El desempleo es uno de los problemas que más genera preocupación en la sociedad actual. Las personas desempleadas son aquellas que no tienen empleo u ocupación, por lo que deben enfrentarse a situaciones difíciles por carecer de ingresos con los cuales sostenerse a sí mismos y a sus familias. El problema es que cuando el número de personas desempleadas crece por encima de niveles que se podrían considerar como “normales”, surge una preocupación importante en toda la sociedad, despertando el interés de la prensa y de las autoridades.
Conceptos clave para entender el desempleo
Para analizar las estadísticas sobre el desempleo, es conveniente primero familiarizarse con los siguientes conceptos:
- Población activa: Está formada por las personas en edad de trabajar (16 años o más) y que quieren hacerlo. Incluye, por tanto, a los que encuentran trabajo y a los que no. Por ello, dentro de la población activa existen las siguientes dos distinciones: población ocupada y población desempleada.
- Población inactiva: La integran aquellos que tienen edad para trabajar (16 años o más) y que por diferentes motivos no buscan trabajo: estudiantes, personas que padecen alguna incapacidad laboral, los dedicados a las labores del hogar, jubilados, etc.
- Desempleo: Se define como la situación del grupo de personas en edad de trabajar que en la actualidad no tienen empleo, considerando que se encuentran disponibles para trabajar y tienen edad suficiente para hacerlo, y no tienen limitaciones físicas o mentales para ello.
El indicador del desempleo se mide como la proporción o porcentaje de personas paradas (desempleadas) con respecto a la población activa. Se calcula dividiendo la población desempleada entre la población activa.
Tipos de desempleo
Bajo el prisma del modelo neoclásico, el desempleo de carácter involuntario se explica por dos tipos de razones: el desempleo friccional y el estructural. Sin embargo, existen también otros tipos de desempleo, como el estacional, el cíclico y el especulativo. A continuación, explicaremos en qué consiste cada uno de ellos.
- El desempleo friccional o de búsqueda: Surge debido al constante movimiento o flujo al que se encuentra sujeto el mercado laboral, ya que trabajadores y empresas necesitan tiempo para encontrarse o coincidir.
- El desempleo estacional: Se genera en determinadas épocas del año. Por ejemplo, en los trabajos agrícolas cuando concluye la época de recolección.
- El desempleo especulativo o de precaución: Aparece cuando una persona no acepta algunos trabajos que se le presentan, porque espera conseguir otro mejor y decide esperar.
- El desempleo cíclico: Se produce cuando la demanda interna de productos y servicios de un país no cubre para ofrecer un trabajo a todos aquellos que desean trabajar. Aumenta en las recesiones y se reduce en fases expansivas.
- El desempleo estructural: Se produce debido a desajustes en la calificación entre los puestos de trabajo que se ofrecen y los que se están demandando.
El Desempleo Estructural
El origen de este tipo de desempleo hay que buscarlo en las continuas redistribuciones de recursos, los que resultan de cambios en la demanda de productos que tienen lugar en el constante crecimiento económico de cualquier país, es decir, es un proceso natural de toda economía que se encuentra en constante cambio.
Cabe destacar que el trabajador que está desempleado por motivos estructurales (a diferencia de lo que ocurre con el desempleo friccional) no se puede considerar que esté en una situación transitoria entre dos empleos. De hecho, tiene sólo dos opciones: la primera es enfrentarse a un prolongado período de desempleo, y la segunda corresponde a cambiar drásticamente de ocupación.
Por ejemplo, a comienzos del siglo XX se produjo un gran nivel de desempleo estructural en la industria relacionada con las carrozas (látigos e indumentaria para caballos, ruedas, carrozas, herraduras, etc.), ya que la aparición del automóvil originó de forma masiva y rápida un cambio de necesidades de los consumidores de gran envergadura.
La relación entre desempleo e inflación
En noviembre de 1958, el economista William Phillips publicó un artículo en el que identificaba la relación entre desempleo e inflación a corto plazo, conocida como curva de Phillips. Así, describió la experiencia de EE.UU. en los años 60`, cuando la política de control de la inflación originó una contracción en la economía, incrementando el desempleo.
Podemos explicar esta relación mediante el entendimiento del equilibrio entre la oferta y la demanda. Imaginemos que partimos de una situación en que ambas son iguales: lo que producen las empresas es lo mismo que lo que desean los consumidores.
Supongamos que de pronto los consumidores quieren más productos, lo que significa que aumenta la demanda. Las empresas que quieren satisfacer esto deben contratar más trabajadores, con el fin de aumentar la producción. Esta mayor contratación llevará a que caiga el desempleo.
Sin embargo, dado que lo que quieren los consumidores (la demanda) es mayor que lo que producen las empresas (la oferta), se da una situación de escasez, por lo que la gente que pague más va a ser la que se quede con la producción. Así, en un primer momento los precios de los productos aumentarán, es decir, la tasa de inflación será mayor. Sin embargo, cuando la empresa aumente la producción con los nuevos trabajadores, la situación volverá al mismo punto de antes.
El impacto de la crisis y la desigualdad en España
Siempre ha habido ricos y siempre ha habido pobres en España. La tasa de paro ha hecho mella en los ingresos de las familias. Más de 1,7 millones de hogares españoles, según la última Encuesta de Población Activa, tiene a todos sus miembros en paro. Y solo el 67% de los registrados en las oficinas de empleo reciben alguna ayuda o prestación del Estado. En España la brecha económica ha superado siempre la media de los socios del euro, al menos desde que arrancan las series estadísticas de Eurostat, en 1995.
El llamado coeficiente Gini, que mide la diferencia de ingresos de un país, es una clara muestra de ese cambio. Si la estadística arrojara un cero, significaría que en ese país hay una igualdad perfecta. El 100 sería la desigualdad más absoluta. España sacó en 2011 un 34. De momento solo 16 países han facilitado sus datos para la estadística Gini de 2011. Pero de entre los que lo han hecho, solo uno supera a España: Letonia, con un 35,2.
Otro de los indicadores recogidos por Eurostat, el llamado ratio 80/20, establece una relación entre el 20% de la población que más ingresa y el 20% de la que menos ingresa. Los valores más altos indican mayor desigualdad. Y aquí España bate récord: saca un 7,5. Es la nota más alta de los Veintisiete, que obtuvieron de media un 5,7. Ni Letonia en este caso supera a España, ya que se quedó en 2011 en el 7,3. Alemania tiene un 4,6.
La destrucción de empleo, el fin de las prestaciones y las rebajas de sueldos han castigado las ganancias. “Hay países como Lituania o Letonia que, aunque también tienen índices de desigualdad elevados, al menos remontan en 2011. España no se beneficia de ese avance”, lamenta Antonio Márquez, profesor de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social de la Universidad de Málaga. Apunta, sin embargo, a que al menos el crecimiento de los indicadores se ha frenado, ya que el escalón fue más amplio entre 2009 y 2010.
El aumento de la brecha social es un fenómeno global sobre el que la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) encendió las alarmas a finales del año pasado: la distancia entre ricos y pobres se encontraba en 2008 (últimos datos analizados) en el nivel más alto de los últimos 30 años debido sobre todo a la cada vez mayor diferencia salarial.
Medición de la pobreza y exclusión social
Los criterios europeos no miden la pobreza solo por los ingresos, sino por factores que afectan la calidad de vida e incluyen el desempleo. La Red Europea contra la Pobreza (EAPN por sus siglas en inglés) estudió el capítulo español entre 2009 y 2011, los años en los que la crisis se acentuó.
En 2010, la Unión Europea desarrolló un indicador con el acrónimo de AROPE, para medir el riesgo de pobreza en sus países miembros. Basta con cumplir uno de tres componentes.
- El primero computa la pobreza relativa, gente que tiene una renta menor al 60% de la renta nacional media: en España, por debajo de 7.300 euros al año (US$9.552) en hogares con una sola persona y 15.400 (US$21.000) en hogares con dos adultos y dos niños, según el Instituto Nacional de Estadística.
- El segundo agrupa criterios de "privación material severa", para personas que no pueden permitirse cuatro de nueve agregados, como: una temperatura adecuada en invierno, vacaciones de una semana al año, carne, pollo o pescado cada dos días, gastos imprevistos, pago de la hipoteca o el alquiler, teléfono, televisión en color, un carro o una lavadora.
- Y un tercer elemento del AROPE es "la baja intensidad de trabajo por hogar".
Con el aumento del desempleo, los deudores hipotecarios siguen perdiendo sus casas por impago y crecen los pedidos de asistencia social, así que se refuerzan conceptos como pobreza estructural y desigualdad. Cada vez menos personas pueden recuperarse del empobrecimiento cuando pasa la contracción económica, alertan los expertos. Cada vez crece la brecha entre los pocos más ricos y una mayoría que menos ingresos tiene.
Impacto de la pandemia en el empleo femenino
El progreso de las mujeres en el trabajo podría volver a los niveles de 2017 para fines de 2021 como resultado de la pandemia COVID-19, según un análisis PwC Women in Work Index, que mide el empoderamiento económico de las mujeres en 33 países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).
Los cinco indicadores que componen el Índice son: la brecha salarial de género, la participación femenina en la fuerza laboral, la brecha entre la participación masculina y femenina en la fuerza laboral, el desempleo femenino y la tasa de empleo femenino a tiempo completo.
De acuerdo con los datos de Women in Work, Chile tiene la tercera tasa de desempleo femenino más alta de la OCDE (11,81%), sólo superada por Grecia (20,5%) y España (18,4%). Mientras que la tasa de participación femenina en la fuerza laboral llega al 44,9%, lejos del 58% logrado hace apenas un año atrás.
Entre 2019 y 2020, la tasa de desempleo anual de la OCDE aumentó en 1,2 puntos porcentuales para las mujeres (del 5,7% en 2019 al 7% en 2020). La carga desproporcionada del cuidado infantil no remunerado recae sobre las mujeres.

