«El hombre tiene que imitar a Dios tanto trabajando como descansando, dado que Dios mismo ha querido presentarle la propia obra creadora bajo la forma del trabajo y del descanso» [1]. Estas palabras de Juan Pablo II hacen referencia al relato de la Creación, primer «evangelio del trabajo» [2].

El autor sagrado, después de narrar cómo Dios, durante seis días, da la existencia al cielo, a la tierra y a todo su ornato, concluye: "Terminó Dios en el día séptimo la obra que había hecho, y descansó en el día séptimo de toda la obra que había hecho. Y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó, porque ese día descansó Dios de toda la obra que había realizado en la creación" [3]. A partir de entonces, corresponde al hombre perfeccionar esa obra divina mediante su trabajo [4], sin olvidar que él es también criatura, fruto del amor de Dios y llamado a la unión definitiva con Él.

El descanso del día séptimo, que Dios santifica, tiene para el hombre un hondo significado: además de una necesidad, es tiempo apropiado para reconocer a Dios como autor y Señor de todo lo creado, y anticipo del descanso y alegría definitivos en la Resurrección. La familia, espacio espiritual, es una escuela para aprender a descansar pensando en los demás.

Situar el Trabajo y el Descanso

El trabajo es un don de Dios y la misma creación es ya una llamada [7]: el hecho de que Dios llame a la existencia a una criatura libre, y la cree por amor, lleva implícita una vocación a corresponder. El trabajo es ámbito de encuentro entre la libertad creadora de Dios y la libertad del hombre, lugar de respuesta, y por tanto de oración hecha obras y de contemplación. Viendo la mano de Dios en todas las cosas, y especialmente en los demás hombres y en sí misma, la criatura se esfuerza para llevar todo a la perfección querida por Dios, buscando así su propia plenitud.

La invitación divina a trabajar es consecuencia de un corazón de Padre que quiere contar con la colaboración de sus hijos. El esfuerzo que esa tarea conlleva ha de ser humilde, filial, respuesta de amor y no iniciativa autónoma que busque la propia gloria.

Al mismo tiempo que nos invita a colaborar con Él, sabe que nuestra naturaleza es frágil y quebradiza. Como se deduce del relato de la creación, «la alternancia entre trabajo y descanso, propia de la naturaleza humana, es querida por Dios mismo» [9].

Sabiendo que somos de Dios y que no nos pertenecemos, tenemos la responsabilidad de cuidar la salud, de estar en condiciones de dar a Dios toda la gloria. Esta necesidad parte, en primer lugar, de la limitación física. Sobrestimar las propias fuerzas o un espíritu de sacrificio mal entendido podrían dar lugar a daños en la salud que Dios no quiere y que, a la larga, condicionarían la disponibilidad para servirle.

El descanso es también una necesidad espiritual, «es una cosa sagrada, siendo para el hombre la condición para liberarse de la serie, a veces excesivamente absorbente, de los compromisos terrenos y tomar conciencia de que todo es obra de Dios» [11]. Salir de las exigentes solicitaciones -plazos, proyectos, riesgos, incertidumbres- que demanda el trabajo profesional, facilita el sosiego necesario para redimensionar la existencia y la propia tarea. Saber despegarse periódicamente de esos reclamos supone, en ocasiones, un acto de abandono en el Señor, y contribuye a relativizar la importancia material de lo que hacemos, «persuadidos de que las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio» [12].

Trabajamos por fidelidad, por amor, para que Dios se sirva -ha querido servirse- de nuestra entrega, sin atribuirnos la eficacia: ni el que planta es nada, ni el que riega, sino el que da el crecimiento, Dios [13]. La interrupción de la tarea habitual ayuda a valorar la desproporción entre nuestra aportación personal y los frutos de santidad y de apostolado que produce. Si somos objetivos, con la objetividad que dan la fe y el trato con el Señor, veremos que también el esfuerzo que ponemos en el trabajo es don de Dios que sostiene, guía y empuja.

El trabajo profesional -en el laboratorio, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia-, siendo el eje de la santidad, y la actividad que de algún modo estructura la existencia, no debe absorber otras facetas igualmente importantes. Dedicar tiempo a la familia, a los amigos; emplearlo para incrementar la formación y la cultura y para tratar al Señor con más calma suponen también excelentes ocasiones para buscar la santidad en las que «las preocupaciones y las tareas diarias pueden encontrar su justa dimensión: las cosas materiales por las cuales nos inquietamos dejan paso a los valores del espíritu; las personas con las que convivimos recuperan, en el encuentro y en el diálogo más sereno, su verdadero rostro» [15].

El descanso responde también, por tanto, a la necesidad de vigilar, de pararse a rectificar el rumbo para poner a Dios en el centro y descubrirle en los demás. Reponer fuerzas en el cuerpo y en el espíritu: un cambio de actividad -el descanso no es no hacer nada-, que se distancia de las preocupaciones diarias, situándolas en su justa medida.

El obrar de Dios es el modelo del obrar humano. Si Dios tomó respiro el día séptimo, también el hombre debe reponerse y hacer que quienes están a su lado, especialmente los más necesitados, recobren aliento [16]. «En esta perspectiva, el descanso dominical y festivo adquiere una dimensión profética, afirmando no sólo la primacía absoluta de Dios, sino también la primacía y la dignidad de la persona en relación con las exigencias de la vida social y económica, anticipando, en cierto modo, los cielos nuevos y la tierra nueva, donde la liberación de la esclavitud de las necesidades será definitiva y total. En resumen, el día del Señor se convierte así también, en el modo más propio, en el día del hombre» [17].

Anticipo de la Resurrección

Con la plenitud de la Revelación, en Cristo, el trabajo y el descanso alcanzan una comprensión más plena, insertados en la dimensión salvadora: el descanso como anticipo de la Resurrección ilumina la fatiga del trabajo como unión a la Cruz de Cristo. «Mi Padre sigue obrando todavía... (Jn 5, 17); obra con la fuerza creadora, sosteniendo en la existencia al mundo que ha llamado de la nada al ser, y obra con la fuerza salvífica en los corazones de los hombres, a quienes ha destinado desde el principio al descanso (Hb 4, 1; 9-16) en unión consigo mismo, en la casa del Padre (Jn 14, 2)» [18].

Así como en Cristo, Cruz y Resurrección forman una unidad inseparable, aunque sean dos acontecimientos históricos sucesivos, análogamente, el trabajo y el descanso deben estar integrados en unidad vital. Por eso,más allá de la sucesión temporal, del cambio de ocupación que supone el descanso respecto al trabajo, se descansa en el Señor, se descansa en la filiación divina. Esta nueva perspectiva introduce el descanso junto al propio trabajo, como una tarea filial, sin quitar al trabajo lo que tiene de esfuerzo y fatiga.

Lo que queda excluido es otro género de cansancio bien distinto, que se deriva de trabajar por el orgullo de buscar como meta suprema la afirmación personal, o de trabajar sólo por motivos humanos. Ese cansancio, Dios no lo quiere: En vano madrugáis, y os vais tarde a descansar los que coméis el pan de fatigas [19].

Descansad, hijos, en la filiación divina. Dios es un Padre, lleno de ternura, de infinito amor. Llamadle Padre muchas veces, y decidle -a solas- que le queréis, que le queréis muchísimo: que sentís el orgullo y la fuerza de ser hijos suyos [20]. Esa fuerza de ser hijos de Dios conduce a un trabajo más sacrificado, a una mayor abnegación, hasta abrazar la Cruz de cada día con la fuerza del Espíritu Santo, para cumplir ahí la Voluntad de Dios, sin desfallecer; permite trabajar sin descanso, porque el cansancio del trabajo pasa a ser redentor. Entonces, vale la pena empeñarse con todas las energías en la tarea porque ya no sólo se están obteniendo frutos materiales, sino que se está llevando el mundo a Cristo.

Cuando se trabaja con esa disposición, más allá del esfuerzo humano de hacer fructificar los talentos, aparece el fruto sobrenatural de paz y alegría: Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor [21], y la fecundidad apostólica: Muy bien, siervo bueno, porque has sido fiel en lo poco, ten potestad sobre diez ciudades [22].

Por lo tanto, el trabajo «no puede consistir en el mero ejercicio de las fuerzas humanas en una acción exterior; debe dejar un espacio interior, donde el hombre, convirtiéndose cada vez más en lo que por voluntad divina tiene que ser, se va preparando a aquel “descanso” que el Señor reserva a sus siervos y amigos» [23].

En el episodio de la Transfiguración se narra que seis días después de anunciar su Pasión y muerte, Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan su hermano, y los condujo a un monte alto, a ellos solos. Y se transfiguró ante ellos [24]. Santo Tomás, comentando este pasaje, relaciona el día séptimo en el que Dios descansó de la obra creadora con el séptimo día -seis días después- en que el Señor se manifestó a sus discípulos para mostrarles un anticipo de la Resurrección gloriosa, para que, levantando la mirada, no se quedasen en una visón terrena [25].

Los tres discípulos, admirados ante la contemplación de la gloria, ante la presencia del fin al que están llamados, expresan la alegría de descansar en el Señor y con el Señor: qué bien estamos aquí; si quieres haré aquí tres tiendas [26] -afirma Pedro-, viviendo anticipadamente la alegría y la paz del Cielo. Ese momento no iba a perpetuarse todavía. Sin embargo, la luz y la paz del Tabor serán fuerza para continuar el camino que, pasando por la Cruz, conduce a la Resurrección.

También nosotros hallamos descanso en el abandono filial: la paz y la serenidad de quien sabe que detrás del cansancio, las dificultades y las preocupaciones propias de nuestra condición terrena, hay un Padre eterno y omnipotente, que nos sostiene. Trabajar con visión de eternidad evita preocupaciones inútiles y desasosiegos infecundos y anima cualquier tarea con el deseo de ver definitivamente el rostro de Cristo.

Santificar el Descanso y las Diversiones

Los primeros cristianos vivían su fe en un ambiente hedonista y pagano. Desde el principio, se dieron cuenta de que no se puede compatibilizar el seguimiento de Cristo con formas de descansar y de divertirse que pervierten y deshumanizan. San Agustín, en referencia a espectáculos de este tipo, decía en una homilía: «Niégate a ir, reprimiendo en tu corazón la concupiscencia temporal, y mantente en una actitud fuerte y perseverante» [28].

Es preciso discernir «entre los medios de la cultura y las diversiones que la sociedad ofrece, los que estén más de acuerdo con una vida conforme a los preceptos del Evangelio» [29]. No se trata de permanecer en un ambiente cerrado. Es necesario ponerse en marcha, con iniciativa, con valentía, con verdadero amor a las almas, de modo que cada uno nos esforcemos para transmitir en los ambientes sociales el sentido y el gozo cristiano del descanso.

“Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano”.- 1 Corintios 15:58.

Todo lo que hacemos para el Señor, por pequeño que parezca, tiene su premio. A veces nos desanimamos no viendo resultados positivos en nuestra labor, pero el Señor no nos premia de acuerdo a nuestros criterios, sino de acuerdo a los suyos; y según ellos, el más pequeño trabajo que realicemos para Él dará su fruto y tendrá una recompensa.

Mientras todos duermen y el silencio envuelve las calles de Santiago, los azules ojos de José Maulen, esos que proyectan la sinceridad que le ha hecho ganarse el cariño de gran parte de la comunidad UDALBA, están atentos y dispuestos desde las cinco de la mañana.

“Levantarme tan temprano me hace sentir una persona responsable que, sin importar lo que suceda, cumple con sus obligaciones. Llegué hace 11 años a trabajar a la universidad, primero como guardia y, posteriormente, me dijeron que estaba capacitado para otras cosas, así que me designaron auxiliar de servicio. Básicamente, lo que me toca hacer es arreglar lo que haga falta, cargar cosas, ayudar con el orden y, en general, estar ahí cuando alguien lo necesite.

“Todos los días me levanto a las 4 AM, tomo el bus desde Talagante a las 5 y llego a la Universidad a las 6 de la mañana. Tengo 69 años y acá estamos. Debo abrir la Universidad, entonces no puedo fallar, todos dependen de mí para que la sede Santiago funcione normalmente desde la primera hora. Me toca prender las luces y abrir todos los accesos necesarios, además de saludar a los estudiantes y a mis colegas.

“Aquí siempre he visto un buen compañerismo, incluyendo a las jefaturas y autoridades. No se nota la diferencia jerárquica, aquí todos trabajamos a la par y nadie está por sobre otro. La buena educación que se le entrega a la comunidad estudiantil parte desde esa base, desde la inclusión, y eso es muy importante. Esta universidad ha pasado por momentos difíciles, tanto desde el ámbito económico como profesional, y es por eso que todos tenemos que remar para el mismo lado si queremos que esta casa de estudios continúe creciendo.

“Tío José” me dicen. Todavía mantengo esa relación ahora en UDALBA, especialmente con los practicantes de Medicina y Enfermería, a quienes los recibo a primera hora en la sede para que no se expongan en la calle a altas horas de la madrugada. Me siento como un guardián y como papá en ese sentido.

“Estoy feliz, he obtenido muchas amistades a lo largo de estos años, personas muy valiosas para mí dentro de la universidad. Para mí sería melancólico dejar la universidad. Me he enamorado de este trabajo. Si me llegara a ir, echaría mucho de menos tanto a la UPV como a la UDALBA. Sería muy doloroso irse, pero sé que en algún momento tendré que dar un paso al costado. Los años no pasan en vano y me siento más cansado. Tengo 69 años y estoy pronto a retirarme. Siempre intento buscar algún tipo de distracción, hay que hacer algo constantemente.

Más allá de las funciones que cumple como auxiliar de servicio, José Maulen también ha desarrollado una particular faceta humorística a lo largo de su vida.

“Fue muy emotivo. La idea de disfrazarme de Viejito Pascuero nació en los años 70, gracias a un amigo que me pidió que me disfrazara para entregarle los regalos de navidad a sus hijos, así que ahí empezó todo e incluso me terminé quedando con el traje. Me gustó mucho disfrazarme principalmente por la felicidad que le entregaba a los niños, aunque fuera por un rato, eso me hacía sentir muy bien.

En primer lugar que todos tengan buena salud, tanto estudiantes, compañeros de trabajo y jefaturas. Por otro lado, es muy importante fomentar algo que se ha perdido con el pasar de los años, que es el sentido de comunidad, la unión y la amistad por sobre todas las cosas. Hay que recuperar la conexión entre nosotros y crecer en conjunto, esa es la clave.

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