Los movimientos estudiantiles en Colombia son objeto de estudio para el trabajo social, en la medida en que se identifican nuevos procesos de movilización y participación social. Esto demanda posturas metodológicas y reflexivas que vinculen la realidad social con las nuevas dinámicas sociales, económicas, culturales y políticas que generan en los sujetos inestabilidades e inconformidades que se pueden abordar por medio de la conformación de grupos organizados y estructurados para brindar soluciones a problemáticas sociales.
Esta organización de la comunidad puede ser, por un lado, una acción colectiva, entendiendo esta como la manifestación de la inconformidad expresada con acciones y objetivos en conjunto; sin embargo, se presenta de forma efímera. Por otro lado, si la comunidad parte de la unión de organización, estrategia y movilización, se puede conformar un movimiento social, puesto que este es la expresión de organizaciones populares y sindicales cuyo objetivo principal es el desarrollo del bienestar integral que se ha visto envuelto en una realidad saturada de variables sociales, de carácter político, que se encuentran en constante cambio.
La organización y la participación, en la consolidación del Movimiento Estudiantil Colombiano, se han convertido en un aspecto clave y diferencial del mismo, lo que propicia la estructuración del movimiento para llegar a la toma de decisiones concernientes a su abordaje social, lo que determina el surgimiento de un rol de liderazgo y formas de comunicación al interior del movimiento.
Partiendo de lo anterior, el trabajo social opera con grupos, comunidades y familias, diseñando distintos panoramas frente a las fuerzas sociales, comunicación y relaciones, lo cual genera un vínculo no solo en una unidad familiar, grupal o comunitaria, sino que deja ver el compromiso manejado dentro de las relaciones de un trabajo colectivo. En este sentido Aquin (Aquin, 1998, pág. 123) sostiene que los movimientos sociales son objeto de estudio del trabajo social en tanto estos “tienen la capacidad de trascender al espacio público, haciendo visible la heterogeneidad que contiene, transformando las debilidades particulares en una sola fuerza”; es decir, es en el estudio de los movimientos que se denotan las fuerzas sociales en tensión y las luchas sociales que buscan la reivindicación de los sujetos oprimidos.
Los Movimientos Estudiantiles en Colombia buscan la reivindicación y reconocimiento de los Derechos Humanos que, a lo largo de la historia, se han constituido en un discurso legítimamente adoptado. El trabajo social, como profesión, promueve el cambio social, en el marco de la resolución de los conflictos en las relaciones humanas y el fortalecimiento de la sociedad civil como actor social, buscando un bienestar colectivo bajo la responsabilidad ético-política de transcender la esfera de lo legal y llegar a la aplicabilidad del discurso a través de la defensa, la promoción, la protección y la exigibilidad de los Derechos Humanos que garantiza la construcción de una sociedad con equidad.
El profesional de Trabajo Social en su calidad de facilitador en el proceso de promoción social, puede entonces orientar la ejecución de movimientos sociales en forma científica y dialéctica: científica por cuanto reúne teoría, metodología y técnica importantes para abordar y fortalecer estructuras y procesos organizativos para la gestión social; y dialéctica, en tanto que tales movimientos deben ser congruentes con la dinámica que presentan los diferentes escenarios de la realidad. (Rodríguez, 2004. Pág.
Partiendo de la relación de Trabajo Social y los movimientos sociales frente a sus dos formas de abordaje, se puede decir que, en su dimensión científica, se han presentado avances a nivel metodológico, y a medida que la sociedad va planteando nuevas dinámicas de organización y gestión social las técnicas y teorías en Trabajo Social se adaptan a nuevos procesos; sin embargo, en los movimientos sociales se siguen usando teorías de otros campos disciplinares.
Los movimientos estudiantiles en Colombia han establecido una relación crítica no solo con el Estado, sino que también al interior de la sociedad civil en relación con los partidos políticos, cuestionando su razón de ser y, asimismo, la creación y estipulación de políticas públicas que no tienen en cuenta las necesidades de la sociedad civil, que en múltiples ocasiones agreden a la población, alterando el orden social. Es por ello que el trabajo social desempeña un rol fundamental en la comprensión de los movimientos estudiantiles, ya que desde la normatividad de la “profesión se estipula que el Trabajo Social está en la obligación de intervenir en procesos y proyectos relacionados con las políticas de bienestar, desarrollo humano y social, teniendo presente los metacriterios de la democracia (bien común, justicia y libertad)” (Consejo Nacional de Trabajo Social.
Es necesario tener en cuenta la trayectoria histórica que tiene el Movimiento Estudiantil, que permite problematizar el discurso de la educación pública y la vulneración de los derechos fundamentales, puesto que en el contexto colombiano se ve una inequidad dentro del sistema educativo respecto de la calidad y la cobertura. Un movimiento social surge como una respuesta sectorial a los desafíos, desequilibrios y desigualdades sociales determinados por la evolución económica y política. Generalmente subsiste mientras las estructuras que lo sustentan perduren y lo justifiquen.
Las diversas corrientes de las ciencias sociales le han atribuido relevancia al tema de los movimientos sociales, pues estos se han presentado tanto en países desarrollados e industrializados, como en áreas en vías de desarrollo como lo es Latinoamérica. La multiplicación de las reivindicaciones de grupos minoritarios que profundizaron la conciencia de su postergación a favor de los cambios operados en todo el mundo como consecuencia de la expansión económica a la que obedeció el fin de la segunda guerra mundial. Entre estas minorías se destacan los movimientos feministas, las agrupaciones barriales, los movimientos estudiantiles, el movimiento sindical (Mariano F. E., 1992, p.
La crisis de la hegemonía política que se presentó a partir de 1964, y que fue más marcada en la década de los años setenta generó por parte de los estados la formación de dictaduras militares con las cuales se creía que se iba a reinstaurar el orden. Cabe resaltar que estas dictaduras contaban con el apoyo de los Estados Unidos, sumado a ello que la crisis mundial económica determinó, como consecuencia para la mayoría de los países en vías de desarrollo, un desolador panorama que comprometió a todos los sujetos dependientes del Estado.
Es así como la clase media y las clases subordinadas, pese a los impactos de la crisis hegemónica, vuelven a movilizarse con más fuerza y se integran a un programa de democratización política, en donde uno de los objetivos era la abolición de las dictaduras que en ningún caso lograron resolver la crisis. La presencia de las dictaduras en América Latina hasta la década de los ochenta fortaleció la dinámica de los movimientos sociales en favor de la democratización, a través de negociaciones de los grupos dirigentes sociales y políticos con las cúpulas militares y la politización de la acción social colectiva, lo que motivó una estrecha relación entre la sociedad civil y los movimientos sociales que más adelante se verían afectados por los cambios en el modelo de acumulación del subcontinente que surgieron a partir de la Revolución Mexicana.
El incremento que se dio en los conflictos sociales se vio reflejado en varios momentos. El primero tuvo que ver con la defensa de la condición obrera dada por la dinámica capitalista y el proceso de desindustrialización de la economía, lo que generó resistencia y reacciones fuertes de los sindicatos y movimientos obreros. El segundo se relaciona con los procesos de urbanización con respecto a la industrialización en el marco de las exigencias de mejora de la calidad de vida urbana frente al desajuste entre el crecimiento del consumo colectivo en contraposición con recursos por parte del Estado para satisfacer este tipo de necesidades. Esto suscitó nuevas formas de acción colectiva, luchas urbanas a través de juntas, asociaciones vecinales y comités locales.
En tercer lugar, se gesta un nuevo conflicto relacionado directamente con la tierra y la etnicidad en el contexto de las reformas agrarias de cada país, ya que se presentaban problemas en cuanto al acceso a la tierra, la inequidad en el mercado y la ausencia de autonomía por parte de los campesinos, surgiendo así movimientos campesinos. En cuarto lugar, se formó otro conflicto referido a las limitaciones de desarrollo bajo los regímenes dictatoriales y las relaciones de poder que restringieron los derechos de los jóvenes en la participación en procesos y escenarios de recuperación y transformación de la democracia.
La dinámica de estos procesos democráticos confluyó en los partidos políticos por medio de sus proyectos, el Estado y la participación de otros actores, conformándose un campo de conflicto pues no hubo una implementación de reformas que buscaran regular las formas de dominación y relaciones de poder que se estaban desarrollando. Como lo escribió Carlos Filgueria, citado por Gutiérrez, (Gutiérrez, 2012, p.
Para el periodo de los noventa se dio paso a la mundialización capitalista en su forma neoliberal, la cual inicia por la formulación del economista británico John William con el Consenso de Washington, quien dio paso a un conjunto de políticas de corte neoclásico con el fin de lograr una estabilización económica a las recién instauradas economías de mercado adquiridas por las situaciones de protección y regulación que se estaban viviendo en ese momento. Algunas de estas políticas fueron “propuestas de ajuste estructural, orientadas a modificar sustancialmente el modelo de desarrollo por sustitución de importaciones (ISI), en el que el Estado desempeñaba un rol central como motor del crecimiento” (Lepre, 2008).
Las tendencias de lucha obrera fueron quizá la marca particular que constituyó no solo uno de los ejes más destacados de conflictividad social en Latinoamérica, sino que de una u otra manera tuvieron un papel destacado en la articulación de acciones de otros sujetos colectivos, lo que género el punto de ruptura entre los antiguos y nuevos movimientos sociales. En este sentido, “los actores pueden ser los mismo de los países del centro - Estado, trabajadores y consumidores, pero las convergencias pueden producir nuevas identidades que, como ya se ha dicho, no responden a interés a priori, sino que son construcciones históricas. Además, las identidades son múltiples: la gente puede movilizarse como mujeres o maestros, estudiantes o demócratas, trabajadores o socialistas. (Archila, 2005, p.
Las nuevas y anteriores formas de lucha en América Latina recogen múltiples formas de descontento que son el resultado de una sociedad civil inconforme y dispuesta a movilizarse y defender sus derechos, eliminando las brechas sociales ajenas al Estado y a los partidos políticos. Los sectores subordinados a partir de los años 40 fueron descubriendo una constante opresiva por parte del Estado, lo que generó una relación entre cultura y política frente al accionar de los movimientos sociales, puesto que estos no solo participan dentro de las culturas que forman parte de una sociedad, sino que a su vez inciden en la construcción de las políticas que promueven en los sujetos un sentido de ciudadanía y su relación estrecha con los nuevos espacios de lo público (redes sociales), aspecto que antes no se consideraba importante en la dinámica de los movimientos sociales.
Es así que, por medio de la constatación que resulta del seguimiento de los conflictos sociales en América Latina, no solo se reconocen las trasformaciones estructurales que impuso el neoliberalismo sobre todos los procesos de la vida cotidiana y las reivindicaciones sectoriales que cuestionaban la política y la economía neoliberal, sino que a su vez la legitimidad de las políticas de los gobiernos en América Latina. La universidad expresa día a día los anhelos por acceder a los mecanismos de ascenso social y así cumplir los requerimientos del sistema productivo, lo que motiva la aparición de más carreras técnicas y menos humanistas.
Así, la universidad pasa de representar a la pequeña burguesía, a las nuevas capas medias. La problemática estudiantil se piensa además desde el ámbito del egreso de los técnicos y los intelectuales a la vida laboral, como la aspiración a cambios democráticos en la sociedad. Es por esto que los movimientos estudiantiles latinoamericanos buscan un poder alterno, no necesariamente formal, que les permita adquirir autonomía frente a las formas de vida y desarrollo humano, en donde uno de los ejes sea la vivencia de los derechos humanos y la eliminación de un estado opresor.
Si la primera misión de la universidad es la formación de técnicos y científicos que creen, programen, dirijan y organicen el proceso productivo, es lógico deducir que al no poder las economías de nuestros países impedírselo, la estructura de poder internacional dentro de la cual están inscritas y de la cual dependen, producir medios de producción, esta función científica y técnica de la universidad no tiene vigencia, no tiene ámbito. (Hurtado, 2011, p.
Según (Hurtado, 2011, p. 51), “la revolución rusa, el surgimiento de un incipiente capitalismo y la primera guerra mundial son los tres hechos cardinales, que unidos entre sí, penetrándose y generándose recíprocamente, crean las condiciones y las necesidades para el replanteamiento de la misión de la universidad”. Fue a partir de todo el marco socio-económico e histórico-político que se había configurado en la sociedad latinoamericana que estalló el grito de Córdoba, en un principio como articulación de ese nivel ideológico con los demás elementos de crisis social, y que permitió el movimiento reformista iniciado allí y que se propagó a las demás universidades argentinas y otr...
Fourth is exposed in Colombian student movement giving to know its emergence and joints of the policies social and economic since the reform of the Education Act 30 of 2011 about the base is given to this know the statement of requests the current student movement National Bureau Wide Student (MANE) embodied in its program minimum.
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