La imagen del «corazón» es una de las más conocidas y difundidas, tanto en el plano laico como en el plano religioso e iconográfico. En general y en el lenguaje común, el término «corazón» indica algo esencial, central, algo que contiene y engloba.

Simbolismo y Significado del Corazón

En el ser humano, el corazón es y constituye algo vital bajo un doble aspecto. Por una parte, tenemos el corazón como órgano físico, órgano sin el cual no es posible vivir. Por otra parte, tenemos el corazón como sede, lugar o instrumento de relaciones interpersonales (afectos, sentimientos, voluntad, amor, sensibilidad).

Entre las poblaciones primitivas de Centroamérica se creía que los niños nacían del encuentro del semen masculino con la «sangre del corazón de la mujer». En la religión hinduista, el corazón se considera la «ciudad de Brahma». Para los antiguos egipcios, el dios Ptah pensó en el mundo con el corazón antes de crearlo, y el corazón era el único órgano que no se extirpaba en los procedimientos de embalsamamiento. En el famoso texto El Libro de los muertos, se lee que los dioses «pesaban el corazón» del difunto o interrogaban a la conciencia.

En la mística islámica, se habla de una «ciencia de los corazones»: el corazón no es puramente la sede de la afectividad, sino también de la naturaleza intelectual del hombre.

El Corazón en la Tradición Hebraica

La religión hebraica contiene en parte lo que ya es un patrimonio antropológico común de toda la humanidad. El corazón es la sede de la fuerza física. El corazón es el centro de la vida espiritual e íntima del hombre, y a menudo indica la integridad del hombre. El corazón es sobre todo el lugar, al mismo tiempo simbólico y real, de la presencia divina en el hombre. Dios es aquel que escruta al hombre en el corazón: se trata de la «cardiognosia» (ver 1 Re 8, 39). En Ezequiel 36, 26, el Señor promete un «corazón nuevo», un «corazón de carne», que sustituirá al «corazón de piedra».

El Corazón en el Nuevo Testamento

En el Nuevo Testamento, el término «corazón» (en griego, kardia) aparece 148 veces, retomando el significado del Antiguo, pero agregando nuevos horizontes antropológicos y cristológicos. Del corazón brota la energía vital. El corazón es la interioridad que contrasta con la apariencia. En el corazón se encuentran el espíritu y el alma. En Filemón 4, 7, se abordan corazón y mente (nous). Dios se oculta en el corazón del hombre, lo escruta y lo examina. El corazón es el asiento de la fe y del amor, pero también puede ser el asiento de la incredulidad y el pecado: estamos frente al fenómeno de la dureza y la cerrazón del corazón (sklerokardia: ver Mc 10, 5 y Rom 2, 5). Del corazón provienen malos pensamientos y en el corazón se anidan concupiscencias vergonzosas. Por consiguiente, es necesaria la «conversión del corazón» para poder entrar en comunión con Dios.

En una perspectiva cristológica, son fundamentales algunos pasajes de Mateo y Juan. Jesús se propone ante todo a sí mismo como causa de salvación y modelo de perfección: «Aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso» (Mt 11, 29). Jesús es aquel que desea habitar en nuestros corazones y cimentarnos en la caridad (Ef 3, 17). En Juan 19, 33, encontramos en cambio el drama de la pasión de Cristo: allí a Jesús no le quiebran las piernas, sino que un soldado le abre el costado con la lanza, a la altura del corazón, y al instante salta sangre y agua. Desde ese momento, se hizo realidad la profecía de Zacarías (Za 12, 10), y por siempre todos deberán «contemplar al que traspasaron» (Jn 19, 37). Juan cuenta con solemnidad y énfasis este episodio, que en sí mismo nada tiene de extraordinario, para comunicar sus consecuencias: el agua y la sangre son los elementos que sirven para lavar la violencia de los hombres.

En el Apocalipsis (1, 7) y en 1 Jn (5, 6-8) se recuerda ese hecho dramático: Cristo vino con el agua y la sangre, y en «acuerdo con el Espíritu». Y sólo creyendo en todo cuanto sucedió en la Cruz puede el cristiano esperar la salvación y tener la experiencia de la encarnación como redención.

María y el Corazón

No debemos olvidar enseguida que a los pies de la Cruz encontramos a María, la Madre de Dios, que fue la primera en contemplar el corazón traspasado de Jesús. Ya en el curso de su vida, María «guardaba y meditaba» en el misterio del Hijo «en su corazón» (ver Lc 2, 19, 51). Además del corazón de Jesús, el cristiano encuentra también como modelo para imitar el corazón inmaculado de María, quien más que ninguna otra persona sufrió por la muerte del Hijo.

Exhortaba un santo de nuestros días: «Acostúmbrate a poner tu pobre corazón en el Dulce e Inmaculado Corazón de María para que te lo purifique de tantas escorias y te conduzca al Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús». No existe «corazón más humano que el de una criatura que rebosa sentido sobrenatural. Piensa en la Virgen, la llena de Gracia… en su Corazón hay lugar para toda la humanidad sin diferencias ni discriminaciones».

Devoción al Sagrado Corazón de Jesús

De la revelación bíblica pronto nació un culto privado al «corazón de Jesús». El beato Bover, piadoso y docto hijo de San Ignacio, «recopiló casi cuatrocientas sentencias y títulos de los Padres, Doctores de la Iglesia, santos y autores místicos, que partiendo de los datos evangélicos se adentraron en la contemplación de los corazones de Jesús y María y prepararon con su obras y sus ejemplos el advenimiento del culto público».

Después de esto, algunos Pontífices prosiguieron por el camino abierto por Clemente XIII. Pío VI, en la Constitución Auctorem Fidei (1794) afirmaba que «la doctrina que rechaza la devoción al corazón sacratísimo de Jesús es falsa, temeraria y perjudicial… El corazón de Jesús es adorado en cuanto está unido de modo inseparable con la persona del Verbo. En 1856, Pío IX extendió la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús a la Iglesia universal, decretó que en el mes de junio deberían llevarse a cabo las prácticas devocionales y aprobó la dedicación en Roma de una iglesia al Sagrado Corazón. En 1899, el papa León XIII (con la encíclica Annum Sacrum) consagró la humanidad entera al corazón de Jesús y aprobó letanías específicas, así como las oraciones del primer viernes del mes. Pío X otorgó indulgencia plenaria a las iglesias donde se mantenía la práctica del mes de junio en honor al Sagrado Corazón. Benedicto XV estableció una Misa y una liturgia de las Horas propias. Pío XI, con la encíclica Quas primas (1925) ordenó que el acto o consagración al Sagrado Corazón se recitase en el día de la fiesta de Cristo Rey, y con la encíclica Miserentissimus Redemptor (1928) declaró que la devoción al corazón de Jesús «constituye el camino más expedito para llegar al conocimiento profundo de Cristo».

Escribió Juan XXIII: «En mi apostolado no quiero conocer otra escuela que no sea la del Sagrado Corazón de Jesús». Pablo VI, en la Carta apostólica Investigabiles divitias Christi (1965), desea que «sea honrado el Sagrado Corazón de Jesús, cuyo don más grande es la Eucaristía… La devoción al Sagrado Corazón consiste esencialmente en la adoración y la reparación dignamente prestada a Cristo, de donde se desprende la santificación y glorificación de los hombres en Dios». Juan Pablo II también fue un cultor del Sagrado Corazón, y en la encíclica Dives in misericordia indicaba la correspondiente devoción como camino facilitado para penetrar en la misericordia divina y dedicarse en forma expedita a las obras de caridad. Citemos, por último, el Catecismo de la Iglesia Católica (§ 478): «Jesús nos amó a todos con un corazón humano.

Con todo, más allá del pueblo de Dios, más allá de las «sentencias» del Magisterio, ha existido en la historia del cristianismo una amplia hueste de místicos, beatos, santos, doctores y filósofos cristianos que han hecho del corazón de Jesús un punto central de su vida, su pensamiento y su fe. Con todo, la santa más grande elegida por Dios para la difusión del culto al Sagrado Corazón fue una religiosa francesa: Margarita María Alacoque (1647-1690), que en una serie de visiones místicas recibió las famosas «doce promesas de Jesús». Es preciso mencionar, por último, también más de un centenar de órdenes religiosas, congregaciones, diversos institutos y sociedades pías que se inspiran directamente en la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús.

Hay también breves señales en el rico y vasto mundo de la iconografía, es decir, de las representaciones que han caracterizado la historia del arte sacro y la simple devoción. Otra representación bastante conocida del corazón de Jesús, aun cuando es indirecta, consiste en un gran haz de luz con los colores del arco iris, que parte del pecho de Jesús bendiciente.

Hemos debido señalar -ciertamente en forma sintética- las principales etapas de la devoción al corazón de Jesús, no por mera erudición ni mero nocionismo, sino porque el conocimiento de la historia transcurrida es indispensable para juzgar el presente.

El Corazón de Jesús: Realidad y Símbolo

Ciertamente, en el plano estrictamente individual y personal, el «buen cristiano» no está obligado a adoptar tal o cual práctica de una devoción ni a recitar tal o cual letanía ni a llevar a cabo ciertos ejercicios de penitencia antes que otros o ninguno. Los caminos del Señor son infinitos, del mismo modo que pueden ser infinitas las formas de devoción y espiritualidad. Cada uno tiene sus carismas, sus capacidades, sus sensibilidades y sus preferencias y conocimientos. No obstante lo anterior, es preciso afirmar y destacar al menos dos cosas. Ésta es la primera (la segunda se considerará en el párrafo siguiente): el «corazón de Jesús» no es un símbolo cualquiera entre muchos otros posibles, y el correspondiente culto tampoco es una práctica cualquiera entre muchas que pululan en el mundo católico. ¡Absolutamente no! El corazón de Jesús ha sido y es algo real -por consiguiente más que simbólico- porque Dios fue en verdad un hombre de carne, un hombre con nuestra misma naturaleza, y su corazón fue en verdad traspasado. Eso se manifiesta como preludio de la resurrección y la redención del mundo.

Aquí es inevitable referir un pasaje de la Segunda carta de Pedro: «En efecto, no hemos sacado de fábulas o de teorías inventadas lo que les hemos enseñado sobre el poder y la venida de Cristo Jesús, nuestro Señor. Con nuestros propios ojos hemos contemplado su majestad» (2 Pe 1, 16). No se puede, en todo caso, no recordar también Lucas 24, 37-43, en que Jesús resucitado dijo a los discípulos asustados: «Miren mis manos y mis pies: soy yo. Tóquenme y fíjense bien que un espíritu no tiene carne ni huesos, como ustedes ven que yo tengo… ¿Tienen aquí algo que comer?». ¿Y no fue invitado el incrédulo Tomás a poner el dedo en las llagas y el costado de Jesús resucitado (Jn 20, 24-29)? De todo lo anterior se desprende que adorar el corazón amoroso de Jesús significa adorar a Cristo entero, al Hombre-Dios que nos diviniza a través de su humanización, a través de su sangre que fue en verdad derramada.

¿Cómo podría esta «teología del corazón» no seguir siendo actual y válida? Los contenidos de esta teología son efectivamente elementos esenciales y perennes de la espiritualidad y la fe cristiana: contemplación del corazón, imitación del corazón, evangelización, reparación, institución de los sacramentos, participación en el sufrimiento, amor. Podría ciertamente bastar este último término general, el amor, para reasumirlo y comprenderlo todo: amar al prójimo como a nosotros mismos y amar a Dios más allá de nosotros mismos. Con todo, el hombre también necesita especificar, analizar, aferrarse a imágenes, revivir cada uno de los hechos de la existencia de Cristo. La devoción del Sagrado Corazón emprendida por muchos siempre será actual porque posee innegables fundamentos bíblicos y magisteriales. Muchos textos clásicos de la espiritualidad cristiana la han atesorado. Véase, por ejemplo, la Filotea, la Imitación de Cristo o los Relatos de un peregrino ruso. Es más, también muchos filósofos que deberían ser los máximos representantes del «concepto» y la «racionalidad pura» se han sumado en proponer una «filosofía del corazón».

Razón y Corazón

La segunda afirmación que debemos hacer es la siguiente: el corazón no carece de razones, y la razón humana no puede estar sin el corazón. La primera parte de la tesis es necesaria para no caer en el sentimentalismo, en el subjetivismo de la conciencia, en la individualidad del instinto. Son típicas las frases: «¡Al corazón no se le dan órdenes!»; «¡Tuve que hacerlo de inmediato porque así lo sentí!». Sin embargo, la medicina moderna nos dice que el asiento de los «afectos» y el «sentir» no se encuentra en el corazón, sino en el cerebro, en la mente. Las ideas más frías y abstractas también pueden gustar y apasionarnos. Pensemos en la magia de los números, en las hipótesis de la geometría, en las teorías astrofísicas sobre los comienzos de la tierra… Los conceptos filosóficos, muy en el fondo, también capturan nuestra existencia de manera total y nos inducen a prácticas de vida vivida. Teoría y práctica, intelecto y acción, a pesar de ser distintos, nunca se separan.

Y todo esto ocurre simplemente debido a la constitución intrínseca del hombre, que es un sujeto espiritual encarnado en un cuerpo. La persona humana es composición y presencia simultánea de elementos y facultades ciertamente distintos, pero jamás desvinculados: el alma, la mente, el corazón y la carne siempre en colaboración. Cuando eso no ocurre, el hombre se enferma y rompe su admirable equilibrio psicofísico. Privilegiar o exaltar de manera desmedida una parte en perjuicio de las otras significa comprometer la unidad fundamental del «compuesto humano». Es sumamente famosa la frase de Pascal: «El corazón tiene sus razones, que la razón no conoce».

Parecería a primera vista que el corazón queda definitivamente victorioso y la razón debe sucumbir para siempre; pero recordemos que Pascal no era sólo un piadoso creyente, sino también un físico, un matemático y un teólogo.

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