La economía depende en gran medida del trabajo gratuito realizado por millones de mujeres. Sin embargo, este trabajo a menudo se niega y no se considera al calcular la producción de los países, incluso llegando a no distinguirse del ocio.
El trabajo no remunerado comprende actividades esenciales que generan valor económico en forma de productos y servicios, incluyendo desde recoger leña y preparar comidas hasta el cuidado de niños y ancianos. Estas actividades tienen un costo de producción y de oportunidad, así como un valor en el mercado, y no son ilimitadas.
Al no ser remunerado, este trabajo es explotado por quienes se benefician de él. La perpetuación de esta gran cantidad de trabajo no remunerado, mayormente realizado por mujeres, ha requerido un complejo proceso político, social y cultural que lo ha relegado al ámbito personal.
La Invisibilidad del Trabajo No Remunerado
La romantización del trabajo no remunerado ha sido perjudicial por su significancia simbólica. Una consecuencia de esto es que, en la práctica, para la academia, las cuentas nacionales, las estadísticas oficiales del Estado y para la mayoría de las políticas públicas, el trabajo no remunerado no se considera trabajo.
El trabajo no remunerado se sitúa incluso en contraposición al trabajo remunerado en algunos instrumentos de medición. Por ejemplo, en la encuesta CASEN, la pregunta principal para separar a ocupados de desocupados es: “La semana pasada, ¿trabajó al menos una hora, sin considerar los quehaceres del hogar?”. De esta manera, el trabajo no remunerado, en particular el realizado en el hogar, queda fuera de todo foco de estudio y se considera materia privada o familiar.
Estas omisiones están validadas por las ciencias sociales y, en particular, por la economía, una disciplina que históricamente ha recogido y replicado las lógicas patriarcales del mundo que intenta explicar.
Modelos Económicos y la Degradación del Trabajo Doméstico
Un ejemplo de esto son los modelos ocio-consumo, como el planteado por el Premio Nobel de Economía Gary Becker en 1965 en “Una teoría de la asignación del tiempo”. En este modelo, los individuos deben distribuir su tiempo entre trabajo remunerado y tiempo libre, según sus preferencias personales por el ocio y por el consumo. El tiempo utilizado en el trabajo no remunerado no se considera distinto al tiempo gastado en pasatiempos o descanso, lo que reproduce la idea de las labores domésticas como un pasatiempo de las mujeres.
La degradación del trabajo doméstico a la categoría de ocio no es una expresión nueva del patriarcado en términos económicos. Ya en 1988, Marylin Waring con su libro “Si las mujeres contaran”, planteaba que la exclusión del trabajo doméstico de las cuentas nacionales no era fruto de una decisión técnica, sino una decisión basada en una teoría económica profundamente permeada por los roles de género tradicionales y los valores del patriarcado.
Reconocimiento Internacional y Medición en Chile
El trabajo de Waring, junto con el de otras economistas y cientistas sociales, llevó a que en 1994 la Plataforma de Beijing de la ONU incluyera como recomendación para los países miembros “elaborar medios estadísticos apropiados para reconocer y hacer visible en toda su extensión el trabajo de la mujer y todas sus contribuciones a la economía nacional, incluso en el sector no remunerado y en el hogar”.
En Chile, solo ha existido una instancia de medición para el trabajo no remunerado a nivel nacional: la Encuesta Nacional de Uso de Tiempo (ENUT, 2015), que es representativa solo a nivel nacional urbano y muestra que las mujeres están muy lejos de estar “desocupadas”. De acuerdo a la ENUT, una mujer “desocupada” para las estadísticas usuales (es decir, sin trabajo remunerado), trabaja aproximadamente entre 6,5 y 7 horas (un día de semana), mientras que un hombre sin trabajo remunerado trabaja menos de tres. Considerando el total de horas trabajadas en un día de semana (tanto en labores remuneradas como no remuneradas), las mujeres superan a los hombres en aproximadamente un 17%.
Una de las tantas implicancias que podría tener la transformación del paradigma respecto a lo que se considera trabajo, es que cambiaría la forma en que se evalúan los procesos de incorporación de la mujer al mercado laboral. Lo mismo ocurre cuando se analiza el fenómeno de los NINI (personas que ni estudian, ni trabajan). Los datos muestran que las mujeres que efectivamente no trabajan, ya sea remunerada o no, son muy pocas.
Terminar con la negación de la condición de trabajo al trabajo no remunerado es una reivindicación histórica necesaria para millones de mujeres y, particularmente, para las que han estado al margen del debate del desarrollo, cuyo trabajo ha sido invisibilizado y minimizado, al igual que su aporte al crecimiento económico y al bienestar de la sociedad.

