El análisis del sueldo mínimo es un tema crucial para entender la calidad de vida y la desigualdad económica en diferentes países.
Comparación con Países de la OCDE
Al comparar a Chile con los países de la OCDE, se observa que el salario anual de $103.265.772 (pesos chilenos), equivalente a US$252.505 (ajustado por paridad del poder adquisitivo, PPA) es el más alto del grupo.
Le siguen en la lista países como Estados Unidos, con US$174.000 (PPA); Italia, con US$173.488 (PPA); y Japón, con US$140.263 (PPA).
Así, Chile ocupa el primer lugar al comparar la diferencia entre el sueldo de los parlamentarios con el PIB per cápita (11,8), seguido por Turquía (6,3), México (5,6) e Italia (5,1).
En el caso de la relación entre dieta parlamentaria e ingreso mínimo, Chile ocupa el segundo lugar, ya que los parlamentarios perciben 40 veces el ingreso mínimo, solo superado por México, donde esta diferencia es de 55,8 veces.
El Caso de Japón
En Japón es el Ministerio de Salud, Trabajo y Bienestar quien aplica un monto de sueldo mínimo por región, siendo el más alto de las 47 regiones los 5.465 yenes por día que se pagan en Tokio, Kanagawa y Osaka y el más bajo de 4.712, correspondiente a Miyazaki.
Japón entrega datos además de las fábricas que tienen mejores sueldos mínimos para sus trabajadores: el primer lugar corresponde a Kochi, una empresa de camiones (7.280 yenes por día), mientras que el último corresponde a la fábrica de artículos de cerámica Saga (4.928 yenes). Más allá de eso, no existe mayor control sobre los abusos que las empresas pueden cometer sobre los salarios.
El año 2013 vio a la economía japonesa dar vuelta la esquina. Y el futuro será incluso más auspicioso con la aparición de la "sorpresa salarial".
Intensas discusiones desde septiembre entre el gobierno japonés, las empresas y los líderes sindicales han sido impulsadas para poner en marcha un ciclo virtuoso al alza donde los salarios elevados lleven a un crecimiento más robusto.
Al comienzo de mi mandato lancé lo que los observadores han llamado "Abenomics", porque sólo en mi país el nivel del salario nominal estuvo en terreno negativo por un largo período de tiempo.
Yo estaba en shock cuando vi por primera vez las estadísticas: el nivel de salario de Japón desde 2000 ha caído a una tasa promedio anual de 0,8% en comparación con el crecimiento promedio nominal de 3,3% en Estados Unidos y Reino Unido y 2,8% en Francia.
En 1997, los asalariados en Japón recibieron un total de 279 billones (millones de millones) de yenes; para 2012, el total había caído a 244,7 billones de yenes.
En otras palabras, los asalariados japoneses han perdido 34,3 billones durante la última década y media, una cifra mayor que el PIB anual de Dinamarca, Malasia o Singapur.
Como resultado, según los economistas, el comportamiento de las empresas japonesas se caracterizaría por el sobreendeudamiento.
Gracias al continuo aumento en la rentabilidad de las empresas y al sostenido esfuerzo de las empresas por desapalancarse durante la última década y media, el endeudamiento ha caído de manera dramática.
Abenomics, estoy orgulloso de decirlo, ha sido exitoso en un sentido más fundamental: hemos logrado reiniciar el sentimiento colectivo de Japón.
En el año que se inició mi gobierno, una mentalidad de resignación ha dado paso a posibilidades sin límites -un cambio simbolizado por muchos por el triunfo de Tokio como candidato a ser sede para los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de 2020.
Esto es lo que las dos primeras "flechas" de Abenomics -fuertes medidas monetarias y una política fiscal flexible- han logrado hasta ahora.
¿Qué hay de la tercera flecha, una serie de políticas para promover la inversión privada de manera que el crecimiento de la productividad sostenga la recuperación de largo plazo en Japón?
Algunos dicen que, a diferencia de la primera y segunda flecha, la tercera es complicada.
Concuerdo: por definición, las reformas estructurales toman más tiempo que los cambios en política monetaria y fiscal.
Al sumarse a las negociaciones por el Trans-Pacific Partnership (TPP) para introducir zonas especialmente desreguladas (mi propia oficina supervisará su implementación), mi gobierno está comprometido a catalizar la recuperación económica por todos los medios disponibles.
Aquí, la sorpresa salarial destaca, porque sólo cuando el vínculo- por largo tiempo inexistente- entre las ganancias de las empresas y los salarios se restaure, la inversión en autos, casas y otros bienes durables y el consumo de los hogares en general, finalmente sacarán a Japón de su deflación y pondrán a su economía en un camino de recuperación sustentable.
La sorpresa salarial encuentra su inspiración en Holanda, donde emergió un consenso a comienzos de los '80 de que, para sustentar el empleo, la carga de inflación debiera ser compartida por empleadores y empleados.
Ese consenso fue consagrado en 1982 en el "Acuerdo de Wassenaar", nombrado por el suburbio de La Haya donde se forjó.
Japón ahora es testigo de la aparición de un consenso nacional similar, o, el consenso holandés al revés: un sentimiento compartido de que el gobierno, las principales industrias y los sindicatos debieran trabajar juntos para elevar los salarios y bonos (y al mismo tiempo incentivando la facilitación que podría elevar la productividad).
Está de más decir que los niveles salariales se determinarían sólo por gerentes y trabajadores.
Pero es igualmente cierto que el consenso emergente entre el gobierno, los líderes de empresas y sindicatos ya ha llevado a un creciente número de empresas a prometer salarios y bonos significativamente superiores.
Esta es la esencia de la sorpresa salarial. Será un fenómeno completamente nuevo, que, junto con un gran estímulo fiscal de 5 billones de yenes, contrarrestará el potencial efecto negativo del incremento en el impuesto a las ventas.
Más importante, continuará poniendo a la economía japonesa en una trayectoria de crecimiento sustentable. De eso estoy seguro.
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