Una galería de santos populares se reparten en las iglesias de la capital como mediadores de causas particulares y congregan a miles de santiaguinos. Dos ejemplos: en el caso del Santuario del Padre Hurtado los devotos pueden llegar a los 80 mil al mes, o a 70 mil, en el del Templo Votivo de Maipú.
Leticia Vera, vendedora de flores en las escaleras de la iglesia San Agustín, dice que abastece de claveles y rosas a feligreses que han encontrado trabajo, que se han sanado de cáncer y a universitarios que lograron nota máxima en su examen de grado tras encomendarse a Santa Rita de Casia, patrona de los imposibles, o a San Judas Tadeo, su versión masculina, que están dentro de ese templo, en Estado con Agustinas.
Un empleado bancario va cada jueves, desde hace 30 años, a rezarle a San Pancracio, el patrono del trabajo.
Desde chica que he tenido una especial simpatía por los santos, aunque no era devota de ninguno en especial ya que el tema de la fe y la religión nunca fueron muy cercanos para mi. Eso hasta que apareció San Pancracio -el patrono del trabajo- en mi vida. Lo descubrí de aburrida en la pega, googleando en mi desesperación por encontrar un trabajo más digno que el que tenía, lo imprimí y lo pegué en el lugar más protagónico que encontré de los 20 cm de espacio asignado a mi persona en la oficina que compartía con un puñado de adictos a los wallpaper de minas ricas y ringtones de música electrónica.
Había decidido que después de mandar tanto currículum había llegado el momento de apretar el botón de pánico y él sería mi nuevo salvador. Obviamente, todo esto lo hacía con bastante humor, pero pasaron tres semanas en que me llamaron de varias pegas y finalmente di con la que había estado fantaseando hace años. Jamás pensé de qué manera sería que un santo iba a ser el responsable de tanta buena racha, aunque reconozco que una pequeña parte de mi tenía la duda de que tal vez esta versión más acotada de San Expedito sí funcionaba.
De eso ha pasado un buen tiempo y a todos los que se los he recomendado encuentran un trabajo mejor, es más, yo también lo invoqué hace poco y de nuevo funcionó.
Historia de San Pancracio
Redacción Central, 12 May. Nació en Frigia, una antigua región de Asia Menor que ocupaba la mayor parte de la península de Anatolia, en el año 289 d.C. Su padre fue un noble pagano que falleció cuando Pancracio sólo tenía siete años. Ambos recibieron el mensaje de Cristo gracias a un criado cristiano y se convirtieron a la fe católica.
Ya bautizados, comenzaron a vivir intensamente su nueva vida, participaban en la Eucaristía y los sacramentos, compartían sus bienes materiales con la comunidad eclesial y con quienes vivían en la miseria.
Cuando el emperador romano Diocleciano decretó la última persecución contra los cristianos, Pancracio fue denunciado y llevado frente a la autoridad imperial. Diocleciano mandó llamar a Pancracio y conversó largo tiempo con él, tratando de persuadirlo de que renuncie a Jesucristo. Una vez que Pancracio llegó al lugar del martirio, se arrodilló, levantó los ojos y las manos al cielo, dando gracias al Señor porque había llegado el momento definitorio.
El Papa Vitaliano envió sus reliquias desde Roma a Inglaterra como gesto de generosidad pastoral. Quería que esas tierras conserven el legado espiritual de Pancracio, empezando por los relicarios de los altares de las iglesias nuevas.
San Pancracio es representado muy joven, casi niño, vestido con la túnica romana o con el traje militar y con los atributos de mártir.
San Pancracio en la Literatura Chilena
La literatura chilena ofrece algunos ejemplos en los que el personaje principal era un púgil, pero más lejos de esta simple versión que podría asemejarse a una película, en la que su protagonista lucha para enfrentar las adversidades y triunfar, lo que enriquece este relato literario es la creación de una atmosfera que da cuerpo a la narración este es el caso, de la novela el “el púgil y San Pancracio” de 1966, por el autor Juan Uribe Echeverria[1].
Pedro Caucamán su protagonista un esforzado púgil de la lejana oficina salitrera de María Elena, quien llega a representar el boxeo nortino a la capital después de vencer a su primer y único rival en el norte el Tumbadito Araya de la mina de Coya[2], en solo un minuto en el combate, desde ahí en adelante Pedro Caucamán, viaja al Campeonato Amateur de Santiago, si bien el protagonista de esta historia es ficticio, el campeonato de Santiago, era desde 1940 el principal evento pugilístico de la zona central, desde ahí se catapultaron grandes figuras del boxeo nacional como Humberto Buccione, Fernandito, Canario Reyes, Cloroformo Valenzuela, Mario Salinas, Marinero Espinoza e incluso el mismísimo Arturo Godoy.
La llegada de Caucamán a Santiago es contradictoria, por una parte, después de tres días de viaje en tren desde el norte de Chile llega agotado y hastiado, pero le llama poderosamente la atención la Plaza de Armas y sus alrededores, es ahí en donde se acerca a la iglesia de Santo Domingo con puente, en donde conoce al santo de las botas deportivas, San Pancracio.[3] A quien le ofrece su devoción, santo del trabajo quien hasta el día de hoy representa la esperanza de inmigrantes y cesantes.
Desde la ficción, esta bella novela sabe tratar la historia del boxeo nacional, el Santiago antiguo y las vicisitudes del provinciano en la Capital, pero también está llena de combates en los cuales Caucamán como un Rocky criollo, sale vencedor a duras penas, lo interesante de sus rivales ficticios es su procedencia todos vienen de clubes de larga trayectoria en Santiago, el México, Ferroviarios y los clubes “pijes” de la Universidad de Chile y Católica, incluso el épico combate contra el universitario relatado de forma magistral.
“Frente al campeón universitario, Caucamán estaba dispuesto a perder. Peleaba bonito, sin mañas, estilizado y venia de vencer al Jaivo Vega, el ferroviario en un combate espectacular…Cuando subieron al cuadrilátero, la barra estudiantil atronó el Caupolicán. El pije Coliñón, bien uniformado, con una bata azul y una gran lechuza universitaria en la espalda, saludo aparatosamente.
Uno de los fenómenos más interesantes del boxeo de la época, era la capacidad de inclusión social que tenía el boxeo, en las imágenes disponibles de los diversos campeonatos amateur de la época, se pueden ver los equipos de todas las clases sociales, estos van desde las grandes mineras como Sewell, Anaconda Co, Chuquicamata o las fuerzas armadas, universidades principalmente la de Chile y los equipos obreros como los de Ferroviarios y el barrio matadero, los cuales siempre llegaban a instancias finales, se dice que para ser boxeador, hay que venir de las clases proletarias ya solo quien no tiene nada, no le teme a nada.
El boxeo amateur de mediados del siglo XX era un deporte sumamente popular, en el que tal como lo muestra el libro, todas las clases sociales podían encontrarse en el centro del ring.
La novela es una descripción magistral del Santiago de la época, con trole buses, beatos en las iglesias santiaguinas, bohemia, púgiles que realizan el post entrenamiento en un bar. También el ir y venir de los provincianos a la capital, el Pedro Caucamán teme a los santiaguinos a quienes considera poco claros en sus intenciones, a las mismas mujeres de Santiago quienes son más orgullosas que sus patronas.[9]Pero al protagonista lo fascina la Quinta Normal, lo intriga la Catedral, las turcas falsas de Patronato, los prostíbulos de San Pablo, la farra de Mapocho.
Cuenta que acaba de enterarse de "novedades": "Me contaron que ahora a San Sebastián se le encomienda la venta de propiedades, y que San Pantaleón es el patrono de quienes desean dejar el cigarrillo y el alcohol. No lo sabía", explica.
La lista es amplia y específica: San Pedro de Armengol intercede por los "niños problema", que son rebeldes o malos alumnos. El fraile Agustín de Fariña resuelve dudas vocacionales. Al dominico San Alberto Magno, presente en iglesias como San Vicente Ferrer o la Recoleta Dominica, le rezan estudiantes de ciencias naturales, químicos farmacéuticos y médicos. El Niño Jesús de Praga, en la parroquia del mismo nombre (Independencia), recibe ruegos por los niños menores de seis años.
Esta última es la tradición de Teresa Caicedo, que encomienda a esta figura a los niños de la familia que están por entrar al jardín infantil. Explica que desde su adolescencia le reza al interior de la impresionante iglesia gótica cercana a Cal y Canto. Y como conocedora de las devociones, agrega que para los embarazos difíciles se debe recurrir a San Ramón Nonato, en la parroquia Nuestra Señora de la Merced, en El Salto, Recoleta.
"Los santuarios son sitios donde los fieles se evangelizan a sí mismos", explica Guillermo Carrasco, filósofo y asesor cultural de la Orden de San Agustín. Piensa que las personas enriquecen los dones de los santos y les dan vida con sus súplicas. Y añade que esa devoción popular hace que la gente lleve sus propios santos a la iglesia sin avisar. Así pasó con un furtivo San Expedito, colocado a escondidas junto al Cristo de Mayo, en la iglesia de San Agustín, esta semana.
Carrasco recuerda otros santos menos conocidos, como Santa Apolonia, la santa del dolor de muelas, Santa Lucía, la patrona de personas con problemas a la vista, o San Eloi, patrono de los orfebres que trabajan la plata.
Para el experto en sociología de la religión de la UC, Eduardo Valenzuela, la abundancia de santos y necesidades genera esta especialización. "Es un fenómeno que viene desde antes de La Colonia y que es semejante a la diferenciación de deidades de griegos y romanos", comenta. Y agrega que el calendario católico cuenta con multitud de santos. "Como interceden y defienden todo tipo de causas, dan espacio, incluso, para 'atender' a los delincuentes", dice, en referencia a la Virgen de Montserrat, ubicada en la iglesia La Viñita de Recoleta.
Esa imagen compite con la otra patrona de los presos: la Virgen de la Merced, ubicada en la Basílica del mismo nombre.
Hasta $ 20.000 en velas puede gastar una persona que va a rogar por un buen marido a San Antonio de Padua, en la iglesia Santo Domingo, que está en esa calle esquina 21 de Mayo. Lidia asiste cada lunes después de su trabajo. Asegura que este santo le ha ayudado a que dos de sus hijas "se hayan casado bien". En ese mismo lugar, la Virgen de Pompeya compite con San Antonio por los mismos dones para encontrarle pareja a las santiaguinas.
Si se trata de favores "a domicilio", el único protector que sale de gira a las casas de los enfermos es Fray Andresito, de la Recoleta Dominica, cerca de la Vega Central. La reliquia con su sangre licuada se conserva en el museo de esa iglesia, pero cuando es solicitada, la llevan ante algunos enfermos.
A la Iglesia Católica le preocupa que algunos pierdan de vista el rol de mediadores de los santos. Incluso, templos como el de la Recoleta Dominica tienen un "manual" en el que recomiendan pedir sólo a un santo por vez, para que no haya confusiones a la hora de atribuir el favor.
El vicerrector del Templo Votivo y director de la Comisión Nacional de Santuarios de la Piedad Popular de la Conferencia Episcopal, padre Francisco Basáñez, piensa que en cuestiones de fe es difícil cambiar hábitos. "La gente viene en busca de soluciones. Nosotros enseñamos que el santo es sólo un intermediario para llegar a Dios, pero la gente les tiene mucha fe y no es llegar y cambiar ese chip".
Su templo recibe miles de visitas por la Virgen del Carmen, pero su protagonismo es compartido con el santo libanés San Charbel Makhlouf. El padre cuenta que "le vienen a pedir salud mediante unos algodones untados en un aceite que exuda el santo y que la embajada de El Líbano provee". Hay placas que atestiguan alivio de linfomas y cánceres.
Santo Domingo de Guzmán da nombre a la orden y a la iglesia de calle 21 de Mayo, pero ahí la "atracción" es la Virgen del Rosario, lo que llama la atención de Antonio Pizarro, quien abastece de velas y medallas a los peregrinos. Cuenta que ha visto estudiantes que le pagan favores postergando el carrete durante las nueve semanas que duran las novenas, o adoraciones, a cambio de buenas notas.
En ese mismo lugar los peluqueros de las galerías del sector buscan la ayuda de San Martín de Porres, también protector de barrenderos, empleados de farmacia y enfermeros, según la hagiografía (estudio de la vida de los santos).
A dos cuadras, la Basílica de La Merced sigue recibiendo mandas para Santa Rita o San Expedito. Este último -cuya imagen "oficial" está en la parroquia de la Santa Cruz, en Antonio Varas- es el más requerido por quienes exigen respuesta rápida. Valenzuela cree que es un signo de los tiempos, "típico de las grandes ciudades, de la vida moderna".
Costumbres que también se aprecian en solicitudes mundanas.
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