Desde hacía un tiempo, acariciaba la idea de escribir algunas notas referidas a las relaciones entre Marx y la Economía, materia que muchos autores abordan sin hacer mención específica de ella, sino dando por establecido algo que sus virtuales lectores deberían saber y que, sin embargo, no lo saben muchas veces, y escasos analistas se molestan en explicarlo.
Comencemos señalando que las relaciones entre las tesis de Marx y la Economía existen y resultan imposibles de negar. Tal vez esa forma de pensar haya sido, en gran medida, la causa que, hasta el advenimiento del régimen de la Unidad Popular, hayan proliferado los economistas ‘marxistas’ (y ’marxianos’), y que gran parte de los cargos de dirección estatal hayan quedado bajo la dirección de esos profesionales, muchos de los cuales son, hoy, prósperos hombres de negocios.
Es más: en esos años, constituía un verdadero axioma sostener que quien estudiaba Economía era ‘marxista’ y nadie dudaba que, paralelamente a esa ciencia, existía otra que se denominaba ‘Economía marxista’. Esta presunta disciplina era una verdad si no por entero inobjetable, al menos, sí lo era en gran parte; y, extrañamente, continúa siéndolo en nuestros días.
Paradojalmente, y a pesar de todo lo que escribió sobre economía, Marx jamás fue economista. Queremos precisar, aquí, que jamás fue el pensador alemán economista de profesión; y -me atrevería a asegurar- tampoco lo fue por propio interés, como sucede cuando una persona abraza determinado arte u oficio por sentir simple deseo o anhelo de ejercer tal desempeño.
Por el contrario, su verdadera pasión fueron las letras, afición que le llevó a optar por una de las profesiones de mayor prestigio en esos años que era el Derecho aun cuando, al cabo de algunos años, abandonó aquellos estudios-a pesar de haberlos finalizado-, por no ver reflejados en la temática jurídica sus verdaderos anhelos e inquietudes.
Pero fueron tanto el Derecho como la Filosofía las disciplinas que le abrieron los ojos para descubrir algo más importante aún como lo fue adentrarse en el estudio del corazón de la sociedad o, lo que es igual, en la comprensión de la esencia de las estructuras sociales.
La Economía es una disciplina que comienza con el estudio de un fenómeno al que denomina ‘producción’; ese es su fundamento, la base sobre la cual levanta su armazón teórica. Para esta novel rama del saber, la existencia de la producción exige la concurrencia de tres supuestos fundamentales que son ‘naturaleza’, ‘capital’ y ‘trabajo’, materia con la cual, al parecer, comenzaron los estudios críticos del filósofo.
Porque las relaciones de Marx con la Economía (especialmente, bajo su expresión de ‘Economía Política’) parecen iniciarse con los apuntes que, bajo el nombre de ‘Manuscritos Económicos y Filosóficos’ abordan un resumen de esos aspectos con graves interrogantes.
Para comprender el íntimo sentido de la producción, comenzó Marx su labor poniendo en duda las categorías inventadas por los economistas. No fue una tarea fácil; pero, convencido que era aquella la ruta por la cual debía transitar, no vaciló en emprenderla.
La primera tarea fue precisar los conceptos que estaban vigentes. El sustantivo abstracto ‘producción’ pasó a ser sustituido por las palabras ‘proceso productivo’; lo mismo el vocablo ‘trabajo’ (igualmente, sustantivo abstracto), que empezó a denominarse ‘proceso de trabajo’ en la terminología del filósofo.
La incorporación del modo de producción a sus investigaciones permitió a Marx conocer la estructura interna de la sociedad: una base económica, una infraestructura, sobre la cual se levantaban los presupuestos jurídico/políticos de la sociedad y su propia cultura. En la producción social de su vida, los hombres entran en determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción, que corresponden a un determinado grado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales.
Marx, en consecuencia, no aceptó las bases sobre las cuales se levantaba la nueva disciplina que comenzaba a imponer sus reales sobre la sociedad. Por el contrario: fueron los presupuestos de esa disciplina los que le impulsaron a escribir una crítica a aquella, una crítica demoledora que le ha permitido estar permanentemente presente a través de la historia.
La crítica de Marx a la Economía (y, más directamente, a la Economía Política) no fue un acto emocional suyo sino de la más completa racionalidad. Para realizar tal misión, Marx estudió toda la producción científica que llegó a sus manos y que podía ayudarle en tal empeño.
El modo de producción con sus tres regiones (económica, jurídico/política e ideológica), es, en consecuencia, un conjunto que integran dos elementos que deben guardar extraordinaria correspondencia entre sí, y que son las ‘fuerzas productivas’ y las ‘relaciones de producción’. Cuando estos elementos no se corresponden entre sí y se desestabilizan, la sociedad se conmueve profundamente.
Ello ocurre cuando las relaciones de producción (RP), que habían sido el motor en el desarrollo de las fuerzas productivas (FP), ya no lo son, convirtiéndose, por esa sola circunstancia en su elemento disociador.
La unidad originaria es una noción que no se encuentra tratada en su obra más importante (‘Das Kapital’) sino en un pequeño estudio que su yerno, Edward Aveling, subtituló y publicó después de su muerte y que lleva por título ‘Salario, precio y ganancia’.
Este concepto es tan importante que, en las tesis de Marx, los diferentes modos de producción habidos a lo largo de la historia pueden ser diferenciados en la forma cómo esos factores que componen la unidad originaria, poco a poco, se fueron apartando del productor directo o trabajador hasta hacerlo devenir en lo que es en la actualidad, es decir, un sujeto desprovisto de todo bien material a excepción de su propia fuerza o energía corporal. ‘Trabajador desnudo’, lo llamaba, también, Marx.
Así, pues, modo de producción y unidad originaria conforman una estrecha hermandad sin la cual resultaría imposible hoy entender la historia de la evolución del ser humano. Ambos conceptos fueron la base para que Marx escribiese sus ideas en torno a los estrechos márgenes sobre los cuales se movía la Economía.
En el caso de Marx, la situación adquiere mayor notoriedad toda vez que sus escritos jamás fueron hechos para desarrollar la disciplina que estudió sino, precisamente, para criticarla, para destruir sus cimientos, para demostrar que, tras su establecimiento como ‘ciencia’, sólo existían intereses subalternos que exigían su instalación y posterior permanencia. Por lo mismo, no se puede hablar, en modo alguno, de una ‘economía marxista’ en circunstancias que jamás el filosofo alemán tuvo la posibilidad de crear una economía alternativa a la que existía en su época por razones de tiempo.
Por lo demás, como ya se ha señalado, su único interés radicaba en revelar las veleidades de una disciplina que pretendía elevarse al carácter de ciencia y que él consideraba una verdadera burla.
En su obra ‘Manuscritos económicos y filosóficos’, los economistas aparecen definidos como ‘la expresión científica del hombre de negocios’ o, también, ‘el hombre de negocios empírico’.
Marx fue duramente atacado no sólo en vida sino también después de muerto. Pero, fuerza es decirlo, existía una razón de peso para ello porque era temido, circunstancia que podemos constatar, entre otras cosas, en una entrevista que el periodista R. Landor le hiciera en Londres para el diario estadounidense “The New York World”, publicada el 18 de julio de 1871.
Este temor explica que la persecución tanto a su obra como a su persona se extienda a través del tiempo hasta el día de hoy. No debe sorprender que así suceda: quien devela los secretos del poder se hace reo de la sociedad en que vive.
Sin embargo, hay otra circunstancia igualmente importante en el campo de los ataques en contra del filósofo de Tréveris: pocas son las personas que se atreven a leer ‘Das Kapital’. Más pocas, aún, quienes se osan estudiarlo. El porcentaje se reduce ostensiblemente respecto de quienes no sólo estudian aquella obra sino intentan concordarla con los otros trabajos suyos.
Marx, ¿un economista del pasado?
Es necesario responder a las diferentes acusaciones de arcaísmo dogmático: desde El Capital, la ciencia económica ha hecho un progreso inmenso y el capitalismo de hoy no tiene nada que ver con el que Marx estudió.
No se trata de negar estas transformaciones, sino de mostrar que se han desarrollado dentro de relaciones fundamentalmente invariables. Es más, podría argumentarse que las condiciones actuales de explotación laboral en China son, en muchos aspectos, comparables a las que prevalecían en la Inglaterra del siglo XIX.
Por lo tanto, el marxismo vivo debe moverse entre estos dos escollos a través de estudios y debates. Sin duda, una de las cuestiones metodológicas más importantes es distinguir los niveles de análisis: la teoría marxista del valor no permite, por ejemplo, comprender directamente la crisis de la zona euro. Se deben establecer mediaciones entre la realidad concreta y los marcos conceptuales más abstractos.
Pero la ciencia económica, aun admitiendo que es una ciencia, ciertamente no es una ciencia que progresa lineal y periódicamente unificada. Por ejemplo, a diferencia de la física, diferentes paradigmas económicos continúan coexistiendo de manera conflictiva.
En gran parte, el debate triangular entre la economía clásica (Ricardo), la economía vulgar (Say o Malthus) y la crítica de la economía política (Marx) continúa hoy en los mismos términos. Las relaciones de poder que existen entre estos tres polos han evolucionado, pero no según un esquema de eliminación de paradigmas obsoletos.
En resumen, la economía dominante no domina debido a sus propios efectos de conocimiento, sino en función de relaciones de poder ideológicas y políticas más generales.
Pero el argumento de que la teoría marxista está obsoleta debido al progreso de la economía busca el efecto de eliminar al mismo tiempo cualquier referencia a la teoría del valor.
¿Un capitalismo sin teoría?
En última instancia, la pregunta a la que debe responder la teoría del valor es: ¿de dónde proviene la ganancia? En los libros de texto contemporáneos encontramos la definición de ganancia: es la diferencia entre el precio de venta y el coste de producción. Pero el misterio de la fuente del beneficio permanece intacto.
Antes de él, los grandes clásicos de la economía política, como Smith o Ricardo, partían de una pregunta ligeramente diferente, la del precio relativo de los bienes: ¿por qué, por ejemplo, una mesa vale el precio de cinco pantalones? Muy rápidamente, la respuesta que se impuso es que esta proporción de 1 a 5 refleja el tiempo requerido para producir un pantalón o una mesa. Esto es lo que podría llamarse la versión básica del valor-trabajo.
Además del precio de las materias primas, este precio incorpora tres categorías principales: renta, ganancias y salario. Esta fórmula trinitaria parece muy simétrica: la renta es el precio de la tierra, la ganancia es el precio del capital y los salarios son el precio del trabajo. De ahí la siguiente contradicción: por un lado, el valor de una mercancía depende de la cantidad de mano de obra requerida para su producción; pero, por otro lado, esta no solo comprende el salario.
La teoría marxista, llamada del valor-trabajo, busca escapar de esta aparente contradicción. No está de más recordar muy brevemente cómo procede Marx. El principio esencial es que el trabajo humano es la única fuente de creación de valor. Valor significa aquí el valor monetario de los bienes.
Los capitalistas compran medios de producción (maquinaria, materias primas, energía, etc.) y fuerza de trabajo; producen bienes que venden y terminan con más dinero del que originalmente invirtieron.
Marx ofrece su solución, que es a la vez genial y simple (al menos a posteriori). Aplica a la fuerza de trabajo, esta mercancía un tanto peculiar, la distinción clásica que hace entre valor de uso y valor de cambio.
El salario es el precio de la fuerza del trabajo socialmente reconocido en un momento dado como necesario para su reproducción. En este sentido, el intercambio entre el asalariado que vende su fuerza de trabajo y el capitalista es, en general, una relación igual. Pero la fuerza de trabajo tiene una propiedad especial, su valor de uso, la de producir valor. El capitalista se apropia de la totalidad de este valor producido, pero restituye solo una parte de él, porque el desarrollo de la empresa hace que las y los asalariados puedan producir durante su tiempo de trabajo un valor mayor que el que recuperarán bajo la forma de salario.
Podemos hacer dos pilas: la primera consiste en bienes y servicios que corresponden al consumo de los trabajadores y trabajadoras; la segunda pila incluye los llamados bienes de lujo y bienes de inversión, y corresponde a la plusvalía. El tiempo de trabajo de toda la sociedad puede a su vez dividirse en dos partes: el tiempo dedicado a producir la primera pila Marx lo denomina trabajo necesario, y el que se dedica a la producción de la segunda pila es el trabajo excedente. En el fondo, esta representación es bastante simple, pero, obviamente, para lograrla es necesario dar un paso atrás y adoptar un punto de vista social.
El análisis se complica aún más cuando se observa que el capitalismo se caracteriza por la formación de una tasa general de ganancia, en otras palabras, que el capital tiende a tener la misma rentabilidad independientemente de la rama en la que se invierte.
La gran bifurcación
La teoría marxista del valor es una extensión de las teorías de los clásicos (Smith y Ricardo) en la que resuelve sus contradicciones internas. Pero introduce una dimensión crítica fundamental: la apropiación de ganancias por parte de los capitalistas descansa en última instancia en relaciones sociales que no son ni naturales ni eternas.
Así pues, actualmente hay dos teorías del valor. Para la teoría neoclásica prevaleciente, que se enseña en todas partes, el beneficio es la remuneración de la productividad marginal del capital, de una manera simétrica al salario que premia la productividad marginal de los salarios. Para la teoría marxista el beneficio se deriva de la explotación de la fuerza de trabajo.
Las ilusiones de las finanzas
La financiarización del capitalismo llevó, antes de la crisis, a una especie de euforia basada en la impresión de que las finanzas se habían convertido en una fuente autónoma de valor. Incluso entre algunos economistas heterodoxos encontramos el razonamiento según el cual los capitalistas tienen la opción de invertir ya sea en la esfera productiva o real, o en la esfera financiera. Y como las finanzas proporcionarían mayores rendimientos, esta sería la causa de una debilidad relativa en la inversión.
Ciertamente, el capital financiero parece capaz de proporcionar un ingreso independientemente de la explotación de la fuerza de trabajo. Por eso, añade Marx: “Para la economía vulgar, que pretende presentar al capital como fuente autónoma del valor, de la creación de valor, esta forma le viene a pedir de boca: una forma en la cual la fuente de la ganancia ya no resulta reconocible, y en la cual el resultado del proceso capitalista de producción -separado del propio proceso- adquiere una existencia autónoma”.
Este tipo de ilusión solo es posible si uno se basa en una teoría aditiva del valor, donde el ingreso nacional se construye como la suma de las remuneraciones de los diferentes factores de producción. Por el contrario, la teoría marxista es sustractiva: las formas particulares de ganancia (intereses, dividendos, rentas, etc.) son puntuaciones en una plusvalía global cuyo volumen está predeterminado. Uno puede “enriquecerse mientras duerme” solo en base a ese pinchazo operado sobre la plusvalía global, de modo que el mecanismo admite límites, los de la explotación, que es el verdadero fundamento de la bolsa de valores. La crisis marca el regreso de lo real, como un recordatorio al orden de esta dura ley del valor.
La ley del valor como brújula
La referencia a la ley del valor, si se realiza de manera crítica, no dogmática, hace posible filtrar teorías frágiles, se podría decir oportunistas, que aparecen ante nuevos fenómenos.
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