Es muy difícil concentrarse en otra cosa mientras está sonando el cuarteto o el quinteto de Coltrane, pues ese sonido no sólo pone a prueba el estereotipo del jazz en tanto música de acompañamiento, sino, aún más, su pertenencia a un género específico.
Al parecer, uno de los desafíos del documental -estrenado a cincuenta años de su muerte tan jodidamente prematura- estuvo precisamente en recuperar de la música de Coltrane su resistencia, o por lo menos sus reparos, a la hora de intentar encasillarla incluso dentro de la historia del jazz, mediante entrevistas a músicos de rock como John Densmore, al rapero Common, al filósofo Cornel West o a aficionados súper famosos como Bill Clinton.
Además, las declaraciones de los propios jazzistas negros -Percy Heath, Benny Golson, Winton Marsalis, Ravi Coltrane y las dos únicas leyendas del jazz aún vivas, McCoy Tyner y Sonny Rollins- rehúyen cualquier comentario musical para concentrarse en el anecdotario o en el sentido testimonio de una amistad entrañable.
Así, el peso del documental recae sobre John Coltrane en cuanto personalidad: sus propios dichos en la voz de Denzel Washington, imágenes poco conocidas del músico en familia, el testimonio de sus hijos sumado al de un fanático japonés, se dirigen a hacer de John Coltrane, más que un músico, el portador de un mensaje celestial.
La película persigue una línea cronológica en la trayectoria artística y biográfica de Coltrane; el entorno metodista de la infancia, la muerte del padre, sus inicios dubitativos en una banda militar, Naima, el golpe que significa (como para todo músico) encontrarse a Charlie Parker, su participación en la banda de Dizzy Gillespie, la adicción a la heroína, el trabajo (y los problemas) con Miles Davis, el trabajo (y la dicha) con Monk, el abandono de las drogas, la ruptura con Naima, la vida junto a Alice, el cuarteto de la consagración y el quinteto final, cuando Coltrane se despide definitivamente de la tonalidad y rearma su grupo incorporando a Rashied Ali, Alice Coltrane y Pharoah Sanders.
Aquí, tal vez involuntariamente, Chasing Trane muestra algo significativo: es en ese último trecho de la vida de Coltrane, al éste lanzarse con todo en la búsqueda religiosa de un sonido extendido, de un himno atonal, rabioso y doloroso, sin origen y hacia ninguna parte (mientras, dicho sea de paso, establece contacto con la vanguardia política de la “New Black Music”), cuando también quienes minutos atrás hablaban de amor, comunión, paz y libertad, prefieren retroceder.
En cuanto a los discos, dejando curiosamente a un lado la importancia de Blue Train, el arco descrito va desde Giant Steps (grabado entre las dos sesiones de Kind of Blue) hasta el concierto en Nagasaki.
La narración de Scheinfeld se sirve de esta cronología discográfica para intercalar entrevistas, aspectos biográficos del músico y el contexto histórico enfocado en la lucha racial, especialmente tratado con intensidad a partir de la voz de Martin Luther King junto a la soberbia composición e interpretación de “Alabama”.
Al contrario de Straigh, No Chaser (1988), el film sobre Thelonious Monk de Charlotte Zwerin; también muy lejos de John Coltrane (1996), de Jean Noël Cristiani o del mismo The World According to John Coltrane (1990), de Robert Palmer, en el guión de Chasing Trane poco espacio queda para presenciar un tema completo del músico sin la intervención de alguna opinión de, por ejemplo, Carlos Santana.
(En ese terreno, las aportaciones más reveladoras provienen del baterista de los Doors, John Densmore, al destacar cómo hizo suyos los contrapuntos entre Elvin Jones y Coltrane a fin de nutrir su relación musical con Jim Morrison).
Los temas completos hoy se pueden encontrar en youtube, claro, pero la claustrofobia de la sala de cine, con sus ventajas de sonido e imagen, exige saber aprovecharlas mejor justamente en estos casos.

