentido y sus consecuencias en todos los aspectos de la vida humana. Sin embargo, estos técnicos no tienen relación con los objetos producidos.

Esto se ejemplifica con toda claridad cuando describe la función de las máquinas en el trabajo de las fábricas como una especie de ‘inteligencia cristalizada’. Efectivamente, pareciera que toda la ciencia, la técnica y el ingenio de la época se solidificaran, se materializaran en una máquina, una especie de inteligencia concreta que reduce a los trabajadores a ser simples subordinados o herramientas para ejecutar la acción. Pero la inteligencia ya no está en los trabajadores -que sólo ejecutan en función de ella un movimiento mecánico- sino en la misteriosa constitución de una máquina que encierra una ciencia oculta entre sus cables y aceros. La inteligencia se confía a la máquina, el movimiento autómata se confía al hombre. “En la manufactura y el artesanado, el trabajador se sirve de la herramienta; en la fábrica, sirve a la máquina” (Marx, 2009: 515). Recoge en su diario de la fábrica una expresión de una compañera de trabajo: “Nos toman por máquinas, otros están ahí para pensar por nosotras” (Weil, 1951a: 68).

La Necesidad de una Ciencia para la Liberación

Por ello mismo Weil aboga por una ciencia que coopere en la liberación del trabajador, es decir, que cambie su dirección actual: una ciencia que piense una técnica que no reduzca al hombre a un engranaje más o menos intercambiable. Se puede concebir una ciencia cuyo fin último fuera el perfeccionamiento de la técnica no necesariamente para hacerla más poderosa, sino simplemente más consciente y más metódica. La filósofa tiene la clara convicción de que junto con el gran dominio que la ciencia ha logrado de la naturaleza, se ha logrado una gran capacidad de dominio social. Por una especie de fatal equilibrio la libertad que nos entregó la ciencia frente a la naturaleza la hemos perdido por la gran capacidad que hoy se tiene, gracias a la misma ciencia, de dominar y manipular a la población. Señala con toda tranquilidad Weil que incluso nuestro nivel de opresión por el sistema social es mayor que la opresión que ejercía la naturaleza en pueblos primitivos.

Para la filósofa hay que proponer una distinción entre dos revoluciones industriales, diferenciándose de otro tipo de teorizaciones al mismo respecto: una primera gran revolución industrial que de sobremanera ha significado un dominio notorio del hombre sobre muchas fuerzas de la naturaleza. Sin embargo, habría que distinguir una segunda etapa de esta revolución industrial en la que este dominio sobre la naturaleza se ha aplicado a la humanidad. Por ello puede llegar a afirmar tajantemente que ni siquiera se puede soñar en una revolución mientras se mantenga el industrialismo. Las fuerzas creadas por el industrialismo son tan grandes que es casi imposible resistir a la tentación de no usarlas para aumentar el poder que detentamos sobre otras personas. En este sentido esboza una idea que se mantiene constante en su obra: el que tiene el poder no puede sino usarlo, el que tiene poder no puede sino seguir usufructuando de él. Alguien que teniendo el poder no lo utilizara, realizaría una acción antinatural.

La Taylorización y sus Consecuencias

Un capítulo aparte en esta discusión son las doctrinas de Taylor que aceleraron y perfeccionaron esta áspera condición de los operarios. La taylorización del trabajo, mal llamada ‘racionalización’ del trabajo, ha provocado que los trabajadores no necesiten de sus capacidades de atención, inteligencia y creatividad para ejecutar su esfuerzo. Estas doctrinas, ya universalmente extendidas en la época de Weil, siempre fueron pensadas para trabajar más y más rápido, para producir más, en ningún caso para trabajar mejor. Una y otra vez vuelve a encontrar la pensadora una preocupación moderna más por el producto que por el trabajador que produce. Las propuestas de Taylor no han hecho sino sacrificar al obrero en pos de una producción exacerbada tendiente a su vez a un consumis-mo que se exalta exponencialmente. Todo esto ha derivado en una apremiante pérdida de calificación y oficio en el trabajo del obrero y en el crimen de extinguir la atención intelectual del trabajo manual.

Pero el peor atentado, el que quizás debería ser equiparado al crimen contra el Espíritu, que no tiene perdón, si no fuera cometido probablemente por inconscientes, es el atentado contra la atención de los trabajadores. Mata en el alma la facultad que constituye en ella la raíz misma de toda vocación sobrenatural. La baja especie de atención exigida por el trabajo taylorizado no es compatible con ninguna otra, porque vacía el alma de todo lo que no sea la preocupación por la rapidez.

Weil ve aquí una doble alienación: la de los obreros, que ya hemos mencionado, pero también la de los técnicos que no tienen contacto alguno con la materia y el esfuerzo físico que implica trabajar con ella, lo que los reduce a una sabiduría puramente formal sin contacto con la gravedad de la materia. Nuevamente Weil lamenta la separación entre trabajo manual e intelectual que deja a algunos con el contacto vivo con la realidad material y el orden del mundo, pero se les niega la posibilidad de comprenderlo. En el otro lado encontramos a aquellos a quienes se les ha entregado el saber técnico y científico, pero se les ha negado, y ellos lo han aceptado así, el contacto de la materia con su cuerpo, lo que les obliga a ver la realidad desde la distancia de unos conceptos que terminan siendo una película deformadora de lo que es efectivamente el cansancio físico después de 10 ó 12 horas de trabajo.

Revalorización del Trabajo Manual

Weil está sosteniendo nada menos que una verdadera crítica social debería tener el trabajo físico en el centro de sus especulaciones. La verdadera revolución, la auténtica liberación del trabajador sólo se logrará en una reformulación del trabajo manual. El trabajo manual debe involucrar en sí mismo un grado importante de trabajo intelectual, en la medida en que se realiza más libremente cuando se está consciente de su objetivo, intenciones y de la ciencia y sabiduría que le da vida. Weil considera que la única salida a cualquier tipo de alienación es poder unir nuevamente el trabajo manual y el trabajo intelectual. La filósofa considera que la libertad del hombre está en juego en el hecho de si podemos o no realizar esta unión. Por un lado, devolverle al hombre el pensamiento en toda su amplitud aplicado a su trabajo físico y, por otro, devolverle el trabajo físico en el cual pueda efectivamente tener acceso al orden del mundo desde un contacto real (no ya sólo desde unas ideas) entre el cuerpo y las leyes de la naturaleza. Si se pudiese realizar esta conjunción...

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