El artículo intenta conectar los cambios en las nuevas formas de ser joven con las transformaciones históricas del trabajo ocurridas en la segunda mitad del siglo XX. Se presenta parte de la discusión teórica que guía la reflexión de estos procesos como una manera de contextualizar el análisis de la conversación que producen jóvenes sobre el trabajo. Finalmente se intenta ligar los temas que ordenan los discursos de los jóvenes con algunas de las apuestas que circulan en el debate actual sobre el futuro del trabajo.
Transformaciones del Trabajo y la Sociedad
Un tópico que recorre la reflexión sobre la sociedad y la cultura contemporáneas es el de la transformación. Todo pareciera haber cambiado. Las figuras de lo sólido que pasó a líquido o se desvaneció en el aire, el uso de los prefijos neo y post, o del verbo advenir, expresan el sentimiento de unas generaciones que tuvieron la experiencia de vivir tiempos de profundas transformaciones en el orden mundial. El trabajo es clave: lo que se transformó fue una forma de sociedad estructurada en base al trabajo.
Trabajo en una fase específica del modo de producción capitalista: la fase de expansión y consolidación mundial del capitalismo industrial. Es la sociedad de la postguerra, de los diferentes tipos de socialismo, socialdemocracia y nacional-populismos, que fueron formas políticas de organizar el desarrollo industrial. Unos dirigiendo la economía desde el centro del aparato estatal; otros -las socialdemocracias y los Estados desarrollistas- fomentando la industrialización con recursos fiscales, regulando jurídicamente la relación empresarios/trabajadores, y asumiendo el «pleno empleo» como mecanismo de integración social (Sunkel, 2007).
Al trabajar se adquirían derechos sociales y políticos, se accedía a bienes de consumo, se adoptaban formas de vida, se participaba de espacios que eran fuente de identidades individuales y colectivas. Por eso algunos analistas las definen con razón como sociedades fundadas en el «paradigma» del trabajo. Fue esta organización característica de los Estados benefactores europeos, del new deal norteamericano y los desarrollismos latinoamericanos la que cayó en crisis a comienzos de los setenta.
La crisis fue también de la organización fordista del trabajo, que fue la forma en que se organizó la producción en esta fase del capitalismo industrial. Basado en el control de los tiempos de producción, el fordismo producía mercancías en masa a bajo costo que eran consumidos por la misma masa trabajadora del «pleno empleo». Así se aseguraba un ciclo de circulación soportado y a veces regulado por políticas de precios, protección social y provisión estatal de servicios públicos (cf. Gorz, 1998).
Ese modelo de producción y acumulación fue el que entró en crisis. Las explicaciones han sido varias: las más triviales de la época se la atribuyeron a la inflación, la irresponsabilidad de los sindicatos, la inoperancia monetaria de los Estados y el alza del petróleo, pero en el fondo se trató de una crisis de acumulación del modelo: las empresas no estaban ganando todo lo que querían (Gamble y Walton, 1977). Para salir de la crisis el empresariado abandonó los postulados keynesianos, cambió la organización interna de las empresas y sus representantes ideológicos presionaron políticamente para reducir las funciones reguladoras de los Estados y la magnitud de los impuestos que servían para financiarlas.
Esos fueron los primeros pasos para una reformulación completa del orden internacional. Los paradigmas de la industrialización y el desarrollo dominantes en gran parte de los países occidentales fueron reemplazados por el «fundamentalismo mercadocéntrico» (Sunkel, 2007). La producción se liberó a las fuerzas del mercado, el crecimiento se entregó a la empresa privada, los servicios públicos se privatizaron y el rol económico del Estado se redujo a subsidiar algunas actividades y arrojar salvavidas a los sacrificados por el sistema.
La avalancha de cambios fue veloz. La innovación tecnológica permitió a las empresas reducir la mano de obra, separó las operaciones en una cadena de departamentos, muchas empezaron a trasladar sus centros productivos a países con mano de obra más barata, los excedentes de la producción los invirtieron en capital financiero, la aplicación intensiva de tecnología produjo desempleo estructural, parte del desempleo se absorbió en el sector de servicios privados, eso «tercerizó» fuertemente la estructura de la economía y el empleo, también volvió a feminizar la fuerza de trabajo, la crisis de principios de los ochenta propagó las reingenierías, el outsourcing, la flexibilidad, la separación por equipos de trabajo, eso agravó la anemia del sindicalismo, carta blanca para reducir, individualizar, desregular, desproteger y precarizar las relaciones laborales, y ayudar a que el desempleo estructural desembocara en informalidad masiva.
Nuevos Enfoques Teóricos
El análisis de estos procesos generó nuevos enfoques teóricos. Los trabajos de Touraine y de Bell sobre la sociedad postindustrial (Touraine, 1971; Bell, 1976) o del mismo Touraine sobre los «nuevos movimientos sociales» (Touraine, 1976) fueron algunas de las teorías sociológicas que se formularon la noción de cambio de época. El diagnóstico fue que ya no se trataba de una sociedad estructurada en clases, con identidades determinadas por posiciones en la estructura social, con actores definidos por su posición en las relaciones sociales de producción y representados por partidos que se disputaban el control del Estado y la economía.
La organización de la producción ahora dependía cada vez más de la tecnología y el conocimiento, las pautas de acción de los individuos pasaban a ser cada vez más dirigidas por los manipuladores de símbolos, mientras la «clase obrera» dejaba de ser el único «sujeto histórico» para ser reemplazada por nuevos movimientos fundados en torno a identidades culturales. Eso significaba que el conflicto social se estaba trasladando desde lo económico a «lo cultural», pues cada vez más sería el conocimiento el factor de estructuración social (Bell, 1976), y la cultura el eje de la lucha por la historicidad (Touraine, 1971).
En las décadas de los ochenta y noventa, cuando la revolución tecnológico-informática se instala como eje del capitalismo financiero transnacional, el desempleo estructural se profundiza en gran parte del mundo y luego caen los «socialismos reales», cobraron fuerza nuevas teorías que hablaban de una sociedad que ya definitivamente despegaba su base del trabajo. El núcleo común de las teorías sobre el fin del trabajo es que la automatización de los procesos productivos, la expansión de la economía de servicios y el aumento del desempleo no sólo cuestionaban el concepto moderno de trabajo, sino que le quitaban también su centralidad en la producción de vínculos sociales y valores culturales (cf. Offe, 1985; Méda, 1995).
Las versiones más optimistas vieron en este escenario la superación de la sociedad salarial. Si ahora las máquinas eran los verdaderos agentes productivos, si cada vez menos personas estaban sometidas a las penurias inherentes al trabajo, si quienes trabajaban lo hacían menos tiempo, y si las nuevas estrategias empresariales reemplazaban las identidades de clase por las «identidades de empresa» (Gorz, 1998), entonces se abría un espacio para construir una nueva forma de organización social que descansara en identidades y valores liberados del trabajo.
La sociedad fundada en el paradigma cultural del trabajo era una construcción histórica, no la expresión de una esencia (Méda, 1995). Pretender, entonces, que el trabajo siguiera siendo la única fuente para establecer lazos sociales, para definir valores comunes e incluso alcanzar estatus, equivalía a seguir sometiendo el vínculo social a relaciones mercantiles en desmedro de relaciones comunitarias y comunicativas, o de actividades realmente realizadoras de la condición humana fundamental: la de homo politicus.
Los problemas del desempleo y la subsistencia se podrían resolver ampliando un «tercer sector» de servicios sociales y comunitarios, incluso voluntarios (cf. Rifkin, 1996), o reduciendo los tiempos de trabajo necesarios para satisfacer las necesidades materiales y garantizar un ingreso de existencia que dieran el tiempo y las condiciones para liberar la vida y la creatividad (cf. Gorz, 1998).
La difusión de estas teorías tuvo la virtud de reponer la discusión sobre el trabajo como un tema clave para las sociedades contemporáneas, aunque el desarrollo de esa misma discusión fue revelando la inconsistencia de varios de sus supuestos. Las críticas más articuladas provienen del pensamiento marxista, que bien comparte la utopía de la superación de la sociedad salarial y liberación del trabajo, pero cuestiona por apresuradas y sin fundamento las hipótesis algo ilusas o románticas sobre el advenimiento pleno de una sociedad ya liberada. Románticas porque creyeron que la reducción de la cantidad personas que trabajan en la industria y la cada vez mayor cantidad de personas que tienen como actividad servicios personales o comunitarios del «tercer sector» reflejaban un avance hacia la reducción del trabajo, sin darse cuenta que lo que en fondo produce es someter a relaciones mercantiles esferas de la vida que antes le eran ajenas y que es justamente lo que se quisiera evitar.
Lo de ilusas es por un error conceptual: confundir trabajo con empleo asalariado en su formato fordista. Resulta innegable que en las últimas décadas se ha reducido el trabajo relativamente estable y bien remunerado de la industria y la administración pública característicos de las «tres décadas de oro del capitalismo industrial»; tampoco se puede negar que la tecnologización de los procesos productivos ha reducido los tiempos y la cantidad de trabajadores que ocupa la producción, pero ninguna de estas condiciones es suficiente para hablar de una sociedad que se estructura por fuera del trabajo.
Primero porque el trabajo, como actividad, es un principio antropológico inherente a la especie humana: como ser biológico, su sobrevivencia depende y seguirá dependiendo de la relación que establezca con la naturaleza. Por lo mismo, más que una superación del trabajo, lo que se produce es un cambio de significados, algo esperable si se asume que los significados son construcciones sociales sujetas a relaciones de poder (De la Garza, 2002). Segundo, porque el trabajo asalariado que se supone en retroceso sigue siendo la condición laboral más extendida en todo el mundo. Como ironiza De la Garza, la clase que «vive sólo de jugar en las bolsas de valores» o, como Bourdieu, la clase que «tiene tiempo para perder el tiempo», son una porción sumamente reducida de la población mundial. Para el resto, la mayor parte de los habitantes del planeta, el trabajo asalariado sigue siendo el principal medio de subsistencia y la principal actividad diaria.
Tampoco es totalmente cierta la hipótesis que plantea el definitivo traspaso del trabajo a los circuitos tecnológicos. Los robots redujeron la cantidad de trabajadores, pero engrosaron el desempleo y la informalidad. Tampoco han reducido los tiempos de trabajo. Al contrario, en muchos casos incluso han aumentado. La distribución flexible de los tiempos crea la impresión de menos tiempo de trabajo, pero las «nuevas formas de contratación» que adoptan las empresas imponen condiciones flexibles -trabajos por comisión o sujetos a metas- que amarran el salario a un aumento de los tiempos de trabajo.
La tendencia también alcanza a los profesionales liberales, que en teoría se podrían dar mayores grados de libertad para disponer de su tiempo, pero muchas veces intensifican sus horas de trabajo hasta superar las jornadas legales. En definitiva: para toda la-clase-que-vive-del-trabajo se hace insostenible la tesis sobre una subjetividad separada del trabajo.
Quienes han venido trabajando las teorías del trabajo inmaterial explican cómo las exigencias de la «producción flexible» postfordista exige a los trabajadores adecuarse a las «demandas del mercado», ser polivalentes funcionales, estar preparados para manejar códigos y señales en vez de habilidades corporales cultivadas por la repetición Todo eso atrapa completamente la subjetividad, involucra al sujeto en sí, absorbe sus conocimientos, sus capacidades lingüística, comunicativa, de interacción, trabajo en equipo, etc., y al hacerla exigencia permanente, de preparación constante, borra la frontera entre tiempos de trabajo y no-trabajo (Virno, 2003).
Algo similar ocurre con las nuevas formas de trabajo que se expanden con los avances informáticos, presentadas como formas liberadas de trabajo autogestionado, pero que más calzan con estrategias de las empresas para reducir los costos de inversión en tecnología y el gasto por relaciones formales de trabajo. Es la idea de Huws, que llama cyberproletariado al trabajo de programadores, teletrabajadores y otras modalidades vinculadas a la industria informática (Huws, 2003).
La Remuneración en el Código del Trabajo
Es importante definir el concepto de remuneración en el contexto del Código del Trabajo. Se entiende por remuneración las contraprestaciones en dinero y las adicionales en especie avaluables en dinero que debe percibir el trabajador del empleador por causa del contrato de trabajo. La remuneración aparece, por tanto, como uno de los elementos que son de la esencia misma del contrato, al punto que se afirma que si ésta no existe, el contrato se tendrá por imperfecto.
En esta relación contrato-remuneración, aparece como un rango distintivo de este instrumento, el que tenga el carácter oneroso, es decir, los contratantes se gravan en beneficio el uno del otro; tanto el empleador como el trabajador, por su parte, tendrán que entregar algo a cambio, en favor de la contraparte, para alcanzar lo que pretenden, trabajo-remuneración. Así tratándose del empleador tendrá que remunerar los servicios que se le presten y cumplir por cierto con las demás obligaciones que la ley le impone; el trabajador, por su parte, y restringiendo como tal su libertad de acción, concurrirá con su esfuerzo a la consecución de las prerrogativas o derechos que nacen de las prestaciones del primero.
De lo antes expuesto dimana por consiguiente que en la legislación nacional la remuneración está asociada con la prestación efectiva de servicios, es decir, necesariamente debe existir una relación directa con el trabajo, de lo contrario implicaría concebirla como un emolumento a título gratuito, lo que no se condice con la naturaleza del vínculo contractual laboral. En estas situaciones de excepción, no siempre se requiere de una prestación efectiva de servicios para tener derecho a remuneración, sino que también en aquellos casos en que éstos no pueden verificarse con motivo de imprevistos ajenos a la voluntad del dependiente, pero cuando se ha estado a disposición del empleador para prestar las funciones convenidas.
Para que una contraprestación pueda denominarse remuneración ha de tratarse de dinero o, de modo adicional al dinero, especies avaluables en dinero, teniendo como causa de la misma el contrato de trabajo. Asimismo, se desprende de la nueva normativa que ésta, al ser de carácter general, no resultaría aplicable a aquellos contratos regidos por normas especiales, sobre todo aquellos respecto de los cuales el legislador ha establecido reglas de ese carácter en cuanto tipo de contrato, duración, renovación, entre otras características. Tal es el caso del contrato de aprendizaje, del contrato de los trabajadores embarcados o gente de mar y de los trabajadores portuarios eventuales y del contrato de los deportistas profesionales y trabajadores que desempeñen actividades conexas.

