Miguel de Cervantes Saavedra tuvo una vida azarosa de la que poco se sabe con seguridad. Hay autores cuyas vidas son tan anodinas que nadie se interesaría por ellas a no ser por sus escritos. En cambio, hay autores cuyas vidas nos brindan testimonios apasionantes. La de Cervantes es interesantísima y muy relacionada con sus obras. Él mismo sin duda la consideraba novelesca, mucho más apasionada e intensa que las fingidas historias de los libros de caballerías.

Primeros Años y Formación

Nació en Alcalá de Henares (Madrid), probablemente el 29 de septiembre de 1547. Cervantes nació en 1547 en la joven ciudad universitaria de Alcalá de Henares, la ciudad castellana más intelectual del siglo XVI. Sus antecesores, por sus oficios y por la falta de datos sobre su madre, tienen que haber formado parte del grupo llamado, sin caridad, «cristianos nuevos». El padre de Cervantes fue cirujano, oficio sanitario algo inferior al de médico. Tuvo altibajos económicos, y mudó su familia de una ciudad a otra, según consta en los pocos documentos de esta etapa. Abandonó la ciudad humanista de Alcalá, entonces, cuando Miguel era joven. Por ello su influjo es tenue, pero también innegable.

Allí se corona a los vates: Arias Montano recibe el laurel en 1551, y las enseñanzas de Cipriano de la Huerga despiertan en Fray Luis de León la levadura oriental de sus antepasados. El primer dato para conocer directamente la personalidad de Miguel es de 1569. En una colección de elegías reunida por Juan López de Hoyos, director del «Estudio de Madrid», aparece Miguel como autor de cuatro poemas. Más signi­ficativo, encontramos que López de Hoyos le califica de «caro y amado discípulo». Es de suponer, entonces, que fue un estudiante sobresaliente, el predilecto del maestro. Por el erasmista López de Hoyos disfrutará de otro contacto con la tradición humanística española que Felipe II pronto des­truiría. Cervantes evidentemente recibió estas enseñanzas.

Vida Militar y Cautiverio

Pronto encontramos a Cervantes desterrado por una riña cuyos detalles no sabemos. Sirve en Italia al cardenal Acquaviva. Entra en la marina, y según nos cuenta él mismo, participó en la batalla de Lepanto, una gran victoria de los galeones cristianos sobre los turcos. Por un arcabuzazo perdió el uso de la mano izquierda. Cervantes era, desde entonces, un minusválido. Su mano destrozada era muy visible y sin duda objeto de constantes comentarios y explicaciones. En 1571 participó con heroísmo en la batalla de Lepanto, donde comienza el declive del poderío turco en el Mediterráneo. L... Pese a lo ocurrido, continuó en la vida militar y participó como «soldado aventajado» en varias campañas, entre ellas las de Corfú, Modón, Navarino, Túnez y La Goleta, por mencionar algunas, y en 1574 en las expediciones de Juan de Austria (1547-1578). Durante el viaje de vuelta a España, Cervantes fue aprisionado por piratas argelinos. Entonces comienzan sus cinco años de cautiverio en Argel, una estancia que le marcaría hasta los tuétanos y que constituye, en opinión de Alonso Zamora Vicente y Juan Goytisolo, el eje de su vida.

En lugar de ser vendido como esclavo, suerte de los cautivos pobres, fue retenido en espera de un rescate elevado e imposible de reunir para su familia. Según informaciones que sugieren pero no aclaran unas enormes lagunas, Cervantes organizó varios intentos de huida, fracasados todos ellos. Cinco años después pudo volver a España gracias a los esfuerzos de su familia y de un fraile trinitario, Juan Gil. Llevaría siempre consigo un anhelo de libertad y una honda repugnancia hacia la crueldad de los administradores musulmanes. En 1575, cuando regresaba a España, los corsarios le apresaron y llevaron a Argel, donde sufrió cinco años de cautiverio (1575-1580). Liberado por los frailes trinitarios, a su regreso a Madrid encontró a su familia en la ruina.

Regreso a España y Actividad Literaria

Otra vez en España, cuyo suelo no había pisado desde hacía más de diez años, Cervantes buscaba un empleo seguro al mismo tiempo que se dedicaba a la composición literaria. Sin éxito, intentó conseguir un puesto administra­tivo en las Indias. Consta cierta resonancia y lucro como autor de comedias: vendió «veinte o treinta» de ellas, que fueron representadas en los teatros de Madrid. También Cer­vantes pudo vender la Primera Parte de su Galatea, publicada en 1585. Era la más filosófica de todas las llamadas «novelas pastoriles», y es a ella a la que Cervantes expresa más veces el deseo de volver. Arruinada también su carrera militar, intenta sobresalir en las letras. Publica La Galatea (1585) y lucha, sin éxito.

Hacia 1584 nace el único vástago de Cervantes: su hija Isabel, a quien después protegería económicamente. El mismo año de 1584 Cervantes se casa con Catalina de Palacios, mujer mucho más joven y econó­micamente mejor acomodada que él, del pueblo toledano de Esquivias. Entonces consigue unos encargos administrativos: procurador de la Armada y recau­dador de impuestos atrasados en el reino de Granada. Pero estos cargos aparentemente ingratos tenían la que sería para Cervantes una ventaja fundamental: la oportuni­dad de viajar por Andalucía. Dejando a su mujer bien respaldada materialmente, la abandona y se marcha de la casa marital. Es entonces cuando Cervantes, como después don Quijote, va de pueblo en pueblo. Trasnocha en ventas pobres, pero tiene algo que estima mucho: «la santa libertad». Sus diversiones son la conversación y la lectura. Durante este período sucedió su famoso encarcelamiento en la cárcel real de Sevilla, aludido en el prólogo a la Primera Parte de Don Quijote.

El Quijote y Últimos Años

Las actividades posteriores de Cervantes nos son menos conocidas. Cuando la corte se traslada a Valladolid, a principios del siglo XVII, Cervantes se establece allí tam­bién, acompañado no de su mujer sino de su hermana y de otras parientes, costurera de nobles una de ellas. Fue entonces cuando acabó y publicó la Primera Parte de Don Quijote. Sin recursos para vivir, marcha a Sevilla como comisario de abastos para la Armada Invencible y recaudador de impuestos. Allí cae a la cárcel por irregularidades en sus cuentas. Después se traslada a Valladolid. En 1605 publica la primera parte del Quijote. Contrario a lo que se cree, Cervantes no tuvo dificultad en publicar sus libros acabados, aunque no con las recompensas elevadas que quisiera haber percibido. El éxito dura poco. Con la Primera Parte del Quijote en la calle, Cervantes ganó la primera entrega de la fama que siempre anhelaba, si bien como autor «festivo», es decir cómico.

En la última década de su vida, cuando tenía más de cincuenta y ocho años, consiguió el apoyo económico del Conde de Lemos, que le permitió dedicarse completamente a la escritura. Acaba en unos pocos años las Novelas ejemplares, obra que le saca de la poco prestigiosa categoría de autor humorístico y le concede el aplauso general. Entonces se le califica, por primera vez, de «honra y lustre de nuestra nación, admiración y envidia de las extrañas». Comienza a tener admiradores y seguidores, entre ellos Tirso y Góngora. En sus últimos años publica las Novelas ejemplares (1613), el Viaje del Parnaso (1614), Ocho comedias y ocho entremeses (1615) y la segunda parte del Quijote (1615). En 1606 regresa con la Corte a Madrid.

En sus últimos años, enfermo y amargado por el infructuoso intento de conseguir un cargo en Nápoles, escribe constantemente. Con la colaboración activa de su antiguo rival Lope, aparece un ataque de mal gusto en la forma de la continuación de «Avellaneda» del Quijote, y se siente obligado a detenerse para acabar rápidamente su propia continuación, paralizada años atrás. Publica el Viaje del Parnaso, un poema de crítica literaria. Acaba apresu­radamente la que considera su obra maestra, Los trabajos de Persiles y Sigismundo, cuatro días antes de morir, y que publica, póstuma, su viuda. Murió en Madrid el 23 de abril de 1616. El triunfo literario no lo libró de sus penurias económicas.

Carácter y Pensamiento

¿Qué tipo de hombre fue Cervantes? Honrado, desde luego. Lo demuestran tanto el cuidado que tuvo para proteger a su hija natural y a su mujer, como los avales que consiguió para poder trabajar con dinero de la corona. También es notable su sentido de la responsabi­lidad del escritor a estimular al lector a vivir y obrar bien. Cervantes también era hablador, buen bebedor, asiduo de tabernas y jugador de naipes. Como don Quijote, estaba más a gusto entre gente humilde que en palacio. El pueblo llano le parecía por lo general más sensato, inteligente y honrado que la cortesana aristocracia, cuya ignorancia cuando no corrupción-le era insoportable. Entre la gente sencilla Cervantes encontraba, a veces, verdaderos filósofos, perso­najes peculiares con quienes conversar y de quienes aprender con alegría.

Era la conversación, entonces, un medio de satisfacer su curiosidad insaciable, sus ganas de conocer y entender. Era sin duda un hombre de amistades. Ya mayor, como hemos dicho, tuvo admiradores y hasta seguidores. Tampoco tenemos noticia de una amistad femenina, y sus relaciones emocionales con su mujer y con Ana Franca, la madre de su hija, parecen haber sido parcas. Era un hombre rodeado de compañeros, pero al mismo tiempo solitario y callado, sin este «verdadero amigo», de toda la vida, tan apreciado en sus obras.

Otro medio de satisfacer su curiosidad era viajar. Cer­vantes viajó mucho, y conocía Italia, Portugal, el imperio otomano, Barcelona y Andalucía. Quería viajar más: a las Indias, por ejemplo, y quería volver a Italia. Si no podía viajar lo reemplazaba con la lectura. Esta tiene que haber sido su diversión favorita durante muchos años, según los muchí­simos libros, entre ellos libros de historia, geografía, ciencias y matemáticas, que muestra haber conocido. Era uno de los hombres de más ancha formación que había en la España de su tiempo. En sus propias palabras: «quien anda mucho y lee mucho, ve mucho y sabe mucho».

Saber mucho, en un mundo en que la libertad de prensa no existiría hasta siglos después, era carga a veces dura. Siendo la sociedad española de su tiempo más opresora de los intelectuales que de los criminales, comunicar, un punto de vista disidente sin rodeos llevaría a uno directamente a los grilletes, cuando no a la hoguera. Pero las opiniones políticas y religiosas de Cervantes, nacidas de sus experien­cias más que de la lectura, salen fácilmente de sus obras. Quería una sociedad racional y por ello justa, y la que le tocó vivir visiblemente distaba mucho de serlo. Todas las almas son creadas iguales, recuerda el equitativo Cervantes, y cada uno es hijo de sus obras. Las obras de la corrupta aristocracia, cuando hacían otra cosa que entretenerse, no correspondían con su posición en la sociedad. Más honradez y menos hipocresía se podía encontrar entre los muleros, picaros y prostitutas: hasta los criminales tenían honra. Más justicia había entre los moros. Resultado de la venalidad de la aristocracia, nobleza y realeza es que su país, tan rico, iba a la ruina.

Como cualquier pensador de su tiempo, Cervantes disen­tía de varias posiciones oficiales de la iglesia. La abundancia de conventos y monasterios, ricos muchos de ellos, le parecía escandalosa. El culto a los falsos santos y milagros, el mal cumplimiento de los votos religiosos, las luchas entre facciones cristianas y la falta de unidad contra su «enemigo común», los turcos, le desagradaban mucho. En un sentido más íntimo, se encontraba confuso ante la contradicción entre lo que le decían sus observaciones y razón, y las creencias a que le obligaba la fe. Estaba, entonces, perplejo ante el gran problema religioso: la existencia del mal.

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