El trabajo, desde una perspectiva bíblica, no es solo un medio de subsistencia, sino también una vocación y un servicio que dignifica a la persona. A continuación, exploraremos el significado del trabajo a la luz de la Biblia, así como reflexiones sobre la fe, el esfuerzo y la justicia social.
San José Obrero: Un Ejemplo de Dignidad en el Trabajo
El 02 de mayo se conmemoró el Día Internacional del Trabajo encomendando a todos los trabajadores a San José Obrero, padre adoptivo de Jesús y patrono de los trabajadores. La festividad de San José Obrero recuerda a un hombre silencioso, firme y trabajador, como lo describe el Papa Francisco. Jueves 1.° de mayo: San José Obrero, carpintero de Nazaret, encarnó la dignidad del trabajo y la fe vivida en lo cotidiano.
Para el Pontífice, José no fue solo el carpintero de Nazaret. Para Francisco, José encarna el valor del trabajo como vocación y servicio. En el taller familiar, enseñó a Jesús no solo a trabajar con las manos, sino a comprender el sentido profundo del esfuerzo.
El Trabajo como Vocación y Servicio
Reinaldo Castro, rector del CEST, hizo alusión a la dignidad de la persona en el trabajo, señalando que muchos jóvenes a su corta edad han tenido que trabajar, para ayudar a sus familias.
La figura de san José también es central en la crítica del Papa a un modelo económico deshumanizante. “Pienso en cuantos, y no sólo los jóvenes, están desempleados. Muchas veces por causa de una concepción economicista de la sociedad, que busca el beneficio egoísta, al margen de los parámetros de la justicia social. […] Me refiero a lo que podríamos definir como el ‘trabajo esclavo’, el trabajo que esclaviza.
José, aunque presente en los Evangelios de manera discreta, es fundamental en la vida de Jesús. No hay grandes discursos ni gestos públicos, pero sí una vida de trabajo y sacrificio. El Papa Francisco ha resaltado que, aunque muchos no reconozcan a José en su época, su legado se extiende en cada acción que defiende la dignidad humana.
La Dignidad del Trabajo: Un Llamado a la Justicia Social
El Papa Pío IX, en 1847, estableció para la Iglesia universal la celebración de San José como patrono de los trabajadores, fijándola para el tercer domingo de Pascua. León XIII, en su encíclica Quamquam pluries, resaltó el papel del trabajo en la vida de San José y su ejemplo para los trabajadores. El Papa Pío X trasladó esta celebración al miércoles anterior.
Hoy han pasado los años y la realidad del trabajo sigue siendo de luz y de sombra. El trabajo dignifica la persona, es siempre oportunidad de crecer y de experimentar el sentido que tiene la vida, el trabajo nos hace mejores personas, hace también que nuestros países crezcan y sean el hogar de todos los que en ese territorio se acoge. En el día del trabajo elevó la plegaria por todos los que buscan trabajo, para que lo encuentren y éste sea digno, también oro por los que poseen un trabajo, para que sea ocasión de crecer en dignidad, progreso personal y del mundo.
El trabajo dignifica la persona, es siempre oportunidad de crecer y de experimentar el sentido que tiene la vida, el trabajo nos hace mejores personas, hace también que nuestros países crezcan y sean el hogar de todos los que en ese territorio se acoge.
Mandas y Promesas: Una Reflexión sobre la Fe Popular
Uno de los artículos que considero y me ha servido de pauta es el estudio, escrito por Monseñor Gaspar Quintana, titulado: “La promesa o manda en la Santa Biblia y algunas pistas teológico-pastorales”. En mi experiencia personal, he cumplido promesas y mandas como penitencia sugerida por los confesores en alguna ocasión; además, he realizado mandas por iniciativa personal, solo o acompañado por otras personas.
En diversas circunstancias, he tenido la oportunidad de estar al lado de personas que han realizado una manda y me han solicitado acompañarles en el cumplimiento de la misma. El sentido y el significado de la manda, suele estar ligado o relacionado con las peregrinaciones. Generalmente, la manda se cumple con motivo de una peregrinación o de una visita a un lugar sagrado, a un santuario.
También está relacionada la promesa con momentos culminantes de la vida o de la conversión de las personas. En el lenguaje religioso católico se habla de votos, promesas y mandas. Los votos son promesas formales, privadas o públicas. Los votos son propios de la vida consagrada, particularmente, los tres votos de pobreza, castidad y obediencia.
Las promesas, en general, tienen un carácter amplio y abarcan distintos aspectos, ya sea del ámbito público o privado. La manda es una promesa que suele estar relacionada con la piedad popular o con las peregrinaciones; puede tener carácter penitencial, de petición de un favor o de agradecimiento por una gracia concedida, según los casos.
En todos los casos se da un aspecto contractual, pero es más fundamental la actitud del creyente que se fía de Dios y se ofrece a sí mismo. La manda, al estar ligada generalmente a las peregrinaciones, debe ser adecuadamente valorada y comprendida por los rectores y por los pastores de los santuarios.
De hecho, en la realización de una manda siempre subyacen aspectos antropológicos y religiosos dignos de consideración. Esta comprensión ayuda para una mejor evangelización y facilita el encuentro gozoso de Dios con los hombres, que supone siempre la iniciativa y la alianza de amor por parte suya, y el cumplimiento de sus mandamientos por parte nuestra. La condición de base para captar el verdadero sentido de la manda es captar el amor de Dios, sin pretender manipularlo ni renunciar a la libertad que Dios mismo nos concede. De lo contrario, se cae fácilmente en la magia o en la superstición.
Sólo a la luz del misterio de Cristo cobran sentido las mandas y las promesas: En él se realiza de manera perfecta la alianza de Dios con los hombres. En él ha cumplido Dios todas las promesas. Él es el camino, la verdad y la vida. La manda, tiene un carácter de diálogo y supone la relación con lo sagrado.
Es una forma de relación entre la criatura y Dios, María, los santos canonizados u otros personajes honrados por el pueblo. Generalmente, la manda refleja la fe humilde y confiada de quien la hace, pero en ocasiones, también se observa cierta superstición, magia, ignorancia religiosa o vana credulidad.
En resumen, podemos decir que la manda (promesa propia de la piedad popular) es una oración de petición, reforzada por una decisión que compromete para el presente y el futuro la voluntad del promesante delante de Dios con un ofrecimiento de dones o sacrificios, a manera de acción de gracias y de reconocimiento por el favor concedido.
La manda la realiza una persona con fe. Lógicamente, nuestra fe siempre es muy pequeña: “si tuvieran fe como un granito de mostaza...” Todos podemos exclamar, como el centurión: “Señor, creo, pero aumenta mi fe”. Quien hace una manda la realiza con sentido de fe, supone algún grado de relación con Dios.
La manda implica el sentido de la oración en la persona o en el grupo que la realiza. Se trata de una oración gestual, de un signo de fe, de una práctica de piedad popular, de una manifestación religiosa. Las mandas forman parte del lenguaje gestual y simbólico de la piedad popular.
Al hacer una manda, la persona refleja su mundo íntimo, con los vaivenes propios de su fe, con sus temores y esperanzas, con sus pobrezas y riquezas, con sus dolores y alegrías, con sus angustias y consuelos.
Las Promesas en el Antiguo Testamento
En el AT: Las promesas están estrechamente asociadas a la oración cuya influencia sobre la divinidad tienden a reforzar. Se trata de promesas por las que alguien con el fin de obtener un favor divino, se compromete voluntariamente para con Dios en algo, especialmente en los momentos difíciles.
La Promesa y la Oración
La promesa y la manda están profundamente arraigadas en la práctica religiosa de nuestro pueblo latinoamericano. Es necesario asumirlas y valorarlas adecuadamente. Tal como afirma el Documento de Puebla: “será una labor de pedagogía pastoral, para que el catolicismo popular sea asumido, purificado, completado y dinamizado por el Evangelio” (P 457).
Como hemos visto anteriormente, la promesa y la manda están íntimamente relacionadas con la oración. La oración supone tener fe en un Dios personal que nos conoce. No es hablar con una idea, o una fuerza impersonal que me puede socorrer, sino un encuentro con una persona. Se trata de una fe en la presencia real y activa de Alguien que se revela y nos invita a entrar en un diálogo con El. Esta fe vive de la oración.
Cuando creemos de verdad, nos expresamos con la oración: se ora lo que se cree (“lex orandi, le credendi”). La oración del cristiano implica una riqueza nueva, propia de los hijos de Dios. La oración cristiana es realizada por el Espíritu que ora en nosotros. Toda oración cristiana, de cualquier tipo, alcanza su culminación en Cristo, el cual llama a Dios “Padre”, de forma única (Mc 14, 36). Dios Padre se nos ha hecho visible y cercano en la persona de Jesús, que es el “Dios con nosotros”. Y el Espíritu es quien nos permite exclamar “Abba, Padre”.
Orar desde el corazón de Cristo es amar no sólo al Padre sino también a los hermanos. Amando al prójimo se escucha a Jesús, y por medio de Jesús se ama a Dios Padre. Y este amor al Padre (Lc 10, 25 al 11, 13) lo traduce en forma de oración. La fe de la persona que acude a Dios para que lo socorra en su aflicción cualquiera que ella sea, es un elemento muy importante.
Se puede constatar en los relatos evangélicos que la fe está referida a historias de milagros. Así lo verificamos en los siguientes ejemplos: (Mc 2,5; 5,34; 9,19; 10, 52; Mt 8, 10; Lc 17, 19).
A partir del nuevo culto que Jesús instaura, hay también muchas pistas orientadoras para la oración y los sacrificios, que nos sirven para mejor comprender la manda o promesa. Seguimos el evangelio de Marcos (Mc 9 a 11).
Frente a la manera antigua de honrar a Dios, Cristo propone una nueva que no depende de un templo, de un lugar de culto, sino de “adorar a Dios en espíritu y en verdad”. La oración implica una creencia absoluta en su eficacia (Mc 11, 24). Además, exige el perdón de las injurias recibidas, fruto de la misma oración (Mc 11,25). Consecuencia de este perdón al hermano será el perdón mismo otorgado por Dios.
El culto a Dios pasa por la calidad de nuestras relaciones con el prójimo: amor, reconciliación, servicio, solidaridad (Mt.
También la limosna es tocada por el nuevo culto según Cristo. Sigue teniendo valor, pero la valoración es diferente (Mc 12, 41-44). No está en la cantidad de dinero, sino en la calidad del amor y de la generosidad.
Estos criterios son importantes para discernir en los promesantes el valor de su ofrenda, que no se medirá tanto por lo poco o mucho que haga en donación, en sacrificios, en tiempo, en dinero, en oraciones, sino por el grado de amor, la gratuidad de la entrega y la aceptación de la voluntad de Dios en su vida.
Aspectos Positivos de la Manda
En ella el creyente decide según la propia conciencia un tipo de relación con Dios, la Virgen o los santos. Supone una relación de amorosa confianza en la providencia de Dios que se preocupa de sus hijos, especialmente de los pobres y sufridos. Refleja la sabiduría popular, guiada por la fe cristiana, aunque no siempre perfecta y madura, que permite al pueblo creyente profundizar en el contenido de su oración de petición. Mediante la promesa la persona hace una síntesis vivencial de las verdades que cree integrándolas con los problemas cotidianos que vive (dinero, trabajo, salud, familia, etc). Algunas mandas, por el contenido de la promesa y el compromiso que encierran, ofrecen a los fieles la oportunidad de tener un contacto con la Iglesia Católica, de la que se sienten parte. Así, por ejemplo visitar al...
"Es la hora de una profunda introspección tanto a nivel personal como institucional. La idea de poseer siempre más y de los derechos individuales ha engendrado una carrera por acceder a mejores condiciones materiales. Tal vez, por lo mismo, en el camino ha generado agresividad y el todo vale.
"Debemos redescubrir que el poder de las autoridades existe para servir a los demás y que servirse de dicho poder provoca un daño capital. Debemos tomar conciencia de que la honra de las personas es crucial en la convivencia social. Monseñor Duarte agregó que todavía estamos a tiempo para desterrar la idolatría del dinero y de la corrupción.
"Este momento donde compartimos como comunidad viene de una larga tradición que tiene la Iglesia de ofrecer la contribución de su enseñanza y experiencia a aquellos que pretenden servir a la causa del hombre, el trabajo, el progreso, la justicia social y la paz. Como institución de la Iglesia debemos estar atentos a los signos de los tiempos, como lo hiciera la Encíclica Rerum Novarum del Papa León XIII, haciendo una encendida defensa de la dignidad de los trabajadores", agregó.
"El Shabat en la tradición judía recuerda al día del descanso. ¿Qué nos dicen los libros sagrados sobre el descanso? ¿Qué dice la teología? En la Biblia se nos ofrece un relato de la creación que pone en escena los parámetros del universo, donde Dios descansa al 7° día. El descanso para Dios es parte de la creación.
Para el cristiano, el trabajo es sumarse al plan creador de nuestro Dios.
TAG: #Trabajo

