La minería en la América española se centró en la extracción de metales preciosos, es decir, plata y, en menor medida, oro. En un comienzo los nativos fueron violentamente presionados para que revelaran la procedencia del oro de sus adornos. No cabe duda que oro y plata fueron los incentivos principales para la mayoría de los europeos que marcharon al Nuevo Mundo.
Las minas de oro de Carabaya, Antioquia, Chocó, Popayán y Zaruma y las de plata de Taxco, Guanajuato, Zacatecas, Potosí o Castrovirreina impulsaron el desarrollo económico indiano. En torno a las industrias extractivas giraron otros sectores de la economía, como agricultura, comercio y transportes. Tal como indica Guillermo Céspedes del Castillo, el flujo de metales preciosos hacia Europa "transforma y activa la vida económica del Viejo Mundo y de todo el orbe".
Las frías cifras de producción minera no nos transmiten lo ocurrido con quienes participaron, forzada o voluntariamente, en el proceso extractivo. El reclutamiento forzado de trabajadores indígenas fue una práctica común, especialmente en Perú, donde el sistema de la mita imperó desde finales del siglo XVI. Asimismo, según opiniones de contemporáneos e historiadores modernos, las condiciones de trabajo en los socavones americanos eran inhumanas. Sin embargo, también existió (especialmente en el siglo XVIII mexicano) el trabajo voluntario y asalariado, ideal perseguido desde los comienzos de la era colonial.
En virtud de los privilegios otorgados por el Papa a la corona de España (bulas de donación de Alejandro VI de 1494), ésta tuvo el dominio sobre el suelo y el subsuelo de las tierras americanas. Por lo tanto, quienes se dedicaron a la actividad extractiva debían pagar un impuesto a la corona que, generalmente, fue de un 20% del producto. En América la minería se trabajó gracias al esfuerzo de particulares. Los capitales requeridos para habilitar una mina provenían de una serie de individuos que ganaron mucho dinero por concepto de préstamos a interés, comercio y especulación.
La minería permitió a muchas personas amasar grandes fortunas, otorgándoles el reconocimiento social y político. No obstante, con la misma rapidez que se ascendía, cualquier imprevisto provocaba la ruina inmediata. Así, por ejemplo, la pérdida de un filón o la inundación de los socavones liquidaba la inversión. Para la población nativa los efectos sociales de la explotación minera fueron extraordinariamente perjudiciales.
Durante el siglo XVI los conquistadores españoles buscaron proveerse de oro para financiar sus expediciones y obtener un beneficio. De esta manera la única actividad minera fue la explotación aurífera mediante una cruel y despiadada esclavitud indígena en lavaderos de oro en el centro y sur del país. Primero Pedro de Valdivia puso en explotación los lavaderos de oro de Margamarga en el río Aconcagua, posteriormente, surgieron otros lavaderos de oro en el sur: Quilacoya, Imperial, Osorno, Villarrica y en el Norte Chico: Illapel y Chopa.
Desde la llegada de los conquistadores, la historia de Chile ha estado íntimamente relacionada con la de su minería. Almagro y Valdivia llegaron a nuestro territorio guiados por noticias, algo exageradas, de grandes cantidades de oro y plata en manos de los indígenas. A fines de ese siglo el desastre de Curalaba detuvo la Conquista en el río Biobío, perdiéndose los terrenos auríferos del sur. Ante tal emergencia, los colonizadores se replantearon sus estrategias de subsistencia, reemplazando la explotación de metales preciosos, como primera fuente de ingresos, por la agricultura y la ganadería.
En ese mundo mayoritariamente agropecuario, la minería inició una lenta recuperación en los cerros del norte, entre el despoblado de Atacama y el valle de Aconcagua. La explotación minera colonial se estructuró fundamentalmente en torno a los tres metales tradicionales: el oro, la plata y el cobre. Durante el siglo XVI, la producción de oro repuntó en el siglo XVIII, reemplazando a los lavaderos por las minas de Andacollo, Chucumata, Copiapó, Inca, Catemu y Petorca.
Por su parte, la minería de la plata sólo adquirió importancia durante el siglo XVIII, cuando comenzó la explotación de minas en Copiapó, las que apoyadas por las de Uspallata y San Pedro Nolasco y las minas de azogue de Punitaqui y Quillota, permitieron generar una pequeña producción de plata. En el siglo XVIII, la política reformadora de los Borbones procuró aumentar significativamente la producción de plata americana, lo que pasaba por elevar la condición del minero y romper su vinculación con comerciantes y especuladores.
De esta manera, a fines del siglo XVIII, las ordenanzas mineras y el auge de la plata y el cobre en Atacama y Aconcagua, permitieron el desarrollo de un gremio minero, el cual era apoyado por el gobierno colonial a través del denominado Real Tribunal de Minería. Esta misma institución encargó al jurista Juan Egaña un informe sobre el real estado de minería en la Capitanía General de Chile, cuyo resultado, presentado en 1803, informó sobre la lamentable falta de tecnología de los mineros y la pobreza de su gremio.
TAG: #Trabajo

