La autora que elabora el presente ensayo evidencia la incongruencia que existe respecto del proceso de evaluación educativa. En este marco, no cabe duda que el término «evaluación» es moneda de uso común en cualquier discurso educativo. Con una u otra acepción, asociada a una diversidad de prácticas e impulsada por distintas estrategias políticas.
Sin ánimo de agotar un asunto que bien podría ser objeto de atención más exhaustiva, merece la pena detenerse aquí en la consideración de dos conjuntos argumentales que, en su interrelación, explican sobradamente el interés que despierta hoy en día la evaluación y de las cuales se extraen varias consecuencias de primer orden para la política y la administración educativas. Por una parte, existe la convicción de que el sistema educativo actual no funciona de modo tan eficaz, eficiente y equitativo como a menudo se proclama o se pretende. Ya no basta con proclamar la necesidad del cambio, que a pesar de las estrategias puestas en marcha, aún no hemos podido resolver.
La evaluación en tanto proceso educativo integra el campo de la Didáctica, definida como “teoría acerca de las prácticas de la enseñanza”. En dicho campo, el contenido y el método han sido dimensiones centrales, en tanto las ideas y las prácticas de la enseñanza se han configurado en torno a ellas. Otras cuestiones como el currículo, las estrategias o la evaluación, si bien formaron parte de la agenda clásica de la Didáctica y se consolidaron como categorías del debate didáctico, no tuvieron ese rango de centralidad.
Sin embargo, el problema de la evaluación, ha ido adoptando progresivamente mayor importancia, como resultado de cierta "patología", las prácticas educativas se fueron estructurando en función de la evaluación, transformándose ésta en el estímulo más importante para el aprendizaje. Este hecho genera un efecto multiplicador nefasto para la calidad de todo el sistema de la educación, ya que desde esta perspectiva la evaluación se convierte en la “cenicienta del cuento” que determina qué vale la pena ser enseñado, aprendido y cuál es la manera correcta para estimar el desempeño de los alumnos, lo que deja al descubierto la iatrogénesis general del triángulo del poder.
Valga aquí la aplicación metafórica del concepto médico de iatrogénesis (cuando los hospitales, ideados y financiados para curar, se convierten en lugares donde se adquieren enfermedades muy específicas de contagios, enfermedades que no se adquirirían fuera de ellos). Los estudiantes que comparten tal ideología pueden adaptarse a las exigencias del sistema educativo, pero para otros, el tránsito por la escuela estará plagado de “irrelevancias” o de reglas de juego que no comprenden.
Como se deduce de lo anterior, no es posible tratar a la evaluación técnicamente en la educación, sino que requiere una reflexión de fondo; y sólo después se estará en condiciones de promover una plataforma de debate y transformación respecto a la patología que afecta a la práctica de la evaluación educativa. Estamos, pues, frente a “un viejo tema en un debate nuevo” como ha escrito al respecto Edith Litwin.
Se trata de un campo de estudio y de intervención que es necesario contextualizar en el marco de las políticas educativas y analizar en todas sus aristas, niveles y dimensiones de análisis intervinientes. Por una parte, es preciso señalar que comparte un campo semántico que tiene que ver con cuestiones que remiten a actividades de comparar, constatar, clasificar, medir, cifrar, examinar, etc.; pero que por otra parte no puede confundirse con ellas; se diferencia porque aquéllas son actividades que desempeñan un papel instrumental y de ellas no se aprende; la evaluación las trasciende.
La evaluación educativa formativa adquiere sentido y legitimidad, en la medida que está al servicio de los procesos educativos de enseñar y aprender, puesto que se integra plenamente en la práctica educativa y se debería orientar fundamentalmente a la mejora de la educación a favor de los actores involucrados en dicha práctica, fundamentalmente el alumno y el docente. cooperativamente, en los contextos de práctica y entre todos los implicados.
En síntesis, la evaluación, la pienso como parte esencial del proceso de enseñar y aprender, es la coyuntura para guiar toda la acción educativa. Desde aquí se la concibe como una responsabilidad pedagógica, ética y social, y no como una mera tarea técnica de control, selección y promoción. Su carácter continuo, procesual, contextual y estratégico en el proceso educativo, es especialmente necesario para ayudar al alumno a comprender el proceso de aprendizaje en el que está involucrado junto al docente, que le brinda el auxilio y apoyo, no sólo para que aprenda, sino para que aprenda a aprender mejor.
Mientras se registran algunos progresos en las estrategias didácticas que operacionalizan los conceptos anteriores, las prácticas de evaluación han sido más difíciles de cambiar, se sigue rigiendo por el paradigma positivista, donde la educación se entiende como la modificación de los patrones de conducta de los individuos, dicha conducta es observable y los resultados son tan medibles como moldeables por reforzamientos. Esta es una concepción antropológica y psicológica netamente conductista que priva la concepción de persona, busca crear, según esta concepción una sociedad homogénea e igualitaria, buscando la superación de la marginalidad social. Este sujeto está completamente adaptado y, lo que es más grave, desfigurado totalmente de su condición humana.
En mi práctica docente, como seguramente en la de muchos de ustedes por no decir todos, se advierte una notable recurrencia en la terminología que utilizan los alumnos al referirse a la instancia del examen o de las asignaturas que cursan, revelando de una manera alarmante, que lo importante es aprobar y no aprender; se preguntan entre sí: ¿qué vas a dar? o ¿ de qué te libraste?, ¿qué materia vas a sacarte de encima, primero?.
La evaluación es para este paradigma solo un acto de medición, esto es una comparación de logros y resultados, con los objetivos determinados a priori por el profesor, que guía el acto educativo, es decir, comparar entre los esperado y logrado; el referente es una unidad de medida, que no toma en cuenta todas las potencialidades que el sujeto pueda ir desarrollando en su propio proceso de aprendizaje, y por medio de la misma evaluación. Tal comparación no es ingenua, sino perversa, en el fondo tiende a favorecer a las instituciones y a las personas más beneficiadas.
El protagonista de la realización de la evaluación es siempre el profesor, es sujeto de evaluación siendo externo al alumno, que es el único objeto a juzgar, sin darle importancia a sus perspectivas, condiciones contextualmente económicas y socio- culturales. El docente es un investigador que se limita a verificar sus hipótesis. Mas allá de todos los progresos, la evaluación sigue estando al favor de la reproducción, desaprovechando la oportunidad para aprender, la reprobación es una forma de castigo inevitable, aunque desde otra concepción, ésta también podría llegar a ser una manera de aprender y mejorar, porque no se trata de plantear una evaluación a "la ligera" sino que su planificación exige todo un trabajo previo, buscando que en su misma realización, se produzca un intercambio y un crecimiento integral, debería estar íntimamente relacionada al aprendizaje y a la enseñanza para que no se produzca un divorcio, esto es, para que no se vean concentrados los esfuerzos solamente en función de la prueba.
“La preocupación por los resultados priva a la evaluación de la mayor parte de su poder transformador. No aprenden de ella ni el sistema, ni los profesores, ni los estudiantes. La concepción de “la evaluación desde el interés de la racionalidad práctica y crítica, se caracteriza por la búsqueda del entendimiento, la participación y emancipación de los sujetos. Así, enseñar, debe ser tomado como un proceso a través del cual podamos crecer, desarrollarnos y cooperar para que otros lo hagan. Además creo que la actividad autoestructurante del alumno es un factor fundamental, pero el sólo no es determinante del aprendizaje; es parte de la enseñanza y del aprendizaje.
En la medida en que un sujeto aprende, simultáneamente evalúa, discrimina, valora, crítica opina, razona, fundamenta, decide, enjuicia, opta entre lo que considera que tiene un valor en sí y aquello que carece de él. Por último, creo que el desafío como docentes ante la paradoja planteada y muchas otras, es trabajar por la promoción de lo humano, conscientes de que seguramente el proceso no será tal como lo anticipábamos o deseábamos, porque sino nos estaría embargando de lo que Meirieu llama la obsesión de domar o seducir al alumno, cueste lo que cueste, incluso violentando su libertad. Esta aventura es la esencia por la que vale la pena vivir; ya que aceptar renunciar al otro y a uno mismo no es cosa fácil. ¿Pero es posible?.
TAG: #Curriculum

