En 1995, el economista estadounidense Jeremy Rifkin formuló una profecía que resonaría en el mundo: "El Fin del Trabajo". Rifkin anunciaba que, tarde o temprano, los trabajadores serían reemplazados por softwares y máquinas automatizadas, lo que significaría la inevitable pérdida de cientos de miles de puestos de trabajo.
A veinte años de la publicación de la obra de Rifkin, el trabajo, y por cierto los trabajadores, no dan señas de estar en camino a la extinción. Y si bien la tecnología ha hecho innecesarios muchos tipos de empleo como preveía el Grupo Krisis, la verdad es que el proceso no ha sido tan drástico.
El año 2017, la Universidad de Oxford instaló la preocupación en el mundo laboral con la publicación de un informe que advertía sobre la pérdida masiva de empleos a mediano plazo, esto por efecto de la «revolución industrial 4.0» que supondría la introducción masiva de nuevas tecnologías en distintos sectores productivos. En su momento, el estudio generó reacciones dispares.
Hay quienes, catastrofistas, anunciaron la materialización de las predicciones del sociólogo y economista estadounidense Jeremy Rifkin que ya a mediados de la década del noventa del siglo pasado predecía el fin del empleo. Otros, en cambio, pusieron paños fríos, y señalaron que, si este proceso de automatización se llevaba a cabo, sería progresivo.
Así mismo, el perfil de los trabajadores precarios que comienzan a verse desplazados por la adopción de nuevas tecnologías, está lejos de corresponder al perfil del trabajador cualificado, con capacidades previamente instaladas, que emprende procesos de actualización a las nuevas necesidades de la industria por medio de la formación continua.
Por ello no es exagerado afirmar que la pandemia aceleró los procesos de adopción de nuevas tecnologías. Y, de hecho, así lo confirma un informe de Fondo Monetario Internacional que, además, da cuenta de una significativa pérdida de empleos, sobre todo empleos precarios de baja cualificación, ahora efectuados por robots.
Es que la adopción de nuevas tecnologías se ha efectuado a la velocidad del carácter de urgencia que imprime la pandemia. Mientras que los nuevos empleos que eventualmente podrían desempeñarse en un entorno productivo hipertecnológico, no se crean de la noche a la mañana.
En ese sentido, para la situación de Chile, con el objetivo de evitar tasas de desempleo de dos dígitos crónicas, resulta urgente que el Estado junto con instituciones educativas públicas y privadas orienten sus esfuerzos y mallas curriculares hacia las necesidades de los empleos futuros. También resulta urgente revisar la vocación productiva del país: somos consumidores pasivos de alta tecnología, pero en ningún caso productores.
La Transformación del Trabajo y la Emergencia del Precariado
Luego de la caída de los socialismos reales, de la crisis medioambiental heredada de la producción industrial, de la irrupción de las nuevas tecnologías y la globalización con su nueva división mundial del trabajo, insistir en evocar la imagen del obrero industrial -casi siempre hombre- musculoso de overol y casco como el motor central de un cambio social profundo es simplemente nostálgico.
Hay, sin embargo, ciertos autores que han elaborado teorías que no sólo declaran anacrónica a la "vieja" clase obrera tradicional, sino que, deslumbrados con la nueva morfología del trabajo contemporáneo -en especial con la tecnologización e informatización de algunos empleos-, van más allá y han llegado a anunciar la liquidación del trabajo mismo, eliminando de pasada la importancia de los trabajadores dentro de los procesos sociales.
De hecho, Guy Standing, economista y sociólogo inglés, afirma que a la fecha, según cifras oficiales, el número de población realizando trabajo remunerado tanto en países de la OCDE como en Asia, África y América Latina, dan cuenta que "Hay más empleos que en cualquier otro momento de la Historia". Es decir, los datos duros indican estamos muy lejos de presenciar el fin del trabajo -y de los trabajadores-. Menos aún en los países periféricos.
Tal es el caso de Chile, economía "emergente" que, según cifras del INE, en junio del 2015 cuenta con una fuerza de trabajo de 8.528.400 personas y, considerando asalariados y trabajadores por cuenta propia, una cantidad de 7.972.630 de ocupados en el trimestre móvil abril-junio. La tasa de cesantía el trimestre marzo-mayo es relativamente baja anotando un 6,6% de desocupados. La población inactiva por su parte (menores de 15 años, retirados, estudiantes de tiempo completo, población que decide no trabajar, entre otros), asciende a 5.787.010.
En su ensayo "El precariado. La nueva clase peligrosa" (Standing 2011) este autor elabora un notable análisis de la que él considera es la clase emergente que tendría el potencial de reemplazar al viejo proletariado en su rol de sepulturero del capitalismo. Hablamos del "precariado" ¿Quiénes conforman este grupo? Aquellos que tienen "un empleo inseguro, inestable, cambiando rápidamente de un trabajo a otro, a menudo con contratos incompletos (...) intermediados mediante agencias".
Standing aclara que si bien los trabajos temporales, el subcontrato y todo lo que incluye ese paquete de medidas precarizadoras llamado "flexibilidad laboral" no son novedad en neoliberalismo maduro, hay rasgos que hacen de estas condiciones algo más que malas condiciones laborales y, de los trabajadores precarios, algo más que un grupo dentro de la clase trabajadora.
La primera nota distintiva, es la extensión de las condiciones de precariedad a toda la existencia del trabajador en un proceso de "adaptación de las expectativas vitales a un empleo inestable y a una vida inestable" lo que implica una "pérdida de control sobre el propio tiempo y sobre el desarrollo y uso de las capacidades propias".
La segunda característica que determina al precariado como una auténtica clase sería, al decir del autor, el "nivel educativo y formativo por encima del nivel que se le exigirá en el trabajo que entra en sus expectativas". No tiene nada de extraño toparse con trabajadores precarios con formación universitaria, incluso de posgrado.
Otro rasgo característico de los precarios es que destinan parte importante de su vida en "trabajo para buscar trabajo", como son los "papeleos burocráticos, haciendo colas, rellenando impresos, reciclándose, etcétera". La imagen del profesional cesante mejorando sus perfiles en los portales de búsqueda de empleo durante horas grafican bien esta situación.
En cuarto lugar tenemos el flujo de ingresos del precariado. El precariado, sólo percibe ingresos monetarios, señala Standing. Al contrario que otros grupos sociales, el precariado no recibe beneficios estatales y, comúnmente, por su tipo de relación contractual, tampoco tendrá beneficios tales como salud o previsión.
Alternativas y Reflexiones Finales
Por último, y aunque suene lejano, también es importante considerar que el trabajo tal como lo conocemos está en extinción. Como advertía el antropólogo David Graeber, muchos trabajos actuales son simplemente prescindibles para la sociedad. Y esta tesis la pandemia la ha demostrado con creces. Por ello, no resulta descabellado pensar en una Renta Básica Universal que garantice medios de subsistencia a la población marginada por un eventual desempleo masivo.
Una línea de pensamiento es que en el mundo de los servicios se automatizan las actividades de poco valor, repetitivas y monótonas lo que lleva a que los trabajos de naturaleza “simbólica”, de análisis o que implican “relaciones humanas” seguirán siendo desarrollados por seres humanos y no serán automatizados. Esta línea de pensamiento nos da la esperanza que las profesiones que tengan estos componentes cognitivos y relacionales se salvarán de la automatización.
A lo mejor que el mundo camine hacia menos trabajo para los humanos puede tener un lado muy interesante y es que, por fin, trabajaremos menos y tendremos la oportunidad de tener más vida familiar, más ocio y más tiempo para actividades completamente desligadas de lo productivo. Haciéndose cargo de esta perspectiva el autor propone varias medidas interesantes de discutir como la emergencia de un ingreso básico para todos los seres humanos pagada por el estado, la reducción de la jornada de trabajo y el desarrollo del tercer sector, aquel sector económico que no está ni el mercado ni en el estado y que representa a la sociedad civil.
Creo que el libro de Rifkin es interesante de revisar y nos lleva a pensar en qué nuevas actividades económicas pueden surgir acorde a las nuevas tecnologías, que generen empleos para la población, también nos puede llevar a pensar en la educación de valor que entregan los colegios y universidades a los jóvenes para que emprendan nuevos negocios y para que realicen actividades valiosas económicamente.
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