En efecto, los israelíes son víctimas de un fuerte deterioro de su nivel de vida. La economía israelí ha sido una de las primeras del mundo en adherir a los dogmas del Consenso de Washington.
Liberalización Económica y sus Consecuencias
En 1985, el gobierno de unión nacional elaboró un plan de estabilización económica para enfrentar la crisis interna de principios de los años 80, cuando la inflación alcanzó casi el 450%. Adoptada por la totalidad del espectro político, desde la extrema derecha al Meretz pasando por la izquierda laborista (pero con la excepción de los partidos que representan a la minoría árabe que, es cierto, nunca fueron parte del poder), la ideología liberal dictó, desde entonces, la política económica de los sucesivos gobiernos.
Dotado de una fe cuasi religiosa en las virtudes del mercado, el primer ministro Benjamin Netanyahu lideró incansablemente una cruzada contra lo que quedaba del Estado social: como ministro de Finanzas y como jefe de gobierno (o ambos simultáneamente), multiplicó las privatizaciones. Símbolos nacionales como la compañía aérea El Al o la compañía telefónica Bezeq fueron literalmente liquidados.
Las bajas de impuestos en favor de los más pudientes se volvieron la regla y la franja más alta pasó del 44% en 2003 al 39% en 2010. El impuesto a las sociedades siguió el mismo camino, cayendo del 36% en 2003 al 25% en 2010; debería alcanzar el 16% en 2016.
Prosperidad Económica y Desigualdad Social
Por cierto, la economía es una de las más prósperas del mundo. Las cifras de crecimiento (4,7% en 2010) parecen insolentes en relación con la crisis mundial. La adhesión de Israel a la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), en mayo de 2010, dejó en evidencia el hecho de que el país, pese a tener un Producto Interno Bruto (PBI) digno de una gran potencia industrializada (29.500 dólares por persona), presenta un balance socioeconómico muy alejado del de Europa occidental, con la que gusta identificarse.
En efecto, las brechas entre los ingresos, comparables a las que reinan en Estados Unidos, son ampliamente superiores a las de la mayoría de los países europeos. Por su perfil demográfico, los israelíes pobres se distinguen de los judíos secularizados que en este momento protestan en las calles del país (una nueva alianza entre askenazis y sefardíes de las clases medias, parcialmente apoyada por los sefardíes de las clases populares).
Costo de Vida y Salario Mínimo
A este escenario, hay que agregar el hecho de que, según la OCDE, Israel se ha vuelto tan caro como Francia, el Reino Unido, Canadá o los Países Bajos, mientras que el salario mínimo israelí corresponde a la mitad del que estipulan las normas francesas. Por si fuera poco, la ley que establece el salario mínimo suele ser ignorada por los empleadores, debido a la falta de voluntad política para velar por su aplicación. Además, el empleo precario se ha extendido. Se estima que el 10% de la mano de obra trabaja en forma temporaria; la mitad lo hace para el sector público.
El Estado no duda en delegar una parte de sus misiones a subcontratistas que pisotean abiertamente el derecho laboral. En el ámbito de la salud, si bien la esperanza de vida es relativamente alta (79,8 años) y existe una renombrada medicina de punta, la desigualdad en materia de acceso a la salud ha cobrado proporciones alarmantes, que se suman a la degradación de las condiciones de vida. A los hospitales públicos les cuesta cada vez más garantizar los cuidados vitales para todos.
Así, la tasa de mortalidad para los casos de diabetes de tipo 2 -una enfermedad que, sin embargo, no requiere un tratamiento costoso- es cinco veces mayor entre los pobres que en el resto de la población. Pero si hay un sector en el que la regresión social impacta a la gente es el de la vivienda social. Ciertamente, las políticas públicas en la materia nunca brillaron por su equidad: los inmigrantes sefardíes provenientes del mundo musulmán fueron instalados en monoblocks exiguos y superpoblados, mientras sus correligionarios askenazis obtenían créditos preferenciales para la compra de viviendas bien ubicadas.
La situación empeoró aun más desde los años 80. Por más discriminatoria que fuese, en ese entonces la vivienda social al menos tenía el mérito de existir. Hoy, está agonizando. En treinta años, no se ha construido ni una sola.
Protestas y Reivindicaciones Sociales
Muchos analistas recibieron por lo tanto con entusiasmo la movilización inédita que surgió estas últimas semanas a favor del cambio. Podríamos vernos tentados a creer que los israelíes siguieron el ejemplo de sus vecinos del mundo árabe para reclamar, a su vez, más justicia y menos desigualdades, así como un mejor futuro para toda la región.
El día indicado, el 14 de julio, un centenar de jóvenes en su mayoría provenientes de las clases medias altas instalaron sus carpas en el boulevard Rothschild. Una semana después, la arteria central de la capital estaba cubierta por varios cientos de carpas, mientras que una manifestación reunía a 20.000 personas en las calles de la ciudad. Un poco por todo el país, otros grupos de indignados provenientes de categorías menos acomodadas se sumaron al movimiento acampando en las plazas públicas.
“Los dirigentes de este movimiento forman la espina dorsal de la sociedad israelí”, afirmó el ministro de Defensa, Ehud Barak. Y agregó: “En caso de urgencia, serán los primeros en desarmar sus carpas y enrolarse en el ejército”. De hecho, cuando proclaman que “el pueblo quiere justicia social”, los manifestantes no incluyen a todo el mundo en su definición de “pueblo”.
Excepto algunas voces marginales, no expresaron ninguna reivindicación sobre el fin de la mayor injusticia social que golpea al país, a saber, el régimen de cuasi apartheid que separa a dos pueblos en un mismo territorio. El conjunto Israel-Palestina es uno de los lugares más fragmentados y discriminados del planeta. Pero la segregación que lo organiza no es geográfica (salvo en Gaza) ni está ligada a la “Línea Verde”, la frontera que surgió de la guerra de 1948: es del orden de un sistema de división racial y colonial que reduce el espacio a una miríada de papel picado cuya imbricación evoluciona en función de las leyes de excepción y de los cálculos militares.
En Israel-Palestina hay una sola frontera, un solo ejército, una sola moneda, una sola recaudación de aduanas y de Impuesto al Valor Agregado (IVA). Sin embargo, el sistema de rutas separadas impuesto a Cisjordania -una ruta para los colonos, otra para los palestinos- corta el territorio cual una grilla milimetrada. Los muros y los puestos de control terminan de volver imposible la vida a los palestinos.
Aproximadamente medio millón de colonos israelíes -casi el 10% de la población judía de Israel- y 276.000 palestinos de Jerusalén viven fuera de la Línea Verde, única frontera reconocida a nivel internacional. La economía palestina no es más que una subdivisión de la economía israelí. Utiliza la moneda del ocupante y, por lo tanto, depende de su política monetaria.
La mitad de su PIB se basa en los bienes y servicios provenientes de Israel; sus importaciones y sus exportaciones transitan por Israel, que cobra los impuestos generados por ese comercio a cambio de la promesa -no siempre cumplida- de transferírlos a la Autoridad Palestina; el 14% de la mano de obra palestina de Cisjordania trabaja en Israel o en las colonias, etc. La economía palestina es la de un país en vías de desarrollo: en 2010, su PIB por habitante alcanzaba apenas los 1.502 dólares.
En estas condiciones, un observador externo podrá ver en los acampantes del boulevard Rothschild, y no sin razón, a un grupo de personas que luchan por privilegios que en parte han perdido; un poco como si en la Sudáfrica del apartheid, los blancos hubieran manifestado por la igualdad -la de los blancos entre sí-.
La protesta, polifónica, puede sorprender por su modo de organización o, más bien, por su falta de organización. El boulevard Rothschild se ha convertido en un supermercado de ideas: se instalaron muchas carpas para defender las causas más diversas. Los individuos y las organizaciones realizan conferencias y propician debates públicos; los artistas aportan su contribución; los cocineros vienen a preparar comida; los panfletos invaden el boulevard. El sitio internet “oficial” anuncia decenas de eventos, organizados de forma independiente en todo el país.
Algo es seguro: las dos categorías más pobres de la sociedad, los palestinos de Israel y los judíos ultraortodoxos, no fueron a instalar sus carpas en el barrio más rico de la capital. La crisis de la vivienda, por ejemplo, los golpea a ellos mucho más duramente que a las clases medias de Tel Aviv; sin embargo, nunca se los menciona en este cruce de ideas.
Ciertamente, manifestaciones callejeras que reúnen a miles de jóvenes no pueden sino reanimar la esperanza de los militantes de mayor edad. Cuando, además, quienes encabezan la lucha son mujeres jóvenes, el orgullo es doble. La convergencia de las clases medias altas, mayoritariamente askenazis, y de categorías sociales más modestas, esencialmente sefardíes, constituye un fenómeno alentador.
Aunque se presenta como apolítico, el movimiento logró desacreditar, en dos semanas, treinta años de mensajes antisociales a repetición. Y, pese a estar relegadas a los márgenes, algunas voces árabes se están haciendo escuchar, contribuyendo a la toma de conciencia de los manifestantes. No es irracional considerar que esta reivindicación embrionaria de justicia social termine creciendo y envolviendo a toda la población.
El Problema de la Vivienda
Hay una sola respuesta: la vivienda. En la capital israelí, el alquiler de un departamento de dos o tres ambientes aumentó un 11% en un año. De 742 euros en promedio el año pasado y 827 euros este año, representa una parte exorbitante de los ingresos de los locatarios, muy superior a la norma internacional del 30%.
Tabla Resumen:
| Concepto | Dato |
|---|---|
| Aumento del alquiler (anual) | 11% |
| Alquiler promedio (año pasado) | 742 euros |
| Alquiler promedio (este año) | 827 euros |
| PIB per cápita (2010) | 29.500 dólares |
| PIB per cápita palestino (2010) | 1.502 dólares |
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