En el pueblo judío hay tres troncos: Cohanim, de la familia de Aarón, el sumo sacerdote, Levitas, de la tribu de Levi, dedicados al trabajo del templo, y el resto de las tribus de Israel.

El papel de los levitas en el templo

Después del regreso del remanente desde Babilonia, “los israelitas, los sacerdotes, los levitas y los demás desterrados” se reunieron, y celebraron con júbilo la dedicación de esta casa de Dios”. Sin embargo, estos “israelitas” no representaban a toda la nación: eran un pequeño y débil remanente, formado principalmente por miembros de las tribus de Judá y Benjamín, junto con sacerdotes y levitas.

En ese momento, podrían haberse sentido tentados a excluir a sus hermanos que no habían respondido al edicto de Ciro ni se habían unido a ellos en el regreso a la tierra de sus padres. Estos últimos habían preferido permanecer en Babilonia -aunque como cautivos-, eligiendo la comodidad en lugar de enfrentar las aflicciones y peligros del camino, como lo habían hecho aquellos “cuyo espíritu Dios había movido” (Esd. 1:5) para el viaje de regreso y para habitar en una tierra dominada por sus enemigos.

El remanente podría haber juzgado severamente: «¿No han perdido estos su lugar y su derecho dentro del pueblo de Dios?» Sin embargo, este remanente, pobre y débil como era -e independientemente de cuál fuera su condición-, discernía cuál era el pensamiento de Dios. Y, en consecuencia, lo demostró en la dedicación del templo: entre los sacrificios ofrecidos aquel día, presentaron “como ofrenda por el pecado por todo Israel, doce machos cabríos, conforme al número de las tribus de Israel” (Esd. 6:17).

El corazón de Dios abrazaba a todos los hijos de Israel, pues no los había elegido por sus méritos, sino por Su amor y Su fidelidad al juramento hecho a sus padres (véase Dt. 7:7-8). Por lo tanto, ellos seguían siendo su pueblo, independientemente de su infidelidad y del lugar en el que se encontraban dispersos. De esta forma, en verdadera comunión con el corazón de Dios, todo Israel estuvo representado en la ofrenda por el pecado de ese día.

Si hubiera sido diferente, si estos hijos del cautiverio hubieran olvidado a sus hermanos y pensado que solo ellos eran objeto de los pensamientos y consejos de Dios, no habrían sido más que una secta, aunque su posición demostrara, en cierta medida, obediencia y fidelidad. Como se ha dicho con frecuencia, aunque los pies deban caminar por un sendero estrecho, el corazón nunca debe contraerse.

Es frecuente que se resuman todas las ordenanzas de la ley bajo las tres palabras empleadas aquí: mandamientos, estatutos y preceptos (Deut.). Este versículo no es una cita de ningún pasaje del Pentateuco, sino una referencia al común denominador de varios pasajes (Lev. 26: 27-45; Deut. 30: 1-5). Es habitual en los autores bíblicos el referirse de este modo a los escritos inspirados anteriores. Citan la idea y no las palabras textuales (ver com. Esd. 9: 11; Mat.

La importancia de la obediencia en el servicio a Dios

Mientras en el Cap. 9 leemos de un culto hecho conforme a la voluntad e instrucciones divinas, en este Cap. vemos el resultado de la desobediencia a los mandatos de Dios. Ofrecer un culto extraño a Dios resultó en muerte para Nadab y Abiú, hijos de Aarón.

Conveniencia de la abstinencia (vs.9-11). Un pensamiento que me surge al leer este capítulo se vincula con Gén. 1:31 “Y vio Dios todo lo que había hecho y era bueno en gran manera” y las consecuencias del pecado en la creación que vemos en Gén. 3:17 “maldita será la tierra…” el desastre que afectó todo lo bueno en gran manera que vemos en Gén.1 desaparece como efecto del pecado de nuestros primeros padres en Edén.

El culto a Dios como expresión de santidad y orden

El culto a Dios es expresión de su Santidad y Orden (v.10). Debemos tener conciencia de que nuestro culto es elevado a Dios. Las reglas que Moisés define en este capítulo dan cuenta de la santidad de Dios. Definidas las ofrendas y los sacrificios, es el turno de la consagración de los sacerdotes (Aarón y sus hijos). Encontramos el uso de abundante agua, esta es una representación de la limpieza que ejecuta Dios en sus hijos.

La expiación de los pecados se lograba por medio de la sangre derramada del animal que era sacrificado, pero algo importante que vemos es el acto en el que los sacerdotes ponen sus manos sobre el animal, como una ilustración de que los pecados de ellos eran traspasados al animal que sería muerto. La expiación del pecado exige la muerte de una víctima inocente (vs.14,15). Claramente deberíamos morir por nuestros pecados. Gracias Padre, que estuviste dispuesto a ofrecer a tu Hijo en nuestro lugar.

Cuando el culto a Dios es conforme a su voluntad, Él lo acepta. Los obreros del Señor deben obedecer la Palabra de Dios (v.7). Señor, danos temor de ti. La gloria de Dios es exaltada en la obediencia de su pueblo (v.24). Debemos examinar nuestra vida, si estamos o no obedeciendo la Palabra de Dios, si estamos o no viviendo conforme a su voluntad.

El culto a Dios es un acto solemne (v.3). Sólo debemos adorar a Dios (v.7). Cuán fácil resulta desviarme de tus caminos cuando pongo la vista en mí. El mundo no puede elevar un culto verdadero (vs.2,3). Los mandamientos de Dios no son optativos (vs.4,5). Las costumbres del mundo están prohibidas para los hijos de Dios (v.30). Señor, ayúdanos a honrar tu santidad viviendo en santidad.

La solemnidad del Día de la Expiación

La solemnidad del Dia de la Expiación, cuando el Sumo Sacerdote, después de ser expiados sus pecados con el sacrificio de un becerro y un carnero en holocausto, podía entrar al Lugar Santísimo a ofrecer expiación por los pecados del pueblo. No podía entrar a ese lugar que representaba la presencia misma de Dios en medio de su pueblo, si lo hacía moriría.

Dos animales perfectos eran traídos, uno para ser sacrificado por los pecados del pueblo y el otro se mantenía con vida, luego el Sumo Sacerdote colocaba sus manos sobre la cabeza del animal vivo y solemnemente traspasaba sus pecados y los del pueblo sobre este animal que después era conducido al desierto para librarlo lejos del campamento. La santidad de Dios demanda una conducta especial (v.2). Danos temor de ti. Dios aleja nuestro pecado de nosotros (v.21,22).

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