Desde el entramado institucional que ejecuta la política socio-asistencial con población adulta en situación de calle en la Ciudad de Buenos Aires, se implementan prácticas de intervención mediadas por representaciones sociales sobre las personas en situación de calle (PSC) cristalizadas en la imagen de irresponsabilidad, vagancia e inadecuación del yo.
Este artículo presenta los resultados preliminares de una investigación-acción desarrollada desde Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires sobre las trayectorias de personas en situación de calle, desde la perspectiva de los protagonistas.
Se presenta una problematización de las prácticas de cuidado que se implementan desde los programas sociales y la visibilización de un conjunto de prácticas de autocuidado que despliegan las PSC en su vida cotidiana.
Asimismo, se presenta el diseño participativo de una propuesta de intervención en la que el cuidado no se reduce al plano de la tarea o trabajo, sino del empoderamiento, la construcción de autonomía y la construcción de ciudadanía.
El problema de los cuidados atraviesa la historia de la humanidad por tratarse de una temática que es inherente a la supervivencia del ser humano.
Saber cuidar es un aprendizaje fundamental en la supervivencia de la especie, ya que no es una opción: aprendemos a cuidar o perecemos (Boff, 2009).
Si bien el cuidado es una dimensión central del bienestar y del desarrollo humano, la noción cobró especial relevancia en el siglo XX al comenzar a considerarse un elemento clave en el análisis de los modos de funcionamiento de las sociedades.
Existen diferencias en los modos en que las sociedades organizan y distribuyen las tareas de cuidado.
Si bien se asocia a las prácticas tradicionales de bienestar y salud, definiendo al cuidado como la gestión de todos aquellos aspectos necesarios para la subsistencia, puede utilizarse para problematizar el circuito socio-asistencial con personas en situación de calle.
Para quienes están en situación de calle, el espacio público constituye el escenario en el que se despliega y desarrolla su vida cotidiana.
La vida cotidiana, como realidad interpretada y objetivada a partir de las relaciones intersubjetivas, se configura a partir de hábitos y rutinas en el marco de particularidades espacio-temporales (Berger, & Luckmann, 1966).
En tanto campo de disputa de sentidos, ese escenario social se configura a partir de la diferenciación de zonas de inclusión, vulnerabilidad o marginación social, que se construyen de manera intersubjetiva.
En Argentina, y en América Latina, a pesar de hablarse de cierta recuperación de la actividad económica, que se traduce en otras formas de inclusión social, persisten núcleos de pobreza estructural o cronificada (Kessler, & Merklen, 2013, Clemente, 2012) qué en los grandes centros urbanos, se traducen en la inequidad en el acceso a bienes, servicios y derechos.
Se hacen visibles, de ese modo, grupos sociales constituidos en los padecimientos de su pertenencia a un todo social fragmentado (Carballeda, 2008).
La calle constituye un espacio de vivencia y supervivencia en un continuo proceso de posesión/desposesión material y simbólica (Seidmann, Azzollini, Di Iorio, & Thomé, 2009).
Pese a que cuando son albergados de manera provisoria en hoteles, hogares o paradores, se los considera “incluidos”, “Estar en situación de calle” no se reduce a quienes literalmente utilizan el espacio público como lugar de pernocte, sino que está atravesado por dimensiones culturales, políticas, históricas, sociales y económicas.
En tanto que problemática social compleja, constituye una de las formas en la que se expresa la exclusión social propia en los contextos urbanos, caracterizada por diferencias económicas, desigualdades jurídicas y desafiliaciones sociales y que se traducen en la vulneración de derechos (Di Iorio, 2015).
En la Ciudad de Buenos Aires, se estima que hay aproximadamente 1300 personas en situación de calle (PSC)1.
Médicos del Mundo denuncia la existencia de más de 16.000 personas que subsisten en el espacio público (2012).
Para la satisfacción de ciertas necesidades -salud, higiene, vestido, alimentación, capacitación- se configura un circuito socio-asistencial que incluye organizaciones religiosas, gubernamentales, no gubernamentales, comunitarias y grupos de vecinos auto convocados.
Desde ese entramado institucional, que de manera tercerizada ejecuta la política pública de asistencia con esta población, se implementan prácticas de cuidado mediadas por representaciones sociales sobre las personas en situación de calle (PSC) cristalizadas en la imagen de irresponsabilidad, vagancia e inadecuación del yo2 (Seidmann, Azzollini, Di Iorio, 2013, Ávila, & Pallares, 2014), así como también la permanencia de “esa situación” a partir del reconocimiento de las dificultades para “salir de la calle”.
Algo que responde a una situación de crisis en la biografía de las personas, en lugar de ser superada o atravesada, evoluciona hacia la cronicidad.
La cronicidad configura prácticas de intervención en las que las PSC basadas en perspectivas de tutelaje, que los colocan como objetos de control y normalización (Seidmann et al., 2015).
La producción académica sobre las PSC es continua, tal como se expresa en la presentación de trabajos en eventos científicos internacionales de la disciplina (ICCP, 2016).
Si bien en el ámbito local son escasos los trabajos de investigación, si hay estudios que indagan sobre las modalidades de abordaje (Seidmann et al 2009, Ávila, & Pallares, 2014; Aguiar, 2014; Neiling, 2014, Bachiller, 2009, 2010) y las condiciones de estigmatización y criminalización de las personas en situación de calle en la Ciudad de Buenos Aires (Instituto Patria, 2016).
Estudios en Colombia (Navarro Carrascal, & Gaviria Londoño, 2010), Brasil (Alcantara, Abreu, & Farias, 2015), Costa Rica (Malavassi, 2011) indagan sobre las representaciones sociales de las personas en situación de calle que elabora la población general, describiendo la tensión entre la estigmatización y la victimización de quienes viven en situación de calle.
Se registran estudios sobre el uso del espacio público, en particular sobre las prácticas de cirujeo3 en la Ciudad de Buenos Aires como estrategia de subsistencia (Bermúdez, 2009; Gutiérrez, 2005; Perelman, 2011, 2015).
En Valparaíso (Chile), Berroeta, & Muñoz (2013) encuentran que el uso de la ciudad esta mediado por las experiencias pasadas, así como por las expectativas futuras de intercambio individual y colectivo, transformándose el espacio público en escenario de control y disputa.
También Correa, & Zapata, (2015) describen esas “otra ciudad” que utiliza quien vive en situación de calle en clave de satisfacción de necesidades materiales y afectivas.
Pocos estudios focalizan en la perspectiva de las propias personas en situación de calle sobre su situación, posicionándolos como sujetos activos y con saberes sobre sus propios padecimientos.
Philips (2014) indaga desde enfoques situados sobre el modo en que quienes viven en situación de calle narran sus propias experiencias de vida y su relación con el circuito de asistencia, centrados en la participación de la comunidad en la problemática y el empoderamiento de las personas sin hogar.
En relación con enfoques de cuidados desde perspectivas participativas, los trabajos brasileros sobre “Consultório de Rua” dan cuenta de intervenciones psicosociales en el espacio público, que buscan reducir las dificultades de acceso y la brecha asistencial de las políticas públicas de salud orientadas a las PSC (Tondin, 2013; Londero et al., 2014; Silva, da Cruz, & Vargas, 2015)
Definir el campo de problemas de los cuidados en términos de derechos, requiere abandonar los modelos que lo reducen al plano de lo familiar, para reconocer la existencia de otros actores sociales que intervienen en la provisión del cuidado.
Se configura una red de responsabilidades compartidas en lo que respecta a las políticas de cuidado, y analizar las prácticas de cuidado, “separadamente de otras actividades del trabajo doméstico ha significado un avance porque define un campo de problemas de investigación y de intervención social” (Letablier, 2001, p. 25).
Cuidar, desconociendo el ethos de la cultura de quien es cuidado conduciría a ignorar al ser humano como producto y productor de cultura.
Las prácticas de cuidado se producen en contextos interpersonales, a partir de la reciprocidad e interdependencia en la interacción social.
En general, el cuidado es concebido como una actividad femenina y no remunerada, con escaso reconocimiento social, basado en lo relacional y no solamente en una obligación jurídica.
Y justamente, por expresarse como propio del ámbito doméstico-familiar, aquellas configuraciones vinculares en las que lo familiar está debilitado, como por ejemplo en las personas en situación de calle, nos desafían a redireccionar las discusiones hacia la construcción del cuidado como problema público, es decir, como objeto de políticas sociales.
Se trata de "desprivatizar" el tema para que la cuestión relativa a quien se hace cargo de las personas dependientes, o que requieren asistencia, forme parte del análisis académico y político sobre la reorganización de los sistemas de protección social, la reforma de los sistemas de salud y el desarrollo de los servicios sociales (Arriagada, 2008).
En este sentido, incluir esta perspectiva de cuidado para reflexionar sobre la intervención psicosocial con población en situación de vulnerabilidad, visibilizando cómo esos cuerpos fragmentados en los que se inscriben “nuevas formas de padecimiento social relacionadas con las expresiones de la injusticia” (Carballeda, 2008, p. 27), también emergen en el escenario social como subjetividades que resisten.
Son cuerpos que desafían ser negados y negativizados, sujetos que tienen un saber sobre sus padecimientos y que ponen en funcionamiento ciertas prácticas, para sí mismos y con sus grupos de pares, que los posicionan como sujetos que se cuidan a sí mismos y como sujetos cuidadores.
El autocuidado se define como aquellas prácticas aprendidas por las personas, dirigidas hacia sí mismos y hacia el entorno para regular los factores que afectan su desarrollo en beneficio de su vida, salud y bienestar (Orem, 2001).
Esas actividades son afectadas por las costumbres, las creencias culturales y las características de la comunidad a la que pertenece la persona, y serán los relatos sobre situaciones percibidas como amenazantes las que den lugar a la decisión de actuar de determinada manera.
Ese “cuidado de sí”, para Foucault (2009), es anterior al cuidado de los otros, ya que la relación con el sí mismo es ontológicamente primaria.
Esas prácticas están condicionadas por esquemas que están disponibles en la cultura y en su grupo social, en el marco de los procesos de socialización.
Es decir, es una construcción intersubjetiva.
Foucault señala que el dispositivo es la red de relaciones que se establece entre elementos presentes en el hecho social, discursos, instituciones, normas, leyes así como lo no dicho (Castro, 2004, p. 98).
Dados los aportes de Foucault, desde una perspectiva psicosocial, se relacionan con los desarrollos de la Teoría de las Representaciones Sociales de Moscovici, y se puede considerar que toda práctica de cuidado y autocuidado involucra una relación intersubjetiva que Moscovici (1985) denomina ternaria: el ego/ el alter/ el objeto (físico, social, imaginario o real o norma social).
En este interjuego se entretejen complejas relaciones interpersonales, y si bien las prácticas de autocuidado implican acciones específicas que los sujetos realizan para su preservación y transformación, a pesar de estar orientadas pragmáticamente hacia sí mismos, implican siempre una dialogicidad, un vínculo social.
Las prácticas de cuidado y las de autocuidado no son aleatorias.
Foucault (1978) advierte sobre las vinculaciones entre poder, saber y cuerpo, lo que permite vincular la idea del cuidado a los distintos saberes que se despliegan sobre los cuerpos de los sujetos, convirtiéndolos en objetos de control y normalización.
Pese a lo que pudiera considerarse desde una mirada ingenua, la cotidianeidad de las PSC, en el sentido de la experiencia vivida (Jodelet, 2008), se caracteriza por el despliegue de un conjunto de secuencias preestablecidas temporal y espacialmente, que constituyen aquello que les permite definir, comprender y actuar en el medio.
La cronificación de esta situación de vida, genera que se inscriban simbólicamente desde la lógica del défici...
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