El viaje a España de Eva Duarte se produjo en una coyuntura política singular. España no había sido admitida por la ONU en febrero de 1946 debido al apoyo que, pese a la neutralidad declarada, el gobierno de Franco había prestado a las potencias del Eje Roma-Berlín durante la II Guerra Mundial. En diciembre del mismo año la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó la recomendación de interrumpir las relaciones diplomáticas con España.
Fueron tiempos de autarquía y aislamiento, de miseria y hambre para amplios sectores de la población. En esa situación cobró un valor extraordinario el gesto de Juan Domingo Perón, quien firmó un acuerdo comercial con Franco en octubre de 1946.
El régimen peronista vino así a reforzar el franquismo, aunque no se puede decir que su política de colaboración fuera desinteresada. Tal y como señaló en su día este autor, el viaje de Eva Duarte fue un símbolo importante del pacto Franco-Perón y es un hecho que en aquellos años de miseria y privaciones, de represión y autoritarismo, la visita se convirtió en un acontecimiento para los españoles.
El viaje de la esposa de Perón cumplía un doble objetivo para la dictadura franquista: hacer visible, de cara a la comunidad internacional, que España había logrado el apoyo exterior y desplegar una campaña de propaganda interior movilizando el entusiasmo popular como signo de adhesión al régimen de Franco.
Tras la condena de la ONU era necesario un esfuerzo para “limpiar” la imagen del régimen dictatorial y ofrecer apariencia de normalidad, especialmente en un momento delicado en el que se estaba preparando la convocatoria del referéndum sobre la Ley de Sucesión, que, en efecto, sancionaría en 1947 la permanencia del Caudillo al frente del Estado español.
En los discursos de junio de 1947 se explicitaban los que por entonces eran los enemigos más destacados del franquismo: el ateísmo, el comunismo, el capitalismo y el “poder disolvente”. A la vez que se alimentaba el mito de la hispanidad a través de una potente campaña propagandística y las masas se movilizaban para participar de una u otra manera en los actos, el hermanamiento entre las dos naciones con la misma lengua y la misma fe religiosa se escenificó de manera ritual una y otra vez.
Entre todos los roles que Eva Duarte desempeñó a lo largo de su vida pública, e incluso después de muerta, el que dominó en este viaje a España fue el de dama-nación (Díez Puertas 2014). En todo caso, el conjunto de imágenes, discursos y metáforas latentes en la retórica oficial sobre la visita encajaba a la perfección con algunas ideas-fuerza del franquismo en los años cuarenta: unidad en la diversidad, armonía entre nación-Estado y nación-pueblo, y combinación de política y fe, especialmente relevante cuando los falangistas habían sido sustituidos por católicos nacionalistas en muchos puestos de gobierno.
El viaje por España de Eva Duarte comenzó cuando la invitación española para que el coronel Juan Domingo Perón visitara el país no obtuvo respuesta favorable, pero motivó indirectamente que en el círculo de Eva Duarte surgiera la idea de que viajara ella en su lugar, una propuesta recibida en principio con bastantes reservas. Los preparativos del viaje se hicieron con poca antelación y por ese motivo hubo algunos cambios de última hora.
La comitiva argentina inició su viaje en Buenos Aires el día 5 de junio desde el aeropuerto de Morón, donde fue despedida por el cuerpo ejecutivo del gobierno de Perón y los embajadores de Italia, Francia, Inglaterra, Estados Unidos, Brasil, Chile y Uruguay, además del ministro de Portugal y, por supuesto, en presencia del embajador español José M.ª de Areilza. La partida se solemnizó con la interpretación de una nueva marcha titulada La dama de la esperanza.
Eva Duarte viajó en un avión de Iberia acondicionado expresamente para ella -con dos dormitorios, salones, cocina y cámara frigorífica en su interior-, que, tras una escala en el Sáhara occidental, aterrizó en Las Palmas de Gran Canaria el 7 de junio. Desde la isla prosiguió al día siguiente el recorrido hasta el aeropuerto de Barajas, donde la nave tomó tierra el 8 de junio. Madrid fue centro de operaciones por siete noches, durante las cuales la primera dama argentina fue huésped de honor del jefe del Estado en su palacio de El Pardo. Desde la capital española la esposa de Perón y sus acompañantes efectuaron visitas a El Escorial, Ávila, Medina del Campo, Segovia, La Granja y Toledo.
Después, recorrieron Andalucía, Galicia, Aragón y Cataluña, descartando otros destinos contemplados inicialmente (como Bilbao). La comitiva se trasladó a Granada (allí durmió el día 15) y Sevilla (días 16, 17 y 18), desde donde se efectuó, en la última jornada, una excursión a Huelva y La Rábida. A continuación, visitó Galicia (19 y 20), Zaragoza (con llegada el 21) y Barcelona (del 22 al 26), incluyendo una visita a Montserrat que tuvo lugar el día 25. En suma, sin tener en cuenta la escala en Villa Cisneros (Sáhara), la comitiva hispano-argentina recorrió diecisiete localidades españolas.
Con un día de retraso respecto a lo previsto inicialmente, el día 26 Eva Duarte y su séquito partieron desde El Prat en un avión de la compañía argentina FAMA hacia el Vaticano, segunda escala de una gira europea que la llevaría también a Italia, Francia y Portugal, aunque en ninguno de esos países tuvo la primera dama un recibimiento comparable al que se le dispensó en España.
Al llegar a Canarias, el ministro español de Asuntos Exteriores, Alberto Martín Artajo, hizo entrega a la dama argentina de un lujoso Programa de los actos que se celebrarán en honor de la Excma. Sra. Doña Eva Duarte de Perón, esposa de S. E. el Presidente de la República Argentina con ocasión de su viaje a España. La cubierta presenta una imagen muy significativa: el escudo de armas concedido por los Reyes Católicos a Cristóbal Colón, con el castillo, el león rampante, las islas doradas -modificadas luego con una tierra firme en punta- y las anclas, rodeado para la ocasión con una doble banda circular que alterna los colores de las banderas de España y Argentina.
El descubrimiento de América, la catolicidad y la nostalgia de la España imperial quedaban representadas de esta manera desde el primer momento del viaje. El desplazamiento de Eva Duarte se articuló con un despliegue de medios impresionante para la época de dificultades que vivía España. El gasto tuvo que ser muy elevado, pero el rendimiento político perseguido justificaba el esfuerzo.
Los procedimientos empleados en el hermanamiento y en la “puesta en escena” de la hispanidad comenzaron con la construcción de la imagen de la primera dama de Argentina antes de su llegada y durante su visita. Esa faceta de dama-pródiga no fue la única que se quiso borrar del panorama político una vez que la artista contrajo matrimonio con el coronel. En los preparativos del viaje a España se ocultó casi todo su pasado, se pasaron por alto ciertos detalles de su modesta carrera como actriz de cine y teatro y apenas se describió su más larga trayectoria en la radio -de esa experiencia sabría, por otra parte, sacar partido en los numerosos discursos amplificados-.
A cambio, se reforzaron ciertos atributos propios de las heroínas cinematográficas que podían resultar adecuados para una primera dama. Y, claro está, se insistió en su ascendencia española, un punto muy interesante para la retórica de España como madre patria de veinte naciones americanas. Así reprodujo, por ejemplo, una declaración suya la agencia EFE: “El apellido Duarte -agregó- es una modificación como ocurre frecuentemente en América, del vascongado Huarte: mi nombre materno es Ibarotrea y mis otros dos apellidos inmediatos son vascos también”.
En lo que respecta a honores, escoltas y protocolos de recepción oficial, Eva Duarte fue tratada en España como si de un jefe de Estado se tratara. El ministro de Asuntos Exteriores fue a recibirla a Las Palmas de Gran Canaria y el general Franco la esperó al pie de la escalerilla en Barajas. A su llegada a cada lugar, las tropas le rendían honores y ella pasaba revista en compañía del Caudillo, de su esposa, Carmen Polo, o de algún militar.
Una de las ceremonias más relevantes del viaje fue la imposición de la Gran Cruz de Isabel la Católica, celebrada el 9 de junio de 1947 en el Palacio Real de la Plaza de Oriente. Los discursos, que fueron reproducidos por altavoces para la muchedumbre congregada en el exterior de la plaza, contenían un juego de imágenes y metáforas que el viaje escenificaría de diversos modos.
En conexión con un concepto de hispanidad apoyado en la historia, la lengua y la fe, el recorrido de la representante argentina por la península ibérica incluyó la visita a lugares emblemáticos, monumentos claves para la identidad franquista, probablemente seleccionados por el subsecretario de Educación Nacional, Luis Ortiz Muñoz, que se encargó de la organización de la visita en conexión con el departamento de Relaciones Culturales del Ministerio de Asuntos Exteriores.
Entre otros muchos lugares de memoria, formaron parte del programa el Monasterio de El Escorial, construido por Felipe II y símbolo del pasado imperial; el castillo de la Mota, residencia de Isabel la Católica en Medina del Campo; las ruinas del alcázar de Toledo, presentado como símbolo de resistencia de los nacionales durante la Guerra Civil; la catedral de Granada con su capilla de los Reyes Católicos; La Alhambra y los jardines del Generalife, conectados con la Reconquista; el monasterio de La Rábida, asociado a la gesta de Cristóbal Colón o la basílica del Pilar de Zaragoza, símbolo de la hispanidad y lugar donde se custodiaban las banderas de las naciones americanas.
La religión era uno de los componentes sustanciales del mito de la hispanidad, ya que la fe católica unía a los distintos sectores del franquismo y el peronismo. Por ese motivo y debido al papel crucial que el padre Hernán Benítez tuvo en la organización del viaje, no es casual que la dama argentina participase en numerosos actos religiosos y diera pruebas visibles, a veces teatrales, de su fe. Misas, oraciones y visitas a capillas, conventos y monasterios formaron parte de la agenda diaria.
Eva Duarte manifestó su devoción ante numerosas imágenes femeninas y recibió varios títulos religiosos: la medalla del Real Patronato y el título de Cofrade de Honor en Ávila, el título de Camarera de Honor de la Virgen de la Esperanza de la Macarena en Sevilla, el título de Hermana Mayor de la Archicofradía del Apóstol Santiago en Santiago de Compostela, entre ellos.
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