Víctor Jara, figura emblemática de la música y el teatro chileno, dejó una huella imborrable en la cultura de su país y en el mundo. Su trayectoria artística, marcada por la innovación y el compromiso social, sigue inspirando a generaciones de artistas y activistas.
Inicios y Pasión por el Arte
Desde joven, Víctor Jara sintió una fuerte atracción tanto por el canto como por el teatro. El teatro, especialmente la dirección, era su pasión original, pero el canto se convirtió en una herramienta más poderosa para expresar sus ideales y su anhelo de justicia. Con una canción, podía alcanzar a generaciones enteras, ya sea en un concierto o a través de la radio.
Cuncumén: Crisol de Pasiones
Su trabajo en Cuncumén fue fundamental para el desarrollo de sus pasiones. El grupo combinaba el canto de exploración campesina con el rigor académico que Víctor aplicaba como director escénico. Su aporte musical quedó registrado en cuatro discos de Cuncumén.
En 1960, Víctor grabó con Cuncumén su primera canción: la tonada “Las palomitas”, conocida luego como “Dos palomitas”. En el disco subsiguiente, Geografía musical de Chile (1962), compuso y cantó “Acurrucadita te estoy mirando” y dos temas importantes en su carrera musical: “Canción del minero”, que es su primera canción de contenido político y social, y la hermosa “Palomita verte quiero”, conocida luego como “Paloma quiero contarte”, su primer gran éxito.
En el ya descrito primer disco de 1957, al grabar “Se me ha escapado un suspiro”. Al año siguiente cantó dos villancicos que Violeta Parra escribió para el grupo a expresa petición de él: “Décimas por el nacimiento” y “Doña María, le ruego”, además de “Entonces me voy volando”, también de Violeta, que cantaría con Alejandro Reyes.
Una canción romántica que le escribió a Joan durante la gira que Cuncumén hizo en 1961 por países del área soviética.
Ese año clave de 1960, Víctor también grabó con Cuncumén su primera canción: la tonada “Las palomitas”, conocida luego como “Dos palomitas”.
La hermosa “Palomita verte quiero”, conocida luego como “Paloma quiero contarte”, su primer gran éxito. Una canción romántica que le escribió a Joan durante la gira que Cuncumén hizo en 1961 por países del área soviética.
Letra de "Palomita verte quiero"
Paloma quiero contarte que estoy solo, que te quiero. Que la vida se me acaba porque te tengo tan lejos, palomita verte quiero. Lloro con cada recuerdo a pesar que me contengo. Lloro con rabia pa’ fuerapero muy hondo pa’ dentro, palomita verte quiero. Como tronco de nogal como la piedra del cerro el hombre puede ser hombre cuando camina derecho, palomita verte quiero. Cómo quitarme del alma lo que me dejaron negro, siempre estar vuelto hacia afuera para cuidarse por dentro, palomita verte quiero. (Víctor Jara, “Palomita verte quiero”).
Su Rol en Cuncumén
Cuando Mariela Ferreira entró al grupo Cuncumén, a mediados de 1960, Víctor Jara era el encargado de las danzas y escenógrafo. Pero en el escenario era un integrante más. Bailaba, cantaba e interpretaba instrumentos, preferentemente la guitarra.
Mariela había estudiado piano, teoría y solfeo desde los seis años en el Conservatorio, y era estudiante de Educación Física cuando recibió la invitación de unirse a Cuncumén.
Un día, luego de clases particulares o de nivelación que hizo con Silvia Urbina, le dijo que ya estaba lista para incorporarse al trabajo de preparar la próxima gira del conjunto. Llegó al centro de Santiago, a un local que arrendaban arriba de un restaurante chino y le presentaron al grupo, entre ellos, Rolando Alarcón y Víctor.
Mariela recuerda: “Ya era un artista muy conocido. Al comienzo le tuve miedo, porque era muy estricto. De las 7:30 de la mañana a 8:00 nos preparaba con expresión corporal, que era aprender a movernos en el escenario con diferentes músicas, a cambiar el rostro si era una música triste o si era una música alegre, todo lo que significa expresión, que a mí me encantaba. Miraba la hora: 7:30, decía, y le ponía llave a la puerta. Los que llegaban atrasados se quedaban afuera nomás. Después de la media hora, te dejaba entrar y te miraba como diciendo ‘grrr’”.
Un día alguien del grupo dejó una llave abierta en un baño y a los chinos se les inundó el restaurante. Los echaron de inmediato y terminaron arrendando un salón en una casa antigua cercana, en el barrio Villavicencio, llamada la “Casa de la Luna”. Tenía un gran patio interior y se reunían ahí todo tipo de artistas, de teatro, del ballet, músicos y pintores.
Tenían que trabajar en dobles turnos porque debían preparar la gran gira de seis meses que desde mayo a octubre de 1961 harían por Holanda, Francia y, tras la Cortina de Hierro, a varias ciudades de la ex Unión Soviética, Polonia, Bulgaria, Rumania y la ex Checoslovaquia.
“Víctor nos empezó a enseñar cómo movernos en el escenario. Por ejemplo, nos decía que no se puede poner el grupo que canta aquí y los que están bailando delante o tapando porque ensucia la visión del escenario, que no ven bien la danza ni ven a los de atrás que están cantando. Ideó la manera en que se distribuyen los intérpretes a un costado para despejar la pista. Inventó esa disposición que se usa hasta hoy”, recuerda.
Rolando se fue concentrando en lo artístico, preferentemente en la elección e interpretación de las canciones, y Víctor en lo escénico, los bailes. Él, con su formación teatral, les dio otra característica, pautas para subir al escenario, los ordenó con los intérpretes a un costado, con los hombres atrás, las mujeres adelante y un espacio para las danzas.
La actitud era una pieza clave que le gustaba recalcar. La actitud al enfrentar un baile o un instrumento musical: “Era tan exigente que hasta te corregía la manera en cómo te sentabas con la guitarra. ‘Mariela’, decía, ‘piernitas juntas, los hombros atrás, jamás eso’. Luego, se preocupaba de cómo íbamos a saludar o despedirnos al salir del escenario. Siempre contentos, inclinarse, qué sé yo”, cuenta.
Prepararon un recital de dos partes, la primera con bailes campesinos con ojotas y luego los más típicos de huasos con espuelas, de salón. Claro que la aparición del conjunto venía después de la actuación de Margot Loyola, la maestra, como respetuosamente la llamaban todos, partiendo por Víctor Jara.
Gira Internacional de Cuncumén (1961)
Con veintidós años, Gabriela Yáñez era la menor de las mujeres del elenco de nueve integrantes que partiría a la gira, además de los directores. Por ello, le decían la “Guagua”, que es como llaman en Chile a los recién nacidos. Había ingresado hace un par de años y había sido reclutada por Rolando Alarcón, a quien Margot le había confiado la dirección artística y un espacio de liderazgo que disputaba con Víctor.
“La relación entre ambos era difícil”, recuerda Gabriela, “porque los artistas tienen sus egos. A veces no coincidían, pero, en general, lograban un acuerdo y terminaba todo bien”.
En mayo de 1961, poco antes de partir a la gira detrás de la Cortina de Hierro, realizaron un concierto en el Teatro Municipal de Santiago a manera de ensayo general.
Víctor y Rolando endurecieron aún más la disciplina para que todo saliera perfecto y el viaje estuviera precedido por excelentes críticas locales. Ni un milímetro de danza, ni un bemol en los arreglos, ni un rasgueo dudoso, nada podía salirse del rigor del trabajo para la gira más importante de un conjunto chileno en el exterior.
Además, con una carga política no menor en un mundo dividido en dos caras irreconciliables. Gabriela, la Guagua, recuerda que Víctor tuvo especial cuidado con el vestuario y la escenografía que encargó a dos conocidos suyos de la escuela y que marcarían pauta en el teatro y las artes visuales del país y del extranjero: Norma Lomboy y Fernando Krahn, el escenógrafo que deslumbró a todos con su labor en Parecido a la felicidad.
“Antes nos poníamos lo que cada uno quería, pero eso se acabó con Víctor”, dice Gabriela sobre el vestuario. Y recuerda cómo la magia de Krahn brilló con sus juegos de luces y puestas en escena coordinadas a la perfección con la música, los bailes y el colorido de los trajes.
Varias cuncumenas, que en esas jornadas andaban entre los veinte y los veinticinco años, estaban enamoradas por el atractivo seductor de Víctor, que se acercaba a los treinta. Su magnetismo, su sensibilidad y esa sonrisa fulminante hacían que hablaran de él a escondidas.
A Gabriela le gustaban los bailes zoomórficos, esos donde el bailarín o bailarina imita el movimiento de algún animal y muy propios del folclore chileno: “Y más cuando tenía que bailar con Víctor. Era un excelente bailarín, tenía gracia, una prestancia impecable… Era regio. Hacíamos el pequén (lechuza pequeña) y él se transformaba mágicamente en un pájaro. Y las dos cuecas le salían precioso, la de gañán con ojotas y la otra de salón con poncho y espuelas”.
Varias cuncumenas, que en esas jornadas andaban entre los veinte y los veinticinco años, estaban enamoradas por el atractivo seductor de Víctor, que se acercaba a los treinta. Su magnetismo, su sensibilidad y esa sonrisa fulminante hacían que hablaran de él a escondidas y en un secreto cómplice que ninguna se atrevía a romper.
Porque, de un momento a otro, se transformaba en el recto y distante profesor o en el hombre profundamente enamorado de la prestigiosa bailarina Joan Turner.
Itinerario y Experiencias
Llegó el día. Comenzaba la gran aventura. Rolando Alarcón y Víctor Jara comandaban la delegación artística con Margot Loyola como estandarte. Las mujeres del elenco eran Silvia Urbina, fundadora y una de las jefas del grupo; Mariela Ferreira, la “Gorda” como le decía cariñosamente Víctor; Nancy Báez, la “Choli” (diminutivo de cholita o negrita); y Gabriela Yáñez, la Guagua. Los hombres eran tres: Jaime Rojas, Juan Collao y Clemente Izurieta.
Y como jefe de delegación, más bien en las labores administrativas y políticas, iba Rubén Sotoconil, actor, dramaturgo, director y uno de los fundadores del Teatro Experimental de la Universidad de Chile, y unos veinte años mayor que los muchachos del elenco. A él se acercaban cuando necesitaban dinero. Así lo hizo Víctor en la primera escala que hizo el avión, en Ámsterdam, para comprarse una cámara fotográfica, hobby que se convertiría en otra de sus pasiones artísticas.
Le maravilló la delicadeza del instante, la belleza del encuadre, lo imperecedero del retrato de luces y sombras. Una herramienta como parida de la dirección teatral. Por años anduvo con su cámara cargada, a punto de desenfundar. O, derechamente, les pedía a sus alumnos que posaran para él.
El actor Eduardo Barril, entonces un delgado sureño de mirada inquieta y grandes ojos azules, recuerda una anécdota como modelo de Víctor Jara: “Me pidió que subiéramos al techo de la escuela para tomarme unas fotos. Era un día con mucho sol y teníamos unas horas libres así que acepté feliz. Me pedía gestos y que hiciera tal expresión de un personaje de alguna obra. Estaba como ensayando una dirección de cine o de teatro traducida a la cámara que recién se había comprado en un viaje a Europa”.
El rostro de Mariela se ilumina al recordar esa gira por la ex Unión Soviética y otros países socialistas. El día de la partida se le hace imborrable: 30 de mayo de 1961. No cabe duda que esos cinco meses los marcaron a todos y todas.
Esa gira de cinco meses despertaría también otros intereses en un Víctor que se negaba a sentirse encasillado en su afán creativo y expresivo. Experiencias que lo traerían de vuelta a Chile como un Hombre Nuevo.
Fue una gira extenuante, cantaron en decenas de ciudades hasta cuatro o cinco veces por día recorriendo miles de kilómetros en avión, trenes o buses. Llenaron teatros magníficos y también plazas públicas abarrotadas de gente que iban a ver a este grupo que venía de Chile y que, pese a las diferencias del idioma, transmitía un puñado grande de emociones difíciles de definir.
Y un gran punto a favor: la gira fue desde la primavera, todo el verano y hasta comienzos de otoño, el clima perfecto para visitar países que en invierno se hacen insoportables a la intemperie. Por eso, caminaron bastante, otro de los pasatiempos preferidos de Víctor.
“Estuvimos en muchos pueblos que recorrimos incluso arriba de micros viejas como las que andaban en Santiago. Y lugares exóticos como los puentes colgantes en las montañas de Pamir en Tajikistán. Fue maravilloso”, cuenta Mariela. “Visitamos escuelas, poblados, jardines infantiles donde les cantábamos a los niños. Y hermosas ciudades, por supuesto. Date cuenta de que sólo en la Unión Soviética estuvimos dos meses de gira”.
Víctor hablaba con Sotoconil para que le hiciera la mayor cantidad de reuniones con gente de la cultura, principalmente escuelas de Teatro y para poder ver obras en el idioma que fuera si la agenda del conjunto lo permitía. Pero muchas veces, en las noches tibias de Europa y luego de alguna de estas jornadas extenuantes, se daba una ducha, se ponía ropa liviana e invitaba a quien se sumara a recorrer la ciudad de turno.
“Estábamos en Praga luego de una función también muy aplaudida, cerca de unas termas, y ya estaba lista para acostarme a dormir, cansada como perro. Me había sentado en la cama para sacarme los zapatos cuando siento que me golpean la puerta y se escucha la voz inconfundible de Víctor: ‘Gorda, ¿te acostaste ya?’. ‘No, Víctor’. ‘¿Salgamos a pasear? Salí y me encontré con una noche preciosa y caminar por Praga, por la antigua Praga, es un sueño’. Me puse los zapatos y salí con él a caminar”.
Víctor tenía razón. Caminar por Praga, por las riberas del río Moldava y en una noche de verano, era realmente un sueño, uno que quería compartir con la cuncumena más cercana que ...
Homenajes y Legado
El legado de Víctor Jara sigue vivo en la música y el arte chileno. Numerosos artistas han rendido homenaje a su obra, manteniendo vigente su mensaje de compromiso social y esperanza.
Concierto Homenaje en la Universidad de Valparaíso
Un concierto lleno de energía y emoción, y que marcó un sentido tributo a la historia reciente de nuestro país, fue “Víctor Jara, homenaje”. En el Aula Magna de la Escuela de Derecho de la Universidad de Valparaíso, doce artistas nacionales revivieron el histórico recital que ofreció en el mismo espacio, cuarenta años atrás, el desaparecido cantautor chileno. El espectáculo contó con la asistencia de Joan Jara, quien asistió agradecida, dejando en claro que no fue fácil para ella, debido a la tremenda carga emocional que actividades de este tipo le provocan.
El recital de Víctor Jara del 29 de mayo de 1970 fue transmitido y grabado por Radio Valentín Letelier. Ese registro es parte del escaso material existente relacionado con el cantautor, ya que la dictadura militar se encargó de destruirlo. La grabación fue rescatada por Jorge González Mancilla, quien trabajaba en la emisora universitaria, y cuando el país retomó el sistema democrático, volvió a ver la luz.
Los artistas Florcita Motuda, Pascuala Ilabaca, Felipe Cadenasso, Claudio Martínez, Vasti Michel, Tito Escárate, Nano Stern, Manuel García, Rocío Peña, Leo Quinteros, Manuel Sánchez y Lautaro Rodríguez fueron los encargados de interpretar los veinte temas que cantó Víctor Jara, en aquel concierto histórico.
Según Claudio Martínez, “quizá este concierto no va a ser histórico como ése: lo histórico es que una universidad pública se la juegue por esto”.
El Programa del Concierto
El espectáculo partió con “La cocinerita”, en una singular interpretación de Florcita Motuda. Siguió con “Basta ya”, en que Pascuala Ilabaca se acompañó con su acordeón. Luego, “Ya parte el galgo terrible”, con Felipe Cadenasso. Pascuala Ilabaca volvió al escenario para cantar “El arado”, esta vez en el teclado. Seguidamente, Claudio Martínez hizo los temas “La pala” y “El lazo”. Lo siguió Vasti Michel, con “Ojitos verdes”, tema que acompañó con el bombo.
A continuación, Tito Escárate interpretó “A desalambrar”, primero en su versión original, y luego, “en versión B” y “con todo respeto”, cambiando la letra por “A legalizar”, acompañado por Manuel Sánchez. Los siguió Nano Stern, con “Plegaria a un labrador”. Luego volvió al escenario Tito Escárate, esta vez con “El martillo”. También regresó al escenario Vasti Michel, esta vez acompañándose en guitarra, con el tema “Caminando, caminando”.
“Te recuerdo Amanda” siguió en el programa, en voz de Manuel García, y luego “¿Quién mató a Carmencita?”, con Rocío Peña.
El concierto, que se desarrolló sin intermedios, siguió con “Duerme, duerme negrito”, en voz de Leo Quinteros; “La Pericona”, con Manuel Sánchez; “A Cochabamba me voy”, con Nano Stern; “Preguntas por Puerto Montt”, con Manuel García; “Movil oil special”, con Lautaro Rodríguez, y “Volveremos a la montaña”, con Manuel Sánchez.
“La pericona” y “A Cochabamba me voy” contaron además con la participación de Pascuala Ilabaca y Vasti Michel, lo que aumentó el entusiasmo del público ya que transmitió la empatía y el buen ambiente que se produjo entre los intérpretes, quienes en su mayoría no habían nacido cuando Víctor Jara ofreció este recital.
El final fue el punto más alto, ya que todos los artistas se reunieron sobre el escenario para cantar “El derecho de vivir en paz”. El público, que repletó los dos pisos del Aula Magna e incluso se ubicó fuera de la sala para ver el recital en pantalla gigante, ovacionó de pie a los músicos.
Un agradecimiento especial hicieron ellos sobre el escenario al periodista René Cevasco, quien fue el productor artístico del recital.
El concierto fue transmitido en directo por Radio Valentín Letelier, y además fue grabado. Más adelante, se editará un disco con este registro, material de colección que no se venderá.
La emisora universitaria además repetirá el recital, en fecha por anunciar.
Reflexiones de los Artistas
Para Felipe Cadenasso, la realización de este concierto fue “una muy buena idea”. El cantautor afirmó: “Es súper bonito estar haciendo el mismo concierto. Distintos músicos, que no siempre tenemos la oportunidad de estar todos en la misma tocata en el escenario. Es muy de camaradería el ambiente, es muy bonito. Y es un desafío como músicos tener que interpretar las canciones del concierto de Víctor. Me parece que era un homenaje necesario. Hay personajes que uno admira, por su trabajo, por el talento, y Víctor Jara es realmente como compositor impactante, demasiado bueno. Que una generación de músicos pueda de alguna manera retribuir eso es algo súper bueno, súper bueno para la escena chilena, para construir música chilena”.
Pascuala Ilabaca, dijo: “Para todos los músicos que estamos acá es muy emocionante. También yo soy de Valparaíso, todo lo que es porteño me llega más, lo hago más mío. Yo este año gané el Festival del Huaso de Olmué representando a Víctor, y ahí fue todo muy estructurado, muy del mundo de la imagen, entonces aquí me siendo muy contenta de poder hacerlo como el verdadero homenaje, no como algo para mostrar: para mí este es un verdadero homenaje, con todos los músicos emocionados en torno a él. Y todos le tienen mucho cariño, eso es bonito, muy emocionante”.
Tito Escárate también se refirió al significado de participar en el concierto: “Realmente tengo que decir que es uno de los momentos más emocionantes de mi carrera musical, porque la verdad es que Víctor Jara me merece el mayor de los respetos. Ahora, como dice Flor Motuda, en buena lid hay que saber perder el respeto también, porque uno tiene una idea con el juego creativo. Pero Víctor Jara es una figura inmensa. No es una estrella de rock, no es una estrella comercial: es un ser humano, que luchaba por ser íntegro, y que su obra, lo que él hacía como artista, fuera un componente más de este ser que se instalaba en la sociedad y el mundo de manera congruente, consecuente y completa. Qué puedo decir de Víctor Jara. Yo cuando empecé a tocar, de adolescente, me aprendí tres canciones: una fue ‘Gracias a la vida’, otra fue ‘Los momentos’ de Gatti, y la otra ‘Plegaria a un labrador’ de Víctor Jara”.
Florcita Motuda, refiriéndose a la presencia de artistas de diferentes generaciones, señaló: “Esto grafica la amplitud emocional de las diferentes construcciones y canciones que él tenía, pasando por diferentes tipos de estado, por diferentes emplazamientos, también por el emplazamiento vocal altiplánico. Eso hace que también aparezcan diferentes generaciones y diferentes intérpretes. Hay una flexibilidad de diferentes ubicaciones frente al mundo. Es interesante, porque cada vez más, tomando en cuenta que parecería que la necesidad humana más importante es el derecho de expresión, cada día aparecen más bandas, más cantantes, y que están claritos y seguros de que no se van a convertir en millonarios; todo aquél que aparece en el ámbito de lo artístico sabe que es un ámbito difícil desde el punto de vista monetario, pero la necesidad de expresión es más fuerte.
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