La situación de reclusión forzada en el hogar alteró las dinámicas familiares, modificó rutinas y cambió escenarios. Caminar con barbijo. Usar alcohol en gel. Cambiar la ropa que se trajo de la calle. Educarse en el hogar.

En paralelo, la crisis sanitaria también ha acentuado algunas situaciones que, si bien ya existían, hoy emergen con mayor visibilidad: el tiempo a la provisión de bienestar social que dispensan mujeres (adultas, adolescentes y niñas) en hijos/as. Se sabe que los cuidados son esenciales para la reproducción social, por el solo hecho de que todos y todas, en algún momento de nuestras vidas, hemos requerido de alguien que nos cuide para crecer y desarrollarnos.

En los últimos años estas agendas recobraron mayor impulso y se ha insistido en avanzar hacia la corresponsabilidad de estas tareas gracias al activismo y movilización de muchos colectivos de mujeres, que vienen reclamando por esta sobrecarga como uno de los grandes condicionantes para la equiparación de derechos y la igualdad de ingresos.

Hoy se producen desplazamientos y nuevas distribuciones en las cuatro esferas potenciales de provisión de bienestar social a la infancia, como las que confía el estado, el mercado, la comunidad y las familias.

Impacto del COVID-19 en la Provisión de Bienestar Infantil

Este artículo recorre esta problemática dando cuenta de las nuevas distribuciones, más desiguales, en la provisión de bienestar a la niñez emergentes a partir del COVID-19. Como se intentará enfatizar, en un primer momento se plantea cómo se provee bienestar en nuestra región, destacando que en mayor medida esta acción descansa en las familias y a su interior en las mujeres, las adolescentes y las niñas. Se sostiene que esta recarga se amplificó aún más bajo la pandemia.

En segundo lugar, se presentan testimonios de mujeres, quienes son madres solas, para dar cuenta sobre cómo resuelven los cuidados, las compras, los ingresos, la educación y la recreación de sus hijos/as frente a la pandemia.

Resulta siempre tentadora la idea de pasar más tiempo en familia y poder compartir esos momentos de la crianza de hijos e hijas que, en una coyuntura normal, suelen perderse al estar mucho tiempo fuera de casa para cumplir con todas las responsabilidades.

Desde el trabajo clásico del “diamante del cuidado” de Razavi (2007) sabemos que existen cuatro esferas potenciales de provisión de bienestar: el estado, las familias, la comunidad y el mercado. América Latina se caracteriza por ser una región donde los cuidados son resueltos más por las propias familias que por apoyo del estado con servicios de salud, educación y cuidado infantil. Sólo los de mayor nivel socioeconómico recurren al mercado.

Es que, efectivamente, desde la perspectiva de las infancias la problemática es aún más compleja dada la escasa visibilización que hay de los impactos que el confinamiento está produciendo en sus emociones. Toda situación crítica e inesperada obliga a tomar medidas que muchas veces se realizan con las urgencias que la coyuntura demanda, pero es cierto que en este punto los gobiernos han tomado escasa nota de cómo los niños y niñas de hogares monoparentales están experimentando el confinamiento y el poco lugar que han tenido estas preocupaciones en las políticas de los estados.

Hogares Monoparentales en América Latina

Más de 1 (11%) de cada 10 hogares son monoparentales en los países de América Latina, siendo la región del mundo con mayor cantidad de hogares en dicha condición (ONU Mujeres, 2018). En 2014, la incidencia de la pobreza en los hogares monoparentales era alrededor de cuatro veces mayor que en los hogares unipersonales y entre las parejas sin hijas e hijos (ONU Mujeres, 2016).

La literatura especializada sostiene que el incremento de hogares monoparentales es una tendencia que crece al calor de la evolución de las sociedades industrializadas (Alcalde, 2009). Esta recomposición de las estructuras familiares en América Latina puede efectivamente leerse vis a vis con esa distribución desigual del ingreso: CEPAL, en una investigación comparativa sobre la estructura de la familia en 18 países de Latinoamérica (Hullman, Maldonado y Nieves Rico, 2014), afirma que, mientras el aumento de hogares no familiares (mayormente unipersonales) y la caída de los hogares nucleares biparentales es un fenómeno propio de sectores medios y medios altos, el aumento acelerado de porcentaje de hogares monoparentales con jefatura de hogar femenina, son propias de los sectores populares.

Dentro del universo de hogares monomarentales con jefatura de hogar femenina, no es lo mismo la mujer de sectores medios, donde por lo general hubo una corresponsabilidad en el cuidado o en la manutención con otra persona, que una madre de sectores populares donde esa figura nunca existió o, a lo sumo, tuvo un paso fugaz antes de abandonar el hogar (y, en muchos casos, desligarse de toda responsabilidad frente a su hijo/a). Las resoluciones de dichas trayectorias en ese punto son bien diferentes.

Testimonios y Experiencias Durante la Pandemia

Su advertencia preliminar tiene lógica: su país terminó 2019 con 25% de pobreza según los datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos. “Viví dos semanas de las tarjetas de amigas. Yo tengo tarjetas de crédito pero no las podía usar porque estaba con deudas, pero necesitaba abastecerme de la leche para mi hija. Pasando la tercera semana hubo también escasez de alimentos aquí. Mi hija come mucho huevo y queso y estaba muy difícil salir a buscar esos productos, porque no había.

En todos los países, una de las primeras actividades en suspenderse fueron las clases y las guarderías. Incluso hoy, a unos 3 meses de decretarse la cuarentena en casi toda la región, hay actividades que empiezan a restablecerse toda vez que las autoridades sanitarias de cada país van observando a la baja la curva de contagios.

“El tema del cuidado de mi hija fue otra situación porque ella va a una guardería en Quito que cerró el primer día de la cuarentena y tuvo que quedarse bajo mi cuidado. Como vivimos en un departamento de 42 m2 en un edificio, se me hacía complicado sostener el confinamiento cuando ella estaba acostumbrada a que yo la lleve al parque. Pero a medida que la situación empeoró, las salidas empezaron a espaciarse cada vez más. Los espacios de juego estaban prohibidos de ocupar. Igualmente yo bajaba porque ella lo necesitaba. Tomaba todos los recaudos de alcohol, etc., pero como no teníamos mucha información yo desinfectaba todo. Hasta el columpio donde ella se subía. El tema del temor al contagio mío o de mi hija, estando solas, es más angustiante.

Liliana es argentina y reside en Trelew, una ciudad ubicada a unos 1500 km al sur de Buenos Aires, la capital. La provincia de la cual forma parte, Chubut, tuvo pocos casos de Coronavirus, pero aun así la primera fase de la cuarentena fue igualmente restrictiva, con suspensión de clases e imposibilidad de salir.

“En ese punto me manejo bien, aprovecho cuando mi hija más grande está en casa (porque ella está también con el papá a veces) y así salgo al mercado o a pagar cosas porque con mi hija más chica no puedo.

“Para mis hijas fue bastante duro al principio. A mi hija más grande le costó más porque no está con los amigos, no puede salir. Es difícil para un adolescente. Para la más chica fue más fácil. A veces los chicos se acostumbran mucho más que los adultos. Pero cambian muchas cosas de una vida llena de actividades a pasar a convivir 24 horas al día, sumado a las clases virtuales, lo que hace que no sea sencillo adecuarse a la rutina. Lo económico, desde luego, también le ha sido difícil. Su provincia es productora de hidrocarburos, una actividad económica que ya venía con caída de demanda antes de la pandemia.

“Yo no estoy trabajando, porque hago trabajo social y no recibo pago por ello”, cuenta Nancy, que vive en la provincia de Dajabón en República Dominicana, a metros de la frontera con Haití. “El día a día a partir del COVID-19 se volvió caótico porque era buscar ayuda para comer y yo no recibo ninguna ayuda. Al mes de la pandemia salí favorecida con la ayuda del gobierno de 2500 pesos quincenal para raciones alimenticias. Ahora ya no la están dando. Al mismo tiempo, como mi hijo hacía jornada extendida en la escuela, lo que le empezaron a dar al mes fue la ración alimenticia semanal que equivale a menos de 300 pesos. Entonces uno iba al centro escolar y te regalaban un kit con un poco de arroz, con cosas básicas, algo muy insignificante para la situación, pero no importa porque en ese sentido uno logra equilibrarse.

“Yo estoy coordinando la red de protección de niños, niñas y adolescentes. Hay casos de violencias de niños y no se están dando seguimiento. Había una chica que se perdió en medio de la pandemia y no fue manejado muy bien. Más otros casos vinculados a la educación. Hay niños/as que viven en barrios vulnerables que no tienen internet, así que hemos hecho incidencia para que esas chicas puedan recibir alguna ayuda de materiales para estudiar. También ayudo en la pastoral católica con un programa de radio que tenemos en una de las emisoras que se escuchan a nivel regional, damos instrucciones a las personas sobre cómo protegerse del Coronavirus, orientándolas”.

Interrumpe la conversación al teléfono para sacarse una foto con una persona que acude para buscar una ración de comida, y continúa: “La otra cosa que hemos hecho es conseguir a través de donantes raciones alimenticias para 50 personas, gran parte de ellas son inmigrantes, madres haitianas que están solas, que no reciben ninguna ayuda. “Estamos a unos minutos de Haití. Antes muchas cruzaban el rio para venir a trabajar acá. Siempre les guardo algo de lo poco que consigo. El otro día vino una haitiana que me dio mucha tristeza. Ella dice que debía en el mercado y entonces no fue porque no le gusta pedir. Estaba temblando, le pregunto porqué y me dice que tiene cáncer y mucho dolor, que ya no tiene plata para la medicación y ella cruzó el rio y se arriesgó porque para ella el dolor más grande era ver a su hijo con hambre. Entonces hablamos con unos vecinos, porque yo ese día no tenía nada, y le conseguimos algo para que lleve de comer. Quedó al otro día en volver a pasar porque le conseguiría una pastilla para el dolor, pero no volvió más. Y para que no pensara que me mentía, se levantó el vestido y me mostró cómo estaba.

Desde el lugar que ocupa como docente y pastora evangélica en un asentamiento precario de Florencio Varela, en Argentina, Noelia trabaja en un comedor comunitario que alimenta diariamente a muchas personas. “Acá empezamos en marzo de 2017 y siempre teníamos alrededor de 60 familias. Hoy es el doble. Ahora el trabajo se triplicó porque es una vianda. Es complicado porque el estado está ausente. A nosotros no nos ayuda nadie: antes recibíamos ayuda de amigos o conocidos que te traían alimentos, carne o alguna colaboración, pero hoy se complicó todo, incluso para nosotros. Imagináte que son siete grados con contenidos distintos y los chicos no llegan a hacer siquiera una tarea. Es imposible.

“Hay muchas familias que no tienen agua potable y es muy difícil. Acá acarrean agua desde temprano para su aseo porque nosotros se las brindamos, y así se manejan hacen tres años. Acá vino una vez la televisión e hizo unas notas pero el gobierno nunca se acercó. Las personas son conscientes que tienen que higienizarse, pero no se puede. Nosotros, por ejemplo, les conseguimos bastante alcohol en gel, pero eso lo cuidaron tanto que no lo usaban. Hubo un caso de familia con coronavirus, pero como no había espacio para internarlos les dijeron que se aíslen en su casa, y a las personas con las que estuvieron en contacto no las internaron porque no tenían síntomas. Este sábado vendrán de Médicos del Mundo a ayudarnos, pero ellos no son responsables de hacer testeos ni nada.

Desde luego que el punto de partida que las engloba tiene diferente resolución: mientras que las mujeres de sectores medios y medios altos pueden comprar esos cuidados en el mercado, las de sectores populares deben proveérselos por sí solas y, a la vez, garantizarse tiempo suficiente para generar los ingresos, que siempre les son escasos. Sin embargo, el COVID-19 implicó cierta transversalidad en lo que respecta al cuidado: ya no es el mercado el que puede proveer este servicio a quienes pueden pagarlo. Tampoco la comunidad, que con su red colaborativa (vecinas, amigas, familiares) sostenía mayoritariamente a las madres en situación de pobreza para cumplir con esa labor.

Desde la perspectiva de las infancias, derechos como el juego, la educación y el crecimiento en un entorno saludable también están cuestionados. En todos los casos que hemos recorrido estamos hablando de mujeres que, independientemente del lugar de residencia, la condición socio-laboral o la trayectoria individual, comparten la misma problemática asociada a la dificultad de amalgamar cuidados con sustentos económicos.

¿Y el Estado? ¿Qué demandas diferenciales se generan ante el COVID-19 para los diversos niveles de gobiernos - nacionales, regionales y locales -? ¿Cuál es el rol de cada uno de ellos al respecto? El desafío central parece ser cómo combinar políticas destinadas a dar respuestas en estos sentidos, al tiempo que se realizan esfuerzos por atender lo urgente, que frente a la emergencia sanitaria, pasa por evitar nuevos contagios y garantizar atención a los infectados.

Equidad para la Infancia, junio, 2020.

Distribución de Tareas de Bienestar Social a la Infancia

La siguiente tabla muestra la distribución de tareas de bienestar social a la infancia antes y durante la pandemia, según las cuatro esferas potenciales:

Esfera Antes de la Pandemia Durante la Pandemia
Estado Servicios de salud, educación, cuidado infantil. Limitaciones en servicios presenciales, enfoque en atención a infectados.
Familias Principal proveedor de cuidados, especialmente en América Latina. Aumento de la carga de cuidados, educación en el hogar, dificultades económicas.
Comunidad Redes de apoyo, colaboración entre vecinos y familiares. Limitaciones por distanciamiento social, reducción de la ayuda comunitaria.
Mercado Servicios de cuidado infantil para familias de altos ingresos. Restricciones en la oferta de servicios, impacto económico en las familias.

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