La exhortación de Jesús a Pedro, que Juan Pablo II hace suya, nos anima a adentrarnos en su vasto pensamiento social. Juan Pablo II es indudablemente el pontífice que más escribió sobre la “cuestión social”.
“Navegar mar adentro” en su reflexión nos lleva a los recorridos que el Señor hacía con sus discípulos, instruyéndolos en medio de la rica y misteriosa realidad del lago de Genesaret, símbolo del mundo y de la historia. En el ámbito bien delimitado de Laborem exercens o Sollicitudo rei socialis, vibra toda la doctrina social de la Iglesia en un molde universal y concreto, iluminado por el Evangelio.
Para el Papa, “esta vertiente ético-social” debe proponerse “como una dimensión imprescindible del testimonio cristiano”. Juan Pablo II tiene la valentía de rechazar como “tentación” una “espiritualidad oculta e individualista”. Su propuesta es una espiritualidad de comunión, una espiritualidad que considera la dimensión social del hombre.
Además, los Papas a lo largo del siglo, siguiendo las huellas de León XIII, han tratado sistemáticamente los temas de la doctrina social católica, considerando las características de un sistema justo en el campo de las relaciones entre trabajo y capital. Basta pensar en la Encíclica Quadragesimo anno de Pío XI, en las numerosas intervenciones de Pío XII, en la Mater et magistra y en la Pacem in terris de Juan XXIII, en la Populorum progressio y en la Carta Apostólica Octogesima adveniens de Pablo VI.
Considerando los dos elementos de la doctrina social de la Iglesia señalados por el Papa -“la tutela de la dignidad y de los derechos de la persona en el ámbito de una justa relación entre trabajo y capital, y la promoción de la paz”-, en esta breve exposición nos centraremos en la cuestión del trabajo. Deseo dedicar este documento precisamente al trabajo humano, y más aún deseo dedicarlo al hombre en el vasto contexto de esa realidad que es el trabajo.
Si en el presente documento volvemos de nuevo sobre este problema (la cuestión social) -sin querer por lo demás tocar todos los argumentos que a él se refieren- no es para recoger y repetir lo que ya se encuentra en las enseñanzas de la Iglesia, sino más bien para poner de relieve -quizá más de lo que se ha hecho hasta ahora- que el trabajo humano es una clave, quizá la clave esencial, de toda la cuestión social, si tratamos de verla verdaderamente desde el punto de vista del bien del hombre.
Mientras exista el hombre, existirá el gesto libre de auténtica participación en la creación que es el trabajo. Es uno de los componentes esenciales para la realización de la vocación del hombre, que se manifiesta y se descubre siempre como el que está llamado por Dios a «dominar la tierra». A él Dios le ha confiado esta suprema y comprometedora libertad.
El Papa hace esta repetición desde la perspectiva de la esencia misma del hombre, esencia de la cual surge la misión de “dominar la tierra” y que implica la “libre decisión de ser colaborador de su Creador”. El trabajo es el lugar donde todos los principios de la doctrina social de la Iglesia y de la sociedad adquieren verdadera concreción. Juan Pablo II siempre sostuvo que lo primero, punto de partida de la doctrina social, del cual provienen todos los demás, es que el hombre está en el centro del orden social.
El hombre que trabaja -nos permitimos agregar-, el hombre que trabaja, libremente, creativamente, de manera participativa y solidaria. A través del trabajo, adquiere realidad el principio del “destino universal de los bienes”. Sería un grave error creer que las transformaciones actuales acaecen de modo determinista. El factor decisivo, dicho de otro modo, «el árbitro» de esta compleja fase de cambio, es una vez más el hombre, que debe seguir siendo el verdadero protagonista de su trabajo.
Con el propósito de esclarecer el conflicto que se había creado entre capital y trabajo, León XIII defendía los derechos fundamentales de los trabajadores. De ahí que la clave de lectura del texto leoniano sea la dignidad del trabajador en cuanto tal y, por esto mismo, la dignidad del trabajo, definido como “la actividad humana ordenada a proveer a las necesidades de la vida, y en concreto a su conservación”.
El Pontífice califica el trabajo como “personal”, ya que “la fuerza activa es inherente a la persona y totalmente propia de quien la desarrolla y en cuyo beneficio ha sido dada”. El trabajo pertenece, por tanto, a la vocación de toda persona; es más, el hombre se expresa y se realiza mediante su actividad laboral. Al mismo tiempo, el trabajo tiene una dimensión “social”, por su íntima relación así sea con la familia, así sea con el bien común, “porque se puede afirmar con verdad que el trabajo de los obreros es el que produce la riqueza de los Estados”.
En la necesaria relación que existe entre trabajo y capital, tiene prioridad el trabajo, por cuanto el hombre “desea que los frutos de este trabajo estén a su servicio y al de los demás” y también desea ser corresponsable y coartífice del trabajo que realiza. Esta conciencia se extingue en él dentro del sistema de una excesiva centralización burocrática, donde el trabajador se siente engranaje de un gran mecanismo movido desde arriba; se siente por una u otra razón un simple instrumento de producción, más que un verdadero sujeto de trabajo dotado de iniciativa propia.
Según el pensamiento de Santo Tomás de Aquino, es primordialmente esta razón la que atestigua en favor de la propiedad privada de los medios mismos de producción. Para ser racional y fructífera, toda socialización de los medios de producción debe tomar en consideración este argumento. Hay que hacer todo lo posible para que el hombre, incluso dentro de este sistema, pueda conservar la conciencia de trabajar “en algo propio”.
No existe en el contexto actual otro modo mejor para cumplir la justicia en las relaciones trabajador-empresario que el constituido precisamente por la remuneración del trabajo. El Papa concentra en este punto toda su visión del hombre que trabaja. Hay que subrayar también que la justicia de un sistema socioeconómico y -en todo caso- su justo funcionamiento merecen en definitiva ser valorados según el modo como se remunera justamente el trabajo humano dentro de tal sistema.
A este respecto volvemos de nuevo al primer principio de todo el ordenamiento ético-social: el principio del uso común de los bienes. En todo sistema que no tenga en cuenta las relaciones fun-damentales existentes entre el capital y el trabajo, el salario -es decir, la remuneración del trabajo- sigue siendo una vía concreta, a través de la cual la gran mayoría de los hombres puede acceder a los bienes que están destinados al uso común, tanto los bienes de la naturaleza como los que son fruto de la producción.
Ante estos problemas, hay que imaginar y construir nuevas formas de solidaridad, teniendo en cuenta la interdependencia que une entre sí a los hombres de trabajo. Aunque el cambio actual es profundo, deberá ser más intenso aún el esfuerzo de la inteligencia y de la voluntad para tutelar la dignidad del trabajo, reforzando, en los diversos niveles, las instituciones afectadas.
La tarea de crear estructuras que tutelen la dignidad del trabajo presenta una doble exigencia. Para los pensadores e investigadores, en diversas disciplinas, el desafío reside en examinar con rigor científico y sabiduría el tema del trabajo, para así favorecer la comprensión del cambio que está ocurriendo en el mundo del trabajo y señalar las ocasiones y riesgos del mismo.
El elemento común de cualquier espiritualidad de comunión, desde el punto de vista del sujeto, es la mirada que viene del corazón. Una mirada cordial es una mirada integradora. Desde un punto de vista objetivo, esta mirada cordial, dirigida simultáneamente “al misterio de la Trinidad y al misterio de cada rostro humano”, nos hace apreciar el ca-rácter vinculante del trabajo, nos lleva a ver a cada hombre como “alguien que me atañe” y destaca el esfuerzo de cada uno que se convierte en un “don para todos”. En torno a estos valores se teje una sociedad humana sin exclusión alguna.
El trabajo favorece la dignidad del hombre uniendo la dimensión personal con la dimensión social del mismo, y tiene además una dignidad supereminente cuya razón última se encuentra en Jesucristo. Con el trabajo, el hombre provee habitualmente a la propia vida y a la de sus familiares; se une a sus hermanos los hombres y les hace un servicio; puede practicar la verdadera caridad y cooperar con la propia actividad al perfeccionamiento de la creación divina.
Si comprendemos en profundidad que el Señor nos ha redimido con toda su vida -acciones, palabras y gestos, felicidad y sufrimientos…-, sus largos años de trabajo silencioso y cotidiano en el pequeño mundo de Nazaret deben incidir en nuestro ánimo con toda su grandeza. El trabajo hunde las raíces de su dignidad en la Trinidad misma: “Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo”, dice el Señor. ¡En este mundo -dice el Papa- es donde tiene que brillar la esperanza cristiana!
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