La paciencia a menudo es calificada como un «santo remedio» para la crianza de los hijos, pero muy pocas veces se aclara cómo funciona.
Es común escuchar que hay que tener paciencia con los hijos. ¿Y qué significa eso?, ¿por qué deberíamos tener paciencia?, ¿siempre debemos tenerla?, ¿si no la tenemos somos malos padres o madres?
En primer lugar, los expertos recomiendan dar siempre el ejemplo.
Y es que una de las formas en que más aprenden tus hijos, es viendo lo que haces tú, ya que eres un modelo a seguir.
Recuerde que usted es ejemplo para su hijo/a, si él/ella la/lo ve siempre perdiendo la paciencia por distintas cosas, todo lo que intente para trabajar la paciencia de ellos, no dará muchos resultados; debe dar el ejemplo con una actitud paciente y tranquila.
Otra recomendación que entregan los expertos, es no pedirles cosas para ahora mismo.
La idea es no apurarlos en las cosas que les pidas, y es mejor que planifiques las cosas.
También se recomienda que refuerces de forma positiva la paciencia.
Existen numerosas situaciones cotidianas en la cual los acontecimientos no son como esperamos, todo ser humano necesita aprender habilidades que le faciliten la adaptación a su entorno, que guíen su transitar con la finalidad de tomar decisiones y asumir responsabilidades.
En ese sentido, es esencial que los adultos promuevan en los niños y niñas la exploración de alternativas y la tolerancia a la frustración.
Se plantea que las personas que manejan adecuadamente sus reacciones emocionales y saben relacionarse con las emociones de los demás, gozan de una situación ventajosa en los diferentes ámbitos de la vida.
Los niños y niñas desean conseguir lo que les agrada ¿Es un problema?
No necesariamente, es más, son los cuidadores quienes deben conocer las ilusiones y deseos de sus hijos e hijas, con la finalidad de ajustar sus expectativas a realidad, decidiendo cuáles de esos deseos se puede conceder, postergar o derogar.
La tolerancia a la frustración hace alusión a la capacidad de esperar con paciencia y calma, mientras se cumple lo que se desea, a pesar de no obtener respuestas positivas sobre el resultado.
Cabe mencionar, que no implica renunciar o aceptar pasivamente los eventos, si no que a pesar de que no se consiguen los objetivos y, se desea cambiar la situación, existe la habilidad de aceptar la incomodidad de la emoción que genera la situación.
Para fomentar el autocontrol en los niños y niñas, es decir, el dominio de sí mismos, primero los padres y madres deben ejercer un control externo, que suele generar frustración e ira en diferentes intensidades en sus hijos.
Escucha activa: Los niños o niñas no quieren soluciones, quieren que se les escuche y entienda, quieren que se les ayude a controlar sus emociones.
Explorar alternativas: Preguntarle, ¿Qué se te ocurre que puedes hacer?
Ayudar a evaluar las consecuencias: De las diferentes alternativas, identificar las ventajas e inconvenientes de cada opción, las consecuencias a corto y largo plazo.
Ayudar a escoger una alternativa: Motiva a que elija una opción.
Si tu hijo o hija no sabe qué hacer, plantéale “Yo que tú lo que haría sería…, pero ya me contarás”.
La función del adulto es acompañar el proceso gradual de autonomía, desde el control externo al autocontrol, respetando los ritmos de cada niño y niña, aportando la información necesaria y atendiendo sus necesidades en el plano emocional.
El desarrollo de la autonomía personal es un objetivo prioritario en la educación de un niño.
Los niños con pocos hábitos de autonomía, generalmente presentan problemas de aprendizaje y de relación con los demás.
Presentarles nuevos retos que supongan un incremento en la dificultad y valorar el esfuerzo que realizan al enfrentarse a ellos: dejarles hacer cosas solos.
Evitar que dependan exclusivamente de nosotros para resolver los problemas.
Vestirse.
Lo primero es decidir lo que razonadamente le vamos a exigir, evitando pensamientos como: “prefiero hacerlo yo, lo hago antes y mejor”.
Ponerlo a practicar.
Hay que revisar cómo va realizando lo que se le encomienda.
Elogiar y valorar su realización.
• Motivación de logro- La satisfacción por el propio progreso es imprescindible en el proceso de aprendizaje.
• Conducta prosocial- Las tareas compartidas suponen una oportunidad para fomentar la empatía y el altruismo.- Colaborar entre compañeros, hermanos etc. beneficia al que presta ayuda y al que la solicita.
• A veces frenamos su aprendizaje al realizar nosotros lo que podrían hacer ellos.
• Armarnos de paciencia y dejar de lado la prisa para enseñar.
• Dar tiempo para aprender.
El aburrimiento es un estado emocional natural que se manifiesta como una sensación de incomodidad o insatisfacción cuando no estamos realizando actividades que capten nuestra atención o nos resulten estimulantes.
Especialistas del Programa Aprender en Familia de Fundación CAP explican que experimentar momentos de aburrimiento representa una valiosa oportunidad de aprendizaje para los niños y niñas.
Durante las vacaciones, es más frecuente que los niños y niñas se sientan más aburridos, ya que cambian sus rutinas, disponen de más tiempo libre y realizan actividades distintas a las escolares.
Frente a ello, con frecuencia los adultos intentan evitar que los niños se aburran, llenándolos de actividades por temor a ese estado.
Sin embargo, el aburrimiento puede ser una puerta para desarrollar habilidades como:
- Llamado a la acción: Cuando un niño o niña no tiene una actividad planificada de antemano y siente aburrimiento, su cerebro pide un cambio: busca actividades más desafiantes y con sentido que lo motiven a aprender y crecer.
- Estimula la creatividad: Cuando los niños y niñas dejan de estar expuestos a estímulos externos, aprenden a inventar juegos, historias y nuevas formas de divertirse.
- Promueve el autoconocimiento: El sentimiento de aburrimiento, permite a los niños y niñas “mirar hacia adentro”, y descubrir qué les gusta, qué sienten y cómo piensan.
- Desarrolla la paciencia: Aburrirse invita a los niños y niñas a estar quietos y esperar, lo que fortalece su autocontrol y tolerancia a la frustración.
Desde Fundación CAP recomiendan que los niños y niñas se sientan acompañados y reconocidos por los adultos.
Es una buena idea invitarlos a participar en las tareas cotidianas del hogar, como cocinar algo para la familia, ayudar a regar las plantas, poner la mesa o colaborar con la limpieza.
Es clave apoyar, especialmente a los más pequeños, a reconocer y aceptar esa emoción y resolverla adecuadamente, recordarles las actividades que les interesan y, posteriormente, permitirles decidir, de forma autónoma, qué hacer.
La clave no está en inventarles actividades, sino en darles el espacio para que ellos mismos las creen y toleren el aburrimiento.
La responsabilidad es un valor que define nuestra capacidad de decidir razonadamente y asumir las consecuencias de nuestros actos.
Educar niños y niñas para que sean responsables implica una gran dedicación y paciencia.
- Para fomentar la responsabilidad escolar es primordial que tu hijo/a entienda que hacer la tarea no es malo, ni tiene por qué ser pesado o aburrido.
- Dependiendo de la edad de tu niño o niña será necesario que chequees de vez en cuando cómo va con sus actividades. En este sentido, hablamos de supervisarlos, no de vigilarlos.
- Además de ayudarles a ser productivos, este truco también fomenta el sentido de la responsabilidad.
- Como mencionamos al comienzo, fomentar la responsabilidad en los niños implica una gran dedicación y paciencia.
Desde una versión biologista diríamos que el eje hipotalámico-hipofisario comienza haciendo presión sobre la glándula suprarrenal, y la adrenalina y el cortisol son las hormonas que empiezan a circular como una gasolina por todo el cuerpo, y nos altera, en pos de soportar los embates de la situación a superar.
Pero muchas de las activaciones de este eje deben ser contenidas por nuestra racionalidad (el lóbulo frontal), puesto que no son pocas las veces que los interlocutores son nuestros hijos y precisamente debemos controlarnos para ofrecerles respuestas funcionales y saludables.
Por lo tanto, la importancia de poner límites es primordial, puesto que, por ejemplo, los adolescentes, turgentes en testosterona, estrógenos y progesterona, vasopresina, son todo impulso neurohormonal, que no alcanzan controlar por la ineficiencia del desarrollo de la corteza prefrontal.
Poner límites y tener paciencia con los hijos se trata de llegar a ser padres democráticos y funcionales, que puede ser un parámetro de una parentalidad saludable.
Para ello, hay algunas recomendaciones que, a partir de una claridad relacional, posibilitan el manejo de la tolerancia, la reducción de la ira, y muchas surgen de la reflexión filosófica que pueden hacer los progenitores en el ejercicio de su rol.
Respetar para generar respeto: los hijos (adolescentes) pueden tener opiniones o puntos de vista diferentes a los padres y es importante discutir, pero no pelear.
Muchos padres sienten que se los desafía a la autoridad; en algunos hijos podría ser interpretado así, pero no es conditio sine qua non.
Además, los padres pueden estar equivocados, ¿por qué no? y romper con la creencia de que porque son mayores saben todo.
Si los respetamos estamos mostrando un modelo a reproducir en otras relaciones.
No se puede controlar hasta el mínimo detalle: no se es mejor padre o madre por controlar la vida de los hijos.
Estar al tanto de sus actividades y compañías es correcto, pero es importante relajarse y no creer que se está en falta si se pierde algún detalle de la vida de los hijos.
Reducir la hiperexigencia: es decir, no marcar siempre lo que falta.
Valorar lo que hay y no colocar metas exacerbadamente altas e incumplibles.
Esto va aplicado tanto para los progenitores para sí mismos como para los hijos.
Desdramatizar: no se trata de negar los problemas o los sucesos que plantean los hijos, sino no ampliarles su significado y armar una catástrofe.
Esta tendencia hace que los hijos se abstengan de contarles sus cosas a los padres.
Empatizar: la empatía ayuda a que los padres se coloquen en el lugar de los hijos y puedan comprender ciertas actitudes.
Esto no implica no poner límites, sino incrementar el entendimiento sobre como piensa el hijo y lograr enseñarle a rectificar en el caso de que su conducta haya sido errada.
Recordar la propia infancia y adolescencia es traer a la memoria sueños, confusión, deseos, etc.
De esta manera, se es más tolerante y se puede empatizar más profundamente con los hijos.
Hablar cuando pase la explosividad: hay momentos en los que el diálogo es más asertivo y no es precisamente en medio de la pelea.
Y más si es un adolescente, con sus hormonas turgentes.
A veces demasiadas explicaciones son tediosas y llevan a la confusión.
No colocarse como ejemplo: otra manía que tienen los padres es plantearse como ejemplo de los hijos: Yo, cuando tenía tu edad…
Nunca es positivo predicar con teorías extraídas de la propia experiencia, puesto que es exaltar y descalificar la experiencia de ellos.
Los hijos necesitan transitar las propias.
Se aprende más de los errores que de los aciertos.
Un error invita a pensar, reflexionar, cambiar de tentativas, ejercitar soluciones.
No suponer y preguntar: para tener paciencia con los hijos también hay que evitar anticiparse en el diálogo dándole preeminencia a los supuestos y prejuicios.
El suponer hace que primen nuestras ideas por sobre las que nos dicen los hijos.
Después los padres terminan respondiendo a lo que ellos piensan y no a lo que los hijos contaron.
Cuando existe un supuesto sobre alguna de las conductas de los hijos, es importante traducirlo en pregunta y no darlo como una afirmación.
Si afirmamos lo que suponemos, sentamos en el banquillo de los acusados a nuestros hijos y lo único que les queda es defenderse.
Escuchar más que sermonear: hay que aprender a escuchar a los hijos, conteniendo del hábito de aconsejarlos frente a cada planteo desde la arrogante creencia de que somos la voz de la experiencia.
No se debe caer en dar sermones y escucharlos: la información brinda la oportunidad de conocerlos aún más.
Ejercer autoridad no autoritarismo: el ejercicio de ser padres implica encontrarse en una asimetría relacional por arriba.
Es el lugar de la enseñanza, de la guía, de la experiencia, de la escucha, de la valoración y rectificación, pero por sobre todo del afecto.
Es una autoridad afectiva.
Los padres no son amigos, son padres.
Los hijos no deben confundirse y los padres deben ejercer un rol claro.
Ordenar, sugerir y pedir: los padres siempre muestran una imagen de autoridad, es decir, que desde ese lugar son dadas las prerrogativas que pueden ser establecidas como órdenes.
La orden es imperativa, no da opciones y debe ser cumplida.
El pedido y la sugerencia no son imperativos.
Esa claridad comunicacional incrementa la paciencia: si pido me pueden decir NO, si ordeno la respuesta es SI.
Decir que NO: es importante poner límites.
Recuerde que el centro de la inhibición y freno está en proceso de desarrollo en la adolescencia y son los padres los encargados de decir hasta dónde se puede.
Se debe decir NO, sin culpa, no es un NO dictatorial, es un NO basado en el buen amor, un límite que permita discernir hasta donde se puede.
El castigo sería el fracaso del límite.
Es importante que el límite no sea formulado como castigo, sino como regulación de la conducta, como reflexión, generando aprendizaje.
Hay que establecer límites claros, estables y flexibles.
Más propuestas que protestas: es muy importante que los padres abandonen la queja y la crítica.
Ambas son desvalorizantes y crean malestar y un clima familiar de tensión.
La queja y la crítica, marcan lo que falta y paralizan (mientras que nos quejamos no hacemos).
Concienciar este mecanismo hace que logremos pasar de la protesta a una propuesta, es decir, acciones que lleven al cambio de conductas.
Coherencia en lo que se dice y se hace: no solamente los padres dicen con palabras.
Las acciones son, consciente o inconscientemente, observadas por los hijos.
Podemos ser padres que aclaran dudas de los hijos sin prejuicios, que invitan a la pregunta, sin enojos ni prejuicios, un diálogo franco que aliente a la apertura de los interrogantes.
Padres que puedan constituirse en una opción para que los hijos los busquen y no piensen que los van a censurar.
Todo debe ir acompañado de la valoración hacia ellos, de reconocerlos y valorar las cualidades y habilidades, aún si se equivocan, marcando el error, pero alentándolos a seguir.
No debe desaprovecharse cualquier oportunidad en que el comportamiento de un hijo merezca ser felicitado.
Estimular su autoestima es sinónimo de seguridad.
¡Amor y paciencia con los hijos!, puede ser el lema a seguir.
Abrazar, acariciar, decir cuánto se ama a los hijos es una de las formas más relevantes de nutrir y nutrirse emocional y afectivamente.
Sabemos que muchos niños y jóvenes, hoy en día se encuentran un tanto impacientes con ésta situación de pandemia que actualmente nos está afectando.
Muchos ya sienten una imperiosa necesidad de querer salir de sus hogares, manifestando que están aburridos y cansados de tener que estar ya tanto tiempo en casa; situación que es comprensible y que como adultos debemos empatizar, con lo que los niños y jóvenes sienten y piensan.

