Entender hoy en día el papel que ocupa la etnografía dentro de la disciplina antropológica, requiere de un arduo proceso de revisión y cuestionamiento respecto de su actual proceso de desarrollo transformativo. Siguiendo a Rockwell (S/f) la etnografía puede entenderse como una forma de proceder dentro de la investigación de campo y como el producto final de la investigación plasmada en una monografía descriptiva. Sin embargo, desde sus inicios, la etnografía ha sido vista de diversas formas por los cientistas sociales.
Diversas Perspectivas sobre la Etnografía
Así, para muchos positivistas, la etnografía poseía un carácter empirista y era completamente ateórica. Para los estructuralistas, lo que criticaban de la etnografía era justamente su carácter empírico, cosa que los fenomenólogos defienden. Estas distintas líneas van exigiendo de la etnografía ya sea una mayor objetividad en la descripción, o bien una mayor fidelidad a la subjetividad. Estos enfoques por lo demás escinden la etnografía de la teoría otorgándole un lugar pre-científico. Pero muchos de sus iniciadores y precursores como Malinowski, se diferenciaban de los relatos de viajeros y misioneros, precisamente por su uso teórico.
Por lo tanto, podemos asumir que la etnografía constituye un enfoque de trabajo de campo desde donde surgen preguntas de investigación a partir de supuestos teóricos. A principio de siglo, la etnografía se ve insertada en una disciplina que se precia de científica, donde se exige por parte del etnógrafo veracidad y consistencia en la comprensión de un mundo ajeno, asumiendo éste como una totalidad autónoma independiente. Es decir, el concepto mismo de cultura que hoy tanto se cuestiona, sustentaba una labor de descripción objetiva sobre una “ bola de billar” completamente ahistórica, abstracta y homogénea.
El Realismo Etnográfico
Tal realismo etnográfico que Geertz, Clifford y otros reconocen, es fundamental dentro del desarrollo de la etnografía actual, pues impone un precedente tanto para superar como para contrastar. Este realismo como modo de escritura, busca representar la realidad total de una cultura determinada. Se escribe en este tipo de género para traer a luz una sociedad totalitaria, preocupándose de los detalles y demostraciones que el etnógrafo compartió, vivenció y experimentó en su comunidad de estudio. Así, su autoridad etnográfica se ve en una representación literaria de un mundo visto por alguien capaz de representarlo como si fuera propio, generando una estrecha conexión entre su tipo de escritura y la realidad del trabajo de campo.
Por mucho tiempo, los antropólogos estuvieron sumergidos en un dilema de pertenencia y reconocimiento, en el sentido que, o se acercaban a una ciencia experimental basada en las ciencias naturales, o bien se veían en la necesidad de ir definiendo y elaborando una nueva epistemología que sustentara a la disciplina como ciencia humanista y social. Esta constricción interna que ha escindido la disciplina esta siendo guiada por distintas perspectivas que están dando un respiro a este problema de “identidad” disciplinaria y Geertz (1992: 20) ha sido uno de ellos al ir reconociendo que “El análisis de la cultura no es una ciencia experimental sino interpretativa de significaciones.
La Etnografía y la Escritura
Esto nos lleva a comprender que la etnografía esta siempre sumergida en la escritura, forma parte de ella y no puede manifestarse de otra forma. “La etnografía está de principio a fin atrapada en la red de la escritura. Esta escritura incluye, minimamente, una traducción de la experiencia a una forma textual. Este proceso está complicado por la acción de múltiples subjetividades y de constricciones políticas que se encuentran más allá del escritor. En respuesta a estas fuerzas, la escritura etnográfica pone en juego una estrategia de autoridad especifica.
Retomando a Geertz, (1992: 24) su propuesta de antropología interpretativa da cuenta que la práctica etnográfica además de establecer relaciones, seleccionar informantes, transcribir textos, etc, es un esfuerzo intelectual de “descripción densa”. Lo que realmente enfrenta el etnógrafo son “Múltiples estructuras conceptuales complejas... Así, los textos antropológicos son en si mismos interpretaciones de segundo y tercer orden, son “ficciones”, algo hecho, formado y compuesto. Esto esta siendo modificado hace ya un tiempo, principalmente con los supuestos de Geertz que nos ha hecho desviar nuestro foco de interés hacia la forma, la textualidad y ver en el etnógrafo un autor que influye en sus concepciones culturales y que tiene autoría en su texto etnográfico. Es decir, la escritura siempre necesita de un autor que se haga responsable de sus palabras, por lo tanto el etnógrafo ya no puede mantenerse invisibilizado en cuanto a su forma y género literario. Se busca una suerte de identidad textual, un reconocer que el trabajo etnográfico es subjetivo y biográfico y no puede pretender ser sólo una versión científica y objetiva de una realidad estudiada.
La Etnografía Experimental
La influencia de la antropología interpretativa y el cuestionamiento profundo hacia aquel realismo etnográfico que se acercaba más a un aspecto científico que busca verdades, ha dado paso a una nueva etnografía “experimental”. Una característica central de la etnografía experimental, es la integración de preocupaciones epistemológicas por la forma en que se han construido las interpretaciones etnográficas y cómo se las ha representado por medio de textos como un discurso objetivamente científico sobre sujetos y culturas determinadas. La tendencia actual en el trabajo etnográfico se manifiesta en un texto muy personal pero que de todas formas busca patrones literarios. Por ello, la importancia que se le ha atribuido a la representación del trabajo de campo en textos, asumiendo la diferencia sustancial entre ambos.
Con esto se identifican dos subtenencias dentro de la etnografía experimental. Una parte que busca cambiar las pautas y convenciones de género hacia orientaciones teóricas centradas en los significados, pero sin cambiar los objetivos etnográficos de descripción e interpretación. Y por otro lado existen algunos proyectos donde se deja que la escritura explore sus objetivos, desligándose de los objetivos concretos de la disciplina antropológica. Marcus reconoce que en esto Geertz ha sido influyente, pues por mucho tiempo los antropólogos estuvieron atrapados en una ciencia social y sus métodos sin tener un marco de referencia que les permitiera evaluarse críticamente. Aquí Geertz introdujo fuentes de estimulo teórico y la etnografía pasa a ser un modo de hablar sobre teoría, filosofía y epistemología.
Reconocer este aspecto menos “objetivo” de la antropología, no implica llevarla a un vacío disciplinario que nada tenga que ver con formas científicas. Al contrario, me parece necesario evaluar las bases epistémicas que nos dan sentido como disciplina y mantener el sentido holístico que nos ha caracterizado con el fin de aceptar innovaciones y perspectivas más abiertas y de paso colaborar en la reacomodación de las metodologías y formas de proceder dentro de este nuevo escenario sociocultural donde cada vez nos acercamos al estudio de lo propio más que de lo ajeno. Lentamente nos estamos sorprendiendo más con aquello que nos es familiar, así, el extrañamiento antropológico que pauta nuestra forma de conocer, esta siendo reformulado. Esta afirmación sostiene que la generalización etnográfica ha permitido que hoy nuestros propios sujetos de estudio accedan a nuestros textos y puedan criticar nuestra visión sobre ellos. O bien, se ha dado espacio para una mayor inclusión de sus propios discursos dentro de nuestro trabajo etnográfico.
La Visión del Nativo y el Carácter Dialógico
La famosa “visión del nativo”, ha sido promulgada como parte de la metodología etnográfica, es decir, se produce un relativismo metodológico que si bien es necesario, pues ya no creemos en un discurso autoritario y totalizante de una cultura dada, genera ciertas tensiones al momento de introducir esta visión a un análisis teórico propio de las ciencias sociales. Por ello, es que autores como Crapanzano, Rabinow y otros están introduciendo un carácter dialógico en sus textos etnográficos. El tema de lo dialógico en los textos ha sido también una respuesta al discurso monólogo con que muchas etnografías han sido escritas, y que implican afirmaciones autoritarias que retratan realidades abstractas y textuales.
Lo anterior es sólo un ejemplo de inclusión de la perspectiva del nativo, aunque sabemos que este tipo de narrativa es mucho más compleja que lo esbozado aquí y también ha sido fuente de criticas, pero lo que nos interesa es reconocer cómo el etnógrafo se encuentra en un conflicto de interpretación cuando ahora sus propios informantes pueden acceder a su trabajo e influir en él. Esto también ha sido reforzado con la idea que surge en los 70`, que todo conocimiento social debe ser político y no puede mantenerse al margen de los valores socioculturales. Esta situación intermedia, que yo comparto con Thomas, nos lleva a identificar la importancia que tiene la influencia política y cultural del mismo etnógrafo en su trabajo de campo.
Al existir etnógrafos en el tercer mundo, se ha ido cuestionando y criticando la visión euro americana, por lo que su punto de partida va a depender tanto de su contexto social como de sus propios intereses. Por eso Agar (En Reynoso, 1996: 47) reconoce que una de las características especiales de la etnografía es que “Dos estudios de lo mismo van a diferir entre sí, porque depende mucho el punto de partida del etnógrafo que le presta mas atención a una cosa que otra. La generalización de la audiencia etnográfica implica además, que nuestros proyectos etnográficos deben adecuarse a dos facetas distintas. Por un lado, debe ir dirigido al sector académico e intelectual a través del análisis teórico, y por otra parte debe responder a las expectativas del grupo que por lo general nos hemos auto invitado.
Nos podemos entregar a la visión de nuestros informantes en algunos casos, pero volvernos a la nuestra en otros. Frente a esto, es muy importante recordar la relación entre teoría y práctica. Uno no puede separarlas, orque no tiene mucho sentido elegir una en detrimento de la otra, y tal como sugiere Thomas (Ibid) “Reconocer el carácter formador del trabajo de campo con respecto al conocimiento antropológico, no significa sólo preferir la teoría práctica a la práctica teórica. En lo particular, este es un aspecto esencial dentro del proyecto de etnografía que pretendo llevar a cabo, pues en ambas “facetas”, me encuentro con académicos (antropólogos y demás cientistas sociales) que no son meros informantes, al contrario, tienen una capacidad critica de cuestionar mis propias interpretaciones sobre los módulos, y por lo tanto mi único soporte analítico y argumentativo se sustenta en “mi” experiencia y en “mi” proceso sensorial respecto a las actividades realizadas.
Me reconforta poder basar mi trabajo de campo en un conocimiento antropológico que me da la posibilidad cada vez mayor de indagar en interpretaciones intersubjetivas. Otro factor relevante en mi trabajo etnográfico, corresponde a mi posición dentro del terreno o campo. Como ya he mencionado estoy casi invisibilizada en un espacio que es de y para mujeres. No soy una extraña a partir de mi condición de género, pero esto no implica que mi proceso de extrañamiento se diluya y por tanto mi visión de la realidad va estar bañada de parcialidad. El hecho que la mayoría de los participantes en los módulos sean mujeres, no significa que seamos iguales, y que no me siento ajena ni capaz de sorprenderme con las cosas que pasan. Por eso fue muy importante recordar el surgimiento de la antropología feminista, reconociendo que sí es posible que las antropólogas estudiemos a otras sin dejar la “neutralidad” exigida por la disciplina.
El trabajo etnográfico aquí realizado, implica definir un espacio particular como un campo de estudio. Para muchos puede resultar poco viable apropiarse de un taller para elevarlo a la condición de “terreno”, pero mi argumento frente a esto estriba en reconocer que en la actualidad, se produce una polisemia cultural donde es posible tomar como referencia un grupo particular de personas que comparten una experiencia colectiva e individual. ¿Cómo es posible partir de algo tan particular sin el riesgo de quedarse atrapado en lo privativo del grupo? Posiblemente este es un tema a discutir, ya que puede decirse que la antropología queda minimizada cada vez que se focaliza en sectores tan “sui generis” que quizás nada pueden reflejar de un contexto sociocultural mayor.
Sin embargo, en nuestro contexto social, donde las comunidades como unidades de estudio son cada vez más difíciles de definir y limitar, donde la sociedad moderna no ha hecho más que fragmentar a sus individuos a partir de sus diferencias, logrando la dispersión más que la comunión, ¿Por qué no resultaría posible que la antropología -que como disciplina idónea en esta labor- se preocupara por dar a conocer al contexto mayor las prácticas realizadas por todos estos sectores que finalmente son parte efectiva y hasta indispensable de la sociedad? Yo no titubeo en proponer a la antropología como una mediadora entre lo micro y lo macro, entre lo local y lo global, etc., porque tengo la certeza que nuestra peculiaridad se basa precisamente en la capacidad de llegar a lo más cotidiano de la experiencia para interpretar, y por que no corroborar, cómo el mundo simbólico es producido y reproducido por los individuos.
Disciplinas de la Antropología
La Antropología es una Ciencia Social. Entre ellas están la Sociología, Antropología Social, Sicología Social y de la Personalidad. Las Ciencias Sociales aplican su foco sobre el Hombre como Unidad y en los Grupos Humanos. Se llama a las Ciencias sociales, Ciencia de las relaciones Humanas o de la Conducta Humana. En la práctica se las ha dividido en un número mayor o menor de disciplinas conexas.
- Antropología Física que estudia al hombre en cuanto animal. Su interés principal es la historia, evolución y naturaleza presente de la estructura corporal del hombre.
- Antropología Cultural que estudia los orígenes e historia de las culturas del hombre, su evolución y desarrollo, y la estructura y funcionamiento de las culturas humanas en todo lugar y tiempo.
- La Arqueología o Prehistoria trata primordialmente de las culturas antiguas y de las fases pretéritas de las modernas civilizaciones.
- La Etnología (teoría o ciencia de la cultura), en su aspecto teórico se dedica al problema de explicar las semejanzas y diferencias que se encuentran en las culturas humanas.
- La Lingüística se ocupa de las lenguas antiguas y modernas, con o sin escritura. Se interesa por sus orígenes, desenvolvimiento y estructura.
Existe la Antropología Aplicada, definida como la aplicación de los datos, las perspectivas, la teoría y los métodos antropológicos para identificar, evaluar y resolver problemas sociales contemporáneos.
Tiempo Máximo vs. Tiempo Mínimo en Etnografía
Uno de los pilares fundamentales de la ortodoxia etnográfica es el tiempo. Para que una investigación sea considerada etnográfica es necesario desplegar la acción investigativa en un continuo temporal prolongado. Tanto en antropología como en psicología social existe un acuerdo tácito en este respecto. Se da por sentado que para realizar una investigación etnográfica el trabajo de campo debe durar un período largo de tiempo. Recabar la mayor cantidad de información posible y tomar notas descriptivas de todo lo observado parecen requerir, inevitablemente, largas estancias en el campo.
Actualmente, pensar en un tiempo prolongado para la investigación es un lujo y en ocasiones resulta imposible hacerlo (Jeffrey y Geoff, 2004). Ante las condiciones impuestas por la tradición y las limitaciones de la actualidad, consideramos apropiado, pertinente y, sobre todo, práctico más que cuestionar ofrecer, siempre modestamente, una visión alternativa de la relación entre el tiempo y el proceso de investigación etnográfica. Ante la concepción predominante de tiempo máximo es igual a conocimiento máximo, nos inclinamos hacia esta otra idea: en un tiempo mínimo es posible generar un conocimiento suficiente.
Tal como hemos dicho, hay una tendencia a considerar que un trabajo de campo es aceptable si su realización ha implicado un período largo de tiempo. Dentro de la misma antropología existen diferentes propuestas sobre el tiempo que debe destinarse para que el trabajo de campo cumpla con las exigencias metodológicas de la etnografía. Jeffey y Geoff (2004) rescatan algunas divergencias y destacan que algunos investigadores han considerado apropiado destinar dos años para realizar su trabajo de campo; esto tomando como pauta el trabajo realizado por Malinowski (1975, 1993, entre otros). Para otros investigadores lo ideal es un mínimo de doce meses, tiempo suficiente para que el investigador tenga la oportunidad de observar lo que corresponde a un ciclo anual.
Sin embargo, para Wolcott (1993) el tiempo no es un factor decisivo. Según él, hacer etnografía no es pasar mucho tiempo en el campo. Permanecer mucho tiempo haciendo un trabajo de campo no produce, en y por sí mismo, una “mejor” etnografía, y no se asegura de ninguna manera que el producto final será etnográfico. El tiempo es uno de los diversos ingredientes “indispensables pero no suficientes” de la etnografía: sin él la etnografía no es suficiente, pero con él no es indispensablemente etnografía. Según Wolcott (1993), el tiempo destinado para el trabajo de campo debe ajustarse y reajustarse a las circunstancias y condiciones del campo mismo y de la investigación en general.
En muchos casos, la intensidad de la vida académica y las presiones de organismos de financiación, que exigen resultados más rápidos, puede considerarse como una de las causas de esa inviabilidad. El discurso de la rentabilidad, por ejemplo, deja claro que la cantidad de tiempo destinado a la investigación es un valor central siempre y cuando se ahorre lo más que se pueda. Lo importante son los resultados plausibles obtenidos en un tiempo óptimo que, preferiblemente, ha de ser mínimo (Jeffrey y Geoff, 2004).
Ante este panorama, los investigadores se ven forzados a permanecer en el campo ya no el tiempo ideal, sino el tiempo suficiente (Wilcox, 1993). Esto tiene una consecuencia disciplinar de minimización del status metodológico de esos trabajos. No pueden ser considerados etnografías en el sentido clásico del término, si se toma como criterio principal el tiempo, sino que apenas llegan a cuasi-etnográficos, micro-etnográficos o de tipo etnográfico. Esas categorías pertenecen a un mismo orden, siempre menor al orden de la etnografía formal, y aunque cada una posee características propias, tienen el común denominador de no cumplir con el criterio de tiempo que establece la tradición.
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