La precarización laboral afecta de forma más fuerte a la juventud, en especial a las mujeres, siendo este el motor de ganancia para los empresarios que, en complicidad con el gobierno, la perpetúan.

Edad, Género y Clase: Determinantes en la Remuneración

Según datos registrados por el Instituto Nacional de la Juventud, el género es determinante en cuanto a las remuneraciones en los empleos juveniles, al igual que en la población adulta. En el caso de los jóvenes entre 20 y 24 años, son los hombres quienes perciben mayores remuneraciones, con un promedio de $158.292, en contraste a las mujeres con ingreso promedio de $136.437. A pesar de ello las mujeres jóvenes gastan tres veces más en los hijos que sus compañeros masculinos.

La motivación por trabajar de los jóvenes es categórica por su clase social. Según antecedentes proporcionados por la INJUV “Las obligaciones económicas con la familia corresponden a la razón fundamental por la que el segmento juvenil busca trabajo, este segmento se acentúa en los tramos económicos más bajos…”. De manera contraria ocurre con las clases más acomodadas “…Sin embargo, el motivo más señalado para buscar trabajo es poder cubrir los gastos propios, siendo más relevante en los niveles económicos más altos”.

Trabajar para Estudiar o Dejar de Estudiar para Trabajar

Una gran cantidad de jóvenes que se encuentran estudiando se ven obligados a trabajar, para financiar sus estudios y gastos. Actualmente son 340.000 jóvenes que estudian y trabajan. En cuanto al tipo de institución en el que se encuentran, el 47% de quienes estudian en institutos profesionales, también trabaja.

En el caso de los estudiantes de centros de formación técnica, la cifra corresponde a 31%, y en las universidades este número llega al 26%. Cabe destacar que el promedio de endeudamiento juvenil por estudiar es de $2.303.325.

Donde se concentra más la cantidad de estudiantes que trabajan, es en la región de Tarapacá con un 44%, por el contrario donde se ve más disminuida esta cifra es en la región de Los Lagos, con un 19%. Desde el año 2000 hasta el 2009, la inserción juvenil en el mercado laboral ha aumentado de un 23% a un 42%. Esto debido al encarecimiento del modo de vida en consecuencia, gran parte de los jóvenes deja sus estudios para poder trabajar.

Según la INJUV “uno de cinco jóvenes en edad escolar no está estudiando: en el tramo de 20-24 años menos de la mitad (45%) está en el sistema educacional.” Los bajos sueldos y malas condiciones laborales afectan de forma más fuerte a la juventud, en especial a las mujeres.

El Trabajo Doméstico: Un Sector Vulnerable

Las trabajadoras domésticas limpian, cocinan, cuidan a los hijos y enfermos de las familias que las contratan, cumpliendo con jornadas extenuantes de trabajo. Son también las mujeres que padecen las peores condiciones laborales, pues tan sólo 1 trabajadora de cada 10 cuenta con un contrato por escrito y tan solo 2 trabajadoras de cada 10 cuenta con seguro médico y/o pensión de retiro.

A pesar de contar con leyes que establecen lo mínimo para los trabajadores, el trabajo doméstico no está aún regulado, por lo que muchas veces ni siquiera el aguinaldo es recibido en efectivo o son despedidas antes de recibirlo. Nadie supervisa las jornadas laborales, por lo que se enfrentan a jornadas de más de 12 horas diarias e inclusive muchas de ellas reciben un trato discriminatorio, con la prohibición de entrar por la puerta principal y el cateo al que son sometidas al ingreso y salida de la casa en donde trabajan.

El Trabajo Doméstico es Relegado a las Mujeres

Según cifras del INEGI publicadas en el año 2015, el 95% del trabajo doméstico remunerado es realizado por mujeres. El trabajo en el hogar históricamente se le ha relegado a la mujer, quedando en el ámbito de lo privado, por lo que este Estado capitalista aprovechando estas cadenas de opresión que invisibilizan y desvalorizan el trabajo doméstico, se deslinda de toda responsabilidad, dejando desprotegidas laboralmente a millones de mujeres en el mundo.

Desde niñas nos encargamos de las labores domésticas y, en los últimos años, ingresamos de forma acelerada al mercado laboral, a costa de seguir garantizando las tareas domésticas y el cuidado de los hijos, ejerciendo dobles jornadas laborales que nos dejan exhaustas, somos las primeras en levantarnos y las últimas en dormir.

Se calcula que, por semana, las mujeres le dedicamos 47.9 horas a los quehaceres del hogar sin remuneración, mientras que los hombres solo le destinan un promedio de 16.5 horas a esto. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) calcula que ese trabajo no remunerado representa el 24.2% del PIB nacional, si cada mujer recibiera un sueldo por esto, al año se nos pagaría uno $47 400.00.

Las Trabajadoras del Hogar se Organizan

Ante esta situación laboral desigual, las mujeres trabajadoras del hogar se han organizado desde los años setentas, siendo estas luchas invisibilizadas tanto por sus patrones como por el Estado, que las criminaliza al ser en su mayoría inmigrantes, indígenas y menores de edad. En el 2015 decenas de trabajadoras organizadas crearon el Sindicato Nacional de Trabajadoras del Hogar (Sinacttraho), pero al igual que hace cuarenta años, se enfrentaron a las represalias por luchar por mejores condiciones de vida, los patrones se niegan a firmarles los contratos, les niegan los permisos para poder asistir a las reuniones de organización o simplemente las despiden.

Pese a que a las trabajadoras domésticas en nuestro país vienen peleando duro por tener prestaciones laborales, es sólo un primer paso, la lucha es más profunda, se hace necesario seguir organizándonos.

¿Colaborador o Trabajador?

Consultado el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, colaborador es “el que colabora”, “compañero en la formación de alguna obra, especialmente literaria”, y en una tercera acepción “persona que escribe habitualmente en un periódico, sin pertenecer a la plantilla de redactores” y los sinónimos que señala son “cooperante, ayudante, auxiliar, asistente, adjunto, cómplice, copartícipe”, no aparece la palabra trabajador e incluso la tercera acepción excluye a aquellos que son parte de la plantilla, que vendrían siendo los trabajadores.

La RAE define trabajador como aquella persona que presta un servicio retribuido, y el significado legal dado por nuestro Código del Trabajo es toda persona natural que preste servicios personales, intelectuales o materiales bajo dependencia o subordinación y en virtud de un contrato de trabajo. ¿Es entonces correcto hablar de colaborador? quien colabora no necesariamente es un trabajador, debiese tener participación en los objetivos y utilidades de la empresa, y donde no exista una relación de subordinación y dependencia, sin embargo, nuestras relaciones laborales siguen siendo jerarquizadas, con un empleador con un poder de mando, que se traduce en dirigir, organizar y disciplinar, manifestaciones de este poder se hace evidente en las reformas laborales del último año. En 40 horas, no es el trabajador quien decide como organizar su jornada.

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