La creciente competencia impulsada por el proceso de globalización ha comportado un progresivo proceso de descentralización y desregularización, que en México se asocia con la adopción de medidas neoliberales tales como la privatización de empresas estatales o la apertura comercial, tendencias iniciadas en los años ochenta y noventa (Ortiz, 1995). En cuanto al sistema urbano de México, estos procesos han favorecido el explosivo auge de las ciudades fronterizas a partir del desarrollo de la industria maquiladora de exportación, así como de localidades costeras vinculadas al turismo internacional (Casado, 2008), ambos tipos de ciudades vinculadas al capital transnacional.

En conjunto, México ha continuado experimentando un creciente proceso de urbanización y metropolización (Secretaría de Desarrollo Social [Sedesol], Consejo Nacional de Población [Conapo], Instituto Nacional de Estadística y Geografía e Informática [INEGI], 2007), que se explica por la falta de alternativas en el mundo rural. Y si bien ello ha disminuido el papel hegemónico de la Ciudad de México en el sistema urbano nacional (Garza, 2003, p. 140), ella todavía goza de una evidente supremacía.

Los procesos vinculados a la globalización también han tenido un fuerte impacto al interior de las propias ciudades, impulsando cambios en su organización y funcionamiento, estructuración económica, morfología y paisaje (De Mattos, 2002). Aunque estos cambios afectaron inicialmente a las grandes áreas metropolitanas del país (Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey), esta dinámica se ha ido reproduciendo paulatinamente en otras ciudades, orientada a lograr su integración plena al capitalismo global.

La estructura de nodos y redes de la actual etapa global (Castells, 1997) ha permitido que esta integración sea más directa, generando una creciente competencia entre las ciudades, incluso de un mismo país o región, dentro de una economía de archipiélago (Veltz, 1999). Esta competencia ha llevado al desarrollo del marketing urbano, a través del cual las ciudades buscan atraer empresas y personas mediante la modiicación de su imagen urbana (tanto física como simbólica), con el objeto de poner en valor lo local (Benko, 2000).

La globalización ha supuesto, asimismo, la expansión y primacía de la gran empresa, especialmente de las grandes compañías multinacionales (Dicken, 1992). Desde el punto de vista urbano, esto se ha reflejado, por un lado, en la creación de espacios de decisión y gestión donde se asientan los grandes corporativos internacionales que caracterizan a las ciudades globales (es el caso de las áreas de Reforma y Santa Fe en la Ciudad de México; véase Parnreiter, 2002); pero también en la construcción y difusión de nuevos espacios de consumo y ocio, como los centros comerciales y las grandes superficies comerciales (supermercados e hipermercados), diseñados por y en beneicio de la gran empresa.

Los centros comerciales han modificado en gran medida el funcionamiento y la estructura de las ciudades, asociándose a la expansión urbana (urban sprawl) y al desarrollo de nuevas centralidades, a ciudades de estructuras policéntricas, así como a la fragmentación de la ciudad y la privatización del espacio público, paralelos a las urbanizaciones cerradas (Ja-noschka, 2002; Borsdorf, 2003; Duhau & Giglia, 2007; Lulle & Paquette, 2007; Paquette, 2007). Dichos centros comerciales se vinculan, también, a cambios profundos en los patrones culturales de la población -no únicamente en los patrones de consumo-, convirtiéndose el modelo estadounidense en el "ejemplo que seguir".

Sin embargo, su valoración varía de acuerdo con diferentes autores (véase Hiernaux, 1999 vs. Duhau & Giglia, 2004 para la Ciudad de México); el tema ha despertado el interés de sociólogos urbanos, que destacan su importancia como elemento simbólico, objeto de apropiación y consumo y como lugar de encuentro (Cornejo, 2007).

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