El concepto de que "el obrero es digno de su salario" tiene profundas raíces históricas y filosóficas, especialmente dentro de la tradición católica. Este principio ha influenciado significativamente el desarrollo de la legislación laboral y las políticas sociales en diversos países.
El Contexto Histórico y la Rerum Novarum
Rerum novarum marcó la discusión sobre el salario más allá del mundo católico durante los conflictos sociales de comienzo de siglo XX. Casi cinco meses después de publicarse Rerum novarum, el arzobispo de Santiago, Mariano Casanova, publica su comentario pastoral en El Porvenir. Junto con llamar a obreros y sacerdotes a divulgar la encíclica, el grueso de su mensaje se dirigía al ámbito de acción del Estado.
Propone su intervención para limitar la codicia, “haciendo obligatoria la ley del descanso dominical”, fomentar la religión y el florecimiento de las buenas costumbres y, finalmente, llama a la conciliación entre patrones y obreros. Su alocución está teñida por el temor al socialismo; recomienda soluciones concretas a los graves problemas sociales, como la vivienda obrera. En general, la recepción de Rerum novarum subrayó la ayuda en mercancía y la explicitación de los deberes entre patrones y obreros, por sobre el salario.
El Caso del "Harvester Case" en Australia
El 8 de noviembre de 1907, el juez Henry B. Higgins, presidente de la Corte de Arbitraje y Conciliación de la Commonwealth de Australia, dictó un fallo que repercutiría en el desarrollo posterior de la seguridad social australiana. Eligiendo entre las múltiples y crecientes solicitudes de conciliación industrial, la sentencia del Harvester Case falló contra el empleador, un fabricante de maquinaria agrícola. En el marco legal de ese entonces, el empleador quiso acogerse a una rebaja de impuestos por considerar que pagaba salarios razonables y justos.
Durante los alegatos, el juez recabó información para sentenciar que las empresas debían pagar un sueldo vital para un trabajador no calificado y con incrementos para trabajadores calificados. Argumentando en contra de las teorías económicas de la época, estableció que el salario no podía depender de la productividad del trabajo ni tampoco someterse a la ley de oferta y demanda. Higgins ofreció una lectura más amplia de las necesidades humanas.
Para él, la existencia de la corte y su exigencia de un salario justo y razonable implicaba que no se podía dejar la remuneración simplemente al mercado y el contrato individual. “El estándar de ‘justo y razonable’ tiene que ser algo distinto, y no creo en ningún otro estándar apropiado que las necesidades normales de un empleado promedio considerado como un ser humano viviendo en una comunidad civilizada”.
Inspiración detrás de la Sentencia
Detrás de la sentencia se esconde una inspiración más profunda. Higgins, de tendencias liberales seculares, interpretaba la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) como parte del progreso y civilización humana. La pregunta más interesante, sin embargo, es cómo las sociedades buscan, en sus reservas de sentido y tradiciones particulares, herramientas para guiar la resolución de problemas emergentes. La sentencia de Higgins da motivos sustantivos, morales antes que técnicos, para lidiar con el conflicto social. Detrás del salario se manifiesta una valoración cultural del trabajo.
Diferencias en la Discusión del Salario: Australia vs. Chile
Uno podría preguntarse por qué ese lenguaje con un énfasis en el salario no tuvo la misma repercusión en Chile, un país mayoritariamente católico a principios de siglo XX. Eso no significa que el salario no haya sido importante, sino que la discusión siguió otros caminos que no acentuaban necesariamente la autonomía de la persona y su familia por medio de un ingreso propio. El gran problema, legislado en los años treinta, era que el pago se realizara todavía en metálico, mientras la moneda perdía valor con la inflación.
Las diferencias en la discusión en torno al salario reflejan distintas comprensiones del trabajo. En Australia, la idea católica de salario vital puede ser compartida por no católicos, al afirmar la autonomía personal y familiar. El horizonte cultural australiano valora el trabajo como marca de autonomía y de responsabilidad, lo que se expresa confiando en que el trabajador sabe cómo gastar y ahorrar sus ingresos.
En Chile, en cambio, el salario es una continuación de una relación personal. Así quedó de manifiesto en la convención del Partido Conservador en 1921, donde se distingue entre un salario mínimo garantizado por ley “que sea suficiente para la subsistencia de un obrero frugal y de buenas costumbres” -usando el léxico de Rerum novarum- y un “salario mínimo familiar”.
El segundo considera a la familia, pero no es materia de ley ni de intervención estatal: es parte de los deberes del patrón y se recomienda entregarlo en especies para permitir la subsistencia material y espiritual del trabajador y su familia, para ampliar la fraternidad entre obrero y patrón. La relación laboral se afirmaba en un contacto personal más estrecho, con circuitos de reciprocidad -ayudas y remuneraciones en especies o en dinero- que se entregaban con la expectativa de recibir la lealtad de los trabajadores.
La Doctrina Social de la Iglesia y los Debates Contemporáneos
Es bueno recordar que la DSI, donde sobresale Rerum novarum, constituye un repositorio bastante rico que ofrece no solo estrategias para la superación de la vulnerabilidad, sino que también orienta sus fines. Lo hace hasta hoy. En los últimos años, parte de los debates de política pública, en el contexto del coronavirus y la crisis social, han retomado una tradición que encuentra sus raíces en el catolicismo y que justifica, de un modo no económico, la necesidad de un ingreso monetario.
Las discusiones en torno al Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), el Ingreso Ético Familiar y distintas propuestas de Renta Básica Universal parecen incluso disociar la recompensa económica del trabajo mismo. Queda, sin embargo, una pregunta igualmente importante y es ¿hasta qué punto un ingreso disociado de la productividad del trabajo permite afirmar la propia autonomía?
No es de extrañar que la idea de un salario ético haya sido reflotada en Chile por actores católicos, como el obispo Goic, porque responde a una tradición que se puede actualizar para problemas emergentes. Recibir un ingreso sin necesariamente contribuir o rendir de cierta manera, encuentra su origen en la DSI y resuena en contextos contemporáneos.
Pese a que la Iglesia se siente extraña en un mundo que ella ayudó a crear, sus conceptos siguen movilizando la organización secular de la seguridad social. Para el juez Higgins, sin ser católico, el salario vital era parte del progreso civilizatorio que expresaba un cambio de valoración del trabajo humano.
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