La metáfora es una figura retórica que consiste en identificar un término real con uno imaginario entre los cuales existe una relación de semejanza o analogía. Procede del griego meta (más allá) y pherein (trasladar). Suele usarse en política como recurso explicativo, pedagógico, o de embellecimiento poético de un mensaje que se quiere transmitir.

Existen grandes políticos de todos los tiempos que han hecho uso de la metáfora para marcar la historia. Baste recordar al Rey Enrique IV de Francia en el momento de su conversión al catolicismo, cuando dijo "París bien vale una misa"; a Carlos Marx cuando titula una de sus principales obras de análisis político como "El 18 de Brumario de Luis Bonaparte"; Churchill, con "La cortina de hierro" y Kennedy con su "Ich bin ein Berliner" (yo soy berlinés) quienes entre otros hicieron un uso extraordinario de este recurso. En Chile "Diego Portales no lo hizo mal con "el peso de la noche" y Eduardo Frei Montalva fue bastante bueno con el cobre como la "viga maestra" de nuestra economía o "la patria joven".

Otras metáforas han pasado a la historia por su estupidez que llevaron a un triste final a quien la dijo, como la expresión de María Antonieta "Si no tienen pan que coman pasteles". Por lo tanto más vale que los políticos tuvieron cuidado con su uso y su abuso. De manera tal, que después no tuvieran que recurrir al método discursivo de Cantinflas para decir que no dijeron lo que dijeron o que algo dijeron aunque no fue lo que verdaderamente quisieron decir, diciendo lo que dijeron.

Mario Melloni, pluma aguzada del periodismo italiano, quien escribía viñetas de sátira política en el diario "L´Unitá", entre los años 60 y 80 del siglo pasado bajo el pseudónimo de "Fortebraccio", tenía una particular intolerancia al mal uso de las metáforas, más aún cuando estas tenían por objetivo cubrir con un cierto manto literario, la mediocridad o simplemente la incompetencia política. Dedicó en esos años varias viñetas a un político italiano que posaba de inteligente, pero que cometía graves errores y hacía declaraciones a menudo metafóricas, rimbombantes y provocativas que naturalmente generaban titulares de prensa y centraban el debate público en torno a conceptos confusos. Recurrentemente los analistas se preguntaban cómo este político tan inteligente se equivocaba tanto.

Hastiado, Melloni escribió una viñeta en la que se refería a algunas de las declaraciones del mentado político y finalmente concluía "E se fosse un imbecille"?- (¿Y si fuera un imbécil?). Son palabras muy fuertes, propias de quien hace sátira política, y que yo jamás emplearía. Pero el punto de acuerdo con " Fortebraccio" no es su expresión que puede ser afrentosa, sino su sensibilidad por las malas metáforas.

En Chile algo de eso está sucediendo con políticos de derecha que gustan utilizar la palabra "aplanadora" para deslegitimar el uso de la mayoría, que no es por supuesto la única regla de la democracia, pero es una de sus reglas fundamentales. Un político veterano de derecha, que tuvo una amnesia democrática de 17 años ha tenido la desfachatez de considerar "totalitario" el uso de la mayoría. También desde la izquierda se ha hablado del uso de una "retroexcavadora" para referirse a la profundidad de las reformas que el gobierno actual está poniendo en práctica.

Las retroexcavadoras, como también las aplanadoras son maquinarias destinadas a aplastar, sacar tierra y desechos, gruesas, rudas, pesadas, que dejan todo irreconocible para construir después un futuro virginal, sin trazas de lo que existía, como una planicie sin historia. Pero eso tiene poco que ver con el concepto de nuevo ciclo político y de reforma que requiere instrumentos más finos, orientados a tareas más delicadas y complejas.

Para que se plantee un nuevo ciclo político y no una refundación, es necesario reconocer la existencia de un ciclo anterior que si bien agotó su capacidad de generar una convivencia deseable para la mayoría tiene sin embargo aspectos válidos. El primero de ellos obviamente es el método democrático sobre el cual se construirán las nuevas reformas profundas, que se orientan a cambiar muchas cosas, en pos de una mayor democracia y una sociedad más igualitaria.

Resulta inconsistente y hasta oportunista calificar a ese ciclo sólo bajo la palabra simplificadora de "neoliberal" que nos exime de analizar los esfuerzos realizados en años anteriores por modificar, naturalmente con errores e insuficiencias, el esquema efectivamente neoliberal heredado de la dictadura y caminar hacia un sistema democrático, liberal e inclusivo como lo describió Manuel Castells.

Esas voces reductivas y atolondradas no ayudan a un gobierno que ha entregado ya a la discusión legislativa su proyecto de reforma tributaria, y que en torno a su elaboración realizó interlocuciones necesarias con todos los actores sin cedimientos, pero sin amenazas.

Pero en el debate de ideas en Chile sobre su funcionamiento como país, de pronto en una noche de Abril, interviene una invitada terrible y elocuente, nuestra naturaleza sísmica, ríspida, dura. La tierra tiembla y las aguas se retiran amenazantes, la normalidad de nuestros compatriotas cambia en segundos, la rutina individual se transforma en actos colectivos para salvar sus vidas en espera que las cosas se destruyan lo menos posible.

¿Conviene a este país obligado por su geografía, a prevenir, levantarse, ayudarse y reconstruir, un entrevero entre enemigos? ¿Alguien en su sano juicio puede pensar que nuestro destino es sólo individual que no se requiere un espacio público fuerte, eficiente, protector con recursos para enfrentar las emergencias, que sabemos existirán siempre? ¿Se puede pensar el futuro de Chile con una ciudadanía tenue y polarizada, sin cooperación entre lo público, lo privado y lo societal?

Nuestra geografía también condiciona nuestra política ¿Cómo discutir la necesidad de recursos públicos sin mirar esta realidad? Cuán vano aparece el chismorreo político cuando en situaciones de dificultad la población debe obligatoriamente mirar al Estado, y este debe tener recursos para responder. Sólo ahí las cosas se pueden ver en su verdadera dimensión.

El ministro del Interior que algunos consideraban inexperto actuó con gran aplomo, el director de la Onemi que había sido confirmado en el cargo, expresando así la continuidad del Estado lo hace con acierto.

La palabra "inocencia" tiene varias acepciones. Puede significar estarse libre de cierta culpa, pero yendo aun más allá entraña nada menos que la posesión de pureza en general. También se usa para referirse a la ingenuidad, el no darse cuenta de las cosas, el ser algo leso aunque "en "buena". ¿Cuál de todas traduce mejor la postura prescindente a medias -y ya desvaneciéndose- del Frente Amplio, a la Cantinflas, llamando a votar por Guillier sin mencionar su nombre y no votar por nadie pero al mismo tiempo contra Piñera, todo al mismo tiempo? La pregunta es válida sólo si acaso ese enredo semántico, esta antinomia al cuadrado, puede calificar de postura y si hay detrás de esa actitud llamada postura un sujeto político capaz de adoptarla.

Posiblemente sirvan todas esas acepciones simultáneamente. Es un hecho que los seguidores del FA no tienen culpa en la perpetración del "gran legado" bacheletista, regalo a la nación consistente en llevar las arcas fiscales a cifras estratosféricas de endeudamiento e insondables de desfinanciamiento, copar el aparato del Estado con más de 100 mil -posiblemente alrededor de 150 mil- combatientes y comandantes cuyas acciones de lucha se reducen a Dios gracias a cobrar a fin de mes, reventar los pocos buenos colegios, hundir el sistema de salud más abajo del piso, paralizar la industria, ahuyentar la inversión y espolear un frente de conflicto tras otro con una agenda valórica que tal vez emocione hasta las lágrimas y los brindis a las versiones criollas de la activista decimonónica Flora Tristán, pero no ayuda en absoluto a mantener en buen pie la economía, no genera empleo, no estimula la inversión ni promueve el crecimiento.

En cuanto a la pureza entendida como virtud espiritual cercana a la santidad o la condición de beato, es difícil pronunciarse. Gente suspicaz tiende a sospechar de quienes hacen alardes acerca de sus gracias. Nuestra madre jamás contrataba una empleada doméstica si afirmaba que la honestidad era su principal rasgo de carácter y quizás no habría votado por quienes alegan "procesos de reflexión". En cuanto a la pureza entendida como el NO haber hecho tal o cual estropicio, tal vez sólo significa que el candidato a la canonización aún no ha tenido oportunidad de probar su fortaleza moral encarando con serena firmeza y viril energía un suculento cheque, un cargo o cualquier clase de provecho a disposición de los incumbentes. La pureza basada en la falta de oportunidades para no ser puro difícilmente es monopolio del FA, al contrario, es bastante accesible y transversalmente democrática; tienen derecho a ella y la practican diariamente todos los ciudadanos ajenos a los pasillos del poder y el privilegio.

La gente del FA, casi toda de 30 años o menor, ciertamente y hasta ahora son bastante puros en ese vacío sentido. En sus infancias y adolescencias el rol de Calibán y/o el rol de Crispín lo representaron sus padres, las becas, el Estado, el crecimiento, la paz social y el relativo reposo imperante durante el camerino de la Concertación, todo lo cual sacó del primer plano de sus vidas las feas y materialistas cuestiones acerca de quién paga qué; despejada esa X tenían espacio libre para denostar, enjuiciar, desdeñar y fantasear. Bien se ha dicho que son hijos de la Concertación porque esa es exactamente su naturaleza y siempre la será. Nunca las vieron difíciles, sino a lo más vieron a sus padres verlas difíciles.

Como no son gobierno podemos entonces estar seguros de que aun no pecan, pero no podemos prometer que sus carreras vayan a seguir por el mismo estrecho sendero de la virtud si acaso un buen día llegan las vacas gordas, que en él no caben. Muchos de los idealistas profesionales del período de las marchas estudiantiles fueron cooptados tanto por y en la política de siempre como por y en el aparato público, donde principalmente invadieron el Ministerio de Educación. Si hicieron o no geniales aportes pedagógicos es difícil de juzgar y aun más arduo creer, pero es definitivo que ninguno de ellos dejó de cobrar sus generosos emolumentos, bonos y granjerías. Tampoco quienes llegaron al Templo de la Democracia han desdeñado sus apetitosas dietas parlamentarias. Ni siquiera desprecian los bonos extras del cargo, los pasajes gratis, los fondos para "asesorías", etc. ¡Qué difícil ser puro cuando todo el mundo se empeña en tentarnos!

Candor

¿Y qué hay del candor, del no darse cuenta? En una quinceañera esa particularidad puede resultar hasta encantadora, en un aspirante a conducir o siquiera inspirar los asuntos de Estado se convierte en un peligro público. Por eso a los integrantes y seguidores de esa sensibilidad ya les han reprochado su falta de responsabilidad, su alienación de la realidad, su obstinación en mantenerse en un limbo inconducente y todo eso para sostener y preservar ideas que no resisten ni dos minutos de análisis. Y sin embargo y para ser justos tal vez sea una crítica anacrónica en el sentido de esperar lo que NO puede esperarse de gente tan joven e inexperta. Los culpables del pecado de la huevonería política, que es pandemia desatada a todo trapo, son más bien los mayores de 40 años desempolvando tesis que jamás resistieron el análisis y probadamente malas en el campo de la realidad; los dignos de reproche son también los sexagenarios que entraron a la segunda infancia y gustan refregar sus hombros con los Jackson, los Boric y los Mayol. En cuanto a los realmente jóvenes, a los estudiantes y escolares, sencillamente y por las mismas razones son tan inocentes en ser inocentes en el sentido de no darse cuenta de nada como también lo eran los miristas de los años 60, como lo fueron los pioneros de la era soviética, los nenes que blandían el Libro Rojo de Mao Tse Tung, los tontones de las juventudes hitlerianas más tarde convertidos en verdugos de la Shutzstaffel y los y las seguidoras de Charles Manson, a quienes tan bien pinta en su descomunal imbecilidad la teleserie yanqui Acuarius. La juventud tiene esa virtud maravillosa y envidiable, la capacidad para sustraerse en un periquete de la fea contingencia y creer en la olla con monedas de oro esperándolos al otro lado del arcoíris.

La intención es lo que vale…

¿Y qué hay del valor de las ideas del catecismo de ese y otros grupos de reciente factura? ¿Son pura locura, demagogia, refritos, pendejerías infantiles? Depende de cómo se evalúen. La parte relativa a la intención, como casi toda intención, es buena. Sirven, como suele decirse a guisa de consuelo, para "poner en la agenda" temas que habían pasado colados. No deja eso de ser un aporte porque el lado oscuro del frío pragmatismo -que es lo único que funciona- es cierta dureza de corazón e indiferencia hacia los sufrimientos de algunos habitantes de este terrible valle de lágrimas. Ese recordatorio es importante como pueda serlo el sermón de la montaña o, más modestamente, la prédica del párroco local.

Otra cosa es si las sentencias de dicho recordatorio pueden operar al mismo tiempo como receta de cocina. De seguro, no. Pongamos un ejemplo: una cosa es poner el acento en las malas pensiones que sufren muchos trabajadores chilenos porque, dicho sea de paso, siempre tuvieron malos sueldos, pero otra muy distinta es arreglar ese problema arrojando la guagua junto al agua sucia de la bañera obedeciendo el llamamiento "No+AFP". Hasta Eyzaguirre, quien últimamente aparecía en sus intervenciones no tan listo como solía ser, ha reconocido eso. De seguro cayó ya en la lista negra. ¿Cómo se le ocurre usar cifras y matemáticas?

La historia humana está repleta de situaciones parecidas, nuevas generaciones que se asoman, critican, reprochan y ofrecen la salvación eterna. El resultado ha sido siempre el mismo en primera instancia: el fracaso. En una segunda derivada las demandas urticantes que se han puesto de manifiesto sin resultados, a veces, con suerte, encuentran una manera funcional de ponerse en acción.

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