El Trabajo Social, como profesión, presenta características particulares vinculadas con su origen y desarrollo histórico, que data de más de cien años en el mundo. En el presente año 2015 se conmemoran 90 años de la fundación de la primera escuela de Trabajo Social de Chile y América Latina.

Este importante aniversario brinda la oportunidad de rescatar los principales hitos y eventos por los que ha atravesado la historia profesional, que han configurado su actual realidad contemporánea. Una cronología profesional, como la que se propone en el presente artículo, aporta un sistema de ordenamiento y registro de los eventos relevantes que se han sucedido, organizando una secuencia temporal que permite configurar los avances y tensiones que se han debido enfrentar a lo largo de 90 años de desarrollo profesional del Trabajo Social en Chile y que aportan pistas que contribuyen a la comprensión de su actual situación como campo de conocimiento especializado en torno a la intervención social.

El presente artículo presenta los resultados de un estudio interuniversitario que tiene por objetivo definir una cronología respecto de los principales eventos sucedidos en el Trabajo Social chileno en el período 1925-2015, y que permiten comprender en perspectiva la situación actual de la profesión en el país. La estrategia central de recolección de información corresponde a la revisión documental integrada de publicaciones profesionales históricas, planes y programas de estudio de escuelas universitarias tradicionales, cuerpos legales vinculados a la profesión, artículos especializados e informes técnicos de desempeño profesional, que asumen la calidad de evidencias y respaldos de la cronología presentada.

Primeros Pasos hacia la Sistematización de la Asistencia Social

En sus inicios, el Consejo Directivo de la Junta Central de Beneficencia Pública inició estudios sobre la necesidad de organizar y sistematizar la asistencia social. Este esfuerzo involucró a instituciones como la Casa de Huérfanos y Expósitos (1778), la Sociedad Protectora de la Infancia (1894), Gotas de Leche (1901) y Ollas Infantiles (1908).

La visita del médico belga René Sand, secretario de la Cruz Roja Internacional, fue crucial. Invitado por la Universidad de Chile y la Cruz Roja chilena, Sand dictó conferencias sobre el servicio social en Europa, impulsando la creación de un centro de formación de profesionales en la organización de la ayuda social.

Fundación de la Primera Escuela de Servicio Social en Chile

La primera escuela de Servicio Social de Chile fue fundada el 4 de mayo por el médico Alejandro del Río, con el respaldo de la Junta Nacional de Beneficencia. Esta fundación marcó un hito, convirtiéndose en la primera escuela de Servicio Social de América Latina. La escuela, llamada “Escuela de Servicio Social de la Beneficencia Pública”, fue dirigida por Jenny Bernier, una profesional belga.

El objetivo de la escuela era formar visitadoras sociales que sistematizaran la asistencia social en Chile, colaborando con equipos de salud e instituciones de beneficencia. El plan de estudios, de cuatro semestres, incluía asignaturas como Instrucción Cívica, Psicología, Higiene, Deontología y Estadística, entre otras. La práctica profesional consistía en visitas institucionales para conocer los problemas sociales y los recursos existentes.

Expansión y Diversificación del Trabajo Social

Posteriormente, se fundó la Escuela de Servicio Social “Elvira Matte de Cruchaga”, dependiente de la Universidad Católica de Chile. Esta escuela, bajo la influencia de la Unión Internacional Católica de Servicio Social, buscaba formar profesionales que ejercieran una labor de apostolado, atendiendo el aspecto moral y el perfeccionamiento individual desde la religión católica.

La duración de la carrera se extendió a tres años, respondiendo a la creciente demanda de profesionales. Se oficializó la formación de Servicio Social a través de Escuelas del Estado, dependientes del Ministerio de Educación Pública, en Santiago y Concepción. En 1943, se sumó la escuela de Servicio Social de Temuco.

Consolidación y Profesionalización

La Junta Nacional de Beneficencia sustituyó el nombre de Visitadora Social por el de Asistente Social. La Escuela de Servicio Social de la Beneficencia Pública incorporó las técnicas de Servicio Social de Grupos y cambió su nombre a Dr. Alejandro del Río.

Se creó en Valparaíso la primera escuela de Servicio Social con carácter universitario, dependiente de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Chile. En Santiago de Chile se celebró el Primer Congreso Panamericano de Servicio Social, donde se acordaron los requisitos mínimos de ingreso y programas de estudios aconsejables para la carrera.

Integración a la Universidad y Reconocimiento Legal

Las escuelas de Servicio Social del Estado se incorporaron a la Universidad de Chile, formalizando la profesión como la primera carrera universitaria de ciencias sociales en el país. La escuela de Servicio Social de Santiago pasó a denominarse escuela Dr. Alejandro del Río de la Universidad de Chile.

El Servicio Nacional de Salud fue creado, suprimiendo la Junta Nacional de Beneficencia y pasando la Escuela de Servicio Social Dr. Alejandro del Río a depender del nuevo servicio. Se dictó la Ley Nº 11.934 que creó el Colegio de Asistentes Sociales de Chile, estableciendo objetivos gremiales y condiciones de afiliación.

Expansión Universitaria y Nuevos Desafíos

Se crearon las Escuelas de Servicio Social de la Universidad Católica de Valparaíso y de la Universidad de Concepción. El inicio de la Alianza para el Progreso impulsó cambios económicos y sociales, representando una oportunidad para Trabajo Social de avanzar en la promoción social.

La profesión participó activamente en la política de planificación familiar nacional, promoviendo la salud materno-infantil. La asistente social Wilma Saavedra Cortés fue elegida Diputada de la República, defendiendo derechos sociales y participando en mociones sobre protección infantil y derecho al voto de analfabetos.

Reconceptualización y Enfoque en lo Comunitario

La Ley Nº 16.880 sobre Juntas de Vecinos y Organizaciones Comunitarias impulsó el trabajo profesional en ámbitos comunitarios urbanos. Se realizó el 4º Seminario Regional Latinoamericano de Servicio Social en Concepción, con el lema “Hacia una reconceptualización del Servicio Social Latinoamericano”. En el marco de las reformas universitarias, el Instituto Superior de Servicio Social Dr. Alejandro del Río se integró a la escuela de Servicio Social de la Universidad de Chile.

Tabla Cronológica de Eventos Clave

Año Evento
1925 Fundación de la primera escuela de Servicio Social en Chile y América Latina.
1943 Creación de la escuela de Servicio Social de Temuco.
1954 Creación del Colegio de Asistentes Sociales de Chile.
1960s Participación en la Reforma Agraria y la promoción social.
1970s Reconceptualización del Servicio Social Latinoamericano.

Es cierto que, de manera general, existe uniformidad en reconocer que la impronta positivista fragmenta el conocimiento de lo social en distintos saberes. También es cierto que decimos entender a la sociedad desde su complejidad y opacidad y, por lo mismo, de los escenarios donde se interviene; en distinguir al trabajo social como una especialización ubicada en las Ciencias Sociales; como una profesión inscripta en la división social y técnica del trabajo colectivo de la sociedad; en el diagnóstico de la realidad que considera un recrudecimiento de las manifestaciones negativas de la cuestión social; en nominar a nuestras instituciones como estalladas y a entender al ejercicio profesional como un quehacer eminentemente político.

En muchas ocasiones el trabajo realizado junto a los que más sufren, los excluidos y olvidados del sistema, genera en los profesionales una mezcla de fastidio y frustración, al no poder satisfacer las demandas requeridas. Estas situaciones producen angustia, que se traduce luego en desgano, apatía y/o parálisis; o, en su defecto, en desengaño, perplejidad y mayor preocupación. En el primer caso, se corre el riesgo de una sobre adaptación institucional, caracterizada por la pérdida de autocrítica, autocomplacencia, excesiva competencia, intolerancia a la crítica, problemas de relación, etc., que conllevan a culpabilizar al trabajador cercado por la burocracia estatal, ocultando la naturaleza política tanto de la prestación del servicio como de su práctica. Este contexto es de fuerte condicionamiento -donde los trabajadores sociales se hallan demasiado cerca de las demandas y necesidades sociales- y frecuentemente demasiado lejos de los ámbitos destinados a la reflexión.

Sin embargo, me parece que son estos los momentos históricos en los que resulta fundamental construir estrategias profesionales que permitan a los colegas reflexionar en y sobre su situación, con el fin de identificar los modos y supuestos implícitos en ella y analizarlos críticamente en pos de cambios que su creatividad los lleve por otros caminos más prolíferos. Dicha búsqueda exige, a mi entender, reconocer la complejidad de lo social en todas sus dimensiones, las más objetivas y las más subjetivas. Entenderlo, como dice Inmanuel Wallerstein, como “sistema mundo”. En síntesis, construir marcos epistémicos que posibiliten diseñar e implementar abordajes interdisciplinarios.

Este posicionamiento obliga a reconocer la incompletud de las disciplinas y trascender sus fronteras. Se trata de abandonar la naturalización del recorte que cada disciplina efectúa. Si reconocemos la complejidad de las manifestaciones de lo social, su tratamiento no puede ser abordado de manera disciplinar ya que; “la realidad misma es interdisciplinaria. La parcelación de la realidad, legado del paradigma positivista, donde cada disciplina inventó su propio lenguaje, estableció sus rígidas fronteras y creó un objeto específico de estudio queda atrapado en su propia escasez.

Pienso que existe una herramienta epistemológica y metodológica que el Trabajo Social tiene y debe abrazar: la interdisciplinariedad. Esta herramienta es un posicionamiento, no una teoría unívoca, que obliga básicamente a reconocer la incompletud de las herramientas de cada disciplina. En la práctica concreta, la concepción del trabajo en equipo es indispensable para su aplicación en escenarios siempre complejos, con el objetivo de operar con problemáticas sociales que requieren de la intervención de varias disciplinas y de la introducción de nuevas estrategias de intervención.

Creo fundamental aportar a los discursos argumentativos que permiten reflexionar, que en un contexto socio institucional complejo el lugar del trabajador social debe estar formado para comprender la necesidad de la verdadera interdisciplina.

Necesitamos una reflexión que dé cuenta de las dificultades de la práctica profesional englobando las distintas dimensiones que -en forma de malla- la atraviesan, desde una mirada que profundice el análisis de la complejidad de lo histórico social y el plus que el mismo adquiere en la actualidad. Este escenario visibiliza un cambio notorio, que marca el quiebre en los modos modernos de pensar y operar, penetrando la totalidad de las condiciones de vida de los sujetos, en sus emociones y sus sentimientos. Hoy los datos proporcionados por la realidad nos muestran cómo la desregulación del mercado de trabajo, la ausencia de justicia, la variación del estatuto de la ley jurídica, la debilidad del sistema de representación y el uso bárbaro de la violencia, ponen en cuestión la eficacia de las instituciones y del propio sistema democrático.

La disposición de las personas a confiar y participar en los escenarios institucionales estratégicos que les ofrece la sociedad parece depender cada vez más de una condición básica: del grado de seguridad, certidumbre y sentido que estos logren proponer para sus vidas cotidianas. Y eso no se refiere solo a los bienes materiales, sino también al reconocimiento que reciben en su calidad de ciudadanos. En este sentido, las características con las que cuentan las instituciones es de perplejidad3, miedo o impotencia (Lewkowicz, 2004, p. 181) para todos los actores y equipos profesionales. Frente a este escenario, las instituciones y sus actores no tienen la capacidad de resolver aisladamente la conflictividad social; no obstante, se les demanda que lo hagan. Hay dificultades en la conformación de lazos por parte de las instituciones en la sociedad actual; ellos son muy inconsistentes, volátiles en lo cotidiano: todos parecemos estar más agresivos, más intolerantes, más crispados.

José María Espona, en su libro Totalitarismo Tecnológico Versión 2.0: Por qué el avance tecnológico y la crisis financiera nos lleva inevitablemente al Totalitarismo, advierte que se está configurando una dictadura electrónica sin precedentes, un sistema controlado por una minoría capaz de manipular la mecánica de los partidos políticos, de los grandes medios de comunicación, cambiar la legislación y utilizar el propio aparato del Estado de Derecho. Jaime Bartlett, en su libro El pueblo versus la tecnología: cómo internet está matando la democracia, pronostica que, si la política no impone su autoridad sobre el mundo digital, la tecnología destruirá la democracia y el orden social tal como los conocemos.

Por el momento, mientras se demora un marco normativo que detenga su concentración en manos privadas, la tecnología está ganando esta batalla. Sociedades enteras están siendo capturadas, teledirigidas, heterodeterminadas por una sofisticada coordinación de dispositivos. Particularmente América Latina es un territorio en peligro y algunos de nuestros países -por ejemplo, Argentina y Brasil- están bajo el ropaje de la democracia pero consolidando un nuevo modelo de gestión política: el totalitarismo. Una simbiosis gobierno-justicia-medios impone su propia realidad virtual:la antigua división de poderes propia del Estado de Derecho se va convirtiendo en una gestión monolítica y sin fisuras de un poder homogéneo y unificado. Se avanza hacia el voto electrónico:se tiende a dejar de lado el voto manual e imponer, pese a que cualquier tecnología electrónica conlleva inseguridad, vulnerabilidad y posible distorsión de la voluntad ciudadana.

Las observaciones expresadas hasta ahora ponen de manifiesto que estamos ante un complejísimo escenario que configura la condición de pensamiento desde donde miramos, y requiere de una búsqueda para pensar los alcances, limitaciones y dirección, en cuanto a los marcos referenciales teóricos que direccionen nuestras búsquedas. Esta situación afirma el individualismo ante la solidaridad, viendo al otro como rival y alguien con quien competir, fragmentándolo como sujeto y debilitando las redes sociales. Si bien sin conflictividad no existe lo social, necesitamos de un sujeto capaz de sostener y desarrollar esas tensiones.

¿Cuáles y cómo deben ser las intervenciones del trabajo social en medio de esta situación en nuestro mundo, particularmente en nuestra América Latina? ¿Quiénes y cómo son los sujetos involucrados en ese proceso? Y aquí nos referimos también al propio trabajador social. Obviamente esta preocupación va mucho más allá de las posibilidades de los trabajadores sociales, pero en ellas trabajamos y ese es nuestro espacio profesional. ¿Intentamos hacerlas funcionar o las abandonamos? Pensamos a las instituciones como construcciones simbólicas, imaginarias y materiales, generadoras del lazo social que posibilita la filiación de los sujetos a un entramado social. El entramado institucional habilita la relación cara a cara entre las personas; por lo tanto, expresa relaciones de poder, imposiciones, resistencias. Dicho en otros términos, lo prescripto por la institución recorta con límites variables las conductas que los sujetos deben realizar según su posición en la estructura.

Este último aspecto produce, al interior institucional, una serie de trastrocamientos que van desde la corrupción y la inseguridad hasta la propia parálisis, afianzando -muchas veces aún de modo inconsciente- prácticas autoritarias, pragmáticas e instrumentales. Así, las instituciones que empujaron los progresos de lo social, la urbanización, la producción, el trabajo, la medicina, la escolarización, la seguridad social, etc., hoy se encuentran imposibilitadas de tal función y en ocasiones hasta destruyen lo social en el mismo movimiento que lo producen.

En esta dirección, los aportes del pensamiento gramsciano nos permiten entender que “las instituciones de las políticas sociales constituyen por excelencia el campo de lucha por la hegemonía, a través de la combinación de mecanismos de dominación y de dirección/consenso. Así entonces, hablar de estrategias permite comprender que toda intervención es política; que intervenir en situación de incertidumbre implica incorporar el análisis político a la cotidiana vida del profesional y tomar decisiones, aún con los riesgos que ello acarrea.

Ahora bien: entiendo lo interdisciplinario como la conjunción de lenguajes diferentes que suponen un arduo esfuerzo por mancomunar puntos de vista, acercar diferencias de significado de las palabras y construir un marco conceptual referencial (Follari, 1997). Las profesiones presentan diferentes consolidaciones según los estatus adquiridos por las disciplinas en el ámbito científico. La interdisciplina constituye una herramienta necesaria para intervenir en lo social hoy. No es desde la soledad profesional que se pueda dar respuestas a la multiplicidad de demandas que se presentan a las instituciones, como tampoco es posible mantener una posición subalterna dentro de los equipos. Tanto la impotencia como la omnipotencia se constituyen en actitudes duales que niegan el carácter complejo de la vida social y en consecuencia obstruyen la posibilidad de intervenciones coherentes, creativas y contenedoras de la utopía (Follari, 1997, p.

“La interdisciplina no emerge espontáneamente por el hecho de trabajar en equipos multidisciplinarios, se requiere de una síntesis integradora de los elementos de análisis provenientes de tres fuentes: a) el objeto de estudio o sistema complejo fuente de una problemática irreducible a fenómenos que pertenezcan al dominio exclusivo de una disciplina; b) el marco conceptual o bagaje teórico desde cuya perspectiva se identifican, seleccionan y organizan los datos de la realidad que se propone estudiar; y c) los estudios disciplinarios que corresponden a aquellos aspectos de la realidad compleja, visualizados desde una disciplina específica. Es decir, la interdisciplinariedad comienza desde la formulación misma de los problemas, se prolonga en un largo proceso no lineal, y acompaña a los propios estudios disciplinarios hasta el término mismo de la investigación.

Para cerrar quisiera plantear que desde mi forma de pensar el tema que nos trae hoy aquí hay dos categorías centrales que conforman la construcción de la perspectiva teórica para la construcción del conocimiento y la actividad de investigación: poder y autonomía. Así una cosa es criticar en profundidad la manera en que la disputa por el poder logra degradar y aniquilar la posibilidad de construir una sociedad alternativa; o alertar contra las formas de replicar en la práctica el esquema de poder que se desea combatir. La comprensión de la dimensión estructural -esto es, aquella que trasciende a los sujetos que la soportan- es un ejercicio teórico fundamental que sirve para entender el marco de la lucha política.

Ernesto Laclau, al analizar las relaciones sociales, el poder y las luchas hegemónicas desde una perspectiva que intenta superar las falsas antinomias que caracterizaron a corrientes teóricas de lo social en la contemporaneidad, produciendo lecturas simplificadoras, sostiene que las relaciones sociales son siempre contingentes, de poder, de supremacía de lo político sobre lo social y de radical historicidad. Su pensamiento, al igual que el de Cornelius Castoriadis, aporta a restablecer la complejidad a lo social; afirma, entonces, que la sociedad como objeto unitario e inteligible que funda sus procesos parciales es una imposibilidad.

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