Desde los sectores progresistas, aparecen ambigüedades en cuanto a los análisis, propuestas y opciones, ya que, en general, los sectores de izquierda no parten en su análisis desde realidades objetivas, sino desde la superficialidad, sin entrar en las causas estructurales de los conflictos.
El Concepto de Clase Social en Marx
El concepto de clase social no es originario de Marx, pero fue él quien le dio un estatuto teórico amplio. Las clases sociales según Marx están fundadas en criterios económicos y tendrían un carácter de reciprocidad, es decir, que existen relaciones de dependencia entre las distintas clases sociales dentro de la estructura social y, de hecho, unas se definen por contraposición a otras, dependiendo de la relación que mantienen con la propiedad de los medios de producción.
Marx advierte sobre equivocar el concepto de clase social con los niveles de ingresos del trabajador o con el tipo de ocupación, situación que es común en el análisis económico burgués. Por el contrario, para Marx, la sociedad se divide en base a la propiedad o no de los medios de producción. El llamado lumpen proletariado, por su parte, no es una clase sino un estrato claramente diferenciado del proletariado industrial.
La existencia y funcionamiento de las clases se encuentra subordinada al modo de producción dominante propio de cada formación social concreta. Pero a su vez estas clases en su interior se dividen en fracciones de clase que son los subgrupos en que se fragmenta una clase y que reflejan diferenciaciones económicas importantes. Son las denominadas clases intermedias.
Esta “clase media” sería una franja limítrofe y su importancia política estriba porque precisamente en contextos políticos de mayor polarización tienden a alinearse con una de las dos clases fundamentales y antagónicas. Y esto se debería a la existencia de una conciencia de clase, a la conciencia de los intereses comunes del grupo y del antagonismo con respecto de los intereses del otro. Realidad que sería el motor del cambio social que anunciaba el manifiesto comunista.
En el caso de Marx, la clase obrera cubría la necesidad de un sujeto histórico que protagonizase el cambio revolucionario, una hipótesis que solo podía demostrarse en la práctica política. Hoy la clase trabajadora ligada a los procesos productivos, tiene un perfil tecnológico, ligado a procesos altamente tecnificados o informatizados, muy diferentes al obrero manual de antaño.
Para el marxismo la función principal de una organización social es la satisfacción de las necesidades primarias del individuo, o sea sus necesidades de alimentación, vivienda y vestimenta. Los Medios por los que el individuo consigue estos bienes, tienen un papel esencial para comprender los fundamentos últimos sobre los que se asienta cualquier sociedad.
“Las clases sociales son grupos sociales antagónicos en que uno se apropia del trabajo del otro a causa del lugar diferente que ocupan en la estructura económica de un modo de producción determinado, lugar que está determinado fundamentalmente por la forma específica en que se relaciona con los medios de producción”. Esta aseveración hecha por Marx y Engels hace 170 años, sigue siendo una realidad en la sociedad capitalista.
Conciencia de Clase y Alienación
La conciencia de clase consiste justamente en comprobar por parte del trabajador de la existencia de la alienación económica, política, social y religiosa en la que vive en una sociedad dividida en clases, en este caso de la sociedad capitalista. De lo que se trata es de develar el carácter de la propiedad privada y el rol fundamental que tiene el lugar que se ocupa en la producción de bienes materiales.
La dominación de la burguesía sobre el proletariado es un hecho y el poder entender esta situación que proviene del antagonismo fundamental de clases es la conciencia de clase. El concepto de la alienación Marx lo desarrolla en sus Manuscritos Económicos-Filosóficos del año 1844. Marx le otorga un contenido socio-económico al concepto de la alienación, al señalar, que la alienación y deshumanización de la sociedad se debe al trabajo alienado.
En el análisis de Marx se distingue entre la clase en sí y la clase para sí. En otras palabras, la existencia de una clase como tal (existencia objetiva) y por otro lado, al conjunto de personas que conforman dicha clase, pero conscientes de su posición y situación histórica.
Es el mundo de las ideas, creencias, formas que adquiere el poder del Estado, el Gobierno, la justicia, el parlamento, las Fuerzas Armadas y las normas que lo rigen, que no son eternas e inamovibles, sino que obedecen a una determina forma histórica de la estructura económica. Por otro lado, las grandes movilizaciones sociales actúan como catalizadores de la propia conciencia de clase, que nos permite pasar de una lucha por reivindicaciones particulares y limitadas, a una lucha política, en que está en juego el poder, por determinar grandes cambios sociales que pueden finalizar en transformaciones revolucionarias.
A principios del siglo XX ocurrieron grandes discusiones en torno a la idea de la actuación política de una vanguardia consciente sobre el conjunto de la masa de trabajadores. Esa teoría revolucionaria tenía que ver directamente con que los trabajadores asumieran una clara conciencia de clase.
Para Luis Emilio Recabarren, el elemento distintivo del proletariado es su capacidad de crear organizaciones sociales y políticas, independientes y autónomas, para así lograr mayores progresos, tanto en el orden social como moral. La conciencia empírica es aquella observable e identificable en la expresión de ideas de los individuos que comparten el mismo lugar dentro de las relaciones de producción.
Si recordamos a Marx, la conciencia de clase empírica se correspondería con la clase “en sí”. Por otro lado, la conciencia de clase adscrita sería la coherencia entre el origen de las relaciones de producción en el modo de producción capitalista, el papel que históricamente corresponde a esa clase y la organización política que necesita para la toma del poder que implicaría la desaparición de la propia clase.
Son solamente el proletariado y la burguesía las clases fundamentales de la estructura capitalista. El proletariado se encuentra ante un reto mucho más importante que cualquier otra clase protagonista del cambio del modo de producción a lo largo de la Historia: se encuentra ante una transformación consciente de la misma, alejada del ser socialmente dado de la clase.
En una y otra se reconoce como característica esencial de la clase una posición antagónica con su clase opuesta (las condiciones que Marx explica en el concepto “clase en sí”). Mészáros aclara esta definición cuando expresa que la conciencia de clase contingente es un estado psicológico de tal colectividad respecto de su papel en las relaciones de producción. Dentro de esta noción, la ‘dimensión ontológica de clase’ lleva consigo todas las variaciones de las condiciones de vida del proletariado, ya que estas se dan en las condiciones estructurales en las que la expansión del capital depende del mantenimiento de la explotación del proletariado, de la que se deriva el proletariado como clase.
Base, Superestructura y Hegemonía
La sociedad está dividida, según Marx en base y superestructura. Mientras que la primera la componen las relacionas económicas, la segunda, dependiente de la base, está conformada por el sistema jurídico, político y social. Se abre entonces la posibilidad de que aquella superestructura, en la que se pueden enmarcar los medios de comunicación, haga tambalear los cimientos de la base.
La hegemonía es el resultado de que una clase dominante sea capaz de obligar a una clase social subordinada o minoritaria a que satisfaga sus intereses, además de ejercer un control total en las formas de relación y producción de esta. Para la consecución de esta hegemonía es imprescindible adueñarse de los agentes culturales, entre los que destacan los medios de comunicación.
El discurso de Sociedad Civil elimina, el concepto de clase y sus contradicciones, por ello es capaz de concentrar el análisis de la desigualdad y la pobreza, desde sus apariencias pero sin llegar a sus causas. Sin embargo, la democratización política reflejada en la creciente participación de la sociedad civil en los procesos de toma de decisiones políticas también podría legitimar a la sociedad capitalista. El concepto de la sociedad civil es importante para la lucha contra el capital, ya que podría ayudar a reunir una amplia gama de movimientos sociales detrás de la consigna de la democratización de la sociedad capitalista.
El Postcapitalismo y el Arte
El autor va a enmarcar a las teorías postcapitalistas en las tendencias políticas y sociales de fines del siglo XX y principios del XXI: el contradictorio panorama de crisis del “comunismo oficial” tras la caída del Muro (aunque lo define muy someramente) y del movimiento obrero tras la avanzada neoliberal pero, a su vez, el ascenso de diversos movimientos que repolitizan problemas sociales cuyas causas también son achacables al capitalismo.
De esa desagregación también serían herederos las teorías postcapitalistas actuales, que se desarrollan en paralelo al crecimiento de una “política prefigurativa” que demanda a los activistas “crear en el aquí y ahora el mundo que te gustaría ver” más que “comprometerse con un fin colectivo mediante medios vanguardistas” y que rechazan la revolución entendida como “toma del aparato de Estado”, la lucha de clases como foco desde donde analizar los cambios sociales, y al movimiento obrero y al trabajo mismo en la medida en que son percibidos como parte de un ideario productivista ensalzado por el sistema pero que también fue parte del imaginario del “socialismo realmente existente”.
En esa ruta, el marxismo no solo no es un obstáculo sino que es una herramienta, aunque también allí será necesario desbrozar conceptos propuestos por sus distintas vertientes (y no solo por sus adversarios). Un eje que será central para el autor es que la famosa sentencia de Marx según la cual las fuerzas productivas están encorsetadas por las relaciones de producción (y que en una sociedad postcapitalista podrían liberarse) debe leerse distinguiendo “producción de valor” de “producción de riqueza”: la producción impulsada por la acumulación de valor es la cadena que constriñe la producción impulsada por el uso y la necesidad.
El capitalismo no se caracteriza “por la presencia del trabajo” sino “por la dominancia del trabajo abstracto (la producción de valor) sobre el trabajo concreto (la producción y mantenimiento de la riqueza material)”. Desde este punto de vista, el postcapitalismo contemporáneo se parecería más al socialismo utópico del siglo XIX, que buscaba un éxodo del capitalismo más que terminar con el sistema.
Adentrándose en el problema que origina el libro, lo que Beech registra es que, a diferencia de lo que ocurría en el “postcapitalismo histórico”, el actual no es art-friendly. El arte no forma parte de sus distintas prefiguraciones de un mundo postcapitalista. Para encarar esta contradicción, Beech se propone resituar el origen histórico de esta “hostilidad” del arte al capitalismo, poniendo eje en su relación con el trabajo.
El enfoque de Beech tiene la ventaja de adentrarse en aspectos económicos-sociales menos tratados en los recuentos filosóficos habituales de la estética. Pero ello también, creemos, es la fuente de sus flancos débiles. El arte no es el prototipo de un trabajo liberado de la producción de valor. Para discutir las conceptualizaciones que existen dentro del marxismo será necesario remontarse a las lecturas de los manuscritos de 1844 donde Marx discute el problema del trabajo alienado, y que han sido interpretados polémicamente por distintas variantes marxistas durante el siglo XX: o como antídoto a la ortodoxia stalinista, o como escritos de juventud que habrían sido dejados de lado posteriormente o como un material que con sus diferencias tiene continuidad, sin embargo, en El capital.
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