La imagen de la Inmaculada Concepción, que se ubica en lo más alto del cerro San Cristóbal, se erige luego de grandes esfuerzos, muy avanzados para la época, y de un sacrificio del pueblo creyente jamás visto para financiar una obra de esta envergadura. Así comienza esta historia de devoción y fidelidad a la Madre de Dios, que se consolidó por la osadía de un grupo de católicos, para quienes no hubo nada imposible, y que recordamos cuando por más de 100 años, nuestra Madre vela sobre Santiago.

Orígenes y Celebración del Dogma

En 1854, el Papa Pío IX definió el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Los papas León XIII y Pío X propusieron que, durante el año 1904, se celebrara el quincuagésimo aniversario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción.

Asumiendo la invitación pontificia, el 20 de octubre de 1903, el Arzobispo de Santiago, Mariano Casanova y Casanova, pidió al presbítero don José Alejo Infante Concha, Provisor Oficial del Arzobispado de Santiago, que organizara una reunión de sacerdotes y laicos “a fin de dar a conocer los deseos de los ilustrísimos soberanos Pontífices León XIII y Pío X de celebrar con grande entusiasmo y con festividades religiosas el dicho aniversario…”.

El 22 de noviembre se reunía, en el aula Arzobispal, la solicitada asamblea formada por sacerdotes y gran número de caballeros, presididos por el Arzobispo Casanova. Ese día se creaba una comisión encabezada por don José Alejo Infante e integrada por los sacerdotes Alberto Ugarte, José Ignacio González, Tomas Meza, Alejandro Larrain, Pedro José Infante, y los laicos Domingo Fernández Concha, Enrique Peña Warnes, José Antonio Lira, Juan Bautista González, Luis Gregorio Ossa, Ramón Subercaseaux Vicuña, Osvaldo Pérez Sánchez, Vicente Echeverria Larrain, Rafael Luis Gumucio, Ramón Santelices, José Manuel Eguiguren, Onofre Jarpa Y Eugenio Joannon.

La Necesidad de un Santuario y la Búsqueda de una Imagen

En esos años no existía en Santiago ningún santuario de grandes magnitudes para el culto de la Madre de Dios. Variadas advocaciones eran veneradas en distintos templos esparcidos por todo el territorio, sin embargo, no podrían albergar a un mayor número de peregrinos. Para poder llevar a cabo estas celebraciones era necesario conseguir los recursos, así es como don Miguel R. Prado tuvo a su cargo congregar a un grupo de señoras que serían las responsables de reunir los dineros que costearían los trabajos de construcción e instalación de la imagen.

El Arzobispo de Santiago, don Mariano Casanova, envía una comunicación oficial a las otras diócesis explicando los planes sobre la culminación de las celebraciones del aniversario del dogma, con la colocación de una imagen monumental en honor de la inmaculada.

Con la decisión de situar en la cumbre del cerro San Cristóbal un colosal monumento a la Purísima, la anteriormente mencionada comisión inicia la búsqueda de alguna imagen que pueda ocupar tan exclusivo atrio. La ausencia de modelos originales de la Virgen Inmaculada en talleres de distintos escultores consultados los lleva a tomar la decisión de reproducir una imagen ya existente.

Se solicitan presupuestos y modelos para la obra a Francia, Italia, España y Alemania. La posibilidad más cierta es, entonces, la reproducción de la llamada “Virgen de Roma” a la cual ya nos hemos referido.

El grupo encargado comienza a tomar las mejores decisiones para que todo salga como se espera; que material usar, de qué modo enclavarla y como hacerla llegar son algunas preguntas que durante el proceso se irán respondiendo en un notable trabajo en equipo, como se puede percibir en las comunicaciones de la época.

Desafíos y Construcción del Acceso

El cerro San Cristóbal representa un gran desafío para llevar adelante este proyecto, pues en esta época, solo existía un pequeño sendero para llegar a la cumbre. Entonces se requiere de un proyecto vial que hiciera posible la instalación de la imagen de la Virgen y la llegada de los futuros peregrinos a ese lugar. Finalmente se contrató a dos ingenieros para que realizaran la apertura del camino de un metro de ancho. El costo de ese trabajo fue de 2 mil 700 pesos de la época. Con el tiempo ese trayecto se ensancho hasta el plano.

El 8 de diciembre de 1904 se peregrino desde la Catedral de Santiago hasta el pórtico de las Monjas Teresianas. Ahí, Monseñor Mariano Casanova, Arzobispo de Santiago, bendijo la piedra que posteriormente fue tomada por algunos padrinos y llevada hasta la cumbre del cerro. Según consignan los documentos de la época, ese día hubo un “gran concurso de sacerdotes, caballeros y señoras y numeroso pueblo”.

La Imagen y su Instalación

La fundición VAL D`OSNE, ubicada en Paris, traslado 42 cajones cuyo peso llegaba a los 46.783 kilos. La imagen de 12 metros, seria soportada por una base en fierro y concreto. Esta era la opción más segura y menos costosa a cargo de la compañía holandesa para concreto armado. Su costo fue de 40 mil pesos y fueron ellos quienes subieron la estatua y la depositaron en el pedestal con las evidentes dificultades de la época, pues incluso el agua debía subirse a la cima.

Finalmente, en 1908 se bendice la imagen de María Inmaculada, fruto del trabajo y aporte del pueblo chileno quien no escatimó esfuerzos en honor a la mujer que el mismo Señor Jesucristo dejó como madre de sus discípulos.

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